Ya está aquí el veranito. (...)

Estoy en éxtasis.

Casi. Y es que como universitario que soy pero no soy, pues hasta que lleguen mis vacaciones me toca seguir trabajando, y estudiando para sacar en septiembre todo lo que no he sido capaz de sacar ahora. Como a cualquier padre de vecino, supongo. Mal de muchos, consuelo de tontos. De todas formas, se agradece la luz, el calor, y las chicas con menos ropa. Y poder aparcar en condiciones.

Al respecto de lo que se comentaba últimamente acerca de los profesores (para que luego diga mi hermano "el exiliado" que no le hago caso), siempre he tenido la impresión de que en la Universidad se abusa de la gente, con eso de que son jóvenes y están sometidos al chantaje del aprobado. Hay muchas cosas que determinado profesorado no haría o diría en presencia de gente no coaccionada y de su edad, mucho menos dispuesta a que le tomen el pelo. Cumplirían sus horarios, ya que menudo no están en sus horas de tutorías, recuperarían las clases, que no suelen recuperar cuando se van de congreso, no fumarían en clase como alguno hace, ni aunque sea por "prescripción médica" (no es una broma), y más de uno se encontraría con las respuestas que a menudo se merecen. Y aunque es verdad que vamos a la Administración a los bancos o a comprar, nos tratan como idiotas y mal, y ni siquiera rellenamos una hoja de reclamaciones cuando deberíamos, creo que el trato a los universitarios roza en ocasiones lo despótico. Somos jóvenes, no gilipollas.

Por eso, encontrar un profesor como Salvador Feliu, que te trata como corresponde y además hace más de lo que debe, es reconfortante.

Ya.


Ayer, después de cenar juntos con más gente, pasar la noche en la playa y llevarlas a casa, me despedí de la Lourdes y la Mariola (o de la Mariola y la Lourdes). Sin querer entrar en ñoños sentimentalismos, un par de personitas increíbles. Lourdes es además la poseedora de mi foto en calzoncillos, así que me interesa mantener buena relación, por lo que pueda pasar... La verdad es que, y aunque nos veremos este verano, me lo he pasado tan bien éstas últimas semanas con ellas que me siento un poco como un niño esperando que vuelva a empezar el colegio para volver a ver a sus amigos. A pesar de que a casi todo el mundo (en ningún orden en particular, David, Rosa, Maite, Carles, Xola, Eva, Elena, Patri y Amparo) le da dado por pirarse de Erasmus/Séneca, así que nos hemos quedado un poco solos. Bueno, también nos queda la Soni :).

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En otro orden de cosas, desde esta modesta página, me gustaría darles las gracias a las compañias tabaqueras. Y a las películas americanas de los cincuenta, sesenta, setenta y ochenta. Y a las máquinas de vender tabaco. Y a Humphrey Bogart. Y a las estanqueras. Pero sobre todo, a todos los hombres fumadores empedernidos de más de 45 años. Desde lo más profundo de mi corazón, sin ironías. Coño, ¡de verdad!

Y es que hoy he confirmado lo que ayer me dijeron: que según un estudio del IVI, "Los hombres que fuman más de un paquete al día engendrán más niñas que niños". Podría decirse que esta es la contribución de las tabaqueras a la perpetuación de la especie en el mundo. Una manera de equilibrar su aportación. Así que como hombre, como varón, como macho humano, y en mucho menor grado como ser humano preocupado por el futuro de su especie, sólo puedo decir una cosa.

Gracias.

(I'm sacking the man / cause the man is a thief / I'm kicking the plan / before the plan kicks me / I'm gonna get me / Get me out of here / I'm gonna get me / Get me out of here - Jet, Get me outta here)



A causa del gran número de quejas emitidas en las últimas horas por los amantes de los animales en relación a las fotos publicadas, la dirección de esta página ha decidido restituir la imagen y el honor de Trex con nuevas imágenes. Esperamos que éstas sean del agrado de todos.

Bueno, a lo que iba. He visto esta tarde La Guerra de los Mundos, una adaptación de la novela de Herbert George Wells. Ya he oído un par de confusiones, por lo que he de aclarar que Orson Wells y H.G. Wells no son la misma persona. Sorprendente, ¿eh? "H.G." es el autor de la novela La Guerra de los Mundos, y "Orson" fue un magnífico director de cine que llevó a la radio una adaptación de esta novela de manera tan real que la gente se lo creyó. Por eso Orson Wells está habitualmente también asociado con esta obra de ciencia-ficción.

Bien, la película. En el aspecto visual, es realmente espectacular. Los efectos especiales y la ambientación de las escenas es impresionante, y si además todo va acompañado de un buen sonido, algunas escenas resultan bastante sobrecogedoras. Por otra parte, hace mucho -muchísimo- tiempo que leí el libro, y no estoy seguro de hasta qué punto la adaptación se ciñe a éste, pero da en momentos la sensación de que existen demasiados elementos en la película ajenos al argumento principal. Como suele ser habitual en este tipo de películas, y casi en la mayoría de producciones hollywoodianas, el protagonista principal -Tom Cruise en este caso-, y por si el argumento de la obra en sí no fuese suficiente, tiene algún tipo de problema familiar o sentimental. Algunos de esos elementos pueden llegar a ser bastante desquiciantes en determinados momentos, pero una vez te acostumbras, se sobrelleva bastante bien. Lo que queda, el argumento de la película, pues es la obra de H.G. Wells, a la que no se le puede poner ninguna pega. En conjunto, le pondría un siete sobre diez. Es además una de esas películas que vistas en el cine ganan mucho, y vale la pena pagar los seis euros de la entrada porque en este caso, a diferencia de otros, lo que aporta una sala de cine -el sonido, la imagen- se agradece.

Cambiando un poco de tema, mientras la veía y a propósito de los extraterrestres, me he acordado de Señales, la película de Mel Gibson. Si lo piensas un poco, resulta bastante gracioso que a unos bichos que son "alérgicos" -por decirlo suavemente- al agua, se les ocurra la feliz idea de invadir un planeta en el que el setenta por ciento de la superficie es agua y llueve de manera periódica. Es decir, que no sólo está en la superficie, sino que además el agua cae del cielo. Leches, eso es estar desinformado, y lo demás son tonterías.


Cuando no es necesario cambiar, es necesario no cambiar.

Y ni siquiera es mio, aunque la autoría que encuentro en la web no me convence (Lucius Cary, Viscount Falkland). Es curioso, la palabra 'Falkland' me trae a la cabeza vikingos corriendo ladera arriba con esas hachas bifidas que llevan en todas las pelis de hollywood y gritando como cosacos. Un vikingo gritando como un cosaco. Interesante escena. Y lo mejor de todo eso es que no sé si esa asociación es real o es que mi cerebro está siendo pasto de los gusanos. Desde luego, esa también es una escena desagradablemente sugerente y sugerentemente desagradable. Aunque me cuesta vislumbrar la diferencia entre ambas.

Finalmente, y como corolario, como remate, como conclusión a este comentario carente de toda imaginación -dios sabe que lo he intentado-, a destacar que en mi ignorancia supina y empática no tenga, o más bien no me haya tomado la molestia de buscar, un referente más histórico y real del pueblo Vikingo que las pelis de los yankis o yankees. Y es que, volviendo a la imagen anterior, quizá haya cosas comiéndose nuestro cerebro mucho menos impactantes que la larva de la triquinosis pero mucho más rápidas y efectivas.

Como compensación por las molestias causadas, un blog. Trapo Blog. Poco a poco.


Anoche salió en la cena el tema de Félix Rodriguez de la Fuente. Al parecer, con motivo del vigésimoquimo aniversario de su muerte, a algún programeja de Telecinco se le ocurrió, a falta de vagos, chulos, putas y gilipollas varios con los que llenan el programa, la feliz idea de remover un poco los huesos de su ataúd, con un reportaje en el que, partiendo de que los documentales de este señor estaban un poquillo amañados, y que no era, en definitiva, el San Francisco de Asís que todo el mundo creía, se pasaba a una difamación en toda regla. Todo ello sin aportar ninguna prueba, como suele ser habitual.

Creo que es bastante público, a estas alturas, el hecho de que el águila y los lobos de Dr. Félix estaban amaestrados y que las cosas no eran probablemente, tan naturales y espontáneas como por ejemplo, un reportaje actual del National Geographic. A nadie le sorprende eso ya, viendo tantas veces a este hombre levantar al lobo jefe de la manada en brazos -no intente hacer eso en casa. Pero también es bastante público que colaboró en la fundación de ADENA, en la delegación española de WWF (World Wildlife Fund), y que fue uno de los principales causantes de que el lobo no fuera exterminado de este país, ayudando a estimular algún tipo de conciencia ecológica en la gente.

Y no es que dude de lo que esta gentuza dice en el "reportaje", sino que ni siquiera puede considerarse como el gérmen de una duda razonable. Para dudar, hay que pensar que algo puede ser cierto o falso. Y en este caso, no puede tomarse como verdad o mentira. No puede tomarse como nada, como nada en absoluto. Su reputación les precede.

Pero la cuestión no es esa. La cuestión es, a cuento de qué, veinticinco años después, sale esta panda de hienas, patéticamente autoerigidos en estandartes de la verdad, a difamar la memoria de alguien que no tiene posibilidad alguna de defensa (Lola Flores says 'hi'). Y es que por lo visto ni muerto lo dejan a uno en paz.


(Supongo que debería empezar por los atentados de ayer en Londres, pero no sabría qué decir. Me tocaría ser políticamente incorrecto y daría la sensación de que no tengo sensibilidad hacia las víctimas del atentado. Ahora no es el momento. Otro día.)

Aparte de eso, no tenía mucho que decir. La semana ha sido algo ajetreada, y llevo acumulado bastante sueño. Han habido diversos acontecimientos de relevancia que no comentaré aquí de momento. Esa es, a menudo, la principal diferencia entre un blog personal y un diario. Que mientras en el diario dispones de total libertad para escribir lo que quieras, en el segundo estás limitado por el hecho de que tu familia (¡hola!), tus amigos (¡hola!) o tus compañeros de trabajo (...) se enteren de que (tu piensas que) éste o aquél es un gilipollas, o que te has tirado a ésta o aquélla. Claro que siempre puedes crear uno ajeno totalmente a ti, y no publicitarlo. El anonimato siempre es una buena máscara. Reconozco haberme planteado algo así hace algún tiempo, pero si no tengo tiempo para escribir uno, me sería casi imposible mantener dos. De todas formas, si lo hago, lo avisaré. Pero no daré la dirección, por supuesto.

Decía, tras lo que sería el disclaimer, que no tenía mucho que decir.... hasta que he oído las declaraciones de doña Ana Botella -me abstendré de añadir cualquier calificativo- respecto a las Olimpiadas del 2012 y al hecho de que Madrid no las haya conseguido: «Cuando ninguno de los votos de Nueva York viene a Madrid, creo que eso tiene que hacer pensar», «Al final los actos en la vida tienen consecuencias», «pero claro, cuando tenemos un presidente del Gobierno que ni se levantó cuando pasó la bandera de los Estados Unidos....no vamos a entrar en otras cuestiones». Es interesante, o más bien paradójico, que la señora Botella (quizá ella preferiría una fórmula más falangista: Ana Botella de Aznar) hable de consecuencias. Debería pensar, si fuese capaz, en las que le trajo a este país la entrada en la guerra de Irak en la que su partido, y más cercanamente su marido, nos metió (y no me vengan con demagogias de tiranías, que hay muchas por el mundo y Occidente hace la vista gorda). Pero lo haría si además de ser capaz de pensarlo, fuese intelectual y políticamente honesta, cosa que no lo es.

A diferencia del señor Ruiz Gallardón, quien me parece uno de los políticos más honestos e interesantes de este país, y quien afirma al respecto «que nadie busque otras responsabilidades porque yo las asumo todas». Como decían esta mañana en la radio en el programa No Somos Nadie, debería añadir a eso la responsabilidad de dejar a una individua como la Botella al cargo de la alcaldía de Madrid. Imperdonable, ¡señor Gallardón!



Ya he acabado. Finito, por fin. Esta es una de las cosas en las que he estado trabajando los últimos días. Ha sido relativamente sencillo, ya que la estructura básica es similar a la que tuve en el pasado con el Movable Type y sólo he tenido que adaptarla un poco. Además, los scripts apenas he tenido que modificarlos. Así pues, he aquí el nuevo diseño.

¿Qué tal?

Me doy cuenta, además, de que se me están acabando las excusas para no empezar a estudiar. Es suficiente por ahora, estoy saturado.


Más política, que hace mucho que no hablo de esto. Como la Botellita, mujer de Aznar, no es, ya de por sí, suficientemente cargante, y si no fuese suficiente con las declaraciones de la semana pasada, ahora va y sale el Zaplanito, que con un nombre así, en diminutivo, podría ser la mascota de unas Olimpiadas, diciendo que «si uno llama asesino al presidente de Estados Unidos y gilipollas al presidente del Reino Unido, decirle vótame, no deja de ser complicado».

Pues oiga, qué quiere que le diga, tiene usted toda la razón. Si va uno tildando de gilipollas y asesino a alguien, pues no es razonable esperar su apoyo en ningún menester (me encanta esa palabra: menester); aunque eso no deja de ser una obviedad. La verdad, no se si Blair será un gilipollas -siendo un político, lo de gilipollas va en el cargo, aunque démosle el beneficio de la duda-, pero de lo que estoy seguro es de que Bush es un asesino, así que razón tampoco le falta a nuestro amigo Zapaterín. Y si la política exterior consiste en bajarse los pantalones ante el que puede más que tú, entonces... entonces... entonces... vaya, ¡creo que he dado con una segunda obviedad!.

Y como colofón, y para no crear una falsa imagen de mi opinión acerca del desempeño de nuestro afable ministro Moratinos, ni que decir tiene que la política exterior de Zapaterín es desastrosa rozando la catástrofe; que aquí no nos casamos con nadie. Pero un asesino es un asesino, y con eso llegamos a la tercera obviedad que culmina nuestro Tratado de lo Obvio.

(Para despedirme, quería compartir con vosotros que mi amado organismo -mamá no leas más- me está deleitando (con éstas no se deleita uno) -mamá, que no leas más- con erecciones matutinas. Creo que otro día entraré en profundidad en este apasionante tema de las erecciones masculinas; mitos y realidad.)


Bueno, ya estoy en casa. Es sorprendente, hoy me han dejado salir veinticinco minutos antes. Antes de las siete, que es mi hora de salida oficial. Me va a dar tiempo a ducharme a una hora decente, a comer algo, ¡incluso a escribir esto!.

Si ya cuando sales a la hora oficial da un poco de miedo eso de pasar delante de casi todo el mundo -todos menos los que se han ido a su hora- después de haber hecho sólo ocho horas, cuando sales antes, no da miedo, da canguelo. Las piernas casi tiemblan. Claro está que acabo de obviar el hecho de que no he salido para comer, por lo que mi jornada ha empezado a las ocho de esta mañana y ha finalizado a las siete menos veinticinco. Eso son...una dos tres cuatro... bueno, son un montón de horas, pero como a la hora de comer no había nadie más que el idiota que escribe esto, pues no cuentan. Vamos, que me he ido del trabajo veinticinco minutos antes. Y lo repito por enésima vez, porque es que eso de salir antes no pasa todos los días. Así que será nuestro secretito: he hecho más de diez horas reales pero a la vista de todos he salido veinticinco minutos antes... je-je. ¡Pero que listo soy!

Haceros informáticos. Ingenieros Informáticos. Es divertido, es intenso, es apasionante... ¡y no te dejará tiempo para el aburrimiento!

(Necesito comer algo)


Mi estómago entró anoche en modo revolución. Decidió, por su cuenta y riesgo como hace siempre, que después de pasar un dia de casi total inactividad, podía comenzar su propia emancipación, por las buenas o por las malas. Y fue por las malas, doy fe de ello. Así que se pasó toda la noche recordándome su absurda independencia, a pesar de su situación fisiológica. Aunque a estas horas la sublevación está controlada y el enemigo aplastado -no demasiado, que me sigue haciendo falta-, he pasado la noche en vela, y todo el día de hoy con la sensación de tener un agujero negro en medio del estómago. Así que estoy espeso, inconexo, desorganizado e incoherente.

No muy diferente de lo habitual, en cualquier caso.



Hola holita hola, niños, niñas y pelotitas de goma.

El pasado domingo vi Valiant, una entretenida -gracias, principalmente, al personaje que dobla Florentino Fernández- pero intrascendente pelicula de animación por ordenador. Un seis o siete sobre diez, quizá. Por ello, hoy vengo aquí, desde los remotos confines de... de... de mi habitación, para hablar de un entrañable animal. De ese bonito animal que simboliza la paz y el expolio perpetuo a las oliveras, del que se sirvió Noé "¿tu cree que é o que noé? Sié, Sié" para "desembarcar" tras el diluvio universal, que pintó Picasso y muchos otros grandes artistas. Es decir, La Paloma, con mayúsculas. Y no me refiero a la Paloma, esa rubia de diecisiete años que vive en el tercero y que tú piensas que te provoca con sus minifaldas, ni tampoco hablo del Palomo, el maromo de la Paloma y que como te vea mirándola con esa cara de lascivia te va a cruzar la cara. No.

Vengo a hablar, breve pero explícitamente, del ave, la paloma, cuyo nombre zoológico ni lo sé ni me importa. Esos simpáticos y divertidos animales, que veo cada mañana tras aparcar, ejercitarse en el ¿bello? ¿arte? de la danza del apareamiento. Esas ratas voladoras, que transmiten innumerables enfermedades y lo cagan todo con mierdas semilíquidas de magnitud considerable y de mayor corrosidad. La paloma. La puta paloma. Esos bichos asquerosos, infinitamente inferiores al halcón, que las supera en belleza y en cualquier otra virtud alada que se pueda imaginar. Por eso, me resulta indignante que estos señores pongan a la paloma como el prota bueno de la peli, y al halcón como el nazi malo malísimo. Y que además, el halcón no se coma a la paloma. Señores, ¡ni aunque sea por razones históricas!.

Así que para vengar el honor del halcón, este agosto quizá me coma un par de palomas, como ya hice el verano pasado. Las mataré, las cocinaré y me las jalaré. Id rezando, bichos inmundos. Vuestro final está cerca.

(Y me entero por la radio que ZP quiere ponernos un Ave -no un ave- a cada español en la puerta para el 2020. No se ría, no se ría, de la Bruja Avería. Pues a mi, plim.)


¿Saben ustedes aquello de todo por el pueblo, pero sin el pueblo? Porque parece que a eso juegan -aunque llevan haciéndolo desde siempre- nuestros políticos europeos. La Unión Europea va camino de aprobar el llamado "Plan de Acción de lucha contra el terrorismo", a raíz de los últimos atentados en Londres, y para mayor seguridad del ciudadano. Entre otras cosas, obligaría a las operadoras de telefonía móvil e Internet a registrar y guardar los datos de las comunicaciones, aunque aparentemente, no el contenido de éstas, al menos no el de las llamadas y correos electrónicos (¿qué pasa con los mensajes de móvil?). El Reino Unido apoya incluso la utilización de cámaras públicas, algo que por cierto, y de acuerdo a un periódico gratuito, ya está listo para ser utilizado en el metro de Valencia. Tócate los cojones.

Bien. A esta gentuza -lo siento- se le llena la boca de palabras como "libertades civiles", "derechos individuales", "jerarquía de derechos", y hacen que todo parezca más bonito, más seguro, más coherente, más razonable. El patético ministro inglés de Interior incluso se atreve a decir que «La libertad de no ser filmado por una cámara no es tan grande como la libertad de tener un juicio justo». Será para usted, porque no acabo de entender de dónde saca esa ficticia jerarquía de derechos. Hay una cosa que se llama derecho a la intimidad, ¿lo sabia usted?. O incluso dice que «los ciudadanos aceptarán algunos sacrificios en su libertad en ciertas circunstancias si se les asegura transparencia para entender el porqué». Ah, ¿pero nos piensan preguntar?

Y no es sólo que de esa información pueda hacerse un mal uso -la palabra es control-, o que pueda pasar a manos de terceros no autorizados o incluso autorizados. Ese es obviamente uno de los problemas, pero la cuestión es que hay una cosa que se llaman derechos, y el Estado no es nadie para eliminarlos. Aunque éste se crea que lo es todo.

Nada. Al final, parece que a fuerza de muertos y atentados, lo van consiguiendo. Limitar la libertad de las personas, con la connivencia y colaboración de todos esos políticos incapaces de ver más allá de sus propias narices. Y lo triste es que, con cámaras o sin ellas, con retención de datos o sin ellos, seguirán matando. Porque a ellos, una vez muertos, se la trae floja que les graben.

Pero a mi no.



Pues resulta que el señor Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información de Su Excelencia el Generalís... espera, creo que me he equivocado de papeles. A ver... un momento, que la están vistiendo... Ah, si, aquí están. Perdón. Quería decir, actual presidente en funciones de la Xunta, se está poniendo morado a repartir dinerillo público -es decir, el mio, el tuyo y el del vecino- en obras y contratos, presumiblemente -incluso bazofia como esta merece el beneficio de la duda- entre amiguetes antes de que lo retiren definitivamente (yo creo que este tipo se convierte en polvo cósmico en cuanto pierda el cargo). Eso no sería extraño -porque sería el pan de cada día- si este buitr... perdón, señor, no hubiera perdido las elecciones hace unas semanas. Y el colmo es que además, el responsable de uno de los ministerios más importantes del antiguo régimen dictatorial franquista, dice que no acepta lecciones éticas de la oposición, que son los únicos que pueden realizar algún tipo de denuncia pública en el foro político.

Jódete lorito.

Y es que los políticos, con salvadas excepciones (hace tiempo detecté otra, aparte de Gallardón, al que mencionaba hace unos días: Manuel Marín, presidente del Congreso), son asín. Hasta el punto de que ya ni siquiera se les pide que sean mínimamente competentes en sus tareas diarias, sino sólo que al menos sean honrados. Responsables. Honestos. Con eso nos vale; fíjense ustedes hasta dónde hemos bajado el listón.

Porque si nos pusiesemos a indagar un poco el lugar de donde proceden, y el modo en el que llegan los políticos al poder, probablemente no nos gustaría lo que encontraríamos. Individuos sumidos en el mundo funcionarial, acostumbrados al vuelva usted mañana y eso no es de mi responsabilidad, y sin mayores inquietudes que llenarse el bolsillo con el dinero ajeno. ¿Como vamos a esperar competencia de estos señores? ¡Pero si ni siquiera acuden al Congreso, a su puesto de trabajo, los días que les toca! ¡Pero si hasta se equivocan de botón cuando hay que votar algo! (botón 'Sí' y botón 'No', no se crean ustedes que es como pilotar un F16). ¿Qué signo más obvio de su incapacidad podemos encontrar?

Y lo peor, es que estamos acostumbrados a que sean así. Y lo encontramos tan natural. Muy triste esto, si señor. Muy pero que muy triste.


Con todo mi amor, a ti, separatista, que sólo conoces tu concepto romántico de nación:

«Según la concepción clásica de finales del siglo XVIII se llama "nación" al pueblo estatal que se constituye como tal y se da una constitución democrática. Esta concepción compite con la surgida en el siglo XIX según la cual la soberanía popular presupone un pueblo que al contrario que el orden artificial del derecho positivo se proyecta en el pasado como algo que se ha desarrollado orgánicamente»

(J. Habermas, La inclusión del otro. Estudios de Teoría Política, Barcelona, 1999, pág 112).

Por cierto, ¿he dicho que tengo un nueve (9) en Filosofía Política? La única alegría en el plano académico de momento, pero alegría al fin y al cabo.

(Qué aburrido, ¿eh?)



Pues sí, claro que sé que hoy, a esta hora, en estos momentos, está Carlinhos Brown tocando en la Alameda (Valencia), pero es que oiga, me he pasado el fin de semana -bueno, casi todo- en la playa de Oliva y después de dos horas de coche, vuelvo como que algo cansado para irme de carnaval, así que voy a dejarlo para más adelante. Estoy seguro de que Carlitos lo entenderá. Ha estado bastante bien, y si el tiempo acompaña y la autoridad se presta a ello, no estaría mal repetirlo más adelante; una buena dosis de interesantes y divertidas (sí, en serio) conversaciones sobre política, playa, chiringuitos y mujeres en bikini.

Y ahora, de vuelta al trabajo. Creo sinceramente que la depresión postvacacional (y aunque esto no han sido unas vacaciones, en cuanto hay playa y estancia fuera de Valencia uno siente como que efectivamente se ha ido de vacas) no es una depresión. Y digo que no lo es desde un punto de vista que lo ve como algo que hay que curar, como algo que es anormal, como que lo que está mal es la persona y no la situación. La depresión postvacacional no es ni más ni menos que el reconocimiento consciente por parte del trabajador de a) la miseria de vida que lleva y de b) su total incapacidad para salir de ella. Veinte años estudiando para prepararse para pasar cuarenta años trabajando y acabar con sesentaypico disfrutando de la vida, si la cabeza y el cuerpo lo permiten y si para entonces aún sigues sobre el planeta. Veinte años más, y al hoyo. Y si te he visto no me acuerdo. A otra cosa mariposa. Arreando que es gerundio.

Cuando narices se dará cuenta la gente de que esto no es un puto videojuegos, y que vida no hay más que una, que ahí arriba no hay un señor con barba ni un tipo delante de una puerta grande de hierro forjado que se llama Pablo ni ahí abajo un individuo con cuernos rabo y tridente que se llama de muchas formas a cada cual más rara. Pero resulta más mejor decir que el trabajador se deprime, más que afirmar que no es razonable, pasarse la única vida que tenemos trabajando como locos entre cuatro paredes. Disfrutar de un mes de vacaciones al año, y los fines de semana si tienes suerte. Coño, es que es lógico que la gente se deprima. ¡Es que pasarse toda la vida deprimido sería lo más normal! ¿O es que prefiere usted, señor psicólogo social de pacotilla, pasarse el día diciendo las gilipolleces que dice, a estar en la playa con su familia?

Estos son los mismos idiotas que dicen que lo óptimo es dormir siete horas al día. Pues duérmalas usted, y si quiere, duerma seis o cinco o cuatro o tres o dos o una o no duerma. O haga lo que le de la gana. Porque para mí, lo sano es dormir diez horas al día. Lo digo yo y punto, que soy el que duerme y el dueño del cuerpo, que me encanta maltratarlo y a él que lo maltraten de ese modo. Y luego, pasarme una hora almorzando. Irme a la playa, a la piscina o tomarme un granizado de limón o dos o tres o los que me apetezca hasta que reviente, aunque me muera de un cólico. Y por la tarde, dormir la siesta. El tiempo que me de la gana, aunque los mismos expertos digan que más de media hora no es sano. Y al estrés, que le den morcilla. Aunque digan que nos mantiene activos. Que me gusta vivir relajado, que yo quiero ser pasivo, quiero ser un lagarto; el lagarto Juancho.

No es cuestión de ser nihilista, pero oiga, que esto no es sano. Ni normal. Ni lógico. ¡Esto es lo que no es sano! ¡esto es lo que es nihilista!.

Como dice mi bro, ¡que paren esto, que yo me bajo!

(Y en próximas entregas, ¿porqué vale dinero que te excomulguen? ¿Es que es la Iglesia Católica una empresa de telefonía móvil?)


¿Qué pasa, panda de hongos?

Después de los pensamientos del otro día, hoy deseaba ser más irrelevante, pero cuando estaba a punto de conseguirlo, algo que he oído ha truncado todos mis deseos. Y es que cuando oyes a los de Estopa cantar el "Mediterráneo" de Serrat, sabes que algo no va bien en este mundo, que se está desmoronando poco a poco bajo nuestros pies, que hay algo malo, malo, muy malo en todo esto. Hemos perdido el rumbo y toda posibilidad de redención. Nada es ya sagrado o intocable, nada es inamovible.

Un poco de Justicia, por favor.


Siempre he estado en contra de la pena de muerte, pero creo que es la única solución digna para algunas personas. Y éstas son los listos, esos espabilados que nos encontramos todos los días en la carretera (y en otros muchos sitios, aunque suelen ser los mismos); los que aparcan en el sitio reservado para minusválidos y bajan sonriendo con cara de "pero mira que soy listo", mientras los demás damos vueltas buscando un sitio donde dejar el coche. El que te adelanta en el atasco por el arcén a sesenta por hora, como si conducir por el arcén no estuviera prohibido, sino sólo reservado para personas con extrema pericia al volante como él. O ese que cree que sólo él ha visto ese carril de la rotonda que en un embotellamiento el resto de conductores hemos dejado libre para permitir el tránsito en otras direcciones, sintiéndose probablemente como el ser más avispado de la creación.

Y puesto que eso de que el tiempo pone a cada uno en su sitio suele ser mentira, y algunas personas nunca en la vida reciben lo que merecen, habría que decapitar de vez en cuando a alguno de estos individuos (preferiblemente con una katana, algo que lo haría más espectacular si cabe), lo que conseguiría que a los demás conductores las esperas en los atascos se nos hiciesen más entretenidas, y disuadiría al resto de potenciales y no tan potenciales listillos de demostrarnos a los demás su ingenio al volante.

Me siento violento, ¿se nota?

(Alguien dirá que esto es simplemente la picaresca española, pero yo más bien lo llamaría la caradura universal)


Estás en la acera, delante del paso de cebra, mirando impaciente el semáforo. No tienes prisa, pero, ¿porqué esperar? Tienes que cruzar, ya eres mayorcito para no tener que esperar a que se ponga rojo. Miras el coche blanco. Detrás de este.... no, viene aquel todo follao. Hay que ver como conduce la gente por la ciudad; como locos. Una moto, un autobús, otro coche y otro. Al lado tienes a un hombre con traje de chaqueta, un tio con un uniforme de SEUR y un paquete en la mano -¿será una bomba? ¿durante cuánto tiempo seguiría consciente si la hiciese explotar ahora?- y una madre con su hija. Joder, menuda hija. No tendrá más de veinte años, pero que más da. Disimulas para que no sea muy evidente que te estás fijando demasiado en su hija. Piensas si le importará a la madre, y supones que sí. No sabes si ella te mira debajo de las gafas de sol, pero casi te da igual; más de un favor le harías. Eso que le importaría a la madre. Seguro. Vuelves a tu semáforo y en los coches que pasan; has de cruzar, que ahora ya es una cuestión de hombría. Y porque tienes prisa. Bueno, no. Pero no es lógico que tú estés ahí, perdiendo el tiempo esperando a que se ponga verde para los peatones cuando tienes que ir a... tienes que acabar... bueno, que tienes montones de cosas que hacer, vaya. Aunque ahora lo importante es demostrar que eres el mas chulo y te vas a jugar la vida cruzando entre los coches. Bueno, sin exagerar. Que te mola, pero no le vas a pegar un polvo ahí en la vía pública. Divisas un hueco detrás de la fragoneta roja que viene por allí. Está acelerando. Mejor, así no hará falta que cruces al trote, sino con soltura, demostrando que la calle es tuya, como esos gilipollas que cruzan andando sin mirar a los coches que se les acercan, y generalmente te hacen frenar. Como esos gilipollas... Bueno, da igual. A ver, a ver... curvas el cuerpo, te inclinas hacia delante y cuando la furgoneta pasa a medio metro escaso de ti (como me de en la cabeza con el retrovisor va a ser una buena ostia, así que apartate un poco del borde, capullo), tu pie ya está detrás de ella en el asfalto. Deprisa, que se note que te la estás jugando, pero sin correr, que sea evidente que dominas la situación.

Y después de un metro y medio escaso, lo suficiente como para que haya quedado claro que estabas cruzando porque eres el más chulo del barrio, ves que los coches aminoran, y la gente que hay al otro lado comienza a cruzar. Puedes sentir el aliento de la niña -¿qué coño estará pensando la cría esta?- y su madre, el del individuo de SEUR y el del ejecutivo en tu nuca. Dejas de correr, pones cara de idiota y acabas de cruzar andando, sintiéndote terrible e insoportablemente ridículo, y pensando que te acabas de jugar la vida por diez segundos de espera frente al semáforo. Un minuto es un minuto, pero diez segundos es... es infame.

Y es que ya lo decía Murphy; si cabe la más mínima posibilidad de que hagas el ridículo, lo harás del modo más estrepitoso posible y delante del peor público posible. Pero cuanta razón. Que ijoputa.


Ayer me cortaron el pelo; no es que guste demasiado, pero bueno, el pelo me crece rápido y a lo hecho pecho y a joderse tocan. Supongo que me resultaría más cómodo seguir autocortándomelo al uno o al dos, como he hecho prácticamente de forma ininterrumpida, y a pesar de mi ex, desde que volví de Atlanta, el último año del pasado milenio. Más cómodo pero menos estético, a decir por la opinión femenina popular, a excepción de Geno.

Era un bonito tema de conversación. Porque a la vista de mi cabeza, el ¿tú eras un niño malo, eh? (y mi respuesta No, los malos eran los otros niños) era habitual. Porque es que si me miras la cabeza, parezco un muñeco de trapo, por el número de remiendos que llevo. Es que de nano tenía unas costumbres bastante extrañas, al menos las que recuerdo. Me daba por meterme debajo de las cosas y olvidarme de lo que había sobre mi cabeza, y claro, tenía unos despegues en vertical que acababan con mi cabeza en la Fe y yo resoplando como un búfalo por indicaciones del personal correspondiente (aún no me interesaban las enfermeras, una pena porque con las visitas que hacía...). Porque es obvio que si sustituyes 'cosas' por 'banco de piedra' o 'remolque trailer', pues está claro que mi cabeza llevaba todas las de perder. Al menos, hice bastantes intentos como para estar muy seguro de que mi chola no puede competir en dureza física con el hormigón o el acero (soy todo un empirista). Durante bastantes años, mi periodo vacacional vino acompañado de un puñado de puntos a distribuir libremente por la superficie de mi cabeza. Y es que llevo cosido medio cuerpo, hasta el punto de que cuando iba a la Fe, me ponía a soplar antes de que la enfermera me lo dijese. Seguramente por eso me he quedado así.

También tenía la extraña manía de entrar en el coche por la ventanilla, pero a lo bestia, con carrerilla. Hasta que, claro, un día topé de manera imagino que bastante dolorosa con el freno de mano, o él topó conmigo, lo que me dejó una bonita marca entre la nariz y el labio superior e hizo que a partir de entonces, utilizar las puertas me pareciese mejor idea. Y de los coches a la velocidad. Tirarse montado, con aproximadamente un año y medio de edad, en una especie de bicicleta de madera (si, esa, que tiene más de 25 años de antigüedad), sin frenos y de estabilidad más que discutible, por una pendiente de treinta metros con un ocho o nueve por ciento de desnivel, no es sensato. Porque los pies a veces frenan... y a veces no. Sin comentarios. La ostia también debió ser antológica. Y en plural.

Y por todo esto y mucho más, tengo un recuerdo bastante grato de mis primeros años de estancia en este planeta. A pesar de lo accidentado.

(Sí, me llamaban Manolete. Menos mi hermano, que me llamaba Enete :)

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Actualización de última hora: El labio no me lo partí en la rampa de mi pueblo, sino el día que me regalaron la bici, con el manillar de la propia bici. Mis padres se llevaron al parecer una buena bronca de la chica que me cuidaba. Se lo tienen merecido. La ostia fue en el garaje de nuestra ex casa de Burjassot, contra un pilar, mientras me giraba simpáticamente a decirle algo a mi hermano. En ese caso, imagino que la velocidad era mayor.

Mi madre puede dar más detalles.


No sé cómo es ser mosca. Nunca lo he sabido, y ya sé que suena absurdo; menuda verdad de perogrullo (otra palabra que me gusta). Es algo tan obvio que incidir en ello es casi redundante. Pero si yo fuese mosca, y además de serlo pudiera pensar como una persona, supongo que lo que no haría sería dar por culo durante más de quince minutos posándome en los pies y las piernas de alguien. Y si lo hiciese, estaría ojo avizor, por lo que pudiera pasar. Por lo menos, para intentar no acabar mi existencia como mi última víctima, aplastada por una chancla de playa en el suelo de la habitación de un desconocido. Un ser vivo; vivito y coleando y dando por saco, hasta que le he dado caza, a pesar de que no podía pensar como una persona. Excusas, excusas. Una auténtica pena, si señor. Así que ya sabéis. Si algún día sois moscas, no vayáis tocando los cojones. Por lo que os pueda pasar.

En segundo lugar, estoy considerando la posibilidad de cambiar de nombre. No, yo no. El blog. Y la alternativa es www.yonosoyunhongo.com. Se os emplaza a que pinchéis sobre los links que tenéis a la derecha, Unsociability.org, o Yonosoyunhongo.com, según vuestras preferencias. Veamos, la letra pequeña. Uno, el concurso es no vinculante. Es decir, que luego yo haré lo que me de la gana, como es natural. Dos, podéis votar tantas veces como queráis, aunque pido sensatez. Obviamente, yo tendré que contar los votos, y ya me las apañaré para filtrar los excesos de impetuosidad. Teniendo en cuenta el primer punto y que por supuesto no hay premio que valga, lo que hagáis con vuestro tiempo es cosa vuestra. Y por último, no hay plazo determinado para el fin de las votaciones. Creo que al menos, hasta el fin del concurso de blogs de 20 minutos (por cierto, ¿me has votado ya?). Os iré manteniendo al día sobre las votaciones.

(A lo mejor a alguien que haya leido esto -a algún ijoputa, vaya- le mola el nombre y va y me lo roba. Si lo quieres, al menos dímelo, leches, que no hay problema. Trankis, me buscaría otro.)


Desde hace semanas, siempre me levanto con el mismo pensamiento: «Hoy me voy a la cama pronto». Y siempre me acuesto con el mismo pensamiento: «Mañana tengo que irme a la cama antes».

Y nunca nunca nunca, nunca, nunca lo hago. (Y además, esta frase es redundante).

(Y vótame, ¡que es gratis, leches!)


Venía hoy en el periódico gratuito Qué!, que «150.000 niños pueden morir hoy en Níger». Obviamente, estarán exagerando. Ya se sabe, estos periodistas, que son muy catastróficos. Un poco de sentido común. Supongamos que son muchos menos. Digamos que son la décima parte solamente, unos quince mil niños.

Ahora imaginemos que hoy mismo hay un atentado en cualquier ciudad "occidental" y matan a quince mil personas. Bueno, no seamos animales. Un poco de sentido común, que quince mil es algo más que un pueblo. Asesinan sólo a una tercera parte de ese número. Es decir, cinco mil personas.

Ahora, ¿es necesario que de el tercer paso?


Pues sí, señores y señoras, señoritos y señoritas, caballeros y ... bueno, pues eso. Que cambiamos de nombre. De piel, como las serpientes. Mutamos. La evolución, es lo que tiene. A mejor, por supuestísimo.

Bases:

a. El nombre me tiene que gustar a mi. Está condicion es necesaria aunque no suficiente. Por lo demás, puede ser cualquier cosa que os apetezca. Pero sed originales, por favor.
b. Me comprometo a cambiar de nombre este blog, manteniendo no obstante y durante un periodo de tiempo no determinado www.unsociability.org, hasta que los enlaces y demás se actualicen. El nuevo nombre, no obstante, figurará como principal.
c. Periódicamente -es decir, cuando me rote-, iré actualizando la lista de nombres propuestos, con su autor y los votos obtenidos por cada uno de ellos. Podréis acceder a esta entrada desde la barra de la derecha.
d. El autor tendrá derecho a ciertos privilegios que aún no he pensado (¿un post semanal -no se quien coño podría querer escribir aquí, pero bueno...-, un link y una mención especial? si es fémina, los privilegios se amplian), a los que obviamente podrá renunciar. Si soy yo no, que me la trae floja. Se admitirán sugerencias y peticiones. NOTA: Si no tienes blog donde localizarte, y no te conozco, mándame un correo para que yo sepa cómo contactar contigo si sale el nombre que has propuesto (por favor, se breve y pon algo identificativo como título del correo. No queremos que se lo coma el filtro del spam, ¿verdad?). En ese caso, aceptaré como autor del nombre el primer correo recibido reivindicando la autoría de éste. Así que no te duermas en los laureles.
e. Por último, como es obvio, el nuevo nombre está sujeto a disponibilidad del dominio.

Metodología:

Utiliza los comentarios para proponer un nombre y pincha en cada nombre en la lista de debajo para votar por él. El voto, en estos momentos, tanto como la lista de nombres, no se actualiza automáticamente sino a manubrio, ya sabes, como tu novio o novia. Así que un poco de paciencia, por favor. Y no abuséis. Que lo veo todo.

He aquí los nombres propuestos hasta ahora (22/07/2005):

1. www.unsociability.org Autor: yo mismo, Votos: 4
2. yonosoyunhongo.com Autor: yo mismo, Votos: 5
3. yonosoychungo.com Autor: El Abuelo Cascarrabias, Votos: 1

Me meto en unos fregaos yo solito que pa qué... Si total, ¡nadie va a decir ná!


Estoy completamente vendido a la corriente estética actual. Admito mi parte de culpa en el sufrimiento de las féminas. En otras palabras, que las mujeres de los anuncios de Kellog's "Special K" son mi ideal de belleza estética femenina. Es lo que tiene esto de mamar estereotipos publicitarios durante tantos años. Para qué intentar cambiar después de 28 años. Además, estereotípicamente me gusto. Bastante.

Dicho esto, estaba el otro día rumiando lo absurdo que parece utilizar a mujeres de cara angelical, y a las que no les falta ni les sobra nada, para anuncios de cremas de belleza, cereales yogures y bebidas laigt, anticelulíticos et al. Y más, si encima salen quejándose de que tienen eso que no tienen y que les sobra eso que no les sobra.

Por supuesto, tiene su lógica publicitaria. Pero es la única que le encuentro.

(I don't need to need you / Tell me what to do / Tell me what to say / Don't you wanna help me / Tell me what to do / Help me find a way - Fischerspooner, Never Win)


Vengo de ver Los 4 Fantásticos en Kinépolis. Si, ya se que la entrada parece de Valiant, pero no, fíjate bien. Incidir antes de nada, como ya he hecho otras veces, en lo perjudicial que resulta para mi salud física y mental, en infinidad de sentidos, ir a un cine que se encuentra al lado de una discoteca frecuentada por niñas cuya edad está en torno a los veintidós años. Tras esto, centrémonos. La peli va de cuatro (cuántos sino) tipos, bueno, tres tipos y una tipa, que tienen poderes -sí, por eso se llaman fantásticos- y luchan contra un malo, que claro, también tiene poderes. Uy, acabo de destripar la película. ¡Vaya! ¡Pero que pena, con lo complicado que es el argumento!. En una frase, la película es buena, muy buena. Quizá con diferencia la mejor que he visto este año.

...

Pues no. La película es mala. Muy mala. De verdad, no miento; a mi que os gastéis u os dejéis de gastar seis eurillos, pues ni me va ni me viene. Alguna escenilla espectacular -pero sin pasarse- y poco más. A los cinco minutos de empezar ya se adivina: la ambientación, los actores, los títulos del comienzo, las conversaciones... malo malo. Malo. Estos de la Marvel haciéndose de oro a mi costa. Vale, que sí, que es un cómic, pero oiga, que Batman también lo es y su peli era más que pasable.

Suelo ser poco exigente con las películas. Generalmente, a no ser que sea un bodrio, me gustan todas. Algunas me gustan más y otras menos. Pero esta... ¡es que es muy mala, joder!. ¡Seis euros!. ¡Seis! (6). Ay...

Y si dicen que segundas partes nunca fueron buenas, agarráos, que la secuela va a hacer historia.


Más publicidad. Un chico y una chica, en un sofá, en pleno acto sexual. Es un polvo algo insípido, porque ni parecen estar disfrutando demasiado, ni se enseña carne por ningún lado, pero oye, hay gente muy rara por el mundo. Ni por esas, pero sigamos.

Para variar, la tía está bastante buena. Y también para variar, el tío no. En el momento cumbre, ella va y pregunta: "¿Seguro que lo llevas puesto?" (No sé, no ves que como soy amnésico...). Ante tal pregunta, cualquier tío metería la mano y comprobaría si el condón sigue allí, o le diría a ella que lo hiciese (se la está metiendo, digo yo que no pasa nada porque ella se la toque con la mano, ¿no?). Pues ellos no, por lo visto no pueden. Putada putada, porque tiene que levantarse del sofá, con los pantaloncitos en las rodillas, y andar de esta guisa hasta el cuarto de baño, ¡a mirarse la minga!. Reconozco que no lo entiendo. Quizá sea cosa del tamaño, y necesite luz, vete tú a saber. Ya digo que hay gente muy rara por el mundo. Este también tiene su lógica publicitaría, pero es la única que tiene.

En cualquier caso, no se trata de anunciar que te tengas que levantar al baño cada vez que tengas que mirártela -menos mal-, sino que con sus condones, no se nota nada. Bueno, mejor dicho, que se nota. Que se nota todo todo todo y no se nota nada nada nada. Tonterías. Mentiras y más mentiras. Por supuesto que se nota. Supersensible, contacto total. Super mentiras. Mentira total. Coño, ¡que se nota, y mucho!. Hacerlo sin es incomparablemente superior a hacerlo con. Infinitamente superior. A pesar de los pesares. Que gran mentira, eso de que es igual, que da lo mismo, que no hay diferencia. Ya ya. Abuelito dime tú.

Alguien podría pensar que estoy haciendo apología de nosequé, y quizá tenga razón. Es lo que tiene esto de ser un insensato. Que tras leer esto, si es que esto fuese popular, algún inconsciente podría decidir prescindir del condón por culpa de mis afirmaciones (qué pasa, ¿la peña no tiene cerebro o qué?). Pues bien, ¿sabeis qué? ir sin casco también se nota. Se nota el viento, el aire en la cara, el sol, el pelo al viento y esas chorradas. Pero es verdad que se notan.

Y también se nota el coche que se te cruza y tu cabeza derrapando sobre el asfalto, eso también se nota. Bonita imagen, esa de tu cráneo desgastándose poco a poco por el roce con el suelo, ¿eh?. Puto asfalto abrasivo. Ah, y la tia con SIDA y el cóctel de medicamentos, eso también se nota.

Somos mayorcitos, así que con cuidado, pero sin mentiras. Que se nota todo; no te vayas a pasar notando.

(Ejercicio para el lector: contar el número de veces que aparece el verbo 'notar' en cualquiera de sus formas verbales)


La lucha antiterrorista empieza a dar sus frutos al otro lado del Canal de la Mancha. Me alegro, sinceramente, de que la policía española no sea tan eficiente como la pulisia inglesa. Esos señores con bombín que van paseando por la calle, y que cuando estudias inglés de pequeño te enseñan que son tan amables y tan divertidos y tandetodo. Ser inglés, es lo que tiene.

Y es que resulta que estos simpáticos guardianes del orden el otro día se cargaron a un chico brasileño en el metro, porque al parecer, sospechaban que era terrorista. Como mola. El tipo, que iba vestido un poco raro. Ya se sabe que los juicios son para los idiotas. Todo eso de la justicia, pero que coñazo. ¿Quién necesita la ley, teniendo una pistola? Conozco dos individuos, así, a bote pronto, afines a esta política de disparar primero y preguntar después (George W. Bush y Harry el Sucio son otros dos).

Uno es Cobra, con su «Eres un mal tirador, y no me gustan los malos tiradores. Has liquidado a un chaval, y ahora voy a liquidarte», o su «Yo no hablo con psicópatas, yo me los cargo». Y por supuesto, su memorable «El crimen es una plaga, y yo soy el remedio».

El otro es el Magistrado -juez queda que como muy vulgar, ¿o sea no?- Dredd, con su «Yo Soy La Ley».

La verdad que me cuesta imaginar a Ian Blair, jefe de Scotland Yard, que no sé ni qué coño de pinta tiene ni me importa (y a lo mejor por eso me cuesta más imaginármelo), vestido de Cobra o Juez Dredd. Pero después de decir que «alguien más podría ser disparado», se merece que le dediquen una serie de televisión, así en plan vengador, rollo Charles Bronson. Resulta consolador, después de todo, que esto del tirar a matar se base en la experiencia de Sri Lanka. Todo un consuelo, si señor. Mientras no seas inglés, supongo.

Si esta es la manera en que el Gobierno inglés quiere devolver la tranquilidad a su gente, me da a mi que van por mal camino. Aunque vete tu a saber, a veces la política del miedo funciona. Es lo que tiene, ser anglosajón.

Así que ya sabéis, desempolvad vuestras Colt. ¡Volvemos al salvaje Oeste!

(Yuju)


Amelia está inmóvil frente a su máquina de escribir. Quizá no sea rubia, pero tiene una cara preciosa. Sus bonitos ojos almendrados miran las teclas fijamente, sin acabar de decidirse a pulsar ninguna de ellas. Observa la 'Q' ahí, a la izquierda. La 'P', allí, a la derecha. Sonríe al imaginárselas gritándose unas a otras '¡Hola, fondo Norte!' a lo que la otra respondería '¡Hola, fondo Sur!'. Pes y Qus con manos y piernas, con ojos nariz y boca. Ole, piensa. Eso no le saca de su problema, pero le divierte.

Le da un bocado al Donut y acaba con él. Eso le hace sentirse bien; es fácil. Le gustan los Donuts. Mastica despacio, sin dejar de mirar su vieja herramienta de trabajo. Se sorprende a sí misma preguntándose porqué las letras impresas sobre las teclas están en mayúsculas y no en minúsculas. O porqué no puede escribir un número en mayúscula. Extrañas preguntas que desaparecen tan rápidamente como aparecen.

El último bocado pasando a través de su garganta le devuelve a la realidad. Intenta contar las teclas, pero se detiene a mitad. Quizá pueda hacer un pequeño cálculo de probabilidades; no, tampoco. Mira el teclado y la hoja en blanco. La hoja y el teclado. Una y otra vez, mientras se tortura preguntándose qué hacer. Teme equivocarse. Odiaría equivocarse. Apretar la tecla equivocada, cometer un error, y volver a empezar. Casi dos meses sin un fallo, y ya empieza a sentir ese deseado aumento.

Con este pensamiento, permanece quieta delante de la máquina, y la mira. Piensa, observa, se evade y desaparece. Y dos meses más tarde, sigue allí, igual que siempre, desde hace años. Con su siguiente Donut en la mano y su pelo ondulado -no rubio- recogido en la cabeza. Porque aunque ya ha conseguido su deseado aumento, siempre hay otro a la vista. Y otro más. Y otro. Y otro y otro y otro.

Y mientras piensa que no puede permitirse perder ni uno de ellos, sigue allí, sin darse cuenta de que es su vida en realidad lo que no puede permitirse perder.


No me gusta eso de planificar las semanas de vacaciones por adelantado. Odio pedir vacaciones para dentro de dos o tres meses, ¿porque quién sabe dónde estaré yo para entonces? Es que eso de pensar que dentro de x semanas tienen que apetecerme las vacaciones, así de repente, porque sí, una semana, es cansado, de verdad. A mi me va más el aquí te pillo aquí te mato: "T., la semana que viene la quiero de vacaciones. ¿Algún problema?". Y generalmente, la respuesta es no. Supongo que porque lo hago poco a menudo y las vacaciones se acumulan se acumulan se acumulan, y acabo teniendo demasiados días de vacaciones en nómina.

Así que cuando ya tenía reservada desde hace un mes la última quincena de agosto y T. ha venido diciéndome que aún me quedarían doce días y que me tenía que coger más días, me ha resultado estresante la elección.

Porque ya sé donde estaré las dos últimas semanas de agosto, pero, ¿qué habrá sido de mi vida para la primera semana de septiembre?



«No tiene pérdida», te dicen. «Cuando llegues allí lo verás, no te preocupes, se ve enseguida«.

Pero cuando llegas allí no ves nada. Lo veré, piensas. Ya, claro. Hasta que le preguntas a un abuelo, que sin ni siquiera abrir la boca señala con el dedo un cartel gigantesco que tienes a diez míseros metros, delante de tus propias narices. Y en lugar de pensar que lo acaba de crear con el simple gesto de su dedo porque está claro que hace un segundo NO estaba ahí, y reconocer que te encuentras por tanto frente a un poderoso ser, admites que sí, que es verdad, que no tenía pérdida.

Conclusión a): Maldita lógica esta que nos hace rechazar de por sí todas las posibilidades fantásticas que caben en este mundo.

Conclusión b): A veces no sé si miro, veo, observo o no hago ninguna de estas cosas.

(Confieso que me resistía a quitar el cartel de ayer, pero como decía Queen, The show must go on)


David tenía miedo de salir a la calle. Se pasaba el día en su mansión, anclado a un vagón que se movía por unos railes sólidamente fijados al suelo. Y es que estaba seguro de que la gravedad la tenía tomada con él. Pasamos años y años intentando convencerle de lo contrario, sin éxito. Ya sé que suena algo psicótico, pero aparte de esta pequeña manía, era una persona completamente normal.

Ayer, una bonita chica pecosa le invitó a tomar una cerveza. Accedió al instante para nuestra sorpresa. En cuando pisó la calle, salío disparado hacia el cielo, como si cayese hacia la estratosfera. Así que va a ser verdad eso de que a la gravedad no le caía demasiado bien.

David, si estás ahí, escribe. Tu familia y tus amigos te echamos de menos.


A las ocho de la mañana funciono con el piloto automático puesto. Te levantas te cagas en el trabajo te duchas te vistes te miras al espejo cojes el coche y conduces. Todo ello aderezado por los correspondientes tengo que dormir más y esta noche me acuesto antes. Pero cuando en mitad de una avenida de entrada a Valencia, de cinco carriles y en hora punta, el coche se te cala atravesado, y no parece arrancar ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera como suele ocurrir, sabes que esa mañana ya no te hará falta café.

Y si estuvieras de humor pensarías en aquel ¡Carlos, arráncalo, por Dios! pero no tienes ganas ni tiempo para chistes. Así que sólo puedes mirar al tipo del Mercedes, asentir con la cabeza y apretar el botón de arranque esperando que de una puta vez se ponga en marcha y que la gente sea tan comprensiva como tu lo serías en su lugar.

Eso sí, diez minutos más tarde, cuando has salido del aprieto, te acuerdas de la Renault de sus -de tu- Meganes de Fernando Alonso y de la madre que los parió. Aunque al menos, reconoces que te has ahorrado el café de la mañana.

(... que es lo que se lleva ahora)