30 diciembre 2011

Violencia

Desde que comenzó el movimiento este del 15-M he estado siguiéndolo —siempre obviamente por los telediarios e Internet— con cierta curiosidad, pero sobre todo con mucho escepticismo.

No es que no crea en las buenas intenciones de los movimientos sociales espontáneos como el 15-M. Creer, creo; será por credulidad.

Creo en las buenas intenciones detrás de la mayoría de sus participantes, en las buenas intenciones de las asambleas, en las buenas intenciones de las acampadas y en las buenas intenciones de las manifestaciones. Lo que no creo es que nada de eso vaya a conducir absolutamente a nada y a las pruebas me remito: mayoría absoluta del PP, que no es un partido que venga precisamente a simpatizar con las ideas del 15-M. En realidad, no tengo una idea exacta de con qué simpatiza el PP, aunque intuyo que viene a ser lo mismo con lo que simpatizó el PSOE durante los últimos ocho años, y con lo que simpatizó el PP de Aznar, y etcétera hasta el comienzo de todo esto: ellos mismos.

El problema de las buenas intenciones es que son sólo eso: buenas intenciones. Van bien para las navidades y nos hacen sentir mejor, pero desafortunadamente ni dan de comer, ni consiguen cambian las cosas. Para eso hace falta algo más: un compromiso real y la voluntad de sacrificar hasta lo más sagrado, especialmente en el ámbito personal; cualquier otra cosa es, en la mayoría de los casos, algo tan poco honesto como fructífero y demasiado a menudo una burda instrumentalización de las ideas al servicio de los propios intereses. No cabe ninguna duda de que si te lo montas bien, vivir de la ideología ha acabado por ser un buen negocio, especialmente entre la clase política de izquierdas, más tendente —con honrosas excepciones— a mantener discursos de clase, válidos hoy en día o no pero que ni ellos mismos se creen, apoltronados en sus sueldos, sillones de cuero y con sus iPhones y iPads; sigamos hablando, pero sólo eso que cuanto menos se mueva la cosa, mejor, no sea que me toque salir a la palestra y demostrar que yo sí estaba realmente comprometido. O peor, que todo este tinglado cambie y mi cabeza ya no haga falta.

Volvamos al 15-M. La cuestión de fondo es que esa actitud pacífica, calmada y dialogante de que han hecho gala durante estos meses no tiene otro beneficiario que el sistema contra el cual el 15-M dice estar. Cuando el poder económico, político y mediático está en manos de unos cuantos y la mayoría (entre la que me incluyo) está totalmente atocinada y acomodada, que se reúnan un puñado de perroflautas a discutir sobre el bien y del mal no sólo es inofensivo, siempre que no hagan ruido y no molesten a los turistas, sino que además proporciona una satisfactoria sensación de salud democrática a la sociedad; viene bien, mientras se sienten en el suelo y se dediquen sólo a hablar.

La necesidad del uso de la violencia legítima es algo sobre lo que ya he escrito alguna que otra vez en el pasado, y con todo lo pacífico que yo soy (que lo soy, y mucho) y lo poco que me gusta dar y recibir hostias, actividades que afortunadamente no practico habitualmente, es algo sobre lo que estoy bastante convencido; la violencia puede llegar a ser un instrumento útil e incluso necesario en determinadas circunstancias, pero que las clases dirigentes se han encargado de demonizar, mientras que el inútil (por idealista) diálogo habermasiano se ha adoptado como herramienta de resolución de conflictos, cuando nunca las partes que entablan el diálogo están en igualdad de condiciones y por tanto siempre pierde el débil. Que es lo que interesa, al fin y al cabo.

No compararé la situación actual con la Revolución Francesa, porque los pobres franceses no tenían un montón de cosas que son deberían ser habituales hoy en día, como un techo, comida, ropa, educación, sanidad, y otras tantas cosas, pero a nadie se le ocurriría pensar hoy en día que a través del diálogo la Revolución Francesa (con sus bondades y sus maldades) se habría llevado a cabo. Tan poco como me gustaría ver a algún cacique político pagando por sus “pecados” (tengo mis preferencias políticas y de método, que no confesaré), he de admitir que ese tipo de “iniciativas” son al final las únicas que pueden generar un cambio que, no obstante, sabe uno como empieza, pero no cuándo ni cómo acaba. Esa incertidumbre es la que obliga a que el compromiso con las ideas, acertadas o no, deba ser total; nadie dijo que fuese a ser fácil. Por supuesto, no todo van a ser ventajas (especialmente para el cacique del que hablaba).

El primer problema son aquellos energúmenos que se apuntan a cualquier cosa que huela a violencia. Los reconocerán porque todo equipo de fútbol que se precie tiene unos cuantos que probablemente usted pueda contratar si tiene un problema, necesita ayuda, tiene el dinero suficiente y puede localizarlos (le adelanto que será tan difícil como encontrar al Equipo A). Comience usted una revolución y acabará rodeado de animales sin otra motivación que robar y romper cráneos sin distinción de edad, sexo, raza o condición social; eso es igualdad de oportunidades y todo lo demás son tonterías. La cuestión es la violencia, y si es la violencia por la violencia, mejor que mejor. Qué mejor entretenimiento que romper escaparates y robar amparado por la multitud. Cierto: cualquiera consigue algo de legitimidad en ese escenario. Esa es, en efecto, una buena razón para prescindir de toda violencia en actos reivindicativos; a saber si al manifestante que tienes detrás le gustan tus zapatillas y acabas con la cabeza abierta y sin zapatillas. No empieces algo si no sabes quién va a apuntarse.

El segundo problema, obviando lo terriblemente grande que es el primero, es saber quién le pone el cascabel al gato. En una sociedad, para bien o para mal, totalmente anestesiada (¿quién se siente mal cuando ve a un pobre pidiendo por la calle?) y en la que mucha gente —no me atrevo a decir la mayoría— tiene techo, comida, Internet y ocio de fin de semana, a ver quién es el guapo que se juega los cuartos y se lanza a las calles, cóctel Molotov en mano, a luchar por sus derechos y por los de sus congéneres. Y además, esperar apoyos y comprensión de otros que viven demasiado bien como para mover el culo del sofá. Como que no. Trabajo no tendré, pero no vivo tan mal, oiga; todo es mejorable, pero también puedo ir a peor.

Si recuerdo bien, en unos de los libros de la saga Fundación de Asimov, un personaje cuyo propósito era hacerse con un planeta —ahí es nada— utilizaba los electrodomésticos que él mismo había proporcionado a la población para conseguir que ésta se levantase contra sus dirigentes; primero se los daba y luego se los quitaba. No tengo ninguna duda de que en cualquier sociedad contemporánea occidental el resultado sería el mismo: retírele sus comodidades al ciudadano de turno y conseguirá una revuelta que superará lo inimaginable. Desgraciadamente, la motivación de toda esa turba embrutecida será volver al estado anterior, no conseguir ningún tipo de progreso que no sea una tele más grande, un smart-phone más bonito o un coche más potente. Intentar convencerlos de algún tipo de motivación o finalidad superior sería una total pérdida de tiempo.

El tercer y último problema es el que más me gusta. Max Weber, que era un tipo que al parecer dedicaba algún tiempo a pensar, escribió una vez algo así como que el Estado es aquel que mantiene el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia. El problema es que si dejamos de lado la violencia física, existen otras muchas formas de violencia que el bueno de Weber no contempló. Un político que decide eliminar las ayudas a los más necesitados al mismo tiempo que mantiene coches oficiales, dietas, chóferes y otras prebendas escandalosas, está ejerciendo la violencia. Un empresario que trata a sus empleados como si fuese un señor feudal, está ejerciendo la violencia. Una empresa que despide a cientos de empleados mientras su dirección se mete en el bolsillo cientos de miles de euros, está ejerciendo la violencia. Un banco que paga miles de euros en bonus mientras mantiene sueldos basura, está ejerciendo la violencia. De manera mucho más sutil, pero con un resultado idéntico: la gente sufre y a menudo mucho más. Sin embargo, aunque todos tenemos la posibilidad de ejercer la violencia física con mayor o menor acierto, estos tipos de violencia menos evidentes están reservados a las clases dirigentes, especial pero no exclusivamente a la política, empresarial y financiera.

El problema es que nos hemos acabado de creer, tras mucho oírlo y repetirlo, el discurso oficial de condenar cualquier tipo de violencia que no provenga de los cauces “oficiales”: la violencia es mala, la violencia no lleva a ningún sitio, excepto a conseguir que un antidisturbios te abra la cabeza con una porra, porque eso no es violencia, es mantener el orden público. De esta forma, al no poder ejercer la violencia física por falta de legitimidad y carecer de medios para defendernos de los otros tipos de violencia, el ciudadano de a pie se encuentra despojado de cualquier medida de defensa contra los estamentos del poder establecido.

En definitiva: abandonen toda esperanza de cambio que no alimente los intereses de las clases dirigentes. Reúnanse si quieren, dialoguen y debatan, pero mucho me temo que eso no les llevará a nada más que a conocer personas políticamente activas, lo cual está muy bien, hacer amistades, que también está bien, y pasar frío, lo que no es tan agradable. Por cierto, ¿se acuerdan de aquello Rajoy dijo hace tan sólo unos días sobre no subir los impuestos? Pues parece que ha cambiado de opinión, entre otras gratas medidas. No descarten ver algún funcionario quemando contenedores en las próximas semanas, pero tampoco apuesten a favor. Ya saben que la violencia sólo engendra violencia. Mala cosa, sin duda alguna.

27 septiembre 2011

Sin paciencia se vive mejor

Mi madre siempre ha dicho que somos iguales en (al menos) una cosa: la poca paciencia que tenemos para hacer las cosas. Eso me lleva a comprar cosas que no necesito, suscribirme a revistas y comprar libros que luego no leo, obsesionarme con temas que dejan de interesarme a los dos días, o iniciar proyectos que abandono tan rápido como los comienzo. Hay un refrán que describe mejor que yo esta actitud: Arrancada de caballo y parada de burro.

Les pondré un ejemplo. Cuando me suscribí a la revista Escalar, a la que permanezco suscrito (a diferencia del The New Yorker y Time, que cancelé algunas semanas después de recibir el primer número), me enviaron una tabla de entrenamiento multipresa (de escalada). Tardé un par de semanas en instalarla, lo que me llevó una docena de llamadas telefónicas y la visita a unas cuantas ferreterías para localizar una tornillería específica, sacrificando más de una tarde y un fin de semana. Desde entonces, he utilizado la tabla apenas un par de días, y de eso hace ya cinco meses. Sobra decir que si no la hubiese instalado, no habría pasado nada.

Esto tiene, como casi todo, dos maneras de verlo.

La negativa es que soy una persona impetuosa, poco constante y me cuesta mantener el interés pasado el arranque inicial si no existen estímulos adicionales. Dicho intervalo puede durar días, semanas, meses o incluso me atrevería a decir que años y eso no significa que en aspectos de importancia vital (literalmente) como las relaciones personales, el trabajo o la familia me dé por cambiar cada dos por tres, ya que en ese caso hablaríamos de un problema y no una anécdota de mi forma de ser. Afortunadamente, con el tiempo he conseguido manejar hasta cierto punto la energía de dichos impulsos: reprimirlos cuando son realmente estériles o implican un gasto que no puedo justificar desde el punto de vista de un observador (relativamente) externo o cuando soy más hábil, dirigirlos a un fin mejor que el original.

La versión positiva es más corta: esa energía bien enfocada me permite realizar ser mucho más productivo y avanzar más rápido de lo que lo haría en condiciones “normales” y en algunas ocasiones ese impulso inicial es más que suficiente para coger suficiente inercia. “Sólo” tengo que saber cómo enfocarla y proporcionarle suficiente combustible para mantenerla activa. Claro que en general eso es más fácil de hacer que de decir.

Hasta aquí, la visión dualista de las cosas.

Planteado así parecería que soy una persona con la estabilidad de la nitroglicerina, pero el asunto no es exactamente de esa manera, aunque yo me haya acostumbrado a esa interpretación. Presento, como casi todo el mundo, un nivel constante de energía que es con el que desarrollo la mayor parte de las actividades y que puede variar ligeramente dependiendo del estado anímico, condiciones personales y laborales y diversos factores externos; es decir, lo que se llama vivir. De vez en cuando, por la razón que sea, aparece algo que altera el estado “normal” de las cosas: un artículo, un libro, una conversación, una película o una idea. Ya se imaginan que viene después.

A esas “cosas”, el estado de ánimo que provocan y todo lo que lo rodea lo llamo motivación y son los eventos más productivos y unos de los —por lo general— más satisfactorios de mi vida. Como comprenderán, la idea es tener cuantos más mejor. Al fin y al cabo, un par de revistas o libros y unas cuantas horas leyendo sobre cualquier cosa bien valen la pena si el resultado es ese.

22 septiembre 2011

Life plan

If you don’t design your own life plan, chances are you’ll fall into someone else’s plan. And guess what they have planned for you? Not much.
Jim Rohn

(De End Malaria, uno de los libros más inspiradores que he leído en mucho tiempo. A pesar de que no lea mucho)

22 julio 2011

El mundo en el que vivimos

Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.”

Ayn Rand

(A pesar de los sospechosos amigos de Correa, no estoy capacitado para opinar sobre la noticia de donde saqué la frase. Eso sí, en esta España de hoy, es fácil no sentirse identificado)

29 abril 2011

5*10^6 parados

Me cuesta entender lo que sucede en este país. Quizá el gobierno tenga razón y haya un empleo sumergido del 15% o 20%, porque de otro modo es difícil comprender cómo con cinco millones de parados aquí no pasa nada de nada.

La patronal, callada. Los sindicatos, ni están ni se les espera. El gobierno y la oposición, jugando a tirarse mierda que es lo único que se les da bien. Mientras tanto, las mismas noticias sobre Bildu y su ilegalización, otro tanto de Triviño, y circo, mucho circo. La Liga, los Madrid-Barça y las estúpidas discusiones de patio de colegio, Nadal, Alonso, el motociclismo y ahora la boda real de los ingleses.

Afortunadamente, el gobierno dice que el paro ha tocado techo. Claro que eso ya lo dijo Zapatero hace un año, y lo repitieron otra vez en octubre. Supongo que a fuerza de repetirlo, algún día tendrá que ser verdad, porque del 100% de paro no podemos pasar.

No suelo ser agorero, pero algo va mal, tremendamente mal en este país.

25 abril 2011

La herida oculta

Ayer, mientras volvíamos de Lerma en el coche, tuvimos la ocasión de escuchar a Ricard Ruiz Garzón hablar del libro La herida oculta, que en ocho historias de diferentes escritores trata de mostrar la “problemática” (dejemos ahí ese eufemismo) detrás de los trastornos psicológicos como la esquizofrenia, la depresión o el trastorno bipolar entre otros.

Durante la tertulia, tanto unos como otros reclamaban una mayor visibilidad para este tipo de enfermedades, estigmatizadas y escasamente reconocidas tanto por los propios enfermos como por las autoridades sanitarias (pidan cita en el psiquiatra o el psicólogo en la Seguridad Social, y ya verán la risa que les entra); si ya en España la situación es patética, en la Comunidad Valenciana rozamos el tercermundismo, con 2,4 psicólogos clínicos por 100.000 habitantes en 2008, cuando en 2004 la media europea era de 18. En fin, qué les voy a contar que no sepan ya.

Una reflexión que me pareció particularmente interesante fue la relacionada con la manera de hablar; mientras que términos como “sidoso” han sido abandonadas por considerar que la persona no debe ser definida a partir de la enfermedad, se siguen utilizando términos como “esquizofrénico”, en lugar de “persona con esquizofrenia” (Laura me apunta que por eso precisamente debe hablarse de “persona con discapacidad” en lugar de “discapacitado”), tanto en el público como en el médico, teóricamente más dado a cuidar la integridad del paciente en las formas. He de decir que, si bien no soy especialmente amante de la corrección política, son aspectos terminológicos que no deberían considerarse baladí.

Volviendo a la tertulia, varios de ellos mostraban cierto optimismo respecto al futuro de estas enfermedades, especialmente en su reconocimiento público y privado, lo que irremediablemente mejoraría los medios y por tanto el éxito en el tratamiento. Es aquí donde discrepo profundamente. Estoy convencido de que la forma de vida que promociona la sociedad capitalista actual (productividad, competitividad, consumismo y crecimiento económico a cualquier precio) va estrechamente ligada al incremento de los trastornos de ansiedad o depresión en las sociedades “avanzadas”. Dar completa visibilidad (y tratamiento psicológico, como imprescindible complemento al farmacológico) a uno de los extremos permitiría vislumbrar esa relación en toda su magnitud, algo que —por tanto— no parece probable que vaya a suceder.

24 abril 2011

Conducción eficiente

Ahora resulta que se puede pasar a tercera al llegar a 30 km/h, a cuarta a 40 km/h y a quinta a los 50 km/h, y se puede circular a esa velocidad en quinta sin que pase nada. Tampoco hace falta reducir hasta segunda para parar en los semáforos, como todavía supongo que enseñan en las autoescuelas (y si no lo haces, podemos asumir que te suspenden). Además, se puede pasar de segunda a cuarta directamente, y de tercera a quinta, y tampoco pasa nada.

Pues la verdad, no acabo de ver la novedad. Mucho ruido y pocas nueces.

18 marzo 2011

Taguas y sus ideas de bombero

Esta mañana, en previsión de que la búsqueda de aparcamiento cerca del trabajo y de nuevo, cerca de casa este mediodía, fuese a ser demasiado problemática, y aprovechando que he sustituido el traje por un atuendo más acorde a las circunstancias falleras, he decidido venir andando al trabajo. Cuarenta minutos aproximadamente, durante los que he venido oyendo a Carlos Herrera en Onda Cero; oiría a Francino, pero la verdad es que en general me parece un poco “blando” y poco crítico. A Carlos se le escapa de vez en cuando algún ramalazo, pero tiene un desparpajo que lo hacen bastante agradable de oír.

La cuestión es que cuando llegaba al trabajo, han entrevistado a David Taguas, anterior director de la Oficina Económica de Zapatero y actual presidente de SEOPAN, el lobby de las grandes empresas constructoras. No sé si saben que durante la última fiebre gubernamental para frenar la dependencia energética del petróleo (y que trajo medidas como la reducción de la velocidad máxima a 110), este hombre propuso simplemente subir los impuestos de la gasolina. Que este individuo tenga el curriculum que tiene (véase la Wikipedia) y diga estas cosas es del todo sorprendente; será el ladrillo, que se le ha subido a la cabeza.

Obviamente, el razonamiento de Taguas es el siguiente: a mayor precio, menor demanda, medida que intentaba justificar alegando que los impuestos “extra” que recaudase el gobierno se dedicarían a financiar el transporte público, educación, etc. La cuestión es que la primera parte del razonamiento es correcta hasta cierto punto (la relación precio/demanda no es lineal), pero la segunda no tanto, y no porque los impuestos no se fuesen a invertir en el Estado del Bienestar, que también. La última subida de precios del carburante (subida de la que participan no sólo ni principalmente las petroleras, sino también el Estado con un volumen significativo de impuestos) ha provocado una reducción del consumo doméstico de un 10%, por lo que la demanda ya se está reduciendo. Si continuamos incrementando el precio, nada indica que el incremento de recaudación vaya a compensar la reducción de la demanda, ya que tampoco en este caso la relación es lineal. ¿Hemos llegado a ese punto? Ni idea, pero no parece que buscarlo, vista la situación económica actual, sea lo más adecuado. Ni para el país, ni para el PSOE, con las elecciones a la vuelta de la esquina.

En segundo lugar, este hombre se olvida de algo tan importante como la inflación. Aunque con una inflación del 3,6 y un crecimiento de apenas décimas no se puede decir que estemos en una situación de estanflación (“dentro de una situación inflacionaria, se produce un estancamiento de la economía y el ritmo de la inflación no cede“), estaremos de acuerdo en que no estamos precisamente rebosantes de salud. Si ahora el gobierno decide subir —todavía más— artificialmente el coste de la gasolina (que es actualmente el principal responsable de la inflación), pueden imaginarse que las consecuencias no será sólo una reducción limitada de la demanda (nos pongamos como nos pongamos, la dependencia del petróleo existe por razones logísticas y de transporte), sino una subida generalizada del precio de la mayor parte de los productos. Es decir, más inflación. Y 3,6 es una cifra nada despreciable, a pesar de que seamos un país con una clara tendencia a valores altos de inflación.

Claro que, ¿qué cabe esperar del presidente del lobby de las constructoras?

15 noviembre 2010

Virus

Quisiera compartir una revelación que he tenido desde que estoy aquí. Esta me sobrevino cuando intenté clasificar a su especie. Verá, me di cuenta de que en realidad, no son mamíferos. Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un lógico equilibrio con el hábitat natural que les rodea. Pero los humanos no lo hacen. Se trasladan a una zona y se multiplican y siguen multiplicándose hasta que todos los recursos naturales se agotan. Así que el único modo de sobrevivir es extendiéndose hasta otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es?  Un virus. Los humanos sois una enfermedad, sois el cáncer de este planeta, sois una plaga. Y nosotros somos la cura.

Agente Smith, Matrix

3 noviembre 2010

Coches

Cosas que me ponen de mala leche:

1. El que tiene la extraña idea que conducir bien es circular por ciudad a 30 km/h, independientemente del tamaño de la vía.

2. El que conduce sin razón alguna por una gran avenida a 30 km/h hasta que ve un semáforo en ámbar y entonces acelera pasándolo en rojo y dejándote a ti parado en el semáforo.

3. El que piensa que tras poner el intermitente puede instantáneamente comenzar a cambiar de carril.

4. El que en una avenida de varios carriles se sitúa mal para girar por una calle y se enfada porque no le das prioridad.

5. El que piensa que conduce un fórmula 1 y para girar a una calle a 20 km/h marca la trazada ocupando dos carriles.

6. El que para girar a una calle a la izquierda o derecha en una calle de varios carriles ocupa no sólo el carril más cercano a la salida, sino también el contiguo.

7. El que utiliza el claxon sin razón alguna, o porque es gilipollas, que viene a ser lo mismo.

8. Y lo peor, el capullo incívico que intencionadamente aparca ocupando dos plazas de aparcamiento.

Hay más, pero seguro que me acuerdo mañana por la mañana de camino al trabajo.