Pienso en unas miradas nerviosas que se acercan y se alejan, en el contacto intencionado de tu cuerpo contra el mio, en una espalda arqueándose, en unas piernas que se abren invitándome a entrar. En el sabor de tu sexo, el sabor de tus pechos y el sabor de tus labios, en una lengua húmeda y caliente perdiéndose en mi boca, en tu saliva y en esos labios pegados a los mios. En tu sonrisa y esos ojos cerrándose al sentirme acariciar tu sexo como algo que me pertenece. En instintos primarios, en tus pezones, en mis dedos buscándolos y en el gemido que emites al sentir mis manos frías sobre tu cuerpo caliente. En la sangre fluyendo por mis venas, en tu respiración agitada, en tu lengua lamiendo mis dedos y mis dientes mordiendo tus labios. En esa falda y el sexo que se humedece debajo de ella, en palabras obscenas al oído, en mi sexo erecto y caliente y este molesto botón, en mis pantalones y en tus manos dentro de ellos. En poseerte, en animales en celo, en tu sexo y en mi sexo, en mis dedos debajo de tu falda, en mis dedos debajo de tus bragas, en mis dedos dentro de tu coño. En montarte, en lamerte como un perro, en tu sexo afeitado, húmedo, caliente, mojado, en mí dentro de tí y en tu cuerpo cabalgándome.
Pienso en comerte y en que me comas. Pienso en follarte y en que me folles.

Hace un par de días, mientras me encontraba en plena faena, es decir, trabajando, jauría de malpensados, recibo la llamada telefónica de una ex compañera de trabajo. Una chica con la que apenas tuve relación, profesional y de cualquier tipo, y que abandonó su puesto hace apenas unas semanas. Tras un par de llamadas perdidas que no puedo atender y un mensaje que parece sugerir que no le quiero coger el teléfono (el mundo está repleto de gente importante), me hago con ella. Nota mental a posteriori: eres idiota. Los pertinentes saludos de cortesía, ese qué tal, ese qué es de tu vida y otros típicos eses, a lo que ella responde con algo como Muy bien blablabla pues verás blablabla ONO blablabla virus blablabla mi ordenador no funciona blablabla y un palpable tono de amistosidad. Blablablá blablá. Pues eso, clarísimo.
Craso error, pequeño saltamontes, el de esta llamada. Tras unos segundos de desconcierto, me doy cuenta de lo que esta mujer me está pidiendo es que un día me acerque a su casa, lo antes posible (eso era importante), para arreglarle el ordenador, ya que en estos momentos no puede trabajar ni hacer nada. Mardito viru, maldigo entre dientes. Terrible acontecimiento sin duda, me lamento. Apesadumbrado me encuentro, le confieso. Y seguimos para bingo. La protagonista de nuestra historia incluso se ofrece amablemente a recogerme y llevarme a su casa, algo que escucho anonadado. Tras unos instantes de reflexión, que duran lo que duran unos instantes, y en los que valoro la remota posibilidad de que esta mujer me quiera llevar al huerto, recuerdo brevemente la nota mental anterior: eres idiota, y vuelvo a la realidad de mi absurda existencia.
Pero como yo no sé decir que no, no lo digo (mal hecho, mal hecho). Aunque tampoco digo que sí. Digo que ahora no puedo, cosa que es verdad. Que mañana no puedo, que tampoco es mentira. Que pasado no puedo, ídem de lo mismo. Que el fin de semana que viene, obviamente, nasti de plasti. Y la semana que viene, dios dirá. Aunque me da que él puede decir mucho, pero yo digo que va a ser que no. Porque el caso, querida amiga, si me lees, y pongámonos serios que la ocasión lo requiere, es que no me apetece acabar de trabajar y meterme con el ordenador de alguien a quien apenas conozco (esto es lo más importante), que me dará más problemas que otra cosa, a arreglar algo que no me causa ningún tipo de interés, y que generará sin duda reincidencia en tus peticiones. No me da la gana, y punto. Y ya sé que te mereces que hubiera dicho esto a ti en directo, pero soy un cobarde, ya lo ves, y además, yo no me merezco que alguien a quien apenas conozco me meta en semejantes compromisos, así que creo que estamos en paz.
Bueno, dicho esto, te deseo que seas muy feliz. A pasarlo bien :)
(Ladytron, Discotraxx, en 604)

Ayer tuve un montón de déjà vus.
Será que era el día de la marmota.
Y Phil predijo que habrá seis semanas más de frío invierno. Aunque si a mi me sacan de mi casa en medio de mi letargo invernal para preguntarme tal gilipollez, les predigo no seis semanas, sino seis años.
(No veo a Bill Murray en ninguna foto, y no sé si creérmelo o ha sido todo un montaje...)

Parece ser que la menestra de verdura no está contenta con su ley antitabaco, por lo que ha decidido que, si las cosas siguen como hasta ahora, y como al parecer no está consiguiendo lo que pretendía con su ley, es muy posible que la cambie y la haga más dura.
Y supongo que lo hará hasta que las cosas sean como a ella le de la gana. Me apasiona esta forma de legislar. Esto sí que es un experimento sociológico de cojones. Que alguien llame a la Milá, por favor, para que diga la expresión de marras con coherencia al menos una vez en su vida.
Y que viva la libertad.

Al parecer, el tema de las caricaturas de Mahoma está trayendo cola. La posición oficial de este blog es que hacer este tipo de gilipolleces, sin haber ninguna necesidad, tal y como están las cosas, y están algo jodidas, no es cuestión de libertad de expresión, es cuestión de sentido común. Siendo como está el mundo falto de sensatez, no estaría de más que algunas personas viesen un poco más allá de su autoproclamada superioridad moral y cultural, que es, básicamente, lo que hay detrás de todo esto.
Porque los medios de expresión occidentales son los primeros en manipular y censurar la información que difunden, porque a nadie se le ocurre ir llamando gilipollas a los demás porque le da la gana escudándose en su libertad de expresión (y dibujar a Mahoma con una bomba por turbante es algo infinitamente más serio para muchas personas), y porque si mañana un hijo de puta se inmola en el centro de Copenhague, en el centro de Londres, en el centro de París, dios (nota: soy ateo) no lo quiera, alguien va a tener que explicarle a los muertos dónde ha ido a parar su puta libertad de expresión.
Esto, obviamente, no pretende excusar ni justificar ningún tipo de actitud violenta, la cual, por otra parte, debería hacer pensar un poco a toda esa parte de la izquierda progre europea que vió en los atentados de las torres gemelas del 11-S un se lo han buscado (y con los que, para ser sincero, yo en aquel momento, y de alguna forma, me alineé) en relación a la posición estadounidense en el problema palestinoisraelí. Quizá ahora no mantengan la misma opinión.
Un poco de sentido común, señores, por favor, o dicho con otras palabras: ¿a qué coño estamos jugando?


Mi novia es una actriz porno.
Ella todavía no lo sabe, pero mi novia es una actriz porno.
Aunque aún tengo que decidir si lo que no sabe es que es una actriz porno o que es mi novia.


Algunas personas nacen con determinadas habilidades que con el tiempo, si son convenientemente desarrolladas, les hacen destacar por encima de los demás. Aunque no siempre es así. Otros inútiles, aún tocados por la mano de la suerte, se hunden en la mediocridad, echando a perder un regalo tan precioso, aunque bien podría considerarse que prefieren desplegar los encantos de la estupidez y la ignorancia, probablemente mucho más afines a su ser. No obstante, tengo serias dudas de que alguna de éstas pueda considerarse una habilidad especial, ya que de ser así este mundo estaría lleno de superdotados, y es por todos sabido que las cosas son algo diferentes.
La cuestión, sin querer extenderme más en discursos que no llevan a ninguna parte, es que yo tuve la suerte de ser una de esas personas privilegiadas: nací con un impresionante talento para el sadismo. Para crear, y deleitarme con, situaciones en las que sin esfuerzo alguno, llevaba el sufrimiento hasta niveles insospechados, inalcanzables para cualquier otro ser humano. La crueldad, con la que inicié un apasionado romance, era mi juguete, y el dolor, ante cuya belleza caí rendido, se convirtió en mi mundo; puse al universo a mis pies, le hice llorar lágrimas de sangre y desear la muerte antes que la vida.
Debería estar claro a estas alturas que, no sin esfuerzo y sacrificio, yo no dejé atrofiar este fascinante presente, sino que lo desarrollé en toda su extensión, llegando a parajes desiertos que ningún hombre había pisado antes y que quizá nadie vuelva a pisar. Yo estuve allí, y me llevé conmigo los gritos de la Humanidad, para que retumbasen en los oídos de todos aquellos dispuestos a escucharlos.

Dos mariposas de papel (una y dos) se han llevado lo que tenía escrito para esta noche y me han dejado esto. Pues bien...
No hay ningún autor ni ningún universo con el que me sienta más identificado que con este, desde siempre. Ninguno por el que sienta tanta devoción. Ninguno por el que sienta tanta admiración. Quizá haya otro libro, pero ninguno que resulte tan obvio y claro. Y dice así:
«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.»
Franz Kafka, Metamorfosis.
Ya lo sé. *Qué original*.


Todas las mañanas a las diez, puntual como un reloj, Miguel, un jubilado que vive desde hace años sin más compañía que un pobre gato al que odia sin razón alguna, entra en el bar de Eduardo, se sienta en uno de los taburetes de madera y pide un carajillo. Su amigo, que lleva décadas detrás de la barra y ha vivido toda su vida en el barrio, enciende la cafetera y mientras ve llenarse la taza, piensa: pobre Miguel.
Al otro lado de la barra, sentado, el viejo observa la figura encorvada frente a él, la incipiente calva, y siente la rutina de millones de años gritando por cada poro de su piel, viviendo en cada pelo de su cuerpo, tanto que casi le duele. Y aprieta los labios y piensa: pobre Eduardo.

Mi vida está formada por mi mismo y dos máquinas.
La primera de ellas está situada justo antes de mi. Esta máquina construye los segundos: los colorea, les da cuerpo, un universo. Sentimientos, colores, palabras, sensaciones, pensamientos, fantasías, sonidos, intuiciones, imágenes, placeres, dolores, ideas, temores e ilusiones... llena cada uno de todo lo necesario, dependiendo del segundo en cuestión, y cuando está listo para ser usado, lo produce.
Entonces yo, que estoy en el medio, lo consumo. Durante tan sólo un único segundo, que es su duración exacta. Aunque eso no significa nada. Unos parecen eternos y otros al contrario, no parecen ni siquiera existir (esta sensación también va contenida en el segundo). Y cuando he acabado con él, aparece el siguiente. Por mi parte no tengo que hacer nada, sólo saber leerlos; el resto me viene dado, y simplemente tengo que ceñirme a lo que leo. Absolutamente cualquier cosa que pueda necesitar, está dentro de ese segundo. Así que esto es lo que diríamos que es mi vida: yo leyendo segundos.
Una vez gastado, para acabar, una segunda máquina que está inmediatamente detrás de mi, lo destruye para que nadie lo vuelva a usar, ni siquiera yo mismo. Ni siquiera lo recicla, por si las moscas: lo desintegra. Todas las precauciones son pocas. Aunque a decir verdad, a pesar de todo tengo la ligera sospecha que últimamente esta máquina debe de estar funcionando mal, porque llevo ya unas semanas teniendo la extraña sensación de estar consumiendo segundos ya vividos.
Así que si hay algún técnico en la sala, por favor, que se levante y me eche una mano. Muchas gracias.

Esta noche he tenido un extraño sueño.
Conduzco con mi coche por una carretera, con un paisaje verde a cada lado que recuerda a una de esas carreteras estrechas en los Pirineos. Mi familia va dentro del coche, y al llegar a una curva en pendiente descendiente, me encuentro con una hilera de coches encabezada por un Audi A4. A pesar de la baja velocidad a la que se mueve, se acerca tanto al lateral de mi coche que me arranca el retrovisor y yo salgo despedido por la ventanilla (sí, por la ventanilla), cayendo al suelo.
A continuación, aparezco con mi coche doscientos metros antes, justo antes de entrar en la curva, rodeado de la gente que iba en los coches que seguían al Audi. Estamos todos bien, y a la izquierda ya no está el paisaje de antes, sino una especie de Masía alejada unos quinientos metros, precedida por un gran campo de tomateras. Mi hermana sale con dos tomates en la mano, y cuando está casi a la altura de la carretera, alguien sale desde dentro de la casa y llega a su altura rápidamente... demasiado rápidamente. Sin más, se da la vuelta y mi hermana sale gritando detrás de ella ¡Un euro dos tomates!¡Un euro dos tomates! sin éxito. La gente ha desaparecido.
Lo siguiente que veo soy yo dentro de la casa. En realidad, veo sólo una habitación con una ventana al fondo, y aquí sucede lo más extraño del sueño: tengo la sensación de haber estado aquí antes, y no sé si es una sensación del sueño o de fuera de él, lo que parece sugerir que hay algún tipo de consciencia durante el sueño y además, yo soy consciente de ello en éste. Es decir, no se si mi yo del sueño siente que ha estado en esa casa antes, o es el yo real el que siente que ha soñado con esa casa antes. Esta confusión no me abandonará en ningún momento e incluso permanece algún tiempo después.
La chica de la Masía me habla de un concierto de un grupo llamado Marmota, de Barcelona, de una visita a esa misma casa hace unos meses, con más gente, y hablo con ella. Al parecer, nos conocemos de antes y tenemos bastante confianza. La conversación es fluída y rápida, alegre. En un determinado momento, dice algo entre risas y de repente la palabra aparece escrita en el suelo, en letras legras sobre fondo blanco. Le pregunto como ha hecho eso, y me contesta riendo, aunque no recuerdo la respuesta.
Me asomo a la ventana y veo el mar, pero estoy a doscientos metros sobre la playa, como en lo alto de un acantilado, pero yo sé que no es así, aunque no intento encontrar una explicación. Es extraño el contraste entre ambos extremos de la casa. La playa sólo se extiende en una pequeña superficie debajo de mi, quizá de cien metros cuadrados, y cubierta en su mayor parte por un toldo verde, de modo que casi no veo la arena. En el resto de la costa, no hay playa, tan sólo rocas. Ahora tengo la certeza de estar en Gandía. El aire está limpio, y me fijo en las personas que hay en el agua. A pesar de la altura, las distingo con claridad. Una de ellas parece estar jugando con algún tipo de pez que debe medir unos cuatro metros. Veo otros peces así, y no tengo ninguna duda de que se trata de tiburones. Justifico internamente con esa visión mi fobia al mar y lo comento con ella.
De repente estoy sentado en una mesa de madera vieja, con el que debe ser su novio o marido. Por momentos, parece haber un niño, pero no estoy seguro. A veces está y a veces no, es confuso, aunque no le presto demasiada atención. Él es moreno y delgado, y lleva el pelo engominado, hacia un lado. Su cara es delgada y estirada, con las facciones muy marcadas. En general, su aspecto es siniestro, oscuro. No es desagradable en sí, ni me da miedo, es sólo raro, su forma de hablar, su comportamiento, su manera de mirarme. Me recuerda a Crispin Glover en Willard. Ella está cocinando detrás de nosotros, haciendo lo que parece ser la cena, y él me habla, aunque no recuerdo sobre qué ni si yo le contesto. En algún momento, él se dirige a ella de una manera que no me gusta, y en ese instante le odio por un segundo. La conversación, o el monólogo, dura poco y no recuerdo nada más.
Y eso es todo. Asusta, la verdad, si se pone uno a intentar interpretarlo, así que voy a dejarlo como ejercicio al lector ocioso.

Te das cuenta de lo mal que estás cuando ves que la autonomía de tu coche son 404 kilómetos y automáticamente piensas "Page Not Found".
Sin comentarios.
(Para aquellos menos puestos, 404 es el código que devuelve el servidor web al cliente cuando la página que se ha solicitado no existe)





Un pueblo plagado de evidentes señales de extraterrestres, donde hay aparatos que intercambian las identidades de las personas o detienen el tiempo, y materiales que no existen en ninguna otra parte del planeta; donde hay individuos que se convierten en monstruos, pueden moverse a la velocidad de la luz, controlar el fuego y el agua a voluntad, dominar a otras personas con la mente o volverse invisibles.
Pues en un lugar así de "normal", Clark Kent tiene que mantener oculto que es Superman y tiene superpoderes... por si se nota.
Conclusión: La familia Kent es idiota -y miope- y los de Kripton, o no se distinguen precisamente por su inteligencia, o nos mandaron al más tonto. Y desde luego, la pinta de más tonto la tiene.
(Sí, ya lo sé: lo dice el guión)

Es curioso.
Sales de fiesta, predispuesto para cualquier cosa, alegre y contento, receptivo, rebosante de simpatía, como un niño al que sacan de excursión, pero nada. Nada. Nada de nada.
Luego sales un día cansado, apático, sin demasiadas ganas, con sueño, echando de menos tu cama, y preguntándote mientras te apoyas en un pilar cómo puede ser que la música sea tan mala en aquel sitio y tú sigas a las seis de la mañana allí dentro. Y cuando sales a la calle, una de las pocas chicas en las que te habías fijado, se coge de tu brazo y te pide que la lleves a casa.
Y tú no entiendes nada, aunque piensas que eso de que las cosas llegan cuando menos te lo esperas va a resultar ser verdad, aunque nunca te lo hayas acabado de creer.
Los tres entierros de Melquiades Estrada, fabulosa. Orgullo y Prejuicio, fabulosa. Qué dos grandes películas, porelamordedios.


Al parecer, han condenado en Viena al "historiador" británico David Irving a tres años de cárcel por negar el Holocausto. Creo que está claro el uso de las comillas después de tal afirmación.
Y yo que pensaba que la libertad de expresión era un valor sagrado de la civilización occidental. Menos cuando la libertad de expresión resulta molesta para la propia civilización occidental, claro; pues a ver en qué quedamos, leches. Aunque eso no quita, por supuesto, que piense que este tipo es un animal y un pobre desgraciado.
Yoquesé. Si es que es muy tarde para pensar y además no se me da nada bien, pero hay algo en esto que no cuadra del todo aunque como he dicho, ni ganas de ver qué narices es.

Tyler era un pobre tipo que venía a clase conmigo. Está claro que no se llamaba Tyler, aunque no recuerdo su verdadero nombre; creo que jamás lo supe, y si lo he olvidado, tanto mejor. Alguno de nosotros le puso ese apodo en honor a algún retrasado que había visto en televisión y el muy idiota se quedó con él, para mofa nuestra y de prácticamente todo el colegio, aunque también es verdad que no le dimos opción. El mote le venía al pelo, porque el chaval era un desgraciado, un gilipollas, un capullo, uno de esos patanes congénitos con los que te encuentras en la vida y de los que no puedes hacer otra cosa que reirte. Es verdad que quizá aquello no estuviera del todo bien, pero que se joda, la vida no es fácil.
A veces pienso que habrá sido de él, si habrá salido adelante o lo acabamos hundiendo sin remedio, y me pregunto si volvería a hacer lo que hice. Y la verdad, la respuesta siempre es la misma: sí.
Porque joder, menuda diversión.

Vista la reacción de una persona frente al texto de Tyler de ayer, y quizá de algunas otras que no dijeron nada, me veo en la obligación de aclarar que eso no era un texto real, sino una simple ficción. Me alegro sin embargo de que alguien pudiera sentirse ofendido por él, porque despertar ese tipo de sentimientos y rechazo era uno de sus propósitos. Era, como la mayoría de textos que pongo aquí, un simple ejercicio literario, como cuando, incluso hablando de mi vida, escribo en segunda persona o en tercera. El texto de ayer puede ser una confesión (de nuevo, ficticia) repugnante, pero nadie dijo que la ficción tuviera que ser de color de rosa.
Por lo general, creo que suele estar claro cuando hablo de mi vida y cuando hablo de una ficción. Habitualmente, muy claro, y en este caso, yo diría que lo estaba, incluso aunque no fueses asiduo de este blog. Sin embargo, para evitar malentendidos, creo necesario aclarar que Miguel y Eduardo son producto de mi imaginación, no tengo ningún tipo de especial habilidad para el sadismo, no conozco ninguna mujer que esté cercana al mundo del porno, y menos que pudiera ser mi novia (una pena, vaya). No conozco a nadie que pueda darme consejos sobre lo que hacer cuando tengo en la sien una nueve milímetros, Dee, Ka y Po no existen, sino que me los he inventado. Jamás estuve en nada similar a un internado, no conocí a Joyce ni tengo ningún tipo de relación con nadie que sufra de narcolepsia. Tampoco he visto nunca un genio (y menos frotando aquello), ni he vivido en Babia, ni he tenido un ratón en la cabeza, ni tengo relación alguna con mafiosos. Nicolás no pudo morir de coherencia, porque salió de mi cabeza, no conozco a ningún David con fobia a la gravedad ni a ninguna Amelia hipotecando su vida por un aumento de sueldo. Y así, muchas otras que no voy a mencionar aquí.
Por supuesto, en el futuro continuaré escribiendo sin indicar qué de lo que escribo es real y qué es ficción, y dejando al lector que tome tal decisión por mi, e invito a toda aquella persona que se encuentre en la duda -ante la duda, la más peluda- a preguntarlo si lo cree conveniente.
Fdo: La dirección.

«Como tampoco tiene problema el Chelsea en jugar en un campo con más tierra que hierba, regado antes de empezar por si era posible formar algo de barro. Todo lo que sea para perjudicar al rival. Si a uno le da igual jugar con un balón que con un melón lo último que le preocupa es el estado del terreno de juego. Será difícil que el Barcelona se encuentre un campo durante el resto de la temporada en peores condiciones que Stamford Bridge.» [www.as.com]
Un perfecto barrizal para un perfecta piara de cerdos.
Come barro, Mourinho. Y riégalo ahora, cabrón, que se te va a secar.


He decidido que a partir de mañana, este blog, esta bitácora, va a cambiar. Pero a mejor, claro. Radicalmente. Vaya que sí. ¡Y mucho! No lo va a reconocer ni su dueño, que soy yo. Todo, lo voy a transformar todo (menos los lectores, claro). A brand new blog, que dirían aquellos. Como nuevo me va a quedar. Decidido, que sí. Después de la metamorfosis, va a parecer otro. Como si lo viese; lo haré mucho más... más... más... bueno, que lo convertiré en... en... en...
...
Bueno. Pensándolo bien, creo que no, mejor lo dejo como está, que al fin y al cabo, tampoco está tan mal.

Es decir: viernes y de noche.
Viernes.
De noche.
Me explicas, por favor,
¿
haces leyendo un blog
un viernes
por la noche?
No es que me importe,
y por mi historial,
soy el menos indicado para hablar,
pero,
al menos, ponte una peli.
¿no?
Y siempre puedes...
... masturbarte.
¿no?
:)
*Smile*

Contaría que ayer ví Capote, una película absolutamente impresionante, impresionante, impresionante, con un Philip Seymour Hoffman impresionante, impresionante, impresionante, y que sin duda alguna va a ganar el Óscar. Porque es flipante, alucinante, para cagarse, la interpretación de este tipo. Que le den no uno, que le den dos Óscars. Y que vayan ustedes a verla en versión original, ¿vale? que la película gana mucho. Asi que: Capote. En versión original. (En Valencia, en los UGC de Campanar).
Pero en su lugar, y a pesar de todo lo dicho ya, me gustaría hablar de Matilde. Conocí a Matilde allá por otoño de 1997, creo, en un vagón de metro mientras me dirigía a clase, gracias a un ligero problema -mio- de desorientación, que ella se prestó a resolver quasi amablemente. O quizá más bien obligada por mi insistencia y estupidez para encontrar el andén correcto. Era una chica muy delgada, casi escuálida, aproximadamente de mi altura, y daba una impresión de oscuridad que no recuerdo haber reconocido en ninguna otra persona más. Era extraña, oscura, opaca, difícil, y quizá por eso precisamente empezamos a llevarnos bien. Quedábamos a menudo, casi a diario, para tomar unas cervezas, ver alguna obra de teatro, o simplemente para tomar el sol a las puertas de alguna cafetería. Congeniamos bastante bien desde el primer momento, y éramos capaz de pasar horas callados sin que ninguno de los dos se sintiese incómodo. Fue en cierto modo como encontrar un alma gemela, pero en un sentido espiritual. Nos abríamos el uno al otro hasta donde queríamos, y nunca te sentías obligado a nada.
A las pocas semanas de conocernos, Matilde me confesó que tenía un curioso don: era capaz de acertar el tiempo que duraría un acontecimiento, fuese éste una película, un semáforo en rojo, un viaje en coche o el vuelo de un pájaro, con un margen de error mínimo. No sé cómo lo hacía, ni ella tampoco, pero podía decir cuánto tardaría en posarse un gorrión que llevaba minutos viendo volar con una precisión que asustaba. Simplemente, lo miraba, daba una cifra, me miraba y se sonreía ligeramente, y poco a poco, probablemente a causa de la cara de envidia e incredulidad que yo debía poner, acababa riéndose a carcajadas. Aquellas eran las únicas veces que la veía reir, y era reconfortante. A principio, yo miraba instantáneamente mi reloj, esperando ese error de cálculo que estaba por llegar, hasta que finalmente desistí y asumí que jamás se equivocaba, que jamás se equivocaría. Una vez le pregunté si aquello no sería cosa de brujas, y me respondió con una sonrisa de oreja a oreja, diciéndome que porqué no, si ella siempre había sido un poco bruja.
Y no sólo eso, sino que podía contar los segundos inconscientemente, mientras mantenía una conversación, comía, o estudiaba, y no se dejaba ninguno, nunca. Era como si tuviese un reloj de precisión en la cabeza constantemente funcionando. Me contó que había aprendido a contar casi antes que a hablar, y que de pequeña, le gustaba encender el cronómetro, dejarlo encima de su mesa y volver algunas horas más tarde para comprobar que no se había descontado ni siquiera en uno, hasta que fue capaz de hacerlo mientras dormía. Era una chica simplemente alucinante.
Un día, tomando un café, aprovechando uno de esos habituales momentos de silencio, jugando con la cucharilla y ensimismada mirando la mesa, dijo un número. Yo no tengo demasiada memoria, así que lo olvidé a los pocos segundos, sin ni siquiera saber de qué estaba hablando; ella siempre iba un paso por delante de mi. Tranquilo, no es para ti, a ti jamás te lo diré. Ese es para mi. Y entendí al momento que aquello era su propia sentencia de muerte, mientras susurraba entre dientes Porque yo jamás me equivoco. Me miró fijamente, me sacó la lengua y no volvimos a hablar nunca más de aquello.
A los seis meses de aquella conversación, Matilde se quitó la vida.


Hoy una persona me ha preguntado si iba a escribir algo esta noche en el blog. Yo en ese momento no estaba seguro, pero ahora que estoy delante de la pantalla, ya lo estoy.
Y la respuesta es que no, esta noche no voy a escribir nada.
Buenas noches, y buena suerte.










