Es tarde, así que les voy a dejar con la introducción del libro de relatos que acabo de "editar": No me cuentes historias.
Espero que les guste, tanto la introducción como el libro en sí.
Como alguno de ustedes sabe, hace ya algún tiempo que pensaba hacer esto, pero hasta ahora no había tenido el tiempo ni quizá la motivación para hacerlo. No me pregunte qué ha cambiado; no lo sé así que no podré responderle. Si no tiene usted ni idea de qué le estoy hablando, le diré que esto que tiene ante sí es una recopilación de los textos de ficción que he ido escribiendo durante los últimos tres años y pico en el blog www.unsociability.org.
Intentaré ser breve (y fracasaré).
Como podrá ver a medida que los vaya leyendo, tanto la temática de las historias como la longitud varían sensiblemente. Respecto a la primera, va desde el relato erótico o incluso soez hasta en algún caso el romanticismo más empalagoso, pasando por textos sin principio ni final, diálogos absurdos, o textos que simulan ser periodísticos o documentales reales; no se deje engañar por falsos autores o referencias bibliográficas, todos los relatos son inventados y cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. En referencia a la extensión, verá que algunos ocupan un único párrafo, mientras que otros se extienden a lo largo de varias páginas. Por supuesto, no puedo negarle que hay algunos de los que me siento más orgulloso, pero como lo más probable es que discrepemos, no voy a darle ninguna pista sobre mis preferencias. Tampoco busque un orden establecido; no lo hay.
Si es usted lector habitual de mi blog, verá que la transición a este documento ha sido completamente transparente, o al menos eso he intentado, aunque en el camino haya corregido alguna falta ortográfica que no podía dejar pasar. En otras palabras, los textos permanecen tal y como puede verlos en el blog; con sus virtudes y sus defectos, para bien y para mal.
Vamos con la licencia. Al igual que el resto del blog del que proceden y del que obviamente soy autor, todas las historias contenidas en este documento están bajo una licencia Creative Commons, según la cual usted puede copiarlos, distribuirlos y comunicarlos públicamente, con la única condición de que indique que la procedencia del texto es el blog www.unsociability.org y su autor, Manuel Benet; un hiperenlace será suficiente en la mayoría de los casos. Si tiene una curiosidad morbosa, puede encontrar los detalles de la licencia en http://creativecommons.org/licenses/by-nd/2.5/es/.
Por lo demás, sólo me queda pedirle un último favor, que creo razonable. Si ha disfrutado con alguno de los relatos, que espero que sí, le insto a compartir y distribuir este documento tanto como pueda o desee. Así pues, ya ve que más que permitirle la distribución y comunicación pública de los textos, le ruego encarecidamente que lo haga. No espero modificar este documento, pero si lo hago, podrá encontrar la última versión, así como posteriores volúmenes en caso de que los haya, en el blog ya mencionado.
No me queda mucho más que decir, aparte de que, por supuesto, me encantaría recibir cualquier comentario, opinión, o crítica .preferiblemente constructiva. Puede mandarlas a manolo.benet@gmail.com; con una simple línea será suficiente, y me alegrará el resto del día.
Y creo que eso es todo. Espero que disfrute con lo que va a leer.
Manuel Benet
1 de junio de 2007

Se habrán dado cuenta de que no he estado demasiado por aquí últimamente. Eso, por supuesto, si ustedes *sí* han estado por aquí. Bien, en realidad hace tan sólo cuatro días que no escribo nada, así que tampoco es que haya pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos. Les diré que lo que he estado haciendo es disfrutar del primer aniversario con mi señora, y preparar la versión impresa de "No me cuentes historias" (botón derecho, "Guardar enlace como" en Firefox, o "Guardar destino como" en IExplorer) en Lulu.com.
Aparentemente, ya está todo listo, y el primer libro impreso -el mío- va en camino, para su revisión y "venta al público". También, y supongo que de momento esto les interesa o puede interesar más, he actualizado el fichero pdf del libro, que pueden encontrar arriba a su derecha. Concretamente, he incluido la portada y contraportada, he modificado la introducción, se ha hecho una revisión ortográfica completa, y se han realizado cambios menores en algún cuento así como mejoras en la tipografía (antes era Georgia, ahora es Garamond) del texto. Además, el tamaño del fichero ha bajado hasta los 370kb, que creo que es razonable.
Básicamente, lo que hay en ese fichero es exactamente lo mismo que encontrarán si alguno de ustedes se decide a comprar el libro en un futuro, pero sin la encuadernación de bolsillo (10.8cm x 17cm) y la impresión de imprenta. Por si tienen curiosidad, el libro costará seguramente algo menos de 8 euros, más gastos de envío, y ya vale de marketing.
Mañana más y mejor, se lo prometo. Disculpen las ausencias.

Hace unas semanas, venía yo pensando en escribir una entrada acerca de cómo las máquinas expendedoras de tabaco, a diferencia de las de refrescos o productos alimenticios, nunca devuelven una moneda como no válida. No es que yo sea un fumador habitual, pero en ocasiones me veo obligado -con sumo placer por mi parte, cabría más- a realizar compras por cuenta de mi señora, que sí lo es. Durante todas estas adquisiciones, observé que nunca una de estas máquinas me había rechazado una moneda introducida, y concluí felizmente que el sistema de reconocimiento monetario -o como lo quieran llamar- utilizado era tecnológicamente superior al que utilizaban los señores de Coca Cola. A partir de eso, mi mente maligna quiso ver algún tipo de perversión procedente de las compañías tabaqueras y su empeño por acabar con la salud del mundo civilizado y el que no lo está.
Creo que al día siguiente de tener tal brillante idea, le pregunte a L. si ella había observado tal curiosidad, y para mi sorpresa me contestó que no, que a ella a veces las máquinas de tabaco le rechazaban las monedas. Aparte del hecho no totalmente prescindible de que suelo utilizar este tipo de máquinas tanto para comprar unas cosas como otras de forma más que esporádica, lo que no creo que pueda considerarse un campo de estudio demasiado fiable, su respuesta tiró por tierra mis esperanzas de revelarles un complot mundial de las compañías de cigarrillos, que no digo yo que no exista, sino que está claro que no es este.
Y todo esto, ¿a santo de qué? Pues verán, dicen que esto de los blogs et al. supone una amenaza seria para los periódicos tradicionales, y ya saben el lema -o lo que sea- ese periodístico que dice que no dejes que la realidad te arruine una buena noticia. Y estaba yo pensando, a raíz de todo lo que les he contado, la cantidad de historias que puede leer uno en los blogs -incluído el mío- como hechos probados y generales, y que una vez vistas de cerca no admiten el más mínimo análisis serio. Claro que a nosotros no nos pagan por esto, y a ellos sí.
Por cierto, ahora que caigo, ¿se han dado cuenta de que las máquinas de tabaco nunca rechazan las monedas? ¿No les parece sospechoso?
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Hace un año... Cómo pasar la tarde en Decathlon y Daredevil es un farsante.
Y en Security A(r)tWork: No tan rápido, vaquero; sí es asunto tuyo.

Esta noche, viendo a la comentarista del Telediario de La Primera sonreir como si acabase de tocarle la lotería cuando hablaba del triunfo de Nadal en Roland Garros, me he preguntado porqué la gente se pone -incluído a veces un servidor- tan contenta cuando algún compatriota, generalmente deportista, gana algo. Quiero decir, la gente vive enfangada en su propia miseria, en su propia vida de mierda, y se alegra porque un sujeto al que no conoce de nada y que -habitualmente- vive sin ninguna preocupación gane un partido de tenis, un partido de fútbol o una carrera de Fórmula 1. Ya sé algunas de las razones a este particular comportamiento, no teman. Una podrían ser las consideraciones patrióticas -chicos no empecemos- que es obvio que existen y se fomentan desde los medios de comunicación, otra la necesidad que tiene la gente de evadirse de la putrefacción existencial en la que están sumidos, y por último, el sentimiento de grupo, que imagino que enlaza con la primera. Pero qué coño quieren que les diga, no voy a comprenderlo todo siempre ni a compadecerme de mi mismo y de los demás una y otra vez, así que la única respuesta que encuentro a esto en estos momentos es la siguiente, que ya conocen: somos gilipollas.
Porque lo peor es que cuando un compatriota efectivamente hace algo que vale la pena, que no es ganar un campeonato de Fórmula 1 ni la Liga de Campeones ni el Masters de Augusta, sino algo como desarrollar técnicas que salvan la vida de las personas, a la gente se la suda. Ya ven lo absurdos que son nuestros criterios de felicidad.

Un niño de nueve años aguarda junto a su padre en la abarrotada sala de espera de un hospital, respirando con evidente dificultad. Su cara, completamente seria, es un complemente perfecto a los problemas que tiene para respirar. Se da cuenta de que algunas personas le miran, y eso le hace sentirse importante y exagerar ligeramente sus esfuerzos y la dureza que se muestra en su cara, casi inverosímil para una persona de su edad. Sin embargo, no llega a ser grotesco; a los nueve años nadie puede parecerlo por mucho que lo intente. Desea transmitir tanto la importancia y gravedad de su situación en comparación con las enfermedades del resto de pacientes de la sala, como la madurez con la que la está afrontando a su corta edad. A poco que se descuida, su infantil cabeza comienza a cavilar sobre las consecuencias de un agravamiento de su enfermedad, y en especial sobre la admiración que probablemente despierte en los demás si aquello va a peor. Es eso lo que más le atrae: un pequeño chiquillo de nueve años haciendo frente a una terrible enfermedad, qué gran tragedia y cuánta valentía.
A su lado, su padre permanece atento a los altavoces, esperando escuchar el nombre de su hijo de un momento a otro. Siendo la cuarta vez en las últimas dos semanas que acude con él a urgencias, se siente preocupado por el matiz que están tomando las cosas, pero intenta disimular. En los últimos cuatro meses, las inyecciones de cortisona se han incrementado sensiblemente, y los médicos no dan la sensación de saber qué es lo que está pasando ni hacia dónde evoluciona la enfermedad de su hijo. Impotencia y un miedo velado es parte de lo que siente. Mira a su hijo, que continúa firme en su decisión de impresionar al público presente, le sonríe intentando tranquilizarle y le pregunta cómo está, pero antes de que éste pueda contestar, su nombre se oye en la sala y ambos se levantan de sus asientos.
Un niño de nueve años camina junto a su padre por la abarrotada sala de espera de un hospital, respirando con evidente dificultad. Uno mantiene el semblante serio, el otro intenta sonreir, pero las cosas no son siempre lo que parecen.

(Creo que, para no hacerles perder el tiempo, es mejor que lean antes esta otra entrada y disculpen si son capaces mi falta de coherencia)
Como imaginan por el título de esta entrada, vengo a despedirme de todos ustedes por tiempo indefinido. Iba a esperar hasta esta noche, pero qué más da; esta entrada lleva unos días escrita y tenía ganas de colgarla. Como ya les he dicho más de una vez y probablemente intuyen a poco que sean un poco despiertos, me gusta bastante escribir, algo que no sé qué pensarán ustedes, pero en mi opinión -vamos a dejarnos de falsas modestias- creo que es algo que hago bastante bien. Eso y otras muchas cosas han hecho que lleve un tiempo planteándome llevar eso más lejos que este mero, simple y estéril blog, que seamos sinceros, no va a ninguna parte. Dicho esto seguro que ya saben, como suele decirse, por dónde van los tiros: no tengo tiempo para eso.
No es sólo una cuestión de falta de tiempo; Internet no sirve para escribir ni distribuir un libro, si pretendes que se difunda, a menos que tengas un nombre ya hecho. Yo podría colgarles en un PDF el próximo premio Pulitzer -o el anterior, que seguro que no lo han leído porque Cormac McCarthy es más áspero que comerse un limón con piel-, y tengo mis dudas de que más de cien personas lo bajasen y lo leyesen. En un par de meses nadie se acordaría de él, y créanme que estoy siendo muy optimista. Supongo que, a pesar de lo que diga Enrique Dans, actualmente esto de la web no da para tanto; no crea reputación ni valor, aparte de que la penetración social de este medio no es tan grande como algunos quieren o les gustaría creer. Ni la unopuntocero, ni la dospuntocero.
Por si todo esto no fuese suficiente, la mayoría de ustedes no van a leer ninguna entrada que exceda de cincuenta (50) líneas, a menos que estén realmente interesados, y ese es el otro problema de los blogs. Ustedes quieren inmediatez; quieren un post que puedan leer en diez minutos como mucho, y pasar al siguiente blog. No quieren un texto en el que pasarse un par de semanas leyendo, porque para eso compran libros. Las cosas son así de simples.
Por último, estoy cansado de dar mi opinión sobre temas manidos y triviales, de contarles mi vida y sobre todo de escribir textos cortos, breves, directos y autosuficientes de veinte (20) líneas, que se me ocurren en un rato y los escribo en otro sin realmente darles demasiadas vueltas. Quiero algo con una mínima continuidad, que no necesite tener una introducción, una trama y un desenlace en media página de texto; de eso ya estoy de momento más que cansado. Como ven, lo que ustedes quieren y lo que yo quiero no se parece demasiado.
El caso es que, juntándolo todo, les confieso que desde hace algunas semanas o incluso meses, tengo una sensación bastante intensa de estar perdiendo el tiempo escribiendo aquí, de estar desperdiciando algún tipo de talento, por poco que sea, así que supongo que tarde o temprano esto tenía que llegar. Les agradezco sinceramente a todos ustedes que se hayan pasado por aquí de vez en cuando, y me gustaría decirles que las cosas van a cambiar mucho por aquí, que voy a escribir menos pero no voy a abandonar el blog, pero me temo que no va a ser así, al menos de momento. Porque lo primero que necesito es que este blog deje de ser una de mis prioridades personales y algo en lo que pienso demasiado a menudo. No sé cuándo pasará eso, pero hasta entonces, no volverán a ver una entrada aquí. Luego, una vez me lo haya sacado de la cabeza, quizá muy de tanto en tanto, algún fragmento, alguna foto, algún comentario o pequeño relato, alguna actualización, alguna noticia, aunque les advierto que lo más probable es que no, que seguramente no habrá nada hasta que haya escrito el dichoso libro o la siempre cruda realidad me haya enseñado que soy incapaz de hacerlo y entonces tenga que volver a intentarlo. Entonces, con libro o sin libro, a lo mejor vuelvo, aunque sólo sea para ver quién queda; se habrán dado cuenta de que no puedo asegurarles nada en absoluto. En cualquier caso, más se perdió en Cuba y seguro que tienen ustedes otras muchas cosas tan buenas o mejores que esta que leer por estos mundos electrónicos.
Y créanme, otras veces sí, pero esta vez no voy de coña. Pásenlo bien, sean buenos y si quieren algo, ya saben cómo y dónde encontrarme.
[Quedan algunos temas pendientes con determinadas personas respecto a la versión impresa de "No me cuentes historias" que debe estar al caer, temas y personas que por supuesto no dejaré de lado]

[Esto no es un "hola, ya estoy de vuelta". Esto es un "pasaba por aquí, miren lo que he escrito en otro sitio"]
¿Recuerdan lo que les comentaba hace unas semanas sobre la confianza y la Ingeniería Social? Bien, imagínense la siguiente situación:
Una pareja de ancianos oye sonar el telefonillo de su casa, y a la típica pregunta de "¿Quién es?", no obtienen otra cosa que alguna de las también típicas respuestas: "Soy yo", "Yo", "Tu nieto", o cualquier otra contestación, suficiente para que éstos abran la puerta del portal y la de su casa, y vuelvan a aquello que estaban haciendo, sea cocinar, ver la televisión o desayunar. Unos minutos después, una persona que no conocen, que como es obvio no es quien pretendía ser, y sin demasiadas buenas intenciones, entra en su casa sin ningún impedimento.
Parte de la escena que les he descrito es real y le sucedió a mis abuelos hace unos años. De cualquier modo, aunque no lo fuese, estoy seguro de que no les costaría mucho imaginársela. En aquel caso, el intruso se identificó como amigo mío, lo cual es a todas luces mentira porque yo no tengo amigos. Afortunadamente, mi abuelo me conocía bien y esperó de pie hasta que el visitante hubo llegado a su rellano (último piso de una finca de cuatro alturas sin ascensor), y tras unos momentos de duda, le cerró una puerta acorazada en las narices. Pero no siempre las cosas son así; como les comentaba, es habitual que tras abrir la puerta de casa, mucha gente se despreocupe y vuelva a sus tareas, dejando vía libre al malhechor.
Voy a dejarles como ejercicio el paralelismo con aspectos tecnológicos -las puertas son a menudo blindadas o acorazadas y sin embargo están abiertas al intruso-, y pasar directamente a la "moraleja" de la historia, que es tan obvia como por reincidente: tengan cuidado cuando le abran la puerta a alguien y en la medida de lo razonable, desconfíen.
(Ya sé lo que están pensando. Yo también.)

(Sí, ya sé lo que están pensando, no me lo digan. Yo también.)
Si, lo sé, no tengo vergüenza ni palabra. Lo sé, créanme. Soy consciente y cargo con ello y con muchas cosas más. Ay.
Cuando el otro día les dije lo que les dije, no les estaba tomando el pelo. Cuando ayer mismo cambié la página de inicio de este blog, no estaba simulando nada, y además creo que quedó estéticamente bastante bien. En ninguno de los dos casos estaba bromeando, tampoco, como hice aquella vez (aunque a decir por los comentarios, entonces de forma mucho menos creíble). Al menos no conscientemente, claro. Pretendía dejar este blog por un tiempo indefinido, y volver algunos meses después para continuar con él, de manera más reflexiva y también esporádica, y ya ven lo reflexivo que soy. Aunque todo sea dicho, no confiaba demasiado en mi fuerza de voluntad; dejar algo en lo que has estado sumido durante varios años así de golpe, no iba a ser fácil. Lo que no esperaba, es volver a ustedes tres miserables días después del pomposo anuncio. No se me enfaden, que aquí el primer engañado he sido yo, y es que uno no se conoce ni a sí mismo, aunque debería haber tenido en cuenta, lo admito, lo tremendamente voluble y atolondrada e incoherente que es la personalidad de uno. No saben lo mal que me sabe por las personas que me han apoyado en este brevísimo abandono temporal. Si algún día soy famoso, les prometo a todos ustedes un homenaje, aunque no cuenten con ello. Con lo de que me haga famoso, digo, aunque siempre les puedo colgar un video mío en YouTube si eso les place. Vale, otro día.
Dice M.A. (no, M.A. Barracus no, otro M.A.) que siempre estoy disculpándome, que les pido perdón con excesiva frecuencia, y quizá tenga razón, porque ya ven, voy a colgar dos entradas de una longitud considerable, dos textos como le gusta a Orsai, para no llegar a ningún lugar. Claro que yo no mastico tanto lo que digo antes de decirlo como él (él: Orsai). Dos posts para quedarnos casi como estábamos. Sí, probablemente tenga razón y debería hacer de mi capa un sayo y no dar explicaciones. Sí, es cierto, pero no. Y no porque se las merezcan (que sí), sino porque quiero hacerlo. Así que entono el mea culpa, pero no sé decirles porqué vuelvo. Supongo que, como les he dicho ahí arriba, después de tanto tiempo, si no buscas las ideas, las ideas te buscan a ti y eso es lo que me ha pasado. Podría incluso darles una lista de razones. Por ejemplo, que este blog ha jugado un papel fundamental para conocer a -y que me conozca- mi actual pareja, o que uno de mis jefes me ha "impuesto" continuar con él para que pueda mantener estable mi ya de por sí deteriorada salud mental. O también, que hace un año y medio me veía dentro de cinco años con este blog en marcha. O que leo cosas y me apetece escribirles tonterías como esta. Esas, entre otras razones igual de absurdas e intrascendentes. Mierda.
Debería acabar diciéndoles que sí, que efectivamente estoy escribiendo la tan manida novela (me tendré que cortar una mano -o las dos- si después de tanta cháchara inútil no sale nada de nada), y adelantarles si voy a escribir con más o menos periodicidad, si voy a hablar de esto o aquello, pero para qué, si ni yo mismo soy capaz de anticiparme a lo que voy a hacer y además ustedes no van a creerme... He tirado toda mi credibilidad a la basura, embalada en una bonita caja de cartón, así que haga lo que haga, no importa. Nada importa. Bueno, y eso es esto y todo lo que venía a decirles. Que nos vemos en los bares, pero que si quieren aquí también.
Pobre M., tanto avisar en vano que viene el lobo... ¿qué va a ser de ti el día que de verdad venga?
- Hola, buenos días.
- Un momento, por favor.
- De acuerdo, no se preocupe.
(Cinco minutos más tarde)
- Buenos días, dígame.
- Sí, verá, es que creo que ha habido un error. ¿Ve, aquí, donde pone veinticuatro?
- Sí, ¿cuál es el problema?
- Que ese número debe estar equivocado.
- No, no creo, si venía con ese es que debe ser ese.
- No, imposible. Ahí debería haber un veintiocho, un treinta o un cuarenta. Pero un veinticuatro, no, no. Estoy seguro de que debe ser un error.
- Espere un segundo, déjeme ver. Mmmmh... sí... no, está bien. Veinticuatro.
- ¿Entonces está bien?
- ¿Está segura?
- Sí, completamente.
- De acuerdo, ¿y no habría alguna manera de, digamos, aumentarlo un poco?
- Me temo que no, señor.
- Sea comprensiva, por favor. Tenga en cuenta que tengo que trabajar, dormir, comer, escribir un blog, una novela, cuidar de mi señora, bajar a la perra y disfrutar un poco de la vida. ¡Veinticuatro no son suficientes! ¿Seguro que no hay nada que pueda hacer?
- Quizá debería usted abandonar el blog.
- Sí, ya he intentado eso, y fuí incapaz. ¿No podría usted hablar con alguien?
- ...
- ¿Por favor? Se lo ruego...
- Mmmmh.. Un momento, voy a ver qué se puede hacer. Espere aquí.
(Cinco minutos más tarde)
- Lo siento mucho, pero me dicen que no hay nada que hacer. Hace mucho que los impresos salen con ese número, y una vez emitidos no se pueden cambiar.
- Entonces... ¿nada? ¿nada de nada?
- No, me temo que no. Lo siento mucho.
- Bueno, al menos lo he intentado. Gracias y disculpe.
- Nada, no se preocupe. Buenos días.
- Buenos días.
- ¡Siguiente!
Y en Security A(r)tWork: www.congreso.es


[Versión impresa ya disponible. Si alguno se decide a comprarlo y lo quiere dedicado, que me lo indique por email antes de comprarlo]

Hola niños. Ya sé que debería venir aquí diciendo eso de que yo he venido a hablar de mi libro y si no se habla de mi libro, me voy, pero en este caso, voy a hacer una excepción, si les parece bien. Soy consciente de que muchos de ustedes son unos desalmados, pero apelo a la solidaridad del resto: una amiga ha recogido una perrita de un año en una gasolinera. Estaba hecha una pena, pero ya está vacunada, desparasitada y hecha una flor. Es pequeñita, tiene cerca de un año, es muy cariñosa... y necesita un hogar. Pueden ver alguna foto suya debajo de estas líneas. Si alguien se siente solo, cree que puede ayudar, o piensa que donde comen diez, comen once, que me lo diga por e-mail a ser posible hoy, mañana o el jueves por la mañana, ya que por la tarde me largo a Cerdeña. Aunque la perra está en Valencia, supongo que algo podríamos arreglar, de alguna manera. Venga.


(No se olviden por favor de esta perrilla, que necesita un hogar para vivir)
Soy una persona calmada y tranquila. Siempre lo he sido. Una de esas que pueden estar en medio de una gran vía parado durante media hora sin rechistar, de esas que pueden estar en un atasco en la autopista durante horas sin hacer de eso un drama. Pero las cosas como son, hay personas y situaciones que me sacan de quicio, y esta mañana me he topado con una de ellas; una persona y una situación. Les cuento.
Ayer por la noche aparqué en una calle cercana a mi casa, en la que hay un colegio de primaria y párvulos, si no estoy equivocado y son lo mismo. La calle en cuestión, en la que vivían hace unos años mis abuelos maternos, tiene una longitud de trescientos metros y es en los dos primeros tercios bastante estrecha, a lo que hay que sumarle los coches aparcados a la derecha encima de la acera. Como es natural, a las nueve de la mañana, hora a la que cojo habitualmente el coche para ir a trabajar, está llena de madres, padres y críos que entran al colegio. No suelo aparcar allí si no tengo necesidad, pero ayer no me quedaba otro remedio. Así que esta mañana he cogido el coche, y a paso de peatón, deteniéndome cuando era pertinente y necesario, he avanzado hacia el final de la calle, sin meterle prisa a nadie, sin tocar el claxón, y asumiendo las circunstancias del momento. Pero he aquí que al llegar a la puerta del parvulario, tras estar parado más de dos minutos esperando que la gente me abriese paso (no hablamos de cincuenta mil personas) un hombre de quizá sesenta años que llevaba a su nieto al colegio me mira y me escupe: "No tienes vergüenza", haciendo referencia sin duda a la circulación de mi coche por allí a esas horas de la mañana.
Como les decía al principio, acostumbro a ser una persona conciliadora, pero no siempre. Los gilipollas integrales me sacan de quicio. Entiendo que hay que llevar cuidado, que un chiquillo es algo frágil, y que hay que tomar las precauciones debidas. Pero también que si he aparcado al principio de una calle que no es peatonal y tengo que coger el coche para ir a trabajar, tengo todo el derecho a hacerlo llevando, según lo dicho, el cuidado oportuno. No recuerdo toda la "conversación", pero en pocos detalles, cometo el error de contestar a su impertinencia -con su misma cordialidad- diciéndole que no tengo otra manera de sacar el coche para ir a trabajar y que me dé otra solución, a lo que responde que sabe como va él a trabajar, no cómo voy yo.
No suelo perder los estribos, pero en este caso, la estupidez me ha superado y le he respondido literalmente "Señor, es usted francamente imbécil", y antes de que las cosas llegasen a mayores, con bastante mala ostia, he seguido mi camino. Y es que ya les digo que a los gilipollas integrales no los trago y en algunas ocasiones, hasta me sacan de mis casillas.
(Para acabar, les dejo con un homenaje a un grande que se nos ha ido hoy)

Como es posible que sepan, una de las muchas críticas que se le hacen al llamado mundo occidental -o civilizado, si quieren, y no diré nada al respecto- en su "relación" con el también llamado Tercer Mundo -o subdesarrollado, si quieren, y aquí tampoco diré nada al respecto- es que les proveemos de alimentos pero no les dotamos del conocimiento y la tecnología que les permita cultivarlos por ellos mismos. Claro que aunque lo hagan, luego no dejamos que les salga rentable vendérnoslos, pero de eso ya hablaremos otro día.
Bien, pues algo parecido he pensado hace un rato al leer esta noticia sobre la nueva campaña de prohibición de publicidad del alcohol destinada a los jóvenes. Supongo que en lugar de educar a las personas a tomar decisiones por sí mismas, en lugar de proveerlas de un aparato crítico para que puedan pensar por sí mismas, resulta mucho más sencillo y conveniente decirles lo que pueden hacer y lo que no mediante un divertido sistema de prohibiciones. Mejor mantener agilipollada a la población -toros, fúrgol, OT, Gran Hermano y olé- que plantearse qué es lo que se está haciendo mal para que, por ejemplo, el consumo de cocaína entre los menores se haya disparado, o un chaval de quince años beba tres cuatro o cinco veces más alcohol que yo cualquier fin de semana (les doy una pista: entre otras cosas el sistema educativo actual es una mierda, y eso no crean que implica que el anterior fuese excepcional). ¿Conocen aquello de matar moscas a cañonazos? Pues eso.
No es cuestión de victimizar a la juventud sino de hacer una mínima reflexión, aunque como siempre les digo, una persona que piensa se convierte en un potencial problema, y por supuesto eso no interesa a nadie. Se vuelve peligrosa.
Creo que ya se lo he dicho, pero estaré en Sassari hasta el miércoles que viene, así que si alguien desea algo, tendrá que esperar un poco. Sean buenos mientras tanto.

(Esto, en Security Art Work. Luego, más, a lo mejor.)
Como algunos de ustedes probablemente saben, he pasado la última semana de vacaciones en Sassari -Cerdeña-, disfrutando del sol, la playa, y comiendo pasta y pizza. Sí, eso y poco más, que ya es bastante. Aprovechando un vuelo de Ryanair, una de las principales compañias aéreas de bajo coste, me planté en la isla por poco más de setenta euros por persona, ida y vuelta. El caso es que me llamó la atención que en el viaje de ida ninguno de los mensajes habituales acerca del uso y localización de los distintos mecanismos de emergencia, tales como chalecos salvavidas, cinturones, máscaras de oxígeno o las propias salidas de emergencia estuviera en castellano, catalán, o italiano, cuando tales son las lenguas oficiales -o co-oficiales- de la ciudad origen y de la de destino, respectivamente. No, todos los mensajes estaban en inglés.
No puede decirse que yo sea totalmente bilingüe en relación al inglés, pero me defiendo con relativa soltura, y he volado lo suficiente como para saber -o creer saber- dónde está cada cosa y cómo utilizarla; afortunadamente, jamás ha sido necesario llevar ese conocimiento a la práctica, porque entonces veríamos si lo que creo saber es lo que sé en realidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que estos mensajes se emiten, asumo, con la intención de incrementar la seguridad de los pasajeros en el caso de producirse un posible accidente o fallo aéreo, disminuyendo así el riesgo personal de cada uno de ellos al saber utilizar los mecanismos proporcionados, carece de sentido que se emitan en una única lengua que no es, probablemente, la que conocen la gran mayoría de sus receptores.
En otras palabras, y acabando de aplicar terminología de seguridad informática al mundo físico, si dedicamos recursos tanto humanos como económicos a instalar y revisar controles que reduzcan el riesgo e incrementen la seguridad de las personas, ¿qué sentido tiene que esas personas no sepan cómo hacer uso de ellos llegado un potencial problema de seguridad?

Te quedas quieto, dejas de pensar, y escuchas. Algunos lentamente, y otros más rápido, van acudiendo a tu llamada. A lo lejos, el frigorífico haciendo frente a los rigores del verano más caluroso del último siglo, para no faltar a la tradición. La ausencia de puertas en la cocina hace que su sonido llegue claramente hasta la habitación; fue un regalo no regalado de mi hermano, y hasta el momento, con unos muy meritorios esfuerzos, ha cumplido con las expectativas. Debajo de la cama, la perra durmiendo, con su delgadez anoréxica y su respiración algo acelerada; por lo que la oigo, casi diría que este pobre bicho padece asma; es alarmante lo que ha encogido su cuerpo los últimos días, a causa -suponemos- del ejercicio físico. Ella a mi lado, respirando despacio. Inspira y espira, con una cadencia rítmica que carece de altibajos y pausas apreciables; con limpieza, casi puedo sentir el aire entrando y saliendo de sus pulmones. Y por fin, triunfante, encima de todos ellos, en el papel tanto de melodía acompañante de fondo como de ruido que los amortigua y los confunde, el sonido de los coches que pasan siete metros debajo de mis pies a sesenta kilómetros por hora por una calle de tres carriles, con personas que van y vuelven del trabajo, y frente al que unas frágiles ventanas que tienen con toda probabilidad más edad que uno mismo apenas pueden hacer nada.
Mientras, permanezco aquí tumbado dando vueltas sin poder dormir. Son las siete.

No deja de resultarme divertida esa situación que se produce cada cierto tiempo, cuando alguna persona con quien apenas habré hablado un par de veces en los últimos seis meses, se conecta de repente al MSN -¡qué sorpresa, si tenías Internet!- y tras un par de preguntas de cortesía, intentando que no parezca que le mueve únicamente el interés, deja caer la habitual pregunta de marras: Oye, ¿te puedo hacer una consulta?, tras lo cual viene, por supuesto, un problema informático. Una vez resuelto éste de manera satisfactoria, como es natural y deseable, la persona desaparece con la misma rapidez que apareció, privada súbitamente al parecer de su conexión al ciberespacio.
Pues bien, para que esas personas no se queden con la impresión de que soy más idiota de lo que ya soy, o que quizá no me doy cuenta de las cosas, en lo sucesivo voy a basar mi grado de colaboración a esa pregunta en el nivel de hipocresía de las anteriores cuestiones "introductorias", en una relación inversamente proporcional, sin que ello, no obstante, implique en sí mismo grado alguno de ayuda. Así al menos ahorraremos tiempo (y dinero).
Ah, sí, eso, la disculpa: «perdonen, he dormido poco.» Por lo demás, buen fin de semana; les veo la semana que viene.


