Tengo un amigo, de corte liberal -es decir, de corte Libertad Digital-, que cada vez que me meto, recuerdo, o menciono con segundas los miles de millones que ganan los bancos cada año y por contra lo apretado que van muchos millones de personas -sus clientes, esos que siempre tienen razón- para llegar al final de mes, me pregunta si es que pienso que los bancos no están ahi para hacer dinero. Sí, supongo que sí. Claro que sí.

Pero no puedo negar que cada vez que en las noticias salen los ya tradicionales incrementos de beneficios anuales, me viene a la cabeza el concepto de ladrón. El concepto de abuso. Que tendré razón o no, pero no puedo evitarlo; considérenlo algo inconsciente si quieren. Y que casualidad que ayer, al llegarme el próximo recibo del seguro del coche, me vino a la cabeza el mismo concepto... aparte de una mala leche bastante considerable. El caso es que Catalana Occidente ha decidido, motivados por un accidente que tuve hace unos meses, subirme el recibo de este año, hasta un total de quinientos un euros con treinta y seis céntimos (#501.06#). Lo que viene a ser casi un 20% más de lo que pagué el año pasado.

En fin, que visto el panorama, llamo a mi "agente" y le comento el tema. Que no es un amigo, pero es un conocido anterior al hecho de que sea mi "agente". Y me dice que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá, que lo siente, que no se puede hacer nada, que así son las cosas y que el año que viene, dios dirá. Y como yo me fio más bien poco de las promesas a un año vista, y más cuando trato con bancos, seguros, y otras sucursales de Tio Gilito Corporation, allá que me he ido a mirar en Línea Directa. Una compañía que carece de oficinas. Que se gestiona todo por teléfono. Y con la que me ahorro dieciséis euros (#16#), a la vez que aumento la cobertura al incendio y robo (no, no hace falta que nadie me ayude a comprobar nada, gracias).

Y allá que me voy a llamar al que es ya mi ex-agente de seguros, y le planteo la situación. Y me dice que le dé un año, que tenga paciencia, que si las compañías telefónicas esto y aquello, que si la gestión personalizada, que si el trato directo con el cliente, y etc. Así que le digo que sí, que lo siento, que sé que no puede hacer nada, pero que así son las cosas y que el año que viene, dios dirá. No le he dicho que cuando dí el parte, no hablé con él sino que lo mandé por fax. Ni que hasta ahora, me ha servido de nada en absoluto tener una atención personalizada. Ni que dicha atención personalizada se fundamenta en que realmente, jamás tengan que atenderte, porque eso significa que eres un buen cliente.

Pero sólo porque soy buena persona y no una compañía de seguros. Y el año que viene, dios dirá.

[Cambiando de tema, a ver quién encuentra los tres gilipollas en la foto de esta noticia]


De vez en cuando, me llega al buzón un correo electrónico recordando la generación de los ochenta, la década en la que crecí -y cómo- yo. Un correo que habla de cómo los niños salíamos a la calle a jugar y volvíamos a las tantas, sin que nuestra madre sintiese que nos tenía que tener controlados. De cómo nos partíamos un diente o nos abríamos la cabeza, sin que hubiese que encerrar a los culpables. De cómo no le pegabas dos gritos a tu madre ni le levantabas la mano porque tu padre te cruzaba la cara, o de cómo te llevabas un zapatillazo sin que eso te crease un trauma para toda la vida. De cómo íbamos cargados de libros al colegio y ahora tampoco somos el jorobado de Notre Dame. O de cómo compartíamos el bocadillo, la botella de agua o un helado, sin que eso fuese una "amenaza" para nuestro organismo. De cómo hemos crecido y llegado hasta aquí sin bífidus, sin componentes activos y sin José Coronado, gracias a Dios.

Yendo un poco más allá, cuando venía hoy en el coche hacía el trabajo, reflexionando sobre el "terrorífico" peligro que supone hablar por móvil mientras conduces, me han venido a la cabeza las cada vez mayores restricciones del tabaco, las que nos esperan del alcohol, las advertencias sobre el colesterol, los lípidos y la alimentación sana, la asepsia que nos rodea (o eso pretenden los fabricantes de detergentes y demás), etc., etc. y etc., y a la vez me acordaba de mis padres, mis abuelos, y toda esa gente que ha llegado hasta aquí sin cinturones de seguridad ni airbags, con colesterol, bebiendo, fumando y viviendo como buenamente han podido, e involuntariamente, he pensado si no nos estaremos pasando, si no nos estaremos perdiendo algo. Si no nos arrepentiremos, al final del camino, cuando esto se acabe, de haber sido tan sanos, tan limpios, tan asépticos, tan seguros, tan higiénicos.

Sería una verdadera pena. O no, una pena no. Sería una putada.


Sí, esta va a ser otra de esas entradas serias que tanto gustan entre el escaso -¿cada vez más?- pero valioso y selecto grupo de lectores que tengo. La diferencia es que esta vez, os servirá de algo. Porque, ¿quién no ha estado en una cafetería hablando de libros y de repente ha oído mencionar, le ha venido a la cabeza, el Ulises de Joyce? Con este post, tú sabrás qué decir. Y antes de que alguien pregunte, no, yo tampoco lo leído, porque el Ulises es prácticamente ilegible, pero como decían Les Luthiers, "Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe".

«El Ulises de Joyce (1922), en el más extraordinario despliegue de virtuosismo, exhibe todas las técnicas de las asociaciones de tiempo y subraya la idea de las perspectivas cambiantes, no sólo por las yuxtaposiciones y flashbacks, sino también por la adopción de un estilo diferente para cada capítulo, como modo de destacar las múltiples maneras de relatar una historia.»

(Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza Universidad, Madrid, 1977)

Tranquilos, esta etapa culta, un tanto pedante y aún más aburrida en la que escribo lo que a mí me da la gana, y no lo que probablemente esperáis o estáis dispuestos a aguantar leer pronto pasará a la historia, y volveré con las típicas gilipolleces breves, absurdas, corrientes y molientes.

Pero eso será el lunes.


Algunas mujeres se/nos/me preguntan porque a los *algunos* hombres nos/me gustan tanto los coños sexos femeninos rasurados. No sé porqué, será, quizá, he pensado, sea, porque así, después, puede uno hablar sin pelos en la lengua.

[Esto viene a propósito de esto]


No soy una transformada de Laplace, ni un puzzle de diez mil piezas; ni siquiera a lo mejor, llego para ser uno de cinco mil. No soy un Kandinsky ni un Miró, y menos un bote de sopa Campbell. Ni un crucigrama ni un sudoku, ni tampoco un jodido cubo Rubik. Ni von Trier ni David Lynch, ni una Jam Session. Pero tampoco soy una línea recta o un juego para niños de uno a tres años. Ni soy John de Andrea o un une los puntos; ni Wim Mertens o Dead or Alive (sin enlaces, gracias).

Quizá sea tan sólo una función parabólica y un puzzle de mil o dos mil piezas; un Goya, Velázquez o un Monet. Picasso si me apuran. Una sopa de letras, y Radiohead, James, The Strokes o Travis; Spielberg, Mel Brooks o Coppola (él), sí. O quizá, quizá sea todo esto y todo lo anterior, todo lo que hay aquí y lo que no hay, pero puede que sencillamente no necesite sentirme -y mostrarme- constantemente como que soy todo eso.


Una pena. Nos vamos a quedar sin telenovela financiera, energética, política, o como quieran llamarla. Por fin, parece que se acaba el culebrón, o eso parece. Cajamadrid dirá que hace con su parte del pastel, un bonito 10%. Acciona hará lo propio respecto a su 20%, y por último, Endesa dará sus recomendaciones, a las que sus accionistas podrán o no acogerse. O más o menos, coño, que yo tampoco trabajo para Expansión.

Y luego vendrán los germanos con su libre competencia en una mano y su proteccionismo local y maniqueos políticos en la otra. Y no digo más que se ve ya bien de qué pie cojeo.


-= Hágase determinista =-

Hoy, y aunque sea sólo por un día, he decidido que me apunto al carro del determinismo; renuncio a todo tipo de conceptos de responsabilidad y culpa. Por lo que queda avisado de que si no le gusta lo que estoy diciendo, ya sabe que no es a mí, sino al destino a quien debe ir usted a pedirle cuentas. A mi que me registren, y suerte con él.

Aunque, para evitar decepciones y el mal trago de reconocerse en lo que ya está escrito, recomiendo al lector que se adhiera -sólo por un día- a esta radical política y decida que si esto no le gusta, no es cosa suya sino del destino que se levantó con el pie izquierdo esta mañana. Tendrá usted que estar de acuerdo conmigo en que, ¿existe algo más cómodo -y contradictorio- que decidir ser determinista?

(Texto publicado el pasado 21 de noviembre de 2005 como colaboración en Futuro Perfecto, el anterior blog de Nadie. Y es que no somos nadie y además de no serlo yo voy algo liado.)


Como mañana (probablemente) no estaré por aquí en todo el día y hoy les he colado, así como quien no quiere la cosa, un texto no inédito -pero que seguro que la mayoría de ustedes no habían leído-, he pensado dejarles este bonito video como premio de consolación. Y como lo que pienso suelo hacerlo, pues aquí lo tienen. Ea.


Y eso es todo lo que tengo que decir sobre ello. Pásenlo bien o no, ustedes verán.

(Sí, ya sé que los lectores de feeds no ven el video, pero muevan el culo hasta aquí que no se van a herniar)



Si este tipo patenta la dieta, se forra. Te lo digo yo.


Hace tiempo que no les cuento nada sobre mí, así que me perdonarán si me siento algo justificado para darles la chapa. El caso es que desde hace unos días, andaba yo cavilando sobre el estado de mi cabellera. Ya ven, como no tengo bastantes cosas en las que pensar, me busco gilipolleces para comerme el tarro. ¿Se han fijado qué lenguaje tan transgresor? Bueno, sigo que me pierdo. Acostumbrado como estoy desde hace ya unos ocho años -cuanto tiempo, ¿eh?- a llevar el pelo corto, extremadamente corto, muy corto, es decir, rapado, me resultaba incómodo llevarlo sin cortar durante ya un par de meses. Por dos cuestiones. La estética, claro, y la incomodidad de tener que peinarme al levantarme por la mañana. Ya ven, soy así de vago. Y ese era mi absurdo dilema; absurdo, sí, lo reconozco.

Así que esta tarde, con objeto de disipar mis dudas, he hecho una pequeña encuesta orientativa para ver qué pensaba el público en general. Hasta, créanme, había pensado en pedirles la opinión a ustedes. Sí. Qué tontería, lo sé. Tranquilos, por el momento he aplazado semejante gilipollez de referéndum; que a mí me dé por plantearme idoteces no significa que les haga a ustedes perder el tiempo más de lo que ya lo hago. En definitiva, y concluyendo, la opinión generalizada ha sido no te cortes el pelo, entendiendo por cortar en este contexto rapar al uno, al dos o al tres.

Así que visto lo visto, al final he decidido que. Y ya.


La Fraise

Hace mucho que no me compraba una de estas, así que anoche lo volví a hacer. Como siempre, de La Fraise.

[Es que dice L. que el verde me queda bien ;^)]



Dicen que todos alguna vez, de niños, hemos querido ser astronautas. Y lo mismo dicen de ser bombero. Y de ser policía, y de tantas otras profesiones de riesgo y aventura, o como quieran ustedes expresar lo que puede haber detrás de esas profesiones dentro de la mente de un niño. Yo tampoco sé hasta qué punto creerme eso, porque no recuerdo haber tenido la ilusión de ser ni policía ni bombero. Quise ser ciclista, y sí, yo sí que quise ser astronauta. Eso sí. Y quería serlo ya entrada en la pubertad, tonto de mí. Así que le pregunté a un profesor qué era necesario para ser un astronauta. Gilipollas de mí. Menudo crío paleto e ingenuo.

El caso es que éste me habló de la importancia del carácter, de la templanza, por aquello de la convivencia en las alturas, vamos, de todas esas virtudes de las que ya hablaba el bueno de Aristóteles antes de que el hombre se levantase siquiera diez metros por el aire. Y todo ello, sumado a un intelecto impresionante y una impresionante capacidad de trabajo, hacen de los austronautas unos seres quasi sobrenaturales... hasta ayer.

Y va a ser que después de todo, lo de ser astronauta sí que es una profesión de alto riesgo.


Hace cosa de unos cuantos meses, salió a la luz en varios periódicos europeos que algunas casas de apuestas por Internet estaban estudiando en común diversificar su, llamémoslo así, "ámbito de aplicación", a cuestiones que iban mucho más allá de los meros acontecimientos deportivos. Aunque muchas de ellas ya habían introducido temas sociales de cierto interés (los Oscar, por ejemplo), y lo continúan haciendo (ganadores de OT o Gran Hermano, sin ir más lejos), en este caso las apuestas tocaban temas algo más... peliagudos. Básicamente, se trataba de aprovechar los datos oficiales de conflictos bélicos, criminalidad, o desastres naturales, para añadir una nueva categoría de sucesos sobre la gran variedad de situaciones sobre las que se podían realizar ya apuestas. Preguntas del tipo 'Muertos declarados oficialmente al final de la semana en Irak' o 'Condenados a muerte en el estado de Texas durante el segundo semestre de 2006' eran algunas de las delicadas apuestas que se planteaban en el informe que se filtró a la prensa a través de un ex-empleado.

Como es natural, las diferentes implicadas se apresuraron a enfatizar lo preliminar de aquel estudio y su condición de meramente orientativo, aunque la presión que se generó desde algunos grupos sociales, principalmente en el norte de Europa, obligó a éstas a desestimar totalmente tal macabra introducción de la muerte en el mundo del juego. A raíz de aquello, más de una docena de personas fueron despedidas, aunque no se sabe si por su relación con el citado estudio, o en relación con la filtración del informe.


¿Se acuerdan ustedes de James, aquel grupo de música del que les hablé hace cosa de año y pico? (¿no?) Qué coño se van a acordar, si no se acuerdan ni de qué cenaron ayer...

Bueno, pues resulta que James, al parecer, ha vuelto. Y no saben lo contento que me ha puesto semejante tontería. Y como aquella vez, rácano de mí, no les dejé ni un mísero vídeo, aquí tienen dos pequeñas perlas.



Ah, por cierto, aunque no comenten... muchas gracias por leerme.


[...] evidentemente todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva y no había armas de destrucción masiva, eso lo sabe todo el mundo y yo también lo sé, ahora [...]” -- José María Aznar

No sé si este pobre hombre tiene un problema serio con el uso del lenguaje y la percepción de la realidad, piensa que en este país somos realmente gilipollas, o es que es simple y llanamente un mentiroso. Y no sé cual de las tres alternativas es peor.

Ya lo ven, nada nuevo bajo el sol.


Ricardo me lo dijo meses más tarde. Al final, me confesó que aquel acto de valentía, honradez y responsabilidad social que me había estado contando hasta entonces, había tenido unas razones algo más sustanciosas y sólidas que los etéreos principios morales sobre los que me solía sermonear. Filtrar aquel informe interno, en el que había estado trabajando durante seis meses, le costó su trabajo y su carrera; a nadie le gusta tener un chivato en plantilla. Se arrepentía de lo que había hecho, aunque no me cabe duda de que más influido por las consecuencias que por el hecho en sí; quería, ansiaba sentirse justificado moralmente, aunque los dos sabíamos que la ética había tenido más bien poco que ver en todo aquello.

Ahora no lo habría hecho era la cantinela que repetía sollozando cada vez que llegaba al cuarto o quinto whisky, que de una forma u otra, siempre acababa pagando yo. Porque los quince mil euros que había conseguido de su contacto en el periódico, una vez estuvo sin trabajo, con un despido procedente en la mano y su creciente afición por el alcohol, le duraron más bien poco; los últimos ochocientos nos los gastamos él y yo yendo una noche de putas. Las chicas las pagó él, y creo que precisamente esa es la razón de que le siga pagando los whiskys.

Esa, y que gracias a aquel informe, aunque él no lo sepa, yo ascendí a reportero jefe.

(El lunes, más)


Os iba a poner un video de Portishead, pero la gente de Google YouTube (¿?) dice que «This video has been removed due to terms of use violation», así que hasta que Google YouTube (¿?) decida hacer lo mismo con este, aquí os dejo "Babies" de Pulp.


Ale, a pasarlo bien y que durmáis con los angelitos.


-= Ilusiones =-

Iba el otro día andando por la calle, cuando lo oí. Era una voz infantíl, ridícula, como de dibujo animado. ¡Aquí abajo, aquí abajo!. Pensé instantáneamente en David el Gnomo o Campanilla, y me sentí por un momento como un niño. Pero miré y allí estaba aquello. ¡Soy un chiquiprecio!¡Un chiquiprecio!¡Patrocinador oficial de la Sel...!. No le dejé acabar y lo pisé.

Destrozar así las ilusiones de un niño, que poca consideración. Y qué tremendo atrevimiento.

(Texto publicado el pasado 22 de noviembre de 2005 como colaboración en Futuro Perfecto, el anterior blog de Nadie. Y es que no somos nadie y además de no serlo hoy no tengo ganas de escribir.)


Venga va, les voy a regalar algo, que estoy generoso. Algo breve, que tengo poco tiempo, pero sabroso.

Supongo que conocen ustedes el movimiento este de "Abrazos gratis". Si no es así, vayan a YouTube (ya saben, www.youtube.com), y busquen por "abrazos gratis"; más simple no puede ser. Básicamente, el movimiento busca, con mayor o menos éxito, alegrarle la vida a la gente con un abrazo espontáneo, aunque éste sea de un desconocido. Podrán ustedes tildar de chorra o tontería la cosa en cuestión, pero no me negarán que el propósito es ciertamente elogiable.

Bien, pues allá que estaba yo anoche con mi señora en la cama, buscando el video de los goles de Ronaldinho en la web de El Mundo, para descubrir cuando lo encuentro, estupefacto, que en la publicidad previa, ONO (ya saben, www.ono.com) ha utilizado este movimiento, altruista y generoso, para crear un repugnante y asqueroso anuncio publicitario que por supuesto, ni es altruista ni generoso ni imaginativo ni original. Y para qué seguir.

El video en cuestión, pueden encontrarlo en esta página.


Hoy he estado en blanco todo el día, y aunque me siento tentado a hablar de Eto'o y su exagerada (como cualquiera, de cualquiera) salida de madre -pruebe usted a decirle a su jefe que no le da la gana trabajar y luego póngale a caldo en un correo enviado a toda la empresa-, es algo que sé, o al menos intuyo, que no les interesa. Y francamente, a mí tampoco.

Y como mañana, técnicamente hoy, día de San Valentín, del amor, de las rosas y de El Corte Inglés, no sé cómo voy a ir de ganas de escribir (de tiempo mal, gracias), les voy a dejar un valioso enlace para que si lo necesitan, lo utilicen. Pero dénse prisa, que el tiempo corre.


Si no saben inglés, aprendan. O pregunten.


Antes, cuando no escribía, me abordaba un leve sentimiento de culpa, un ligero remordimiento.

Ahora, ahora ya no.


Sumergido como me encuentro desde ayer por la el mediodía en un terrible dolor de espalda y cuello, que hace que me mueva casi como un engendro mecánico, y provisto de una adecuada dosis diaria de analgésico -un (1) comprimido de ibuprofeno 600 mg cada ocho (8) horas- y relajante muscular -dos (2) comprimidos de Robaxin Metocarbamol 500 mg cada cuatro (4) horas- desde el punto de vista farmacéutico, pero claramente insuficiente desde mi particular, y francamente relevante posición, pienso que a veces me gustaría poder tener a mano un botón de Pausa, un botón de Hold, con el que poder parar el mundo, congelar la imagen y el sonido, para poder vivir y no tan sólo sobrevivir; no sé ustedes, pero confieso que llevo desde pequeño soñando con ello.

No se preocupen, es la medicación.



If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is, infinite” -- William Blake, The Marriage of Heaven and Hell


«Créeme cuando te digo que la gente no sabe qué es esto. Sólo ven vagabundos tirados en las esquinas, aferrados a una botella, y se preguntan por qué no dejamos de beber; por qué no acabamos con nuestro vicio. Así de fácil, así de sencillo, como si sólo fuese eso: un simple y puto vicio. ¡Ójala! Pobre borracho, me han escupido a la cara muchas veces. Nunca sé si os damos pena o asco. Veis lo que queréis ver. Nos veis a nosotros durmiendo en un portal, pero no veis, o no queréis ver, a ese que necesita bajar al bar un sábado a las siete de la mañana porque necesita una copa de coñac, ni a la maruja de barrio, ni al adolescente colgado del vodka. Vosotros sólo nos veis a nosotros, putos vagabundos, putos mendigos. Mírame. Mírame. No sabes, no saben nada; qué coño vas a saber tú. Tú no ves las caras plagadas de arañas vasculares, no sientes los temblores, no sientes las convulsiones. Con la heroína bajas al infierno, pero con el alcohol no sólo bajarás, sino que con algo de suerte te quedarás allí. La gente no sabe que dejar de beber puede matarte, pero yo sí que lo sé. Eso lo aprendes; cuesta poco darse cuenta. Vosotros sois simplemente un montón de gilipollas sin puta idea de nada. Pensáis que lo sabéis todo y no tenéis ni puta idea, sentados en vuestro mundo de mierda. Ni puta idea. Así que mira, no me jodas, y métete tus sermones y tu compasión dónde te quepan.»



[Ni el enlace, ni la foto]


Hace unos días leí vayaustéasaberdónde que lo que había que hacer era *hacer* las cosas, y no *pensar* en hacerlas. Ya saben, un pensamiento de esos pretendidamente geniales. Al instante, pensé, en línea con mi habitual entusiasmo inicial por la novedad: '¡qué gran idea!', y me vino a la cabeza esa cosa "seria" que llevo tanto tiempo queriendo hacer; léase ésta como "ponerse a escribir". Unos segundos después, me dí cuenta que el mi problema no era pensar en y no hacer, sino no tener tiempo para hacer, porque como todo el mundo sabe, pensar en no quita demasiado tiempo a no ser que haya faldas por medio, pero no pasa lo mismo con hacer, haya o no faldas. He aquí pues que la cuestión no viene a ser el hacer y no el pensar, sino más, bien, el qué hacer antes y el qué hacer después. Espero que me sigan, porque en realidad, eso sólo es parte del problema. Hay más.

Esto enlaza con mi historia personal en el siguiente punto. Quizá sepan, y si no lo saben aguarden que yo se lo digo, que desde hace algún tiempo -demasiado- tengo intención de sentarme a escribir algo que cueste más de diez minutos de leer. Ya saben, una de esas cosas con hilo argumental, personajes, etc.; algo "serio". Léase como potencialmente publicable, aunque sólo sea para enfrentarme al demonio del fracaso. El problema es que el blog viene a ser una mosca cojonera bastante molesta, pero como suele decirse, sarna con gusto no pica. Me explico, si es que a estas alturas no han pillado por dónde voy. Este blog viene a satisfacer mi gusto por la escritura, con o sin rumbo, y proporcionar pequeñas y diarias dosis de satisfacción ególatra; es mi chute diario. Me proporciona autocomplacencia a corto o muy corto plazo. Pero claro, todo esto lleva tiempo, más del que debería. Y una novela, un libro de cuentos, como decía antes, un algo "serio", es algo en términos temporales prácticamente incompatible con un nivel decente de actualización; es decir, que me obligaría a dejar a un lado el blog de manera bastante importante, para dedicarme a la escritura, y pasar de este inmediato a buscar una satisfacción de mi ego más a largo plazo, dependiendo de cuánto tarde en fracasar, abortar o tener éxito, al menos en la ejecución. El problema viene a ser, pues, si soy capaz de prescindir o no de, como los he llamado, mis chutes diarios.

He aquí mi dilema diario, en pocas palabras, ¿qué les parece? Y cambiando de tema, me han cambiado aumentado sensiblemente la medicación porque por lo visto tengo el cuello bastante contracturado, así que si me notan más depresivo o menos comunicativo que de costumbre, es normal. No es que sea asín, es que yo lo valgo.


Anuncio inventado de la DGT

(Anuncio ficticio)



1.-

["Las 10 razones principales por las que dejo las cosas para luego", vía madmax]


Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: "Está en el Consejo", de nuestro hombre se decía: "El Emperador está en el vestuario".

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

«¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela». Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela» -pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo. Pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas. ¡Pero si no veo nada!» Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

- ¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.

- ¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de las lentes. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

- Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías. Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

- ¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía. «Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

- ¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

- ¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! -pensó el Emperador. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

- ¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo. Me gusta, la apruebo, y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: ¡oh, qué bonito!, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. ¡Es preciosa, elegantísima, estupenda! -corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: ¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

- Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

- ¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

- ¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

- ¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

- El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle -anunció el maestro de Ceremonias.

- Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador. ¿Verdad que me sienta bien? -y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

- ¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

- ¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

- ¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

- ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

- ¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

[Como es obvio, esto no es mio, es de un tal Hans Christian Andersen]


Arte, arte, y arte. Ya escribí algo sobre ello, quizá demasiado retórico, hace casi un par de años. Si la idea es que todos podemos hacer arte, ¿por qué debería yo comprar el suyo si soy al parecer tan artista como ellos?


Cuanto "entendido". Cuanto idiota, cuanto snob. Hay que ver.

[Update: 22/02/07 09:00h, Youtube dice que están de parada de mantenimiento. Paciencia...]


Hoy, sólo una canción genial de un grupo genial. YouTube, qué haría yo sin ti...



«Popularmente se supone que los africanos rebosan sabiduría indígena y conocimientos ancestrales sobre plantas y animales. Son expertos en su identificación por el rastro, el olor o las señales que dejan en los árboles y se embarcan en meticulosos análisis encaminados a determinar a qué planta pertenece una hoja, fruto o corteza. Para infortunio suyo, los occidentales suelen actuar de una manera interesada en sus interpretaciones. En la época en que se daba por sentada la superioridad cultural de Occidente, era intuitivamente evidente que todos los africanos se equivocaban en la mayoría de las cosas y que simplemente no eran muy listos. Por lo tanto, no era de extrañar que sus menten no fueran nunca más allá de sus estómagos. El antropólogo se encontraba de forma inevitable en el papel de refutador de esta concepción del hombre primitivo. A él le tocaba demostrar que cierta lógica guiaba su comportamiento y que seguramente su sabiduría escapaba al observador occidental. En esta época de neorromanticismo, el antropólogo ético se sorprende al encontrarse de repente en el otro extremo. Actualmente, el hombre primitivo es utilizado por los occidentales, igual que lo fue por Rousseau o por Montaigne, para demostrar algo referente a su propia sociedad y reprobar los aspectos de la misma que les parecen poco atractivos. Los "pensadores" contemporáneos tienen el juicio fundamentado y equitativo en tan poca consideración como sus antecesores. Un ejemplo que me impresionó especialmente antes incluso de ir al país Dowayo fue una exposición de objetos de los indios pieles rojas. En ella se exhibía una canoa de madera y nos informaban que "las canoas de madera funcionan en armonía con el entorno y no son contaminantes"; junto a ella había una fotografía del proceso de contrucción en la que aparecían los indios quemando grandes extensiones de bosque para obtener la madera adecuada y dejar que se pudriera el resto. El "noble salvaje" se ha alzado de su tumba y se encuentra vivito y coleando en el noroeste de Londres, igual que en algunos departamentos de antropología.

Lo cierto es que los dowayos sabían menos de los animales de la estepa africana que yo. Como rastreadores, distinguían las huellas de motocicleta de las humanas, pero esa era la cima de su conocimiento. Al igual que la mayoría de los africanos, creían que los camaleones eran venenosos y me aseguraron que las cobras eran inofensivas. Ignoraban que los gusanos se convierten en mariposa, no distinguían un pájaro de otro ni te podías fiar de que identificaran bien un árbol. Muchas plantas carecían de nombre aún cuando las usaran con frecuencia; para referirse a ella tenían que dar largas explicaciones: "La planta que se usa para extraer la corteza con la que se fabrica el tinte." Gran parte de los animales de caza se habían extinguido debido al uso de trampas. En lo que se refiere a "vivir en armonía con la naturaleza", a los dowayos les quedaba mucho camino por recorrer. Con frecuencia me reprochaban no haber traído una ametralladora de la tierra de los blancos para poder así erradicar las patéticas manadas de antílopes que todavía existen en su territorio. Cuando los dowayos empezaron a cultivar algodón para el monopolio estatal, les suministraron grandes cantidades de pesticidas, que ellos inmediatamente aplicaron a la pesca. Arrojaban el producto a los ríos para después recoger los peces envenenados que flotaban en la superficie. Esta ponzoña sustituyó rápidamente a la corteza de árbol que habían utilizado tradicionalmente para ahogar a los peces. "Es maravilloso -explicaban-. Lo echas y mata todo, peces pequeños y peces grandes, a lo largo de kilómetros."»


Fragmento de El antropólogo inocente, de Nigel Mansel Barley (gracias a kowalinsky por apuntar el lapsus mental). Un libro muy divertido y totalmente recomendable. Y no sé si este fin de semana nos veremos o tendrán que conformarse con esto, que no me negarán que es bastante. Así que ale, dos párrafos. Disfrútenlos y discúlpenme esta falta de material propio, pero tengo la cabeza que no sé dónde la tengo.


Windows Vista

[Visto en Kriptópolis y parido en The Joy of Tech]


(Últimamente no estoy demasiado inspirado, tendrán que disculparme. Tengan paciencia...)


Dilbert

[Como es obvio, de Dilbert en español]




Allá por el 1900, cuando el bueno de Frege estaba listo para publicar el segundo volumen de su obra cumbre en lógica matemática, Grundgesetze der Arithmetik, recibió una carta del bueno de Bertrand Russell que le decía algo como:

«El barbero de esta ciudad, que afeita a todos los hombres que no se afeitan a sí mismos, ¿se afeita a sí mismo?»

Imagine que pasa usted la mitad de su vida construyendo una casa y que en el momento de darle el remate, un simpático colega le indica que la ha edificado sobre arenas movedizas. La cuestión es que la obra de Gottlob Frege contenía en uno de sus axiomas básicos una paradoja, representada en la frase anterior y conocida posteriormente como la paradoja de Rusell, que hacía inconsistente su sistema lógico. Es decir, el barbero no puede afeitarse a sí mismo, ya que entonces, no afeitaría a todos los hombres que no se afeitan a sí mismos porque él se afeitaría a sí mismo. Pero tampoco puede dejar que otro hombre le afeite, ya que él afeita a todos los hombres que no se afeitan a sí mismos, y entonces él no sería el único que afeita a todos los hombres que no se afeitan a sí mismos (creo que el razonamiento es ese, pero discúlpenme si detectan algún error, ya que esto de las paradojas siempre es difícil de masticar). Hay otra paradoja relacionada, llamada la paradoja del mentiroso, y aunque hay múltiples formas para esta paradoja, una de las que más me gustan, y que he encontrado aquí, aparece en Sexo, mentiras y cintas de video, película de Steven Soderbergh:

- No aceptes nunca un consejo de alguien con el que no te hayas acostado.
- Pero tú y yo nunca nos hemos acostado, ¿he de seguir tu consejo?

Tras esto, Frege no tuvo más remedio que publicar el libro con una pequeña fe de erratas, un pequeño apéndice, en el que básicamente, venía a indicarle al lector que todo el libro era un error; no creo que sea posible imaginar la magnitud de tal fracaso personal para cualquier persona que se encuentre en su situación. Tras la publicación del libro, como es natural, se sumió en una depresión y no volvió a escribir hasta algún tiempo después.

Afortunadamente -para nosotros-, aunque murió casi en el anonimato, muchos autores, entre ellos su "verdugo" Russell, se encargaron de concederle el mérito que corresponde tanto a su obra como al que hoy en día se considera uno de los mayores lógicos de la historia, o en palabras de la Wikipedia, "el mayor lógico desde Aristóteles". Que ya es bastante.

[La foto de Frege está sacada de la Wikipedia, cuyo copyright ha expirado]


Meetic
Me encanta la última campaña publicitaria de Meetic, y en particular algunos spots cortes. De verdad. Ya saben, esa que tiene como slogan lema "Las reglas del juego han cambiado", y en la que aparecen mujeres diciendo o haciendo cosas que habitualmente nos han correspondido a los hombres. Es decir, "cosas". Cosas como olvidar el nombre de tu partenaire o cosas como tratar a la mujer como poco más que un objeto sexual. Cosas por las que a los hombres se nos ha criticado y condenado durante mucho tiempo, porque se suponía que eso no estaba bien, era moralmente reprobable, etc etc. Pero vaya, resulta que no sólo no está mal, sino que está bien (porque ellas también lo hacen). Y es una suerte, porque así al menos los hombres no sólo no tendremos que sentirnos culpables la próxima vez que olvidemos el nombre de ella, sino que además podemos sentirnos justificados (porque ellas también lo hacen).

En realidad, las reglas del juego no han cambiado. Para nosotros no.

-

(Desde un punto de vista algo, pero no mucho más serio, y adoptando el enfoque de este anuncio, no parece que la mujer desarrolle comportamientos propios "evolucionados", sino que da la sensación de que se limita a adoptar aquellos típicamente masculinos -y poco loables, por otro lado-, y quizá perdiendo en el camino valores -o vayaustéasaberqué- que le corresponden a ella como mujer. Y no me refiero de la liberación sexual, que nadie me malinterprete. La cuestión aquí es que parece que la mujer asume en el camino hacia la igualdad de sexos que su única vía es la "masculinidad" de los, *sus*, comportamientos, tanto a nivel privado, como a nivel público. La cuestión es por tanto, así a bote pronto y sin pensarlo mucho más, si ese es el único camino, o hay otros. Y que nadie se tome esto demasiado en serio, como pone en el título, es sólo un pensamiento al azar.)


No acostumbro a abusar de este tipo de tiras cómicas, pero este caso es una excepción. Y es que no entiendo porqué mi jefe (que no es consultor), me ha enviado esta, que por otra parte es genial...

Dilbert

[Como es obvio, de Dilbert en español]