Hola niñas, niños y pelotitas de goma.

Ya estamos aquí de nuevo, yo y el esquizofrénico, el esquizofrénico y yo. Los cuatro.

Aunque es obvio que hace unos días que rondaba por aquí -sólo las personas se cuelgan solas, las fotos de perros no-, lo cierto es que hasta ahora no tenía nada interesante que contar; ahora tampoco. Este año además no ha habido intensivo de piscina, ni intensivo de solecito, ni intensivo de verbenas de verano; no ha habido intensivo de casi nada, y ya sabéis de quién es la culpa. Más bien al contrario, eso sí, ha habido intensivo de Summer in the city, y aún estoy decidiendo si quejarme por ello o no.

También he de admitir, antes de continuar, que esta nueva temporada de Unsociability punto org -me siento como House, no te jode- viene marcada por las palabras de cierta mujer en las que admite no reconocer en estas líneas al tipo con el que sale (yo). Lo que en pocas palabras debe significar que en la realidad soy más tonto, cosa que tampoco es ninguna novedad.

De cualquier modo, más tonto, menos tonto, ya estamos aquí de nuevo. Lo dicho; yo y el esquizofrénico, el esquizofrénico y yo; los cuatro.


Meter a un fumador en un cine dos horas y cuarto no es fácil; más bien al contrario. Hace falta insistencia y hacerse un poco la víctima, con ese recurso fácil y rastrero, aunque no por ello deja de ser cierto, de siempre vamos donde tú quieres. Pero es que a mi me gusta el cine, y a veces el fin sí justifica los medios. Resumiendo, que es complicado, pero yo lo conseguí. Así que allí estaba yo todo ilusionado -de iluso- dispuesto a ver una película de aventuras, de espadachines, al estilo La venganza del Conde de Montecristo -film que todo sea dicho, tampoco es que recuerde demasiado- pero en producto nacional; una peli de aventuras a la antigua usanza. Y dispuesto, claro está, a salir con la sonrisa de oreja a oreja repitiendo las veces que hiciera falta lo cojonuda que era la película y coño, tenemos que venir más al cine. Vamos, listo para dejar claro clarito qué decisión tan increiblemente buena había sido aquella de ir a Alatriste.

Ya. Pues mi gozo en un pozo. Como que no. Que no. Triste, muy triste.

Porque mucha publicidad, mucho bombo, muchos millones (veintidos, y de euros, que no es moco de pavo), mucha etiqueta de superproducción, mucho compararse con Hollywood, y poco -y malo- guión, poco Viggo Mortensen (bueno, quizá poco no, quizá demasiado), poco Javier Cámara -cada vez que le veía haciendo del Conde-Duque de Olivares me acordaba de Paco en Siete Vidas y era incapaz de tomarme al pobre tipo en serio, aunque es verdad que el colega está clavao-, poco Eduardo Noriega, poca Ariadna Gil, poco Unax Ugalde, poco Juan Echanove y poca Elena Amaya (bueno, esta individua enseña las tetas, que es desde luego lo mejor que hace, y de lo mejor que hay, en toda la película). Entre otros muchos muchos y otros muchos pocos.

Porque la película es mala, y no sólo eso. Hay películas malas pero entretenidas. Las hay, y bastantes. Pero al menos pasas el rato, que al fin y al cabo, para eso está el cine. Pues esta, ni eso; es mala y además, aún peor, aburre. La palabra es coñazo, o mejor, *un auténtico coñazo*. Lo podría escribir más grande pero no más claro. El guión es una amalgama de situaciones y anécdotas que ni empiezan ni acaban de hilvanar unas con otras, las actuaciones son más bien discretitas con algún suspenso -bueno, ella al menos enseña las tetas-, el acento de Alatriste suena forzado y horrible (que aunque al principio piensas que acabarás acostumbrándote, a pesar de las dos horas y cuarto, no hay manera, porque además -cosas del personaje, supongo- el tipo es más bien parco en palabras), muchos de los diálogos resultan absurdos e increíbles -por lo no creíbles, no es que sean cojonudos, que va ser que no-, y para colmo, la película es larga larga: interminable. Ah, eso sí, los vestuarios son impresionantes, si a alguien le sirve de consuelo. Triste consuelo, por otra parte.

Así que, en conjunto, puede decirse que lo mejor de la película son las tetas de Elena Amaya. Lo cual no es que esté mal, pero creo por seis euros y pico, y algo mas de un par de horitas, yo diría que podría enseñar eso y mucho mucho mucho más.

Menudo truño, por si no había quedado claro.

(La coincidencia del título de este post con el de la crítica de la película que hace Blog de cine, y con la que coincido en todo, es sólo eso, coincidencia)


M. no sabe si tiene mucho que contar o poco, aunque salta a la vista que ha vuelto a la tercera persona, quizá como reclamo para la inspiración. O mejor dicho, lo que no sabe, entre otras muchas cosas, es si le interesa a alguien lo que pueda escribir, sea mucho, sea poco. Antes se sentaba frente al teclado y asumía, por razones desconocidas, que el mundo estaba en cierto modo interesado en lo que decía. Una parte muy pequeña del mundo, es cierto, pero un trozo de él al fin y al cabo, mientras no se demuestre lo contrario. Quizá fuese curiosidad, voyeurismo, o simple morbo, pero interés después de todo. Disfrutaba con ello.

Pero resulta que SebastianDell ya no está tan seguro de eso, y sin embargo, se da cuenta de que nada ha cambiado. O al menos, si no nada, no tanto. Es probable, o más que probable, obvio, que la inspiración no aparece tan a menudo como antes, pero también es verdad que el tipo en cuestión ya no pasa tantas horas escuchando, leyendo, escribiendo, pensando. Y todo eso, para más inri, alimenta esa intuición que ha tenido siempre de que algún tipo moderado de angustia existencial es casi siempre una buena musa. Moderado. Ya se sabe, si te pasas te lo pierdes.

Y eso deber ser, en resumen, lo mismo que supongo que le pasa a Lucía Etxebarría. Lo que pasa es que, claro está, yo no me voy a dedicar a plagiar.


Confesiones. Brevemente y antes de irme a la cama en la miseria de mi soledad.

Tengo tengo tengo. Veamos. Tengo un piso que reformar; cocina, baño, ventanas, parque. Eso para empezar. Y gustos caros, tengo gustos caros. Ropa, comida, muebles, etcétera. Lo común. Y tengo tengo tengo, tengo una novia con los mismos gustos caros. Ropa, comida, muebles, etcétera. Lo común. Lo común y arroz con bogavante. Lo común y fideuá. Y tengo, por último, y obviamente, una hipoteca. Una de las que duelen todos los meses. Un buen ejemplar.

Pero de momento, aparte de eso, tengo sólo un colchón, un somier, sus patas y poco dinero. Me gustaría tener más, pero no lo tengo. Más o mucho más, puestos a pedir, pero no. Porque lo que tengo no es mucho, sino poco dinero. Poco. Suficiente, pero poco. No me quejo, no. *Sí* me quejo. Podría estar peor, sí. Gilipolleces. Y mejor. Claro que tengo un colchón, un somier, cuatro patas, salud y amor. Más. Más gilipolleces, digo. Que tengo poco dinero, decía.

Así que fijáos la de cosas que tengo y la de cosas que no tengo. Y ni he empezado, pero es que ahora mismo, lo que tengo, es sueño.

(Y tengo, además, un mosquito del tamaño de un helicóptero dentro de mi habitación. Aunque mientras no haga ruido, a mi plim)


Siempre he pensado, de hecho es algo que, como muchas otras cosas, repito bastante a menudo, que la desdicha invita a la inspiración. Sentirse desgraciado es tremendamente productivo, siempre, claro está que no te conduzca al suicidio. Esto lo sé por experiencia personal. Porque muerto uno sólo produce gusanos. En cambio, esto no.

Pero no sólo llama a eso -léase la creatividad. El caso es que veces somos más felices siendo infelices, aunque parezca absurdo. O no. Pobrecito de mi, qué voy a hacer ahora. Qué coño. Qué coño. Creo que era Nietzsche -entre otros, claro, porque seguramente Dovstoieski también hablaba de eso, aunque vete tú a saber si sí o si no- el que hablaba del placer que sentimos las personas al regodearnos en nuestra propia miseria. Supongo que, aventurándome a decir algo sobre lo que no tengo ni puta idea (qué novedad y qué gran ocurrencia), el hecho de que sea tan difícil salir de la depresión tiene, vagamente, algo que ver con esto. Somos alérgicos a la felicidad y adictos a la desgracia.

Y como todos sabemos que no a todos Dios -o dios- nos ha concedido la misma inteligencia y capacidad, os dejo un libro del que me habló ayer cierta psicóloga para que intentéis entender, si podéis, de qué estoy hablando. Así que suerte y al toro.

El libro, aquí.

Me repito. Me repito. Me repito. Tres veces tres, me repito. Cuatro. Y el libro ni siquiera es mio. Ójala.


Vivimos en un país de risa. De pandereta. De gilipollas.

Somos capaces de coger una trama de corrupción como la de Marbella, donde se han robado miles de millones -de euros, no pesetas- de dinero público, y llevarla a la categoría de chascarrillo, de prensa rosa, de tertulia barata, de conversación de patio de colegio. Y aquí no pasa nada. Capaces de entrevistar por televisión, como si fueran famosetes de tres al cuarto, a personas que salen de la cárcel porque han robado millones. A yonkis que pillan robando 30 euros para meterse un pico, no, a esos no. Pero a hijos de puta que roban miles de millones y se ríen de nosotros, a esos sí.

Pues lo dicho, un país de gilipollas.


Si crees que soy gilipollas, sonríe

(Gracias)



No es que no quiera, de verdad. Tampoco es que no se me ocurra nada. Es que entre el piso al que me voy a ir a vivir en breve y mis obligaciones como pareja, completamente ineludibles -y no es que yo quiera evitarlas, no se me malinterprete- la verdad es que no me queda últimamente demasiado tiempo para escribir. Así que mientras veo cómo poder volver a escribir sin morir en el intento -y es que cada día trabajo más y duermo menos-, aquí os dejo un jueguecito para que al menos os entretengais unos minutos.


Por el amor de dios y la virgen María, que post más triste.


Yo pensaba que lo que escribí esta mañana era triste, pero si quieren ustedes algo triste, algo triste de verdad, algo patético incluso, vergonzoso, piensen que, según un estudio del instituto de opinión Gallup, el español más popular de este país es Julián Muñoz. Como lo oyen. Julián Muñoz. Bueno, eso explica muchas cosas. Muchísimas.

Lo dicho, país de gilipollas. De sol y pandereta. No se de qué me sorprendo.


... si todo va bien, en menos de un mes me voy a vivir con la individua de la imagen, de nombre Laura. Ya, menuda novedad.


Y dos posts en una noche. Soy un dechado de generosidad y creatividad, o quizá no.

Se aceptan donaciones.


Ya sé que esto va a parecer otra de esas excusas que utilizo yo para no contar nada, pero es que resulta -sí, ahora es cuando viene la excusa- que el sábado me caí por las escaleras -mojadas- de una discoteca y la verdad, además de que me cuesta bastante teclear, ya que llevo del dedo pulgar hasta el codo una escayola que la tipa de urgencias de la Quirón me ha puesto casi literalmente "por si acaso" (por si acaso tengo el escafoides jodido) a la espera de lo que diga el de trauma (¿será, será?), me duele si lo intento. Y para los especuladores, sí, iba completamente sereno. Y sí, estaban mojadas. Y para los curiosos, no, no les he demandado.

Adjunto documento gráfico no concluyente (lo sé):


Bueno, eso, y que mañana entro a las 6:45 de la mañana y sinceramente, desde hace unos meses no me sobra el tiempo.


Sanguijuela
(Por cierto, uno anoche, otro ahora... no os acostumbréis)


Siendo yo el primero al que le resulta cómodo poder acercarse a un bazar chino un domingo por la tarde para poder comprar vete tú a saber qué, me pregunto, y esta es otra de esas múltiples dudas que probablemente mucha gente tiene en relación con la población china de esta santa ciudad (como por ejemplo cómo pagan los alquileres esos grandes restaurantes chinos con la habitualmente escasa clientela que tienen, o qué pasa con los chinos que se mueren, que aunque se vuelvan a su país digo yo que alguno entre tantos se morirá aquí), porqué estos establecimientos no se "acogen" al horario comercial establecido, y abren sábados, domingos y el día que les da la gana, hasta la hora que les da la gana.

En otras palabras, si hay un horario comercial establecido por ley -y lo siento, pero que no me jodan con los derechos del consumidor que en esa historia hay un solo ganador- y esta gente se lo pasa por donde mejor les viene, ¿por qué nadie les obliga a cumplirlo?



El cuerpo humano es un organismo fascinante. Cuando después de ocho horas vomitando y cagando -defecar, hacer de vientre o hacer aguas mayores, todo eso es otra cosa, esto es *cagar* en el más literal de los sentidos, o si lo encuentran y lo prefieren, algún término aún más explícito-, piensas que no puede haber dentro de tu sistema digestivo absolutamente nada más que expulsar, él es capaz de encontrar esos espaghettis que comiste hace una semana y que ya no pensabas que estaban ahí dentro, o incluso restos de comida que ni tú mismo recuerdas que habías ingerido. Encontrarlos, y hacer que los expulses, claro. Sino, para qué.

Y entonces, vuelta a empezar.