29 mayo 2012

Con la que está cayendo

Con la que está cayendo, a Rajoy no le parece interesante plantear que la Iglesia pague el IBI por los locales en los que desarrolla una actividad lucrativa. Cierto es que el PSOE sigue en su línea de denunciar y proponer medidas que ellos mismos no se han atrevido a ejecutar en sus ocho años de mandato, pero eso no cambia las cosas y no acabo de entender cuál es el enrevesado argumento por el que Rajoy piensa que las circunstancias actuales no son las adecuadas.

Con la que está cayendo, se ha rebajado el sueldo a los funcionarios y se les ha subido la jornada laboral.
Con la que está cayendo, se han recortado muy significativamente las partidas de educación y sanidad.
Con la que está cayendo el presupuesto de ciencia y tecnología se ha reducido a la mínima expresión (nuevo modelo económico dicen).
Con la que está cayendo se ha subido el IVA al 18% y más que se subirá.
Con la que está cayendo se ha incrementado la edad de jubilación.
Con la que está cayendo se han recortado los derechos laborales.
Con la que está cayendo todo lo que sea necesario porque es necesario con la que está cayendo.
Con la que está cayendo se le dan —de momento—19.000.000.000 € a Bankia y los que habrá que darle a Caixa Nova Galicia o Banco de Valencia.
Con la que está cayendo Rodrigo Rato ganó 2.400.000 € en 2011.
Con la que está cayendo Gorigolzarri deja claro que no busca depurar responsabilidades en Bankia.
Con la que está cayendo no hay ni una sola comisión de investigación por lo ocurrido en las cajas de ahorro de este país y la Fiscalía ni está ni se le espera.
Con la que está cayendo no ha habido en este país más que un puñado de dimisiones políticas voluntarias siempre acompañadas de su finiquito millonario a pesar de su lamentable gestión.
Con la que está cayendo los políticos siguen sin tocar sus prebendas, sin dimitir, sin explicar nada.
Con la que está cayendo Rajoy se atreve a decir que no es momento de tocar el IBI de la Iglesia.

Hace unos días, una persona me mandó un artículo de Santiago Álvarez de Mon publicado en Expansión y cuyo título era “Un país de llorones“, que criticaba como pueden imaginar el pesimismo y victimismo que según el autor reina en este país. A pesar de la necesidad de mirar al futuro con optimismo, dejando de lado comentarios tan lamentables como “Los más vagos y violentos se limitan a despotricar del sistema” (¿es que no está permitido poner el sistema en cuestión? ¿es eso ser un vago o un violento? ), el autor se olvida de que esa mirada al futuro y trabajar para que éste sea posible no son tareas incompatible con mirar al pasado y pedir responsabilidades. Es más, es imprescindible.

Un país de llorones no, pero tampoco de borregos.

13 abril 2012

Analfabetos de baja intensidad

Sin ninguna razón aparente, esta tarde de viernes recupero una entrada de hace ya más de cinco años —hay que ver cómo pasa el tiempo—, de cuando escribía más y escalaba menos. Espero que les guste. Las cosas no han cambiado, desgraciadamente.

¿Saben esos días en los que todo el mundo les parece que es idiota? ¿Esos días en los que entienden porqué Einstein dijo aquello tan famoso sobre la estupidez humana y el universo? ¿Esos días en los que piensan que el animal más inteligente es el delfín, el mono o cualquier otra cosa menos el ser humano? ¿Y además, esos días que piensan, intuyen, adivinan, encuentran ese tipo de pensamientos en su cabeza… sin razón alguna? ¿Sí? ¿No? ¿No sabe, no contesta, lo mismo me da carne que pescado? Pues yo, señores y señoras, últimamente tengo muchos de esos días. Y es que no hago más que meterme con la gente, en cuanto pienso un poco. Intuyo que eso debe ser que estoy profundamente frustrado, pero me queda adivinar en qué. Bueno, en cualquier caso; hagan en favor de no ofendérseme. Ya saben que esto mío es todo mental y con medicación se cura. Bien, comenzamos.

Y empiezo, a pesar del párrafo previo de preparación, avisando de que a mí no es que me guste tocar los cojones (a excepción de los míos, claro), siempre en un sentido figurado, ni perder lectores, actuales o potenciales; de los pasados ya ni me preocupo. Cuantos más lectores, mejor que mejor, a quién quiero engañar. Pero vamos a ser sinceros, con esto de la democratización de Internet se da cuenta uno de que hay mucho analfabetismo, digamos, “de baja intensidad”. Ha salido a la luz igual que los caracoles cuando llueve, hasta de debajo de las piedras. Es un poco como cuando te pones a mirar las estanterías de tu habitación, que parecen a vista de pájaro impolutas, y cuando pasas el dedo por la superficie te das cuenta de la cantidad de mierda que te rodea. Y miras a otro lado y sigues con tu vida que a ti la mierda no te ha hecho nada. Perdónenme la triste analogía, pero no se me ocurre ninguna mejor. Bien, no es que sea yo Juan Manuel de Prada o Auster, por citar a dos sujetos que seguro que les suenan, pero la realidad es que bastantes de los que escriben, lo hacen mal, terriblemente mal, horriblemente mal. Coño, muy mal. Y no piensen en esos cuatro, cinco, diez o cincuenta blogs que leen habitualmente, sino en los millones que existen, y consideren la proporción. Sí, eso es: bastantes. Antes se escondían en la confidencialidad y soledad de sus diarios, y nadie se veía expuesto a su miseria literaria e intelectual; pero eso ya nunca más, por suerte o por desgracia. El caso es que sencillamente no saben escribir. Voy a repetir eso: no saben escribir. Y ahora insisto en lo de antes: tampoco es que yo me considere Calderón de la Barca o el bueno de Shakespeare. No.

Sólo digo que muchos no tienen ni puta idea. No un poco, ni un algo, no: ni-puta-idea. Y sí, en esto sí, yo, un servidor, moi, se excluye. Sí. Ya conocen ustedes mi ego y mi orgullo, nada nuevo bajo el sol. Ahora la pertinente lista de excepciones a la norma. No me refiero a la gente que escribe como si tuviese únicamente veinte caracteres a su disposición. Ni a los que tienen problemas de vocabulario, entre los que discretamente podría incluirme. Ni siquiera aquellos que escriben como si los acentos fuesen algún capricho prescindible, que ignoran el uso más básico de los signos de puntuación o que incluso hacen todo eso a la vez, deben sentirse aludidos. Bueno, quizá un poco sí, pero eso es cosa suya.

Estoy hablando, simple y llanamente, de esos que no saben cuándo utilizar a ver y cuándo haber, aquellos que confunden el uso de la uve (v) con el uso de la be (b), o la elle (ll) y la i griega (y). O no saben que después de la eme (m), viene la pe (p). No, no la Pe, sino la pe. Y no sólo eso, sino que además se equivocan de manera sistemática —un mal día lo tiene cualquiera, díganmelo a mi— y además no tienen el menor interés por corregir sus fallos. Bueno, en cualquier caso. Que sí. Que llámenme ustedes fascista lingüístico, aristócrata del lenguaje o lo que quieran llamarme para sentirse en paz con sus ideales de libertad, igualdad, y fraternidad, pero afirmo y mantengo que Internet está lleno de gente que no sabe que es casi analfabeta… de baja intensidad.

Y tengan cuidado. Es contagioso y lo peor es que cada vez lo toleramos más. Sean intransigentes, por lo que más quieran. Son muchos años de cultura como para tirarlos por la borda caprichosamente.

(Pueden buscar fallos de todo tipo en esta entrada; seguro que alguno se me ha colado)

30 diciembre 2011

Violencia

Desde que comenzó el movimiento este del 15-M he estado siguiéndolo —siempre obviamente por los telediarios e Internet— con cierta curiosidad, pero sobre todo con mucho escepticismo.

No es que no crea en las buenas intenciones de los movimientos sociales espontáneos como el 15-M. Creer, creo; será por credulidad.

Creo en las buenas intenciones detrás de la mayoría de sus participantes, en las buenas intenciones de las asambleas, en las buenas intenciones de las acampadas y en las buenas intenciones de las manifestaciones. Lo que no creo es que nada de eso vaya a conducir absolutamente a nada y a las pruebas me remito: mayoría absoluta del PP, que no es un partido que venga precisamente a simpatizar con las ideas del 15-M. En realidad, no tengo una idea exacta de con qué simpatiza el PP, aunque intuyo que viene a ser lo mismo con lo que simpatizó el PSOE durante los últimos ocho años, y con lo que simpatizó el PP de Aznar, y etcétera hasta el comienzo de todo esto: ellos mismos.

El problema de las buenas intenciones es que son sólo eso: buenas intenciones. Van bien para las navidades y nos hacen sentir mejor, pero desafortunadamente ni dan de comer, ni consiguen cambian las cosas. Para eso hace falta algo más: un compromiso real y la voluntad de sacrificar hasta lo más sagrado, especialmente en el ámbito personal; cualquier otra cosa es, en la mayoría de los casos, algo tan poco honesto como fructífero y demasiado a menudo una burda instrumentalización de las ideas al servicio de los propios intereses. No cabe ninguna duda de que si te lo montas bien, vivir de la ideología ha acabado por ser un buen negocio, especialmente entre la clase política de izquierdas, más tendente —con honrosas excepciones— a mantener discursos de clase, válidos hoy en día o no pero que ni ellos mismos se creen, apoltronados en sus sueldos, sillones de cuero y con sus iPhones y iPads; sigamos hablando, pero sólo eso que cuanto menos se mueva la cosa, mejor, no sea que me toque salir a la palestra y demostrar que yo sí estaba realmente comprometido. O peor, que todo este tinglado cambie y mi cabeza ya no haga falta.

Volvamos al 15-M. La cuestión de fondo es que esa actitud pacífica, calmada y dialogante de que han hecho gala durante estos meses no tiene otro beneficiario que el sistema contra el cual el 15-M dice estar. Cuando el poder económico, político y mediático está en manos de unos cuantos y la mayoría (entre la que me incluyo) está totalmente atocinada y acomodada, que se reúnan un puñado de perroflautas a discutir sobre el bien y del mal no sólo es inofensivo, siempre que no hagan ruido y no molesten a los turistas, sino que además proporciona una satisfactoria sensación de salud democrática a la sociedad; viene bien, mientras se sienten en el suelo y se dediquen sólo a hablar.

La necesidad del uso de la violencia legítima es algo sobre lo que ya he escrito alguna que otra vez en el pasado, y con todo lo pacífico que yo soy (que lo soy, y mucho) y lo poco que me gusta dar y recibir hostias, actividades que afortunadamente no practico habitualmente, es algo sobre lo que estoy bastante convencido; la violencia puede llegar a ser un instrumento útil e incluso necesario en determinadas circunstancias, pero que las clases dirigentes se han encargado de demonizar, mientras que el inútil (por idealista) diálogo habermasiano se ha adoptado como herramienta de resolución de conflictos, cuando nunca las partes que entablan el diálogo están en igualdad de condiciones y por tanto siempre pierde el débil. Que es lo que interesa, al fin y al cabo.

No compararé la situación actual con la Revolución Francesa, porque los pobres franceses no tenían un montón de cosas que son deberían ser habituales hoy en día, como un techo, comida, ropa, educación, sanidad, y otras tantas cosas, pero a nadie se le ocurriría pensar hoy en día que a través del diálogo la Revolución Francesa (con sus bondades y sus maldades) se habría llevado a cabo. Tan poco como me gustaría ver a algún cacique político pagando por sus “pecados” (tengo mis preferencias políticas y de método, que no confesaré), he de admitir que ese tipo de “iniciativas” son al final las únicas que pueden generar un cambio que, no obstante, sabe uno como empieza, pero no cuándo ni cómo acaba. Esa incertidumbre es la que obliga a que el compromiso con las ideas, acertadas o no, deba ser total; nadie dijo que fuese a ser fácil. Por supuesto, no todo van a ser ventajas (especialmente para el cacique del que hablaba).

El primer problema son aquellos energúmenos que se apuntan a cualquier cosa que huela a violencia. Los reconocerán porque todo equipo de fútbol que se precie tiene unos cuantos que probablemente usted pueda contratar si tiene un problema, necesita ayuda, tiene el dinero suficiente y puede localizarlos (le adelanto que será tan difícil como encontrar al Equipo A). Comience usted una revolución y acabará rodeado de animales sin otra motivación que robar y romper cráneos sin distinción de edad, sexo, raza o condición social; eso es igualdad de oportunidades y todo lo demás son tonterías. La cuestión es la violencia, y si es la violencia por la violencia, mejor que mejor. Qué mejor entretenimiento que romper escaparates y robar amparado por la multitud. Cierto: cualquiera consigue algo de legitimidad en ese escenario. Esa es, en efecto, una buena razón para prescindir de toda violencia en actos reivindicativos; a saber si al manifestante que tienes detrás le gustan tus zapatillas y acabas con la cabeza abierta y sin zapatillas. No empieces algo si no sabes quién va a apuntarse.

El segundo problema, obviando lo terriblemente grande que es el primero, es saber quién le pone el cascabel al gato. En una sociedad, para bien o para mal, totalmente anestesiada (¿quién se siente mal cuando ve a un pobre pidiendo por la calle?) y en la que mucha gente —no me atrevo a decir la mayoría— tiene techo, comida, Internet y ocio de fin de semana, a ver quién es el guapo que se juega los cuartos y se lanza a las calles, cóctel Molotov en mano, a luchar por sus derechos y por los de sus congéneres. Y además, esperar apoyos y comprensión de otros que viven demasiado bien como para mover el culo del sofá. Como que no. Trabajo no tendré, pero no vivo tan mal, oiga; todo es mejorable, pero también puedo ir a peor.

Si recuerdo bien, en unos de los libros de la saga Fundación de Asimov, un personaje cuyo propósito era hacerse con un planeta —ahí es nada— utilizaba los electrodomésticos que él mismo había proporcionado a la población para conseguir que ésta se levantase contra sus dirigentes; primero se los daba y luego se los quitaba. No tengo ninguna duda de que en cualquier sociedad contemporánea occidental el resultado sería el mismo: retírele sus comodidades al ciudadano de turno y conseguirá una revuelta que superará lo inimaginable. Desgraciadamente, la motivación de toda esa turba embrutecida será volver al estado anterior, no conseguir ningún tipo de progreso que no sea una tele más grande, un smart-phone más bonito o un coche más potente. Intentar convencerlos de algún tipo de motivación o finalidad superior sería una total pérdida de tiempo.

El tercer y último problema es el que más me gusta. Max Weber, que era un tipo que al parecer dedicaba algún tiempo a pensar, escribió una vez algo así como que el Estado es aquel que mantiene el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia. El problema es que si dejamos de lado la violencia física, existen otras muchas formas de violencia que el bueno de Weber no contempló. Un político que decide eliminar las ayudas a los más necesitados al mismo tiempo que mantiene coches oficiales, dietas, chóferes y otras prebendas escandalosas, está ejerciendo la violencia. Un empresario que trata a sus empleados como si fuese un señor feudal, está ejerciendo la violencia. Una empresa que despide a cientos de empleados mientras su dirección se mete en el bolsillo cientos de miles de euros, está ejerciendo la violencia. Un banco que paga miles de euros en bonus mientras mantiene sueldos basura, está ejerciendo la violencia. De manera mucho más sutil, pero con un resultado idéntico: la gente sufre y a menudo mucho más. Sin embargo, aunque todos tenemos la posibilidad de ejercer la violencia física con mayor o menor acierto, estos tipos de violencia menos evidentes están reservados a las clases dirigentes, especial pero no exclusivamente a la política, empresarial y financiera.

El problema es que nos hemos acabado de creer, tras mucho oírlo y repetirlo, el discurso oficial de condenar cualquier tipo de violencia que no provenga de los cauces “oficiales”: la violencia es mala, la violencia no lleva a ningún sitio, excepto a conseguir que un antidisturbios te abra la cabeza con una porra, porque eso no es violencia, es mantener el orden público. De esta forma, al no poder ejercer la violencia física por falta de legitimidad y carecer de medios para defendernos de los otros tipos de violencia, el ciudadano de a pie se encuentra despojado de cualquier medida de defensa contra los estamentos del poder establecido.

En definitiva: abandonen toda esperanza de cambio que no alimente los intereses de las clases dirigentes. Reúnanse si quieren, dialoguen y debatan, pero mucho me temo que eso no les llevará a nada más que a conocer personas políticamente activas, lo cual está muy bien, hacer amistades, que también está bien, y pasar frío, lo que no es tan agradable. Por cierto, ¿se acuerdan de aquello Rajoy dijo hace tan sólo unos días sobre no subir los impuestos? Pues parece que ha cambiado de opinión, entre otras gratas medidas. No descarten ver algún funcionario quemando contenedores en las próximas semanas, pero tampoco apuesten a favor. Ya saben que la violencia sólo engendra violencia. Mala cosa, sin duda alguna.

27 septiembre 2011

Sin paciencia se vive mejor

Mi madre siempre ha dicho que somos iguales en (al menos) una cosa: la poca paciencia que tenemos para hacer las cosas. Eso me lleva a comprar cosas que no necesito, suscribirme a revistas y comprar libros que luego no leo, obsesionarme con temas que dejan de interesarme a los dos días, o iniciar proyectos que abandono tan rápido como los comienzo. Hay un refrán que describe mejor que yo esta actitud: Arrancada de caballo y parada de burro.

Les pondré un ejemplo. Cuando me suscribí a la revista Escalar, a la que permanezco suscrito (a diferencia del The New Yorker y Time, que cancelé algunas semanas después de recibir el primer número), me enviaron una tabla de entrenamiento multipresa (de escalada). Tardé un par de semanas en instalarla, lo que me llevó una docena de llamadas telefónicas y la visita a unas cuantas ferreterías para localizar una tornillería específica, sacrificando más de una tarde y un fin de semana. Desde entonces, he utilizado la tabla apenas un par de días, y de eso hace ya cinco meses. Sobra decir que si no la hubiese instalado, no habría pasado nada.

Esto tiene, como casi todo, dos maneras de verlo.

La negativa es que soy una persona impetuosa, poco constante y me cuesta mantener el interés pasado el arranque inicial si no existen estímulos adicionales. Dicho intervalo puede durar días, semanas, meses o incluso me atrevería a decir que años y eso no significa que en aspectos de importancia vital (literalmente) como las relaciones personales, el trabajo o la familia me dé por cambiar cada dos por tres, ya que en ese caso hablaríamos de un problema y no una anécdota de mi forma de ser. Afortunadamente, con el tiempo he conseguido manejar hasta cierto punto la energía de dichos impulsos: reprimirlos cuando son realmente estériles o implican un gasto que no puedo justificar desde el punto de vista de un observador (relativamente) externo o cuando soy más hábil, dirigirlos a un fin mejor que el original.

La versión positiva es más corta: esa energía bien enfocada me permite realizar ser mucho más productivo y avanzar más rápido de lo que lo haría en condiciones “normales” y en algunas ocasiones ese impulso inicial es más que suficiente para coger suficiente inercia. “Sólo” tengo que saber cómo enfocarla y proporcionarle suficiente combustible para mantenerla activa. Claro que en general eso es más fácil de hacer que de decir.

Hasta aquí, la visión dualista de las cosas.

Planteado así parecería que soy una persona con la estabilidad de la nitroglicerina, pero el asunto no es exactamente de esa manera, aunque yo me haya acostumbrado a esa interpretación. Presento, como casi todo el mundo, un nivel constante de energía que es con el que desarrollo la mayor parte de las actividades y que puede variar ligeramente dependiendo del estado anímico, condiciones personales y laborales y diversos factores externos; es decir, lo que se llama vivir. De vez en cuando, por la razón que sea, aparece algo que altera el estado “normal” de las cosas: un artículo, un libro, una conversación, una película o una idea. Ya se imaginan que viene después.

A esas “cosas”, el estado de ánimo que provocan y todo lo que lo rodea lo llamo motivación y son los eventos más productivos y unos de los —por lo general— más satisfactorios de mi vida. Como comprenderán, la idea es tener cuantos más mejor. Al fin y al cabo, un par de revistas o libros y unas cuantas horas leyendo sobre cualquier cosa bien valen la pena si el resultado es ese.

22 septiembre 2011

Life plan

If you don’t design your own life plan, chances are you’ll fall into someone else’s plan. And guess what they have planned for you? Not much.
Jim Rohn

(De End Malaria, uno de los libros más inspiradores que he leído en mucho tiempo. A pesar de que no lea mucho)