No sé si alguien habrá experimentado esto antes, o si soy el único al que le pasa -difícil privilegio-, pero los días de resaca me encuentro intelectual y anímicamente extraño. Es como si me encontrase en otro plano de percepción, veo las cosas de otra manera, pienso las cosas de otra manera, siento las cosas de otra manera. Soy más pausado, más profundo, más reflexivo, y me encuentro más creativo de lo normal. Siempre he pensado, y sé que no estoy diciendo nada nuevo, que seguramente eran este tipo de estados alterados de conciencia, radicalizados y multiplicados, lo que buscaban autores como Hemingway Poe o Faulkner en el alcohol.
Aunque es posible que sea ese extraño en mi cabeza lo que me induce a pensar que puedo estar más creativo profundo o reflexivo que el resto de días, así que nunca sabe uno cuándo es uno mismo y cuando no, y quién es uno mismo y quien no, y si algo de eso tiene sentido. Porque a pesar de todo, afortunadamente o por desgracia, para bien o para mal, en mi cabeza, sólo estoy yo.
(I never got to tell you / What i wanted to / And i cry about it now / I never got to tell you / What you meant to me / And i cry about it now / I never got ot tell you what / I wanted to - Juliette and The Licks)

Se trata de algo sencillo, es estar un domingo en tu casa trabajando porque no tienes otro remedio, aunque las nuevas tecnologías te dejan trabajar hoy en día desde casi cualquier sitio, si tu trabajo está relacionado con ellas claro. En fin, no quiero desviarme del tema, felicidad es girarte, mirar a tu cama y ver a la persona más importante de tu vida durmiendo plácidamente, descansado con una sonrisa eterna en su rostro.
Es pensar que harías cualquier cosa para protegerla y que serías capaz de dar la vida por ella. Es sentir un tipo de amor incondicional, que nada tiene que ver con el amor de pareja. Es acercate a ella, despertarla con suaves palabras y decirle que por esta tarde ya está bien, que vamos a dar un paseo y a salir un rato. Porque los dos nos lo hemos merecido.
Felicidad es saber que un nuevo camino se abre delante de ti, pero que en ningún caso estás solo, porque durante los años, tu forma de ser ha hecho que las personas que tienes a tu alrededor vean en ti alguien que merece la pena cuidar y acompañar en todo momento. Eso sin duda es un tipo de felicidad.
--

Los ordenadores no ronronean, no. Nononono. Al menos, el mio no lo había hecho nunca. Por eso, cuando anoche mi ordenador empezó a hacer un ruido un poco raro, algo como rrrrrrrrrrrrrr seguido de rrrrrrrrrrrrrr, no se me ocurrió pensar !qué majo¡ ¡que animal! ¡qué versatil mi portátil que ahora ronronea como un gato!, ni algo como Yo te bautizo con el nombre de Samsung el Gato en nombre de Garfield, Félix y Don Gato. Nonononono. No se debe pensar mal de un amigo, pero mi portátil no es un amigo, es un dispositivo electrónico, y claro, no aplica, por lo que lo que a mi cabeza vino fue algo muy diferente: Ya la hemos jodido, y versiones similares de tan interesante reflexión. Y casi, porque ya he dicho que los ordenadores no ronronean y los discos duros tampoco lo hacen. Nononono.
Ahora el pánico ha pasado, he podido aparentemente reestablecer la situación y este bicho sin alma vuelve a su vida de quasi electrodoméstico. Atrás quedaron mis arrepentimientos, mis intenciones de copias periódicas, los sudores frios y mis rezos a un dios en el que no creo. Porque ya no los necesito, a ninguno de ellos, ahora que ya no truena, ahora que mi portátil ha vuelto a la vida.
Pero vuelven, cada vez que esa luz verde se enciende y mi disco hace... rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr...
(... uaitlait, tutu tutu, uaitlait, tutu tutu, uaitlait, tutu tutu, uaitlait, tutu tutu ... - White Light, Gorillaz)

Guiado en todo momento por un espíritu compuesto por comprensión y belicismo a partes iguales, y con la idea de poner fin a aquella desafortunada situación, intenté repetidamente y sin éxito hablar con él, pasando a realizar una serie de inútiles protestas frente a su puerta, a las que no obtuve respuesta, mientras mi benevolente espíritu se disipaba dando lugar a uno más acorde con las circunstancias. Mientras tanto, el viejo incrementaba alarmantemente la cantidad y variedad de los desechos, y en una hipotética escala de desperdicios, puede afirmarse que incluso la calidad. No hubo que esperar mucho para que las ratas hicieran acto de presencia, llamadas sin duda por el ambiente tan propicio que mi vecino les había creado, y sobre cuya procedencia nunca indagué demasiado, más por deseo de mantenerme en la ignorancia que por falta de respuestas; me era fácil oírlas a las tantas de la noche, con sus desagradables correteos, que me hacían permanecer horas enteras sentado en mi cama, sin ser capaz de hacer otra cosa que maldecir una y otra vez tanto a las propias ratas como al Creador responsable de semejantes repulsivas peludas criaturas.
Como era de preveer, aquello empeoró radicalmente y tan sólo unas semanas más tarde podía ver con desagrado, y más que con desagrado, con repugnancia, como las latas, las botellas, los restos de comida, en definitiva, la evidencia más palpable de la continuidad del señor Nicolás en este mundo, se amontonaba esparcida a lo largo de todo el rellano, ya que al parecer consideró a partir de ese momento, y muy a pesar mío sin mi consentimiento, el cual por otra parte jamás habría obtenido, hacerme partícipe involuntario de sus más que incómodas actividades. De manera paralela, y siguiendo la lógica imperante hasta ese momento, el número de ratas que poblaba aquel pequeño espacio pasó de unas pocas a varias decenas e incluso a más de un centenar, que no tenían el más mínimo reparo en mostrarse a la luz del día, frente a la considerada nocturnidad que había caracterizado a sus predecesoras, y que muy posiblemente a causa de la superpoblación que tanto ellas como yo sufríamos, pasaron a ocupar mi vivienda, lo que me produjo a corto plazo una serie de serios problemas nerviosos por el miedo que domina mi cuerpo ante la presencia de tales seres, y también a corto plazo e impuesto por las circunstancias, que me acostumbrase a vivir en su compañía en la medida que vivir en esas condiciones es posible.
Esto hizo que me viera obligado a limpiar, si es que a aquello que yo hacía podía llamársele limpiar, aquel espacio que consideraba como propio, y llevado por el asco y el odio hacia mi vecino, convertía aquello en una dantesca escena en la que, inmerso en un ataque de rabia, acababa como un poseso, chillando y pegándole patadas a todo aquello que encontraba delante de mis pies, lo que fue haciendo que tanto su portal como las paredes, antaño blancas, o al menos acreedoras de dicho adjetivo aunque fuese vagamente, estuviesen teñidas de infinidad de manchas multicolor, producto de mis siempre justificados ataques de histeria.
No recuerdo con qué frecuencia se daba en mí este comportamiento, pero sí que no fue así siempre, sino que adoptando su propia estrategia, se incrementó de forma gradual y lo que fue durante un breve periodo de tiempo un ejercicio de pulcra resignación pasó a ser unas palabras subidas de tono dirigidas contra la puerta tras la cual se encontraba presumiblemente el viejo, y acabó convirtiéndose en una estimulante, he de reconocerlo, y obsesiva actividad que fue acrecentándose en violencia e intensidad, a causa de la más que previsible impunidad de que disfrutaba, desembocando en una demostración de mi fuerza física, un espectáculo en el cual se mezclaban tanto las enérgicas patadas que le propinaba a todo cuanto veía, ya fuesen botellas, que muchas veces y con inmensa satisfacción por mi parte acababan por hacerse mil pedazos contra su puerta, ratas, que si eran cogidas desprevenidas se encontraban ante su propia sorpresa sobrevolando tras un violento despegue aquellos desperdicios con los que tanto parecían disfrutar, restos de comida o bolsas de plástico, como las gesticulaciones que llevaba a cabo, imagino que ridículas, y los gritos comparables a los de un supuesto hereje siendo torturado por la Santa Inquisición, que dejaron de contener palabras con sentido para pasar a ser una prueba de resistencia y potencia para mis cuerdas vocales. Frente a esto, nunca encontré más réplica que el silencio del sólido bloque de madera color caoba que daba entrada a su casa, decorado por mí mismo al estilo de algún probable pintor contemporáneo de renombre. Eso, obviamente, si no considero su interminable y constante vertido de desechos como una silenciosa respuesta, como una burla a mis inútiles y espontáneas escenificaciones, como una forma de decirme quién era el dueño y señor de aquel lugar.
No es necesario mencionar el hedor que todo aquello desprendía, que me considero incapaz de describir, y que se convirtió, a pesar mío, en mi inseparable compañero, hasta que normalmente dos, y en algunas ocasiones tan sólo una vez al mes, venía su hijo, más que a verle, a certificar que seguía vivo, por la brevedad y frecuencia de las visitas, y metódicamente limpiaba, siempre con el permiso de las ratas, aquel espacio que a su padre tanto esfuerzo le había costado acondicionar a su gusto. Sólo entonces remitía ligeramente aquel olor asqueroso, para volver a los pocos días con todo su poderío e invadir con la grandeza de un Carlomagno o un Atila cualquier rincón de mi casa, venciendo con inusitada facilidad a las decenas de ambientadores comerciales que tenía distribuidos por toda ella.
(...)

En el suplemento de El Mundo "Metrópoli" número 74, del 30 de septiembre a 6 de Octubre, leo las escalofriantes declaraciones de tres mujeres.
Tyra Banks, sin trampa ni cartón:
http://tyrashow.warnerbros.com
Ante los rumores de que se había operado los senos, la modelo, actriz y presentadora de TV se sometió en su propio programa a una mamografía para demostrar lo contrario. Tras esta prueba y un reconocimiento táctil, el médico Garth Fisher le dio la razón: todo natural.
Como los tomates. Esto en España tendría mucho éxito: "Maria Teresa Campos mama-grafía show"
Anna Nicole Smith, contenta al fin:
http://www.annanicole.com
A la viuda más voluptuosa (y polémica) del mundo le ha costado encontrarse a gusto consigo misma. Tanto, que hasta que se ha realiza 5 intervenciones hasta estar completamente satisfecha: "las tetas son como los neumáticos: cada cierto tiempo es necesario renovarlasr", ha dicho.
Pues será que las usa mucho... a mi me aguantan otros 30.000 kmts.
Y esta es la mejor sin duda:
Pamela Anderson se confiesa:
http://www.pamelaanderson.com
Su imagen es una de las más reproducidas y su generosidad pectoral ha ayudado a que así sea. Por ello la actriz acaba de explicar que "tengo una relación de amor/odio con mi busto. Es algo que forma parte de mi esencia más intima. LOS SIENTO MUY CERCA DE MI".
Pues que sean 115 "pechos" nuestros. Puedes ir en paz.
Yo cuando leo cosas de estas empiezo a mutar en el señor Fraga y en su versión más machista, porque este tipo de declaraciones son las que nos perjudican a los seres humanos.
Lo explico:
a) Una mujercoco como por ejemplo La Mujer Tirita lee esto. Harta de ligar solo en el ciberespacio y deseosa de tocar pelo (es una hipótesis), se quiere sentir deseada y decide (equivocada) que esto es lo que les gusta a los hombres.
El sábado tomando copas hago mías estas declaraciones y se las suelto a un hombretón. Probablemente toque pelo... o no, pero de lo que estoy segura es que no hablaremos de filosofía, ni siquiera de mis aficiones... probablemente ni siquiera hablemos.
b) Que un pequeño sector masculino se crean el mito de que las rubias son unas tías calientes, fáciles y cortas para todo.
El sábado tomando copas se acerca un tío y me pregunta qué tipo de relación tengo con mis tetas. Le digo que tengo una relación de pareja derecha-izquierda y me jode la noche. Me voy a casa pensando que los hombres piensan con la polla y no vuelvo a salir en un mes.
c) Finalmente, los seres humanos que utilizamos el lenguaje articulado y que tenemos esperanza en la raza humana, leemos esto, hacemos un post, pero siempre nos queda la duda de si estos seres existen sólo en la tele o también en el mundo real, si son pocos o es un ejército que acabarán tomando la tierra y dominando el universo.
Tengo miedo.
--

Yo antes vivía en Babia subido en un nido. Era un país un poco extraño, pero como yo soy bastante raro, me gustaba. Viví allí durante muchos años, hasta que un día haciendo el tonto me caí del nido y me metí una leche de impresión. No escarmentado con las alturas, me busqué un cómodo y tranquilo cúmulo y me fui a vivir a las nubes. Todo fue bien durante un tiempo, pero al final, uno acaba cansándose de tanta tranquilidad y tanta comodidad, y viendo un folleto de propaganda, se me ocurrió que me podría ir a vivir a la luna, por aquello de viajar a lugares inexplorados. El problema es que la gente no me llamaba para salir porque me pasaba el día en la luna, aparte de que tan lejos no me enteraba de nada. ¡Si es que estás en la luna!, decían ellos. Pues claro, pensaba yo. El caso es que me cansé pronto del dichoso satélite. Finalmente, después de muchas cavilaciones, he decidido que quiero estar un poquito más cerca de la tierra (y de la Tierra), así que voy a plantar una parra, subirme en ella y procurar no caerme, por la cuenta que me trae.
Aunque ya verás lo poco que tarda en llegar algún gracioso y cortármela.
(La parra, claro)

Habrá quedado claro, a estas alturas, que no me sentía especialmente atraído a establecer ningún tipo de contacto, ni amistoso ni de ningún tipo, con el viejo, ni asimismo con su hijo, cuya falta de interés no sólo por presentarse ante mí para disculpar el comportamiento de su padre, sino sobre todo por intentar encontrar una solución para este desagradable asunto, la interpretaba yo como aprobación de la situación e indiferencia hacía la desgracia que me había caído encima, hasta el punto que a menudo, cuando se encontraba ocupado en tareas de limpieza, me parecía verlo mirar hacía mi puerta, como si fuese consciente de mi escondite, y sonreír con una mueca que se engrandecía, hasta convertirse en una risotada que me aterrorizaba tanto como me crispaba. Hacía tiempo que había llegado yo a la conclusión de que se lavaba las manos en aquel asunto, limitándose como he dicho a alguna visita telegráfica al mes y a recoger los desechos de su padre, el cual poco me habría sorprendido si un buen día hubiera decidido de súbito realizar sus excreciones en el portal. Mantenía con éste por tanto la misma relación que con su progenitor, es decir, la observación atenta y constante de todos sus movimientos a través de la mirilla de mi puerta, considerándolo igualmente despreciable por hacerme víctima de su padre, y a juzgar por la conducta de ambos, ellos parecían sentir la misma atracción por mí que yo por ellos, y dudo mucho que esto fuese a causa de mi comportamiento puntualmente anómalo y decididamente histérico, frente al suyo, regular y permanentemente enfermizo.
Así pues, todo nuestro trato acabó limitándose a una vigilancia constante y pretendidamente anónima cuando cada mañana, a través de una rendija de apenas unos centímetros vomitaba todos aquellos desperdicios que había generado durante el día anterior, mientras yo, amparado en la innecesaria seguridad que mi puerta me daba, me consumía de odio ante semejante espectáculo. O a aquellas desgraciadas ocasiones en las que coincidíamos en el rellano, y sin dirigirle la palabra, le observaba, encorvado como el viejo decrépito que era y quizá aún más de lo que entonces me parecía normal, con sus penosos movimientos, y maldecía entre dientes lentamente cada uno de ellos como en una especie de ritual, pidiendo al cielo, o más bien al infierno, que me mandase al mismísimo Lucifer para llevárselo a mejor vida, si es que puede decirse así, aunque poco me importaba a mí en realidad si su vida iba a ser mejor o peor, con tal de que no siguiese siendo frente a mí.
No sé si allí abajo alguien tuvo la decencia de escuchar mis maléficas plegarias, pero la cuestión es que un día Nicolás dejó de existir, se murió, simplemente, así, sin más, lo que trajo a mi vida una relativa tranquilidad, quedando abandonado a la compañía de las ratas, y a las tres estrictas visitas, de la misma duración a la que me tenía acostumbrado, que el hijo de Nicolás realizó como punto final a nuestra relación. Tras esto, y afortunadamente, no he vuelto a verlo por aquí y sinceramente, imaginándome la condición en la que ha quedado la vivienda de su padre, o más bien en la que éste la ha dejado, estoy bastante seguro de que no volverá. Ahora el protagonismo lo han heredado las ratas, las que pese a todos mis esfuerzos, vanos en cualquier caso, no sólo no consigo dominar, sino que en cierto modo son ellas las que han impuesto su voluntad, si es que puede decirse que estas peludas bestias tengan tal cosa. No obstante, incluso teniéndolas en cuenta, a las que por otra parte estoy completamente habituado, puedo afirmar sin ningún género de duda que la muerte de Nicolás ha provocado en mi vida una profunda transformación, si la comparo con el estado en el que me encontraba tan sólo hace unas semanas, cambio que, lejos de haber alterado en algo mis hábitos, los ha hecho si cabe más patentes. De modo que ahora, cuando echo de menos al pobre hombre, sólo tengo que tirar unas bolsas de basura delante de mi puerta y mi instinto simplemente me dicta qué hacer.

He de confesaros algo que creo que es políticamente incorrecto. La mayoría de los blogs me aburren terriblemente; no sólo soy incapaz de prestar atención a un determinado blog durante mucho tiempo -excepto en raras ocasiones- sino que muchos de los que leo me parecen a menudo un coñazo. Imagino que a todo el mundo le pasa, en ambos sentidos: en el del lector y en el del escritor. Es difícil ser imaginativo constantemente. Tienes tus días buenos y tus días malos. A veces lees cosas buenas y a veces malas, y a veces escribes cosas buenas -o regulares- y a veces malas. Creo que eso pretende ser un atenuante de lo dicho hasta ahora. El caso es que hasta mi blog me aburre; y es que yo mismo sería incapaz de leerme, creo (es complicado de comprobar, porque yo no tendría que ser yo, y por tanto, no se en qué lugar he de colocarme). Que si nubes, que si posts egocéntricos, que si fotos chorras, que si cuentos, que si mi vida... vamos hombre no me jodas. ¿A quién coño le importa lo que yo tengo que decir? Eso es una pregunta retórica. Pues sí, es verdad, creo que me aburriría terriblemente leyéndome. Así que antes de nada, muchísimas gracias a los que me leéis regularmente, y a los que pasáis por aquí esporádicamente, por todo el coñazo que tenéis que aguantar demasiado a menudo. Pero tranquilos, que yo también me llevo mi parte :)
Y es que esto de los blogs acaba siendo muy estático. Porque a mi lo que me gustaría de verdad es lo que pretende el pretendido arte moderno: crear emociones en el lector. Ser capaz de que alguien se desmaye leyendo algo de aquí, que se enfade, que se excite, que tenga ganas de darle una ostia a la pared, o pegarle un polvo a su pareja y/o a la vecina y/o vecino del sexto. Ser capaz de que alguien tenga un orgasmo leyendo esto. Sí, ya se que no lo consigo. Pero en definitiva, lo que yo quisiera es sacar una mano de tu pantalla, meterte una ostia en la cara y decirte
Yesqueestáisagilipollados. Sin acritud y con cariño, pero agilipollados. Quizá sólo un poquitín, pero agilipollados.
Y hay que ver cómo me he ido del tema.

He fichado a una nueva copiloto, aunque creo que no es lo que muchos entenderían por el concepto de 'nueva copiloto'.
Se llama Maya, y viene directamente desde la feria de Albacete, y me la gané a base de punteria y buen pulso. Seguro que podéis ver qué expléndida sonrisa luce y cómo le brillan los ojos desde que estamos juntos. Pues así está todo el día. Es un verdadero encanto. Ah! Y tiene alas, sólo que desde ahí no se ven.
Y sí, está un poco abierta de piernas, pero es que ella es así y a mi me gusta que lo sea.
Y esto es todo por hoy, que me encuentro algo decaído últimamente.

El señor Nicolás no entiende como ha llegado al estado en el que se encuentra. Pero la verdad es que apenas dedica tiempo a pensar sobre ello. Sentado en su silla de ruedas, como todos los días, mira a través de la ventana. Hace ya varias semanas que empezó la primavera, y aunque puede sentirlo en el ambiente y la actividad de la calle, no ve aún ningún brote en el árbol que hay a la entrada de su casa. Tampoco sabe si debería haberlo. Igual está muerto; el invierno ha sido especialmente duro este año. Soy estúpido, se dice. No sé nada de árboles, y aquí estoy, devanándome los sesos en busca de una explicación para algo sobre lo que no entiendo. Ni siquiera puedo acordarme de si tenía hojas el verano pasado, porque no recuerdo que hubiera algo donde ahora puedo ver unas ramas desnudas, y lo único que sé hacer es perderme en conjeturas que no llevan a ninguna parte.
Antes de que el sentimiento de culpa le invada por completo, un gorrión atrae su atención por un instante, y el árbol y todas sus cavilaciones le abandonan para siempre. Le gustaría que se posase en el alféizar, ya que apenas lo ve, pero nunca lo hacen. Casi les odia por ello. Es un día luminoso; le gusta. Observa a la gente pasear, y piensa que le gustaría poder salir. Lo echa de menos. Ahora más que nunca siente su piel fría, tanto que casi puede notar el contraste con el calor del sol. Pero eso es absurdo. Sabe que su deseo ha de estar construido en torno a descripciones poéticas, historias de otras personas, pero no a verdaderas sensaciones. Ha de estarlo, porque ninguna otra cosa tendría sentido, porque no recuerda nada real que pueda alimentar sus ilusiones. Nada más encaja. O al menos, eso piensa. Es difícil estar seguro de algo, y el esfuerzo que conlleva alcanzar la seguridad no merece la pena ya que ni en eso puede confiar. Sin embargo, quizá más movido por la curiosidad que por la temperatura, aún desea salir. Pero no lo hace, aunque no sabe porqué. Ni siquiera se plantea si es capaz de hacerlo. La respuesta es No, y la falta de razones un poderoso argumento, el único, el mejor que hay. A pesar de ello, no se atormenta. Alguna razón habrá. Ha de haberla. Las cosas no son como son porque sí. Existe una explicación, puede intuirlo, y que no sea capaz de encontrarla es una muestra de ello, así que lo mejor es renunciar a ella. Es inútil resistirse a la evidencia, no puede negarlo, y sin embargo, no puede evitar que un pequeño suspiro de queja ascienda por su garganta; quizá sólo quiera creer eso. Infantil, piensa, y opta por dejar perder la vista en la calle, pero en su lugar sus ojos se fijan en una mancha en el cristal. Se siente cansado, inútil, y deja caer sus manos sobre las piernas, casi encima de sus rodillas.
(...)

Dices que no tienes tiempo de exponerme tus ideas. Que no tienes ganas de contarme tus pensamientos. Que tus sentimientos son tuyos y de nadie más. Que no tiene sentido explicarme nada en absoluto. Que no entiendo nada. Que no te escucho, que no te presto atención, que no me intereso por ti. Que soy un desconocido. Que no me conoces, que no te conozco, que somos extraños el uno para el otro.
Y quizás tengas razón, después de todo. Quizás sólo quiera tus sensaciones.
Desnúdate.

Desde que vi El Método hace un par de semanas, he ido al cine tres veces. Y esto es lo que ví.
Primero fue Wallace & Gromit. La maldición de las verduras, de Aardman Animation, que han sido recientemente noticia a raíz del incendio del almacén donde guardaban, entre otras cosas, las figuras de los protagonistas. La película está bien, pero es menos entretenida y divertida que las peliculas de animación a las que estamos acostumbrados, e incluso un poco pesada, a pesar de no ser muy larga. Quizá verla en la sesión de la una, con bastante sueño y cansancio acumulado hiciese que no saliese demasiado entusiasmado. A pesar de ello, y aún con dicho atenuante, creo que no tengo ninguna duda de que se encuentra por debajo de su anterior película, Rebelión en la Granja.
Luego ví El Mercader de Venecia, una película que quería ver desde que la estrenaron, ya que, entre otras cosas, enlazaba además con un trabajo que estuve elaborando el año pasado, lo que la hacía doblemente interesante. La película es discreta y agradable de ver, nada espectacular aparte de la actuación de Al Pacino. El contrapunto a ésta es la la principal protagonista, que parece estar posando para la revista Woman o Elle durante toda la película cada vez que aparece un primer plano suyo.
Finalmente, ayer ví Cinderella Man, la que dicen es la mejor película de Ron Howard hasta el momento, y no me extraña. Reconozco que era, de las tres, la que menos me apetecía ver, por alguna extraña razón, y sin embargo, fue la que más me gustó con mucha, muchísima diferencia. No encuentro muchos peros que hacerle, la verdad. Russell Crowe está inmenso, mucho mejor que en Una mente maravillosa, y tanto Renée Zellweger y Paul Giamatti (¿candidatura a Óscar al mejor secundario?) están a su altura. El director consigue, al igual que pasaba en Million Dolar Baby, enganchar al espectador en cada una de las diferentes peleas de boxeo que se suceden a lo largo de la película, y tanto el drama como la emoción se fusionan perfectamente, abusando quizá en contadas ocasiones, si es que hubiera que ponerle alguna pega, de un excesivo epicismo que de todas formas no está fuera de lugar. En resumen, más que recomendable, es, como dicen los americanos, a must-see (hay que verla).

!Es-pa-ña, ta-ta-ta! !Es-pa-ña, ta-ta-ta!
(¿ta-ta-ta?)
Bien bien bien. Hoy toca fúrgol. Como frúgil, pero no. Fúrgol. Ejem... ¿Se me oye bien? ¿Sí? Bien...
Pues parece ser, por lo visto, que los mantas, digo jugadores del equipo nacional tienen problemas para clasificarse para el Mundial. Pues sí que es raro lo de esta gente, con el nivel que tienen, los jugadores, los títulos que han conquistado, etc, etc, etc... ¡Ejem! Etc... eso mismo: etc. La verdad es que, como creo que todo el mundo ha intuido ya, me trae bastante sin cuidado. Y no porque yo sea nacionalista, que no lo soy (ni de un lado ni del otro), ni porque esté de acuerdo en que Fernando Torres y Vicente son, como dice Pedro, las mayores mentiras del fútbol español (Raúl también lo es, pero como dice el mismo, al menos mete goles), sino porque lo de esta selección es de risa. De risa por lo patético, claro. Son de parodia. Y es que eso de nuestra selección que tanto gusta a los periodistas deportivos (hay que avivar el orgullo patrio que eso vende) es casi ofensivo. Será la suya, que yo no tengo acciones en esta y a mi me gusta más Argentina Francia o Brasil.
...
Bueno, en realidad, ¿para qué mentir? Lo confieso, pero por favor, perdonádme: yo lo que quiero es que pierda España. Contra quien sea que le toque en la repesca, y si suena la flauta por casualidad y se clasifican, cuanto antes pierdan, mejor. Que ya estoy harto -lo que viene a ser hasta las narices- de tanto fracaso, tanto, como dicen en inglés, overhype, tanta sobrevaloración, y tanta gilipollez con once tipos en calzoncillos corriendo, poco y mal, por un campo de césped. Así al menos no tendré que tragarme a todas las televisiones dando la vara una y otra vez con el combinado de longaniza y morcilla nacional durante el Mundial. Y qué bonito pareado. Un blanco y negro, por favor. ¡Pero qué panda de paquetes, por dios la virgen María el espíritu santo y Arvydas Sabonis!
Así, que como decía aquél: Ale, a cascarla.
(Espero que a nadie le haya dado nada al ver la banderita colgada en la web...)

Hoy es un día especial. Le gusta que lo sea, pero le cuesta admitirlo. Le gustaría preferir la rutina diaria, la soledad en su silla de ruedas, los pájaros y ese árbol, sus pensamientos, la distancia entre él y la gente de la calle, pero no es así. Y eso le molesta, porque es reconocerse a sí mismo en algo que no puede ser. Aún así, su cuerpo se las arregla para sentir una ligera sacudida de excitación. Hace mucho tiempo que no recibe una carta. Tanto que no lo recuerda. Con ella sobre sus manos extendidas, la mira con curiosidad. Un par de caballos en la esquina superior derecha, simétricamente pegados respecto de ambos extremos. Un sello corriente. Vulgar. Observa la dirección y reconoce la letra de un viejo: redondeada, limpia, a conciencia, como el cuaderno de caligrafía de un niño. Imagina las pausas, la lentitud de los trazos, la atención puesta sobre cada letra, la presión del bolígrafo sobre el papel y el movimiento de la mano al escribir la ele o el rabillo de la a. Se siente bien al pensar en ello y sonríe. Le da la vuelta, buscando el remitente, pero sólo encuentra una dirección desconocida y la misma escritura minuciosa. Ni un nombre que intentar recordar. No le sorprende. ¿Cuánto tiempo hace que no sabe nada de nadie? Para qué.
No le entusiasma abrirla con los dedos, pero no tiene otra cosa a mano y su ansiedad no le permite posponer el momento; intenta utilizar el pulgar a modo de abrecartas, pero él fracasa y su torpeza triunfa. El sobre se rompe, dividiendo el remite en dos. Necio. Tenías que haberlo abierto por un lateral, hubiera sido más fácil. A pesar de ello, hace un esfuerzo por olvidarse de sí mismo y saca cuidadosamente las hojas, dejando el sobre encima de sus rodillas. Blancas y cuidadosamente plegadas, responden a las expectativas. Los renglones, trazados como con tiralíneas, uniformemente espaciados y todos ellos de igual longitud. La misma delicada y paciente escritura. Sólo un viejo reconoce la letra de otro viejo, murmura entre dientes. Con ella frente a sí, ya ha perdido casi todo el interés. No sabe siquiera si quiere leerla. Qué necesidad hay. Puede que sea una equivocación, pero ahí está escrita su dirección. Su nombre. Sus apellidos. Apenas una página y media. Ahora duda entre sentir pereza por tener que leer tanto, o desprecio por ser merecedor de tan poco. Temiendo que su apatía se convierta de nuevo en su mejor aliado, decide comenzar antes de convencerse a sí mismo de que no vale la pena continuar con aquello.
(...)

... tu interés en mi persona?. Es meramente... ¿intelectual? ¿amistoso? ¿efímero y perecedero o eterno y permanente? ¿sexual quizá? ¿esporádico y casual? ¿simple curiosidad o del tipo de la que acabó con el gato?
- Curiosidad e interés de todo tipo.

Hará unos cinco años que escuché por primera vez a James, gracias a la recomendación de Iván, un compañero de trabajo. Confieso que jamás hasta ese momento había escuchado nada de ellos, ni tampoco los había oído mencionar, cosa que ahora me parece sorprendente.
No recuerdo cual fue el primer álbum que escuché, pero creo que fue su último disco antes de disolverse y de que Tim Booth iniciase su carrera en solitario: Pleased to meet you, uno de los mejores que tienen y una despedida soberbia. No soy crítico musical -y probablemente ellos discrepen de mi opinión-, así que sólo puedo decir que me pareció y me parece absolutamente impresionante. Después de ese, seguí Millionaires y Whiplash. Y luego Laid, Gold Mother y Stutter, entre otros. Aunque no puedo asegurarlo ya que mi memoria no da para tanto, yo diría que durante más o menos seis meses me dediqué a escuchar casi exclusivamente a James.
No sé si me falta algún álbum de su discografía, y es verdad que ahora oigo otras cosas y los tengo algo aparcados, pero James tiene la extraña habilidad de tener muchas, y cuando digo muchas, quiero decir *muchas*, canciones que me hacen sentir bien a pesar del ánimo en el que me encuentre. Todos tenemos -o en general, hay- canciones que nos hacen sentir mejor. En James, para mi, la proporción de estas canciones sobre el total es increíblemente alta. Y por eso, aunque no sea objetivo, aunque no sea crítico, esta banda es una de los tres mejores grupos de música que he oído nunca, y los otros dos no sé cuales son.
--
Sit down next to me
Those who find they're touched by madness
Sit down next to me
Those who find themselves ridiculous
Sit down next to me
In love, in fear, in hate, in tears
James, Sit Down

Hoy he comido solo. A pesar de lo abarrotado del lugar, nadie me ha dirigido la palabra, excepto la chica que tenía delante, y cuando lo ha hecho, ha sido para despedirse: Adeu. No me ha dado tiempo a contestarle, ya que no lo esperaba, así que me he limitado a extender la palma de la mano para despedirme. No sé si me ha visto, espero que sí. Bueno, en realidad me da igual.
Algunas personas dirán que esto de comer solo es muy triste, pero nunca he pensado que tenga porqué (¿por qué?) serlo de por sí. Ni lo pensaba cuando iba al cine solo. Ni cuando iba a la Fnac y pasaba la tarde ojeando libros u oyendo música, sin nadie con quién hablar de algo... o de nada. La gente acostumbra a calificar ese tipo de actitudes como extrañas. Bueno. Nunca he tenido demasiados amigos, aunque con el tiempo he llegado a tener unos pocos muy buenos amigos. La cantidad es culpa exclusivamente mia, la calidad culpa exclusivamente suya. He sido siempre pésimo en eso de mantener amistades. Me cuesta relativamente poco hacerme con la gente, pero soy -o era, creo- incapaz de mantener el interés demasiado tiempo. Esto me hace parecer introvertido, o mejor, insociable, cuando en realidad no lo soy en absoluto. Simplemente soy algo egoísta, lo confieso; demasiado independiente para estar sujeto a una vida social que a menudo he considerado incómoda de conservar. En otras palabras, que voy a mi puta bola, y he ido durante mucho tiempo, pero la comodidad tiene un precio. Afortunadamente, puedo decir que de un tiempo a esta parte esto ha cambiado y que ahora vivo un poco menos cómodo, me adapto más a la gente y ...
... y en realidad, no es esto de lo que pensaba hablar y no se qué coño hago hablando de ello, pero como no encuentro una manera de ponerle fin a algo que empieza a tener un dramatismo que no le corresponde, va a ser precisamente esta frase la que detenga esa senda. Es demasiado escarpada para ponerme a hablar de ello sin más ni más. Ay, más dramatismo. Soy incorregible. Supongo que es lo que tiene dormir poco y tomar mucho -demasiado- café. Para no dormirme, claro.
No me hagáis caso, si es que hay algún insensato que aún me lo hace.

Cuando a las ocho menos cuarto de la mañana, en un día muy nublado como el de hoy, te cruzas con un fashion victim que lleva unas gafas de sol oscuras, ¿he de pensar que este es un país libre, o que simplemente me he cruzado con un idiota? ¿O quizá ambas? O, porqué no, a lo mejor el idiota soy simplemente yo.
Ayudadme. El dilema me tiene sumido en la desesperación.

Querido Nicolás,
Hace tantos años que nos cruzamos, porque fue justo eso lo que sucedió, que el nombre Sebastian no te dirá nada. Después de casi media vida, es difícil recordar un nombre si no tienes una cara que te ayude, aunque bien visto, esta cara ha cambiado mucho y aún no siendo así, no creo que me reconocieses si me tuvieses delante. Imagino que a estas alturas estás tan sorprendido al leer esta carta que piensas que se trata de una curiosa equivocación. Cosas más extrañas se han visto.
Pero no lo es. No te diré que fuimos íntimos amigos, compañeros de clase, que nos peleamos por una mujer o trabajamos juntos. Nada de eso. Lo único que compartimos fue una cerveza cerca de medianoche en un bar de carretera y un par de horas de conversación hace ya casi treinta años. Eso es todo. Espero que no estés demasiado decepcionado tras oír eso. Podría decir que recuerdo cada palabra, pero eso sería demasiado pretencioso y además no sería verdad, y a estas alturas, para qué mentir. Bien, puedo asumir que la intriga inicial ha dejado paso a una total incredulidad, y ahora que estoy seguro de que no sabes quién soy, tendrás que perdonar que me haya tomado la confianza no sólo de escribirte, sino de hablarte como si en realidad nos conociésemos de toda la vida.
Ignoro porqué te escribo, si es eso lo que te estás preguntando. Descubrí entre unos papeles tu dirección y pensé que valía la pena arriesgarse a escribir esta carta que en el peor de los casos, simplemente me sería devuelta. Tengo un recuerdo muy grato de aquella conversación. Sé que todo esto te parecerá muy extraño, pero no creas que a mi me lo parece menos. No es este el momento de contarte qué ha sido de mi vida, así que espero que tras la sorpresa inicial, te decidas a contestarme y si crees que puede valer la pena, tomar de nuevo otra cerveza a una hora más decente (que la edad no permite excesos), aprovechando que paso a menudo por tu ciudad. No hay mucho más que añadir, por lo que me despido con la esperanza de que al menos la curiosidad te empuje a contestar.
Un saludo de un amigo,
Sebastian

Su boca, su lengua húmeda, sus labios carnosos. Dedos deslizándose por mi cintura, intentando colarse entre mi piel y el pantalón lo poco que éste se lo permite. Recorro su espalda fría y se encorva como una gata. Siento sus manos nerviosas en el botón mientras me muerde los labios y abre las piernas, invitándome a entrar. La escucho respirar y acaricio sus pechos, sintiendo sus pezones duros y el calor de su cuerpo mientras seguimos jugando ya instintivamente, hasta que el obstáculo acaba cediendo y sus dedos encuentran mi sexo caliente y erecto...

...
Me gustas mucho, (tururururú)
Me gustas mucho tú, (tururururú)
Tarde o temprano seré tuya (¿qué?¿tuya?)
Y mío tú serás (uh... ¿mio?¿cómo que mio?)
...
--
Esta claro que esta canción tiene problemas de género. De número va bien.

Hay que ver cómo han cambiado las cosas.
Hace no mucho tiempo, cuando era yo aún un apuesto mozalbete o al menos un mozalbete o a lo mejor ni siquiera eso, mantenía correspondencia postal con gente de aquí, que conocía, y de allá, que no (¿qué será, será, de Anna Papadopoulos?), y tenía la santa paciencia de esperar varias semanas a que el cartero llamase a la puerta, aunque fuese tan sólo una vez, para dejar mis cartas en el buzón.
Pero las cosas han cambiado mucho con el correo electrónico. Bendito invento. Se ha cargado de un plumazo toda esa mi paciencia, así que, bien pensado, ya no estoy seguro de si es bendito o maldito. Ahora envío un correo, y antes de cinco minutos ya estoy mirando si ha llegado la respuesta. Y a los dos minutos otra vez ¡va, contestaaaaaaaaaa!. Y luego otra, y miras, y vuelves a mirar, como beben los peces en el rio y finalmente cuando parece que vale, el correo ya ha llegado, el correo ya está aquí... descubres que es otra vez spam... estoy hasta los cojooooodeeeeer conteeestaaaa.... Y otra más. Y cada vez que lo hago, no se porqué, tengo la necesidad de pinchar varias veces consecutivas... Connecting to Connecting to Connecting to Connecting to... Connecting... tú, deja ya de mirar el puto correo que aún no ha llegado; como si saturar el servidor de correo de peticiones fuese a crear mi correo de la nada.
Y mientras tanto, sigo mirando a ver si suena la flauta por casualidad, y como no parece que suene mucho, cuando ya me he cansado de esperar, cosa que viene a ser cosa de media hora a una hora habitualmente, cojo el teléfono y llamo. ¿Oye, has leído el correo que te he mandado? Pues no, ¿por? No, si no es nada, pero bueno, ya que estamos, te cuento... Y claro, al final me acabo quedando casi siempre sin mi tan ansiada respuesta electrónica.
Así que cuando digo que la informática va a acabar conmigo, no es coña; de momento ha decidido empezar por mi paciencia.


Una. Decía el otro día que comí solo, y que únicamente la chica que tenía delante me había dirigido la palabra. Aquella chica parecía tener miedo de todo. Probablemente luego fuese la persona más normal del mundo, pero daba la sensación de esconderse de todo, de querer pasar desapercibida, de no molestar. Incluso cuando se despidió, lo hizo con tal rapidez que para cuando yo había querido reaccionar, ella ya me había dado la espalda y se alejaba, translúcida, casi transparente.
Dos. Cenando con par de amigas hace ya casi un mes, una de ellas nos "confesó" que un chico le gustaba. Se veían muy de vez en cuando, y hablaban, y hablaban, pero jamás había ningún tipo de acercamiento, por llamarlo de alguna forma. Y eso que a ella le atraía y le parecía interesante, pero no se atrevía a decirle nada por vergüenza y miedo a ser rechazada (es posible que no sea exactamente así, pero se aproxima bastante). Nuestro consejo fue muy sencillo: dile que te gusta.
Tres. Hace algún tiempo conocí a una chica a través de este blog. Durante un tiempo estuvimos hablando de formas ciertamente poco ortodoxas, e intenté sin éxito que fuese suficientemente valiente para tomar un café o una cerveza conmigo. Durante semanas fuí incapaz de conseguirlo, y cuando ya había desistido casi por completo -tenacidad es mi segundo nombre-, gracias a alguna ayuda adicional acabamos conociéndonos en persona. No diré como acabó todo, pero no hubo nada de que arrepentirse.
No se trata de crear tu propia Kale Borroka personal, sino de ver las cosas con optimismo. De reirse un poco -o un mucho- de uno mismo, de darse cuenta de que vida no hay más que una y que a ti te encontré en la calle.
(Vaya, que trascendente me ha quedado y que contradictorio suena eso tras esa última frase)

Estimado 20minutos,
Me dirijo a ti porque me encuentro en un dilema del que me está resultando difícil salir. Como de costumbre, podría añadir. Nunca he sido bueno tomando decisiones, todo el mundo lo sabe; como en el chiste, esas cosas no se me dan bien, pero no es momento ahora de hablar de ello. Habrás adivinado ya, y si no lo has hecho te lo digo yo, que mi encrucijada está en relación con el concurso de blogs 2005 que organizas, esponsorizas o patrocinas. Que con la publicidad que te está probablemente generando, viene a ser lo mismo, en realidad.
Bien, pues la cuestión que se me ha planteado es la siguiente: ¿debería hacer trampas?
Cierto es que dicho así, apelando de manera tan primitiva a la eterna lucha entre el bien (no) y el mal (sí), la solución puede parecer más sencilla de lo que en realidad es, y quizá lo sea. Pero es que, verás, hay algo que no te he dicho y que te resultará esclarecedor: yo quiero ganar el concurso. Para eso me apunté, que aquello de que lo importante es participar no va conmigo. Y no es que quiera los tres mil euros, que claro que los quiero, ni me entusiasme ser columnista de tu periódico, aunque tampoco le hago feos. No. Yo lo que quiero es ganar, porque sí. Simple y llanamente. Porque yo lo valgo, porque mis papás me educaron para triunfar, porque creo, ingenuamente, que mi blog vale tanto como los demás y porque me da la gana. Pero para eso tengo que hacer alguna trampa, a pesar de que eso no me garantice, a estas alturas del concurso, que vaya a quedar el primero; tenía que haber comenzado antes, pero es tarde para arrepentimientos. Pero como dicen los americanos, y aunque la constancia sea otra de mis carencias, tengo que give it a try.
Y es que viendo cómo algún blog que lleva meses sin actualizar permanece entre los cinco primeros de más de una categoría, resulta un poco deprimente ver que el de un servidor, que actualiza a diario como bien puede, apenas recibe cinco votos diarios, en días de suerte. Si bien uno ha de ser consciente de su propia miseria, este tipo de cosas me hunden aún más en el fango, por lo que he concluído que, aunque sea a costa de mi tiempo, mi esfuerzo y alguna trampita, quizá debería, por salvar mi orgullo y amor propio y claro está, ocultándole a mi mano derecha lo que hace mi mano izquierda, ponerme al nivel de esos opulentos blogs que reciben cientos de votos diarios, aunque sea utilizando esas cien invitaciones de Gmail de las que dispongo para crear las cuentas necesarias para votarme. Aunque bien visto, supongo que un usuario registrado no es lo mismo que una persona registrada, ¿no? Así que después de todo no sea ilegal como parece. Un poco pícara la medida, sin duda, pero no tramposa. Sin ironía alguna, por supuesto.
Aunque ahora que lo pienso, y como me sugiere la pereza innata a mi ser, sé que no seré capaz de aplicar tal medida, por lo que no me queda otra solución que asumir mi mediocridad y la grandeza de mis rivales, para los que ni siquiera soy tal. Y además, continuando con ese pensamiento, a lo mejor yo no quiero ganar el concurso, sino simplemente tener un blog y que me lea quien quiera. Vaya, ahora me siento un poco bipolar, un poco ambigüo, un poco escindido, hasta un poco esquizofrénico. Como si mi mano derecha no supiese lo que hace mi mano izquierda. Vete tú a saber, quizá no lo sepa.
Por lo que sólo me queda darte las gracias por tu atención y dedicar el tiempo a leer estas mis reflexiones de lunes por la mañana. Recibe un cordial y afectuoso saludo,
Sebastian Dell
www.unsociability.org

No nos engañemos: jamás subirán al coro cantando Libertad, libertad, libertad... Ceremonias funerarias mastodónticas, rituales excesivos, cónclaves fastuosos, lujo en las vestiduras y en las joyas... Se manifestarán para preservar sus privilegios y para recortar los derechos de los otros. No se manifestarán contra la guerra, la miseria, el hambre y la injusticia, pero si compartes ternura, placer, caricias, y orgasmos con quien te apetezca, te condenarán al puto infierno.
No creo en ese Dios (ni en ninguno). No quiero ser un número más. Me sienta como una patada en el estómago sentirme incluída en ese número al que se refieren una y otra vez para preservar sus prerrogativas. Yo me niego a que me cuenten en sus filas.
Por eso le he escrito esta carta al Arzobispo:
Arzobispado de Ababolia
Calle de la Amapola s/n
00000 Ababolia
Señor Arzobispo de Ababolia:
Doña Ababol Ababolera, bautizada sin su consentimiento el día... en la parroquia de Nuestra Señora del Quinto Arrebato... En pleno uso y disfrute de la libertad o del libre albedrío, como dicen ustedes (hay que reconocer que eso del libre albedrío es bonito), que confunde cada vez que puede con libertinaje... quiere hacer patente su rotundo, inequívoco y firme deseo de ser declarada apóstata de la fe católica. No me sale del higo darle explicaciones. Ni a usted, ni a nadie. Sería demasiado largo y aburrido enumerar los motivos que me inducen a tomar esta decisión, los tengo a cientos, qué digo a cientos... a miles... pero quiero que sepa que me paso por el mismísimo los dogmas de su fe, uno por uno. Y que la forma de actuar de la institución que usted representa me parece una mierda y me da mucho asco. Así que saquen mis datos de sus archivos cagando leches. Pero ya. Y, que-lo-se-pa, me acojo a las leyes sobre protección de datos personales, o sea, que si me pone pegas se va a enterar de lo que se cabrea una cuando le tocan las narices.
Atentamente...
Hummm... tal vez será mejor copiar y rellenar ésta otra. Es más simple. ¿Alguien más se anima?
--
(Ya sé que tengo colaboraciones pendientes con algunos de vosotros, pero no tengo nada de calidad escrito y esta es una colaboración one-way, por lo que me resultaba mucho más inmediato. Un poco de paciencia, porfa.)

Sebastian. No puede evitar perderse por un segundo en el perfil de sus pulgares contra el blanco de la hoja. Observa sus grandes uñas, sus grandes dedos, sus grandes manos. Manazas de viejo. Torpes. Sale de su universo a duras penas e intenta recordar sin éxito. Sebastian. Al menos hago ciertas sus predicciones, se consuela. Lo cierto es que no hay nada en su cabeza que pueda asociar a ese nombre, o a una conversación en un bar de carretera a medianoche hace treinta años, y eso todo lo que tiene. Sebastian. Le culpa por no haberle dado más detalles. No confía en que navegar en su memoria vaya a reportarle mayores beneficios, si es que decidiese al menos intentarlo. Los fracasos pasados le aconsejan no hacerlo, así que abandona ese camino sin ni siquiera empezarlo.
No está seguro de qué sentir. La decepción es el camino más sencillo. El más habitual. Quizá quiera sentirse así, romper la carta e ignorarla, a lo mejor es eso lo que se merece. Eso haría las cosas fáciles. Simples. Los pájaros el árbol la ventana y él. Su soledad su miseria su cabeza y él. Él, su gran enemigo. O a lo mejor no es así y únicamente está buscando una excusa para no moverse, para no levantarse, para no vivir. Quizá lleves mucho tiempo haciéndolo; sí, sin ninguna duda. Demasiado para darse la vuelta. Demasiado casi para cualquier cosa. Es un viejo oso que despierta para descubrir que ha pasado la primavera y el verano hibernando y se encuentra de nuevo ante el invierno que acabará con él. Con los años, ha ido acostumbrándose a este tipo de ideas. Al principio, aún sentía remordimientos, el impulso de despertarse en medio del otoño, sacudirse la pereza de encima y hacer algo con lo que quedaba de él. Poco a poco, para su fortuna o desgracia, fueron desapareciendo, y de ellos sólo queda ya un leve sabor amargo. El instinto de supervivencia no es eterno, se compadece. Esboza una sonrisa ante tanto ingenio. No hace eso muy a menudo. Desde luego que no. Deja la carta sobre sus rodillas lentamente e intenta reflexionar, pero no sabe cómo hacerlo ni acerca de qué. Los porqués hace tiempo que no se los plantea. El absurdo de este impulso le hace sentir ridículo y sonríe, aunque más por histeria que por otra cosa. Ya no siente indecisión. Sí en el sentido de que sigue sin tomar una alternativa. Y no porque conoce la respuesta a la pregunta. Sus a lo mejor nunca son de verdad. Desde hace años, décadas, son rotundos noes. Implacables noes disfrazados de quizás. Negativas de hierro envueltas en dudas de papel. Y sin embargo, en este caso queda algo de ese sí postizo, más de lo que pensaba. Puede no ser tan mala idea. Y ahí está de nuevo ese gorrión. Ese u otro, qué más da. No hay quien los distinga. Pero ahora más cerca, mucho más. Ahí fuera, justo en la ventana. Donde siempre lo ha esperado. Míralo. Un vulgar gorrión, pero sus pequeños saltitos le causan regocijo. Excitación. Un águila real no le haría sentir mejor. Lo mira, con la boca abierta ligeramente. Tan pequeño como vivo. Intenta sin conseguirlo no pestañear ante tanta belleza, y mientras el mundo se desliza rápidamente fuera de su mente, Sebastian y sus dos hojas caen para siempre al suelo.
No hay mucho que ver en la ventana de un viejo. Algún estúpido gorrión de vez en cuando, y un árbol que ya debería haber rebrotado. Aunque quizá, y lo más posible, es que esté simplemente muerto.

Vaya, tenía otras cosas pendientes, pero supongo que esto corre más prisa y además todo lo que huele o sabe a sexo gusta más. Este cuestionario viene de Paulita (y proviene de Nepomuk), a la que aparte de invitar a un café tendré que matar por esto, después del café por supuesto. Niña, que tengo familia. Mamá, no sigas leyendo, por favor. Bien, veamos.
1. ¿Cuál fue el mejor polvo de tu vida?
Esto es difícil de contestar, la verdad es que han habido muchos buenos, y no será gracias a mi... Creo que uno hace unos dos años, a las nueve de la mañana en un hotel de cierta ciudad en la que yo vivo tras pasarnos la noche follando como animales. Nada especial, dicho así, pero había que estar allí en ese momento. Muy salvaje. Mucho.
2. ¿Cuál es el sitio más original dónde has follado?
Esta es más fácil. En el cuarto de baño de hombres del departamento de Filosofía Moral de cierta universidad que yo conozco... es divertido que sea precisamente ese departamento.
3. ¿Qué es lo que más te gusta en el momento del folle?
Joder, esto va a quedar muy porno. Que me toquen ahí abajo y los gemidos. Y los lóbulos de las orejas me encantan. No sé, que sea algo salvaje. En general, lo mismo que a Nepomuk. Que no se anden con recatamientos ni inhibiciones, que estamos a lo que estamos. Todo vale en ese momento. Más que dos personas teniendo sexo, me gusta esa sensación de ser un macho y una hembra copulando como anim... coño, ya vale. Creo que os hacéis una idea.
4. ¿Qué es lo que más odias en el momento del folle?
Pues coincido con Nepomuk de nuevo. Es decir, que lo que más odio es lo contrario de lo que más me gusta. Si estamos follando, pues estamos follando. Cada cosa a su tiempo, ya habrán momentos de caricias y besitos (luego, claro). Así que nada de ñoñerias. Besos húmedos, mordiscos, manos y sexo. Y si hay lenguaje sucio, por llamarlo de alguna manera, mejor que mejor. Y punto.
5. ¿Qué fantasía sexual te queda por cumplir?
Ufff... demasiadas como para ponerme a contarlas todas. Es que hay tantas que no se por donde empezar, y no voy a decir la típica (un trio). Así que yo diría que sexo en el cuarto de baño de una discoteca. Es sucio y rápido, sí, pero es que no sé que tienen los cuartos de baño que a mi me ponen mucho... será por eso de que te pueden pillar...
Yo creo que cualquier fantasía que incluya la idea de te voy a follar aquí y ahora, va bien para empezar.
6. ¿Con qué personaje masculino y femenino de la blogosfera te darías un revolcón sin dudar?
Masculino, así un revolcón sin dudar, iba a estar complicado, pero ya que estamos, supongo que Coco podría ser interesante, y por supuesto sería divertido. Y femenino... en esto hay menos dudas. Con La Mujer Tirita y con Mysstika. Y si puede ser a la vez, mejor, aunque mucho me temo que no estaría a la altura. Aunque verlas a las dos jugando solas uhmmm arf arf... ehmmm vale, que sí, que eso.
Bien. Supongo que ahora me toca pasar el testigo, así que ahí va, Pnac y Mysstika.

Esta mañana he visto el siguiente anuncio de clases de yoga viniendo hacia el trabajo
y me asusta que lo único y primero que se me haya venido a la cabeza haya sido esto
Esto me hace plantearme seriamente si las discográficas están utilizando algún tipo de innovadora publicidad asociativa, o si lo que pasa es que mis gustos musicales están cambiando radicalmente...
(puntos suspensivos y ojos hacia arriba en expresión de duda)
Creo que voy a optar por la primera. Por mi, por todos mis amigos y por mi primero. Y oye, que no me la saco de la cabeza...

El pasado lunes murió Rosa Lee Parks.
Confieso no saber quién era, hasta que he leído esto en elmundo.es. Incluso con alguna sombra oscura en su historia (Claudette Colvin saluda desde el olvido), es agradable ver que la Historia de vez en cuando es capaz de recordar a las grandes personas como grandes personas y a los hijos de puta como hijos de puta; a veces es verdad eso de que el tiempo nos pone a cada uno en nuestro sitio, pero de todas formas yo no lo tomaría como una regla del destino, así que no confiéis mucho en ello. Y por otro lado, resulta triste que las generaciones posteriores hayan caído en la apatía, aunque desde la -mi- comodidad, es hipócrita atreverse a reprocharle nada a nadie.
Tenía cosas pensadas y medio escritas para esta noche, incluso tengo cosas pendientes, pero esto, aunque no sea personal ni de mi propia cosecha, me ha emocionado bastante y espero que os guste. Estoy un poco sentimental últimamente, la verdad, a pesar de las apariencias.
(Sometimes, when I look deep in your eyes, I swear I can see your soul - Sometimes, James)

¡Hola [SebastianDell]!
Gracias por tu escrito, me ha gustado mucho lo que dices y cómo lo dices. Lo de hacer trampas o no es decisión tuya, tú mismo lo has dicho, decidir entre el bien y el mal no es siempre fácil.
Entenderás que no podemos interceder en la conciencia de cada uno, que todo lo que podemos hacer es pulir la técnica, pero no podemos hacer que la gente sea consecuente con el espíritu del concurso, que sea legal, que sea justa. El hombre es un lobo para el blogger.
De todas formas estos votos no siempre tienen la última palabra. Hay un jurado que seleccionará con criterio aquellos blogs que sean merecedores de los otros premios. Así que te animo a que no tires la toalla y a que pienses que si no ganas, como lógicamente deseas, quizá si consigas victorias en pequeñas batallas.
A partir de ahora sumas una lectora, creo que eso es una.
Si después de todo sigues queriéndote dar de baja en el concurso, vuelve a escribirnos, no tendré inconveniente en hacerlo.
Un saludo,
Redacción 20minutos.es

He aquí una de esas situaciones típicas de mi.
Me levanto -me levantan- hoy a las dos, listo para meterme tres muslos de pollo a la naranja entre pecho y espalda. Como, y llamo a Óscar para ver que planes tiene. Ninguno, nos vamos al pueblo dentro de un momento. ¿Vienes?. Uhhmm... Al pueblo. Qué pereza, pero tampoco estaría mal, así me despejaría de la urbe. Creo que dormiré la siesta y lo consultaré con la almohada. Y hace un rato me levanto con más dudas que antes de acostarme. ¿Pueblo o cine? (de momento, con dos alternativas es suficiente). Y la misma pregunta en mi cabeza ad infinitum. Cada minuto que pasa estoy menos deciso y más in-deciso. Y el tiempo corre. Y la presión es cada vez mayor. Somos once contra once, me repito. El fútbol es así. No hay mal que por bien no venga.¿Pueblo o cine? ...
Debería dejar de consultar cosas con la almohada, porque no me está ayudando nada. La muy ijaputa se lo debe estar pasando de muerte metiendo dudas en mi cabeza. Joder, y parecía tonta.
(Que rural queda eso de 'pueblo', ¿eh?)

Un servidor, es decir, moi, siempre ha considerado desporporcionado el ataque que se le hace a las fuerzas del Estado español -hay que especificar, que tal y como están las aguas, cualquiera deja las cosas al entendimiento del lector- desde ciertos colectivos 'alternativos', con los que de vez en cuando me muevo. Pero cosas como la de hace una par de noches te hacen replantearte algunas cosas.
Las dos de la mañana, aparcado en un parking cualquiera de una ciudad cualquiera, y sentado dentro del coche con una amiga, sin hacer absolutamente nada, nada al menos que pueda considerarse delito en este bendito país a principios del siglo veintiuno. Todo muy normal, y en esto que en el calor de la noche aparece flamante un coche de la Policía Nacional. Buenas noches. Buenas noches. Su identificación, por favor. Los DNIs pasan a sus manos, y el que los coge se va al coche, apunta los DNIs y llama por la radio. Me siento como un criminal; me pregunto en qué artículo del código penal está prohibido hacer lo que estábamos haciendo. Nos dice que tengamos cuidado, que hay maleantes por la zona (pues coño, búsquelos y no me dé por culo, ¿o es que me ve cara de maleante? Bueno, vale...). Ingenuamente, después de ese comentario pienso que nos van a devolver los DNIs y se van a ir. Pero el aburrimiento debe ser supremo a estas horas de la noche. Si es que en el fondo casi les entiendo. ¿Puede abrir el maletero? Si, por supuesto. El otro sigue con la radio y nuestros DNIs. Ahora al primero le da por mirar con la linterna dentro del coche. Asientos de delante, y ahora de detrás. Es curioso, el tío. Ahora mira la matrícula. ¿Es suyo el vehículo? Sí, si quiere le saco la documentación (por acelerar las cosas, porque seguro que me la piden) Sáquela, por favor. Así lo hago, y se pasa cinco minutos mirando el recibo del seguro. O no lo acaba de entender, o lo está memorizando. Le pasa la documentación del coche -vehículo, ¡excuse moi!- a su compi. Parece que se lo apunta -no se para qué, pero no me hace ni puñetera gracia-, y cuando parece que han satisfecho su curiosidad o no saben cómo más jodernos la noche, nos devuelven los DNIs y se largan.
Aunque nos resultase cómico en el momento, no tiene ni puta gracia que te traten como a un delicuente sin haber hecho absolutamente nada. Sólo desearles sinceramente que superen ese tedio que por lo visto les asalta a las tantas de la noche, y se dediquen a hacer su trabajo y buscar a esos maleantes sobre los que nos advirtieron, porque para eso les pagamos el sueldo. Y no me digan que tengo pinta de skin, que no me lo trago.
(Por el pueblo genial, vengo, a pesar de las apariencias, suavecito suavecito. Un día de relax absoluto. Apunte: tengo que hacerlo más a menudo)



