19 enero 2008

Microrrelatos: una reflexión inacabada, mal estructurada y fácilmente malinterpretable

Les insinué que nos veríamos antes del lunes, y aquí estoy. No sé si se acuerdan de que hace unas semanas les conté que había participado en el primer concurso de microrrelatos Diomedea, organizado por Sergi Bellver. Si no se acuerdan, qué más da, si se lo acabo de decir. Como les comenté, no gané mas que el derecho a la pataleta, que no es poco. Bueno, he de mencionar que Sergi me obsequió con un enlace, y eso es siempre de agradecer. La semana pasada mandé mi única participación a la segunda convocatoria de dicho concurso, relato que no era otra cosa que una versión “capada” del “Vivir” que leyeron aquí hace unos días, para que se ajustase a los requisitos de extensión del concurso; ya ven lo chapucero que es uno. Lo que salió fue lo que sigue, aunque en este caso lo llamé “A.”:

«A. lo convierte todo en una obligación. Cualquier cosa se torna en algo que “ha de hacer”, y eso elimina toda la diversión de las actividades que emprende, lo que le lleva a abandonar una tras otra en busca de entretenimiento. Y en esa búsqueda que elimine el hastío que envuelve todo aquello en lo que se embarca, observa. Estudia y experimenta. La lectura, el cine, la música, los amigos y los deportes. Los sospechosos habituales: colócate mientras el cuerpo aguante, y visita la sala de urgencia del hospital más cercano; sexo: hetero y homosexual; orgías, sado y cualquier parafilia que imagines. En todo ello, fracasa, incapaz de comprender en qué cualidad, ajena a él, reside la diversión que obtiene la gente que le rodea. Como última escapatoria, miente, roba, viola y asesina, tortura, y se esfuerza en reducir la vida del otro a un infierno. Y se siente alegre, realizado, feliz; al fin se divierte, y su existencia se convierte en una vida, en una que vale la pena vivir.

Seguramente culparán a A. y lo condenarán sin más. Hagan lo que quieran, qué más da. Al fin y al cabo, ¿qué saben ustedes de vivir sin ilusión?»

Estoy de acuerdo en que quizá el texto no vale demasiado, o al menos a mí no me parecía que pudiese ganar un concurso de microrrelatos; y aún así lo envié, lo admito. Se me echaba el tiempo encima y el texto original había gustado por aquí, así que, ¿qué podía perder? Pues nada, lo mismo que gané. Tampoco es que esta vez los ganadores me hayan entusiasmado; creo que incluso menos que la vez anterior, puedo añadir, aunque para gustos colores (¿sí? ¿seguro?) y todo esto puede ser, simplemente, y como ya les dije, una perversión de mi objetividad por parte de mi orgullo. Dejando al margen el concurso, el fallo del jurado y mi opinión sobre los ganadores, lo cierto es que el relato original, a pesar de recibir varios cumplidos, personalmente no me acababa de gustar; lo había comenzado con una idea diferente, más basada en una experiencia real que de ficción, empezó a moverse solo y antes de perder el control lo acabé matando sin demasiado entusiasmo. No puede decirse, en definitiva, que lo considere una de mis mejores historias, pero ahí está.

Y esto viene a propósito —y agarrénse, aquí es donde comienza de verdad la entrada— de un pensamiento recurrente que tengo acerca del valor del microrrelato como pieza literaria. Imagino que lo que sigue a continuación podría interpretarse como una versión ligeramente intelectualizada y enmascarada de la pataleta, de la excusa por no haber “triunfado” (yúju) en los premios citados. Qué quieren; conscientemente no lo es, inconscientemente, vayan ustedes a saber. Sin más preámbulos, como dicen en las presentaciones de la tele, la idea es que no le doy demasiada importancia a los relatos que les suelo poner aquí; no es que no piense que alguno de ellos pueda gustar, sino que como textos literarios los considero algo de poca entidad, y esto se extiende a cualquier relato de este tipo (micro) que escriba básicamente cualquier persona. Su composición es para mí —en mi caso— un simple ejercicio literario, una rutina creativa, un entretenimiento personal, mi manera de matar el poco tiempo que tengo para escribir contando historias. Desde el punto de vista del talento, una pieza de doscientas, trescientas o cuatrocientas palabras no deja entrever apenas nada, y lo mismo sucede si entramos a valorar el esfuerzo; es tan breve el espacio que la elección de las palabras adquiere una importancia vital, y por ello, carece de relevancia; no se puede basar la calidad de un texto en aspectos meramente estéticos. Por su parte, la historia no puede ser apenas desarrollada en tan corto espacio. Esto puede considerarse un poco a colación de los concursos de microrrelatos, tanto el de Sergi (cuya labor, independientemente de todo lo que yo diga, es encomiable), como el de la cadena SER o cualquier otro que quieran pensar. Imagino que habrá discrepancias tanto en este punto como en lo que ya he dicho, pero la idea es que elección de un texto de unos pocos cientos de palabras frente a otros de similar “calidad literaria” desde el estricto punto de vista del vocabulario o el uso de los “tempos” cobra una subjetividad extrema; los criterios personales y las razones a favor y en contra de un texto como este se basan en sensaciones y quedan sujetos por finos hilos. Eso no significa que un texto no pueda ser mejor que otro, sino que para que esto suceda, uno de ellos tiene que estar sensiblemente peor escrito. Sergi me comentaba en mi último comentario acerca de su concurso que un texto como el de Rosemary no puede abarcar elipsis temporales de veinte años, porque el lector pierde el interés. Discrepo; un lector no puede perder el interés en doscientas palabras; el error del texto es el texto en sí, no la elipsis. O el texto, o nada.

Podría extenderme más, pero para qué. Esto ya se ha alargado demasiado (eso es obvio), mi señora me llama a cenar (aunque haya hecho yo la cena), y tampoco sé si con más palabras aclararía mucho lo que pienso o lo que he escrito ahí arriba (que muy posiblemente esté mal estructurado y mal expresado). Miento; lo sé: no. Mañana, el lunes o el martes, más; tengo un diálogo en la cabeza desde hace meses, pero no encuentro la forma y el momento de ponerme a ello. Acabando, quizá esta entrada moleste a alguien, o algunos lo consideren una pataleta. Bueno, qué más da. Si así fuese, no obstante, ¿qué otro lugar hay, mejor que tu propio blog, para protestar sobre lo que te dé la gana?

18 enero 2008

Una mijina de política

Hace mucho que no escribo de política, porque aunque no se lo crean, yo antes lo hacía; se lo juro. Y no es que ahora esté especialmente interesado, pero me ha sorprendido (gratamente, para qué lo voy a negar) ver cómo —siempre según mi punto de vista— el PP es capaz de meter la pata hasta el nivel que lo está haciendo —el fondo— a menos de tres meses de las elecciones generales. Voy a pasar un poco por encima del anuncio del número dos, Manuel Pizarro (ex presidente de Endesa), ya que no me parece una persona a vender como si fuese el Mesías (repito, ex presidente de Endesa). Yo apuntaría más bien por una continuación de la política de privatización que se hizo durante la época Aznar y que, sea buena o mala política —a veces es una cosa y a veces otra, dependiendo del sector—, no suele ser lo más popular del mundo. Eso no significa que este tipo no sea válido, sino que viniendo de donde viene, no es quizá demasiado fácil de “vender”. Me ha llamado además la atención verle hablar ante los micrófonos como si llevase años militando en el partido, aunque como dijo Solbes, lleva mucho tiempo haciendo política “entre bambalinas”. Dejando a Pizarro con su merecida recompensa por su gestión en Endesa ante la OPA de Gas Natural, la metida de pata de la que les hablaba al principio es, como probablemente imaginan, la del rifirrafe entre Aguirre y Gallardón.

Básicamente, y siempre desde mi opinión, si algo ha demostrado el PP con este movimiento es quién manda en el partido; que el lugar del PP no está en el centro ni en el centro-derecha ni en el centro-derecha-derecha, si es que alguien alguna vez se creyó tal cosa; que su lugar está a la derecha-derecha de la derecha más derecha, y que la línea de partido la dicta Aznar acompañado del trío maravillas “Zaplana Acebes Aguirre et al.“. Ahí es nada; como para pegarse un tiro. El PP ha sido incapaz de ver que Gallardón es probablemente la única persona del partido que despierta simpatías en la izquierda, que es lo único del PP que puede decirse que está cerca del “centro”, y que podría haber sido la mejor apuesta para captar a aquellos indecisos que repudian la derecha más dura (la que se ha salido con la suya), pero al mismo tiempo recelan del PSOE por razones ideológicas o históricas.

Nunca he sido una persona de fuertes convicciones políticas “partidistas”. Es decir, que tengo mis opiniones en materia social, económica y otras muchas, y a veces estoy de acuerdo con el PP y a veces con el PSOE. Soy de la opinión de que asistir a un mítin político es una de las mayores gilipolleces que se pueden hacer y poco más que un acto de estupidez supina, sin entrar en el nivel de borreguismo que conlleva (espero no ofender a nadie). No obstante, no puedo decir que no me alegro por lo del PP. No sólo porque demuestra la total falta de miopía de Rajoy —aunque esta decisión está lejos de ser personal— y muestra lo que se puede esperar del PP si gana, sino porque puede suponer el fracaso de la derecha (y aún mejor, el de *esta* derecha) en las próximas generales. Como comprenderán, no quiero a sujetos como Zaplana, Acebes o Aguirre (et al.) en el gobierno de mi país. Otra vez no. Por favor.

Si no les veo antes, que creo que sí, buen fin de semana.

17 enero 2008

Consejos

«Cuando se sale con alguien, hay tres cosas posibles, y dos de ellas, como mínimo, se deben ofrecer: diversión, comida y afecto. Se suele empezar a salir con alguien ofreciendo mucha diversión, una cantidad moderada de comida y la mera insinuación de afecto. A medida que la cantidad de afecto aumenta, la diversión puede reducirse proporcionalmente. Si el afecto es ya la diversión, dejamos de llamar a eso salir con alguien. Pero bajo ninguna circunstancia se debe omitir la comida.»

Judith Martin, Miss Manner’s Guide to Excruciatingly Correct Behaviour.

16 enero 2008

Rómpase en caso de incendio

(Nada más que añadir)
14 enero 2008

Shark