Hola. He vuelto de vacaciones con un "de moderado a intenso" dolor de cabeza (y que para mi desgracia veo cómo crece con fuerza a medida que avanza el día), así que, en lugar de pedirles las pertinentes, rutinarias y también innecesarias disculpas por la ausencia de estos días y soltarles algún rollo, les dejo con esta impresionante imagen publicitaria creada por TBWA Shanghai con objeto de los JJOO de 2008 en Beijing/Pekín. Y nada más por hoy. Ya saben, feliz 2008 y todo eso que se dice, aunque algunos hayamos entrado en el nuevo año algo deteriorados.


Vía elmundo.es.


Ayer comentaba mjuan en los comentarios varias impresiones negativas que le causaba la imagen publicitaria que había mostrado. Aunque estoy de acuerdo parcialmente con ellas —sobre todo con aquella que habla de reminiscencias de los valores del "socialismo real"—, lo cierto es que la campaña publicitaria a la que pertenece la imagen está dirigida al público local chino, por lo que con este dato, algunas de sus consideraciones tienen más fuerza y otras menos.

Por el contrario, esta segunda imagen y la campaña a la que pertenece, que con toda probabilidad estarán censurada en ese país, no reflejan precisamente el mismo tipo de ideas sino que hablan de las violaciones de derechos humanos que aún se llevan a cabo en la República Popular China. Con el beneplácito —y el beneficio— de las potencias y empresas occidentales, por supuesto.



Reconozco que últimamente les estoy alimentando a base de pienso compacto, o platos precocinados si les gusta más (debería, a mi perra le gusta). No me lo tengan a mal, prometo cambiar en breve, mejorar la calidad, la cantidad, las ganas y tener más sexo a más horas. Claro que esto último a ustedes ni les va ni les viene, pero como siempre, yo se lo cuento, en confianza. Además, les confieso que viendo la calidad imperante en algunos blogs (la última entrada de hanksiolítiko me parece sublime), uno se siente pequeño y miserable, aunque sólo sea por una pequeña fracción de segundo.

En cualquier caso, este blog continuará a dieta de comida precongelada, precocinada, preparada y pienso compuesto un poquito más. No mucho, I promise. Esto que les traigo aquí hoy está sacado del blog de Palomares y Rebeca Rús, El sabor del Cerdo Agridulce, y refleja el tipo de contradicciones en las que entra la gente cuando defiende el socialismo radical o incluso el comunismo (y ataca cualquier tipo de capitalismo) a la vez que calza unas zapatillas Adidas de noventa euros o viste unos jeans Levi's de similar precio.


Lo dicho. Tengan paciencia, se verá recompensada. O como decía alguien, sean pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Y ya saben que el impuesto de sucesiones está de capa caída...


Un astrofísico, un físico experimental, un físico teórico y un matemático van en tren por Escocia. En lo alto de una loma divisan una oveja negra pastando.
El astrofísico dice: "¡Eh! ¡Las ovejas en Escocia son negras!".
El físico experimental le mira con cara de compasión y dice: "Querrás decir que en Escocia algunas ovejas son negras".
El físico teórico arquea las cejas y dice: "Es más correcto decir que al menos una oveja es negra en Escocia".
El matemático, mirando al cielo como solicitando ayuda, recita: "En Escocia existe al menos un prado que contiene al menos una oveja que es negra al menos por uno de sus lados".

* * *

Si un jardinero tarda una hora en hacer un hoyo de un metro cúbico, ¿cuánto tardara en hacer medio hoyo?

* * *

¿Por qué Heisenberg nunca tuvo hijos?

(Psst...)

* * *

Todos sacados de la genial Curioso pero inútil. Si no nos vemos antes, buen fin de semana a todos ;^)


El pasado cuatro de enero el disco duro de mi portátil dejo de funcionar, y casi de existir, a las ocho y media de la noche. Tras un pantallazo azul de Windows y lo más similar a cerrar a un paciente en medio de una operación de transplante de corazón, mi portátil decició ignorar a su principal unidad de almacenamiento: su único disco duro. Tras comprobar con pavor que ninguna herramienta de recuperación de información conseguía recuperar ninguna información, valga la redundancia, busqué el ticket de compra por toda la casa. Lo han adivinado: sin éxito. Dos días después, en casa de mis progenitores, y aunque estaba convencido de que la garantía había expirado, localizé el ticket de compra. Lo han adivinado, casi: la garantía caducaba el día cinco de enero de 2008; es decir, el día anterior. Al llegar a casa, volví a intentarlo todo, y desesperado, hice lo equivalente a abrir el capó del coche y volverlo a cerrar. Les ahorraré los detalles; inexplicablemente, tras eso el disco duro volvió de sus vacaciones, y poco después, con algo de ayuda, todo volvía a la normalidad. Esa es una de las razones de que no les haya mencionado a los Reyes Magos este año. Esa, y que en realidad no me apetecía. Bien.

* * *

Nací con el pie izquierdo, aunque a lo largo de los últimos 31 años he conseguido cambiar el paso; y no es que naciese cabreado (aún así, algunos días me sigo levantando con el pie izquierdo, pero en otro sentido). Al poco de salir a este mundo tuve ciertos problemas respiratorios, que arrastré hasta bien entrada la pubertad, y a los siete años una dolencia todavía no identificada me llevó a estar ingresado en observación durante una semana en el hospital La Fe de Valencia. Como probablemente han deducido, no recuerdo los detalles exactos de aquella estancia. Confieso que tampoco me he preocupado nunca demasiado por averiguarlos; mi interés se limita a los momentos en los que aquello me viene a la cabeza, por una razón u otra, así que todo lo que puedo contarles son ambigüedades más o menos verídicas sobre aquel periodo hospitalario. No obstante, hay una cosa muy concreta que sí recuerdo.

No sé si han estado alguna vez ingresados en un hospital, y tampoco si lo han hecho de pequeños. La estancia no es especialmente desagradable, por supuesto, intuyo, siempre que ésta sea temporal, breve, y la causa de ésta, dentro de lo que supone el ingreso hospitalario de un niño, poco grave. Allí hay otros niños con los que jugar y te sientes algo especial por la cantidad de juguetes y visitas que recibes; a un crío siempre le gusta sentirse el centro de atención a causa de una enfermedad; es como el hombre contra la bestia; tú eres el hombre y estás allí porque luchas contra la bestia; todo el mundo te presta atención y eso te gusta (eso también pasa normalmente de adulto). En definitiva, puedo afirmar que de acuerdo a lo que viví, no fue una experiencia que considere traumática. También es posible, si prefieren especular, que en realidad sí lo fuese y el trauma resida aún en mi subconsciente, esperando para atacar de un momento a otro; no descartemos nada, por aquello de justificar trastornos psicológicos agudos en un futuro.

A pesar de ello, sí que hay como les decía algo muy concreto que recuerdo, aunque no soy capaz de ambientar con exactitud la habitación y estancias en las que me movía. No descarto por tanto que se haya producido en todos estos años una profunda deformación de la realidad, aumentada por la mente influenciable e imaginativa de un chiquillo de corta edad. El caso es que había entre todos los niños que compartíamos aquel espacio (que puede ser una planta del hospital, una unidad, o un edificio, no sé decirles) una chica algo mayor que el resto, quizá tan sólo un par de años, que se divertía —probablemente mucho— amenazándonos con pincharnos con jeringuillas por la noche, mientras dormíamos. No sé a los demás, pero a mi aquello me aterrorizaba hasta la médula, al verme totalmente vulnerable, por no hablar de lo que me costaba dormirme. Recuerdo aquellas noches como unas de las peores de mi vida.

Hoy en día no tengo especialmente miedo a las agujas, pero en cualquier caso, allí donde estés, y sin ningún tipo de rencor, te deseo lo peor.

* * *

Últimamente se me está haciendo muy áspero escribir algo que merezca la pena, a pesar de los intentos. Sirva esto de excusa y advertencia al lector ocasional y habitual.



Desde que hace unas semanas (va para cuatro) tuve aquel episodio de cervicalgia aguda con impotencia funcional que me tuvo postrado en la cama casi totalmente inmovilizado durante tres días, de manera considerable otros cuatro, y bastante jodido el resto, sufro, a veces sí y a veces no, a veces en silencio y a veces no, unos dolores que nacen un poco por debajo del cuello y que se extienden ligeramente hacia el brazo derecho y menos ligeramente (o más intensamente, como quieran) hacia la cabeza, sector trasero (de la cabeza, desgraciados) inferior derecho si son locales, y a toda ella si son más ambiciosos. No sé si es la postura en la que duermo, los movimientos diarios que hago, si es cómo conduzco, lo que (y cómo lo) como o lo que (y cómo lo) cago, o es que simplemente ha pasado poco tiempo desde aquello, pero el hecho es que hay días en los que me cortaría la cabeza, si supiese que me iba a crecer otra; desagraciadamente soy consciente de que no es así, por lo que apenas he entrado a valorar la idea. Esto que les cuento tiene además la particular, lógica y nada despreciable consecuencia de hacer que mi cabeza padezca en ciertos momentos una esterilidad destacable; es decir, que pensar y concentrarme me cuesta lo que no está escrito, y no les cuento lo que me cuesta escribir.

Y dicho eso, no les cuento más. Mañana traumatólogo, ya casi un habitual, a ver si me manda algo. Remedios naturales, artificiales, una resonancia magnética, un fisioterapeuta o un masaje tailandés, me da igual. A lo mejor es que me estoy haciendo mayor, pero como esto siga así, va a escribirles quien yo les diga, por aquello de la falta de ideas y esterilidad creativa. No digan luego que no les advertí.

Ay.


El peor fracaso es la pérdida del entusiasmo” -- H. W. Arnold


A. convierte todo lo que hace en una obligación, lo sea o no. Cuando ya lo es, por supuesto todo resulta más fácil. Como el rey Midas del cuento con el oro, cualquier cosa que toca se torna al cabo del tiempo en algo que ha de hacer, no en algo que quiere hacer, por muy ilusionado que esté al principio. Eso le quita, como es de esperar, toda la diversión a las actividades que hace, lo que le lleva a abandonar una tras otra, en busca de algo de algo de entretenimiento. Y en esa búsqueda que elimine la apatía, el aburrimiento, el hastío que envuelve todo aquello en lo que se embarca, A. observa, estudia, y experimenta. Con los habituales; coleccionismo, la lectura, el cine y la televisión, la música, los tebeos, las reuniones con amigos o los deportes. Con cualquier droga que es capaz de conseguir y meterse: se coloca hasta que el cuerpo aguanta, o deja involuntariamente de hacerlo y visita por necesidad la sala de urgencia del hospital de turno. Sexo en pareja, en trío, hetero y homosexual; orgías, sadomasoquismo, zoofilia, coprofilia y toda aquella parafilia que se le pasa por la cabeza. En todo ello, fracasa y se hunde en su miseria existencial; no entiende nada y piensa que hay en todo ello algo que se le escapa, un nosequé que se le resiste, que no puede alcanzar. La misma mierda monótona día tras día, la misma ausencia de emoción y de puta alegría inalcanzable. Incapaz de comprender en qué extraña cualidad o propiedad, ajena a él, reside la diversión que obtiene la gente que le rodea, intenta racionalizar su problema, asimilarlo, pero sin que ello le lleve a nada; ni siquiera le mantiene ocupado. Como último recurso, como última escapatoria, miente, engaña, roba, viola y asesina, tortura, maltrata, y se esfuerza en reducir la vida de los demás a un infierno, poniendo en ello todo su empeño. Y se siente feliz, realizado, alegre y jovial mientras lo hace; se divierte y su vida se convierte precisamente en eso: en una vida, en una que vale la pena vivir.

Seguramente culparán a A. por ello. Pensarán esto y aquello, y lo condenarán sin pensarlo dos veces. Hagan lo que quieran, qué más da. Al fin y al cabo, ¿qué saben ustedes de vivir sin ilusión?



Hoy no estoy de humor para contarles nada; habrán notado que esto pasa desde hace ya algún tiempo. Aunque eso no acaba de ser cierto. El problema es que hay demasiado aire entre ustedes y yo, y sin querer dramatizar, la única forma que veo de hacerles entender lo que siento pasa por golpearles fuertemente en la nariz con mis nudillos. Quizá con el tabique nasal roto y la sensación de calor que acompaña a la sangre y el impacto podrían hacerse una idea, incluyendo la impotencia y la agresividad que probablemente sentirían hacia mi persona. Pero dejémoslo, ya les decía que no quería dramatizar y será mejor que no lo haga, o mañana alguien que yo me sé me llamará para preguntar si estoy bien (gracias, mamá). En cualquier caso, estarán de acuerdo en que es difícil transmitir algo así con palabras, y yo no dispongo del tiempo ni probablemente el talento para ello.

Les dejo hoy con una canción original de Kate Bush, en versión de Placebo: Running up that hill; pueden encontrarla dentro del genial Sleeping with ghosts. Pensé en Popular, de Nada Surf, pero eso será otro día. Espero que les guste. Ya nos vemos mañana, si eso.




(Nada más que añadir)


«Cuando se sale con alguien, hay tres cosas posibles, y dos de ellas, como mínimo, se deben ofrecer: diversión, comida y afecto. Se suele empezar a salir con alguien ofreciendo mucha diversión, una cantidad moderada de comida y la mera insinuación de afecto. A medida que la cantidad de afecto aumenta, la diversión puede reducirse proporcionalmente. Si el afecto es ya la diversión, dejamos de llamar a eso salir con alguien. Pero bajo ninguna circunstancia se debe omitir la comida.»

Judith Martin, Miss Manner's Guide to Excruciatingly Correct Behaviour.


Hace mucho que no escribo de política, porque aunque no se lo crean, yo antes lo hacía; se lo juro. Y no es que ahora esté especialmente interesado, pero me ha sorprendido (gratamente, para qué lo voy a negar) ver cómo —siempre según mi punto de vista— el PP es capaz de meter la pata hasta el nivel que lo está haciendo —el fondo— a menos de tres meses de las elecciones generales. Voy a pasar un poco por encima del anuncio del número dos, Manuel Pizarro (ex presidente de Endesa), ya que no me parece una persona a vender como si fuese el Mesías (repito, ex presidente de Endesa). Yo apuntaría más bien por una continuación de la política de privatización que se hizo durante la época Aznar y que, sea buena o mala política —a veces es una cosa y a veces otra, dependiendo del sector—, no suele ser lo más popular del mundo. Eso no significa que este tipo no sea válido, sino que viniendo de donde viene, no es quizá demasiado fácil de "vender". Me ha llamado además la atención verle hablar ante los micrófonos como si llevase años militando en el partido, aunque como dijo Solbes, lleva mucho tiempo haciendo política "entre bambalinas". Dejando a Pizarro con su merecida recompensa por su gestión en Endesa ante la OPA de Gas Natural, la metida de pata de la que les hablaba al principio es, como probablemente imaginan, la del rifirrafe entre Aguirre y Gallardón.

Básicamente, y siempre desde mi opinión, si algo ha demostrado el PP con este movimiento es quién manda en el partido; que el lugar del PP no está en el centro ni en el centro-derecha ni en el centro-derecha-derecha, si es que alguien alguna vez se creyó tal cosa; que su lugar está a la derecha-derecha de la derecha más derecha, y que la línea de partido la dicta Aznar acompañado del trío maravillas "Zaplana Acebes Aguirre et al.". Ahí es nada; como para pegarse un tiro. El PP ha sido incapaz de ver que Gallardón es probablemente la única persona del partido que despierta simpatías en la izquierda, que es lo único del PP que puede decirse que está cerca del "centro", y que podría haber sido la mejor apuesta para captar a aquellos indecisos que repudian la derecha más dura (la que se ha salido con la suya), pero al mismo tiempo recelan del PSOE por razones ideológicas o históricas.

Nunca he sido una persona de fuertes convicciones políticas "partidistas". Es decir, que tengo mis opiniones en materia social, económica y otras muchas, y a veces estoy de acuerdo con el PP y a veces con el PSOE. Soy de la opinión de que asistir a un mítin político es una de las mayores gilipolleces que se pueden hacer y poco más que un acto de estupidez supina, sin entrar en el nivel de borreguismo que conlleva (espero no ofender a nadie). No obstante, no puedo decir que no me alegro por lo del PP. No sólo porque demuestra la total falta de miopía de Rajoy —aunque esta decisión está lejos de ser personal— y muestra lo que se puede esperar del PP si gana, sino porque puede suponer el fracaso de la derecha (y aún mejor, el de *esta* derecha) en las próximas generales. Como comprenderán, no quiero a sujetos como Zaplana, Acebes o Aguirre (et al.) en el gobierno de mi país. Otra vez no. Por favor.

Si no les veo antes, que creo que sí, buen fin de semana.


Les insinué que nos veríamos antes del lunes, y aquí estoy. No sé si se acuerdan de que hace unas semanas les conté que había participado en el primer concurso de microrrelatos Diomedea, organizado por Sergi Bellver. Si no se acuerdan, qué más da, si se lo acabo de decir. Como les comenté, no gané mas que el derecho a la pataleta, que no es poco. Bueno, he de mencionar que Sergi me obsequió con un enlace, y eso es siempre de agradecer. La semana pasada mandé mi única participación a la segunda convocatoria de dicho concurso, relato que no era otra cosa que una versión "capada" del "Vivir" que leyeron aquí hace unos días, para que se ajustase a los requisitos de extensión del concurso; ya ven lo chapucero que es uno. Lo que salió fue lo que sigue, aunque en este caso lo llamé "A.":

«A. lo convierte todo en una obligación. Cualquier cosa se torna en algo que "ha de hacer", y eso elimina toda la diversión de las actividades que emprende, lo que le lleva a abandonar una tras otra en busca de entretenimiento. Y en esa búsqueda que elimine el hastío que envuelve todo aquello en lo que se embarca, observa. Estudia y experimenta. La lectura, el cine, la música, los amigos y los deportes. Los sospechosos habituales: colócate mientras el cuerpo aguante, y visita la sala de urgencia del hospital más cercano; sexo: hetero y homosexual; orgías, sado y cualquier parafilia que imagines. En todo ello, fracasa, incapaz de comprender en qué cualidad, ajena a él, reside la diversión que obtiene la gente que le rodea. Como última escapatoria, miente, roba, viola y asesina, tortura, y se esfuerza en reducir la vida del otro a un infierno. Y se siente alegre, realizado, feliz; al fin se divierte, y su existencia se convierte en una vida, en una que vale la pena vivir.

Seguramente culparán a A. y lo condenarán sin más. Hagan lo que quieran, qué más da. Al fin y al cabo, ¿qué saben ustedes de vivir sin ilusión?»

Estoy de acuerdo en que quizá el texto no vale demasiado, o al menos a mí no me parecía que pudiese ganar un concurso de microrrelatos; y aún así lo envié, lo admito. Se me echaba el tiempo encima y el texto original había gustado por aquí, así que, ¿qué podía perder? Pues nada, lo mismo que gané. Tampoco es que esta vez los ganadores me hayan entusiasmado; creo que incluso menos que la vez anterior, puedo añadir, aunque para gustos colores (¿sí? ¿seguro?) y todo esto puede ser, simplemente, y como ya les dije, una perversión de mi objetividad por parte de mi orgullo. Dejando al margen el concurso, el fallo del jurado y mi opinión sobre los ganadores, lo cierto es que el relato original, a pesar de recibir varios cumplidos, personalmente no me acababa de gustar; lo había comenzado con una idea diferente, más basada en una experiencia real que de ficción, empezó a moverse solo y antes de perder el control lo acabé matando sin demasiado entusiasmo. No puede decirse, en definitiva, que lo considere una de mis mejores historias, pero ahí está.

Y esto viene a propósito —y agarrénse, aquí es donde comienza de verdad la entrada— de un pensamiento recurrente que tengo acerca del valor del microrrelato como pieza literaria. Imagino que lo que sigue a continuación podría interpretarse como una versión ligeramente intelectualizada y enmascarada de la pataleta, de la excusa por no haber "triunfado" (yúju) en los premios citados. Qué quieren; conscientemente no lo es, inconscientemente, vayan ustedes a saber. Sin más preámbulos, como dicen en las presentaciones de la tele, la idea es que no le doy demasiada importancia a los relatos que les suelo poner aquí; no es que no piense que alguno de ellos pueda gustar, sino que como textos literarios los considero algo de poca entidad, y esto se extiende a cualquier relato de este tipo (micro) que escriba básicamente cualquier persona. Su composición es para mí —en mi caso— un simple ejercicio literario, una rutina creativa, un entretenimiento personal, mi manera de matar el poco tiempo que tengo para escribir contando historias. Desde el punto de vista del talento, una pieza de doscientas, trescientas o cuatrocientas palabras no deja entrever apenas nada, y lo mismo sucede si entramos a valorar el esfuerzo; es tan breve el espacio que la elección de las palabras adquiere una importancia vital, y por ello, carece de relevancia; no se puede basar la calidad de un texto en aspectos meramente estéticos. Por su parte, la historia no puede ser apenas desarrollada en tan corto espacio. Esto puede considerarse un poco a colación de los concursos de microrrelatos, tanto el de Sergi (cuya labor, independientemente de todo lo que yo diga, es encomiable), como el de la cadena SER o cualquier otro que quieran pensar. Imagino que habrá discrepancias tanto en este punto como en lo que ya he dicho, pero la idea es que elección de un texto de unos pocos cientos de palabras frente a otros de similar "calidad literaria" desde el estricto punto de vista del vocabulario o el uso de los "tempos" cobra una subjetividad extrema; los criterios personales y las razones a favor y en contra de un texto como este se basan en sensaciones y quedan sujetos por finos hilos. Eso no significa que un texto no pueda ser mejor que otro, sino que para que esto suceda, uno de ellos tiene que estar sensiblemente peor escrito. Sergi me comentaba en mi último comentario acerca de su concurso que un texto como el de Rosemary no puede abarcar elipsis temporales de veinte años, porque el lector pierde el interés. Discrepo; un lector no puede perder el interés en doscientas palabras; el error del texto es el texto en sí, no la elipsis. O el texto, o nada.

Podría extenderme más, pero para qué. Esto ya se ha alargado demasiado (eso es obvio), mi señora me llama a cenar (aunque haya hecho yo la cena), y tampoco sé si con más palabras aclararía mucho lo que pienso o lo que he escrito ahí arriba (que muy posiblemente esté mal estructurado y mal expresado). Miento; lo sé: no. Mañana, el lunes o el martes, más; tengo un diálogo en la cabeza desde hace meses, pero no encuentro la forma y el momento de ponerme a ello. Acabando, quizá esta entrada moleste a alguien, o algunos lo consideren una pataleta. Bueno, qué más da. Si así fuese, no obstante, ¿qué otro lugar hay, mejor que tu propio blog, para protestar sobre lo que te dé la gana?


(No he dado demasiado tiempo a digerir las entradas de los últimos días, pero qué quieren, siguen ahí si las quieren leer)

—Hola, Tim.
—Qué pasa, tío.
—Poca cosa, lo mismo de siempre.
—Menuda cara llevas, ni que te acabaras de levantar.
—Digamos que ni sí ni no.
—Explícate.
—En realidad, hace horas que estoy despierto...
—Pero...
—Pero me he quedado un rato en la cama, probando una cosa.
—Tú y tus historias. Necesitas una mujer, un trabajo o un cerebro.
—Eso dicen.
—Así que probando una cosa.
—Sí.
—Y, ¿cuánto tiempo has estado probando "esa cosa"?
—Pues... unas cuatro horas.
—¿Cuatro?
—Casi.
—Coño. Explícame qué estabas probando que necesitas tanto tiempo, porque me siento incapaz de adivinarlo.
—Verás. ¿Nunca te has quedado en la cama pensando si serías capaz de quedarte paralítico voluntariamente?
—¿Voluntariamente? Pues no, claro que no. ¿Quién en su sano juicio querría hacer eso?
—No lo sé, supongo que nadie, pero, ¿lo has intentado?
—Pues no, ya te he contestado. Qué coño quieres que intente. Es que me parece una idea ridícula.
—Bueno, quizá lo sea. No lo sé, quizá lo sea.
—Yo sí lo sé. Es una idea estúpida. Lo es, sin ninguna duda.
—Ya te he dicho que sí, quizá lo sea.
—Sí, vamos a dejarlo en eso. Tío, estás mal, muy mal.
—¿Te lo explico, o no?
—Explica, hombre, que echarse unas risas siempre viene bien.
—¿Vas a parar?
—Puedo hacer un esfuerzo. Vale, va, cuéntame. Estoy en ascuas, sólo que lo disimulo muy bien.
—Mira, la idea es la siguiente. Te tumbas en la cama, y empiezas a pensar profundamente en no mover las piernas...
—¿Sólo las piernas?
—Bueno, eso es lo que yo hago, pero imagino que se puede hacer con todo el cuerpo...
—¿Se puede hacer? Entonces en tu caso, ¿mueves los brazos mientras tanto?
—En realidad no; alguna vez lo he intentado y te desconcentra.
—Te desconcentra.
—Sí, te sientes como una cucaracha patas arriba y te pones a reír.
—Y eso no es bueno.
—No.
—Porque pierdes la concentración.
—Exacto.
—Entonces sólo las piernas, pero sin mover los brazos, ¿no?
—Sí.
—Vale. ¿Y los dedos de las manos? ¿puedes mover los dedos de las manos?
—No me estás tomando en serio.
—Es difícil. Incluso diría que está más allá de mis posibilidades. Pero hago lo que puedo, te lo juro.
—Bueno, ¿me dejas continuar, por favor?
—Sí, por favor, continúa. A pesar de todo, estoy intrigado.
—Bien, pues empiezas a pensar que no puedes mover las piernas, e intentas convencerte de ello, y por supuesto, no mueves las piernas.
—Imagino que eso último es importante.
—Sí. Entonces sigues haciendo eso durante un buen rato, hasta que estás verdaderamente convencido de que no puedes mover las piernas.
—¿Durante un buen rato? Algo así como digamos... ¿durante cuatro horas?
—Exacto, algo así. Aunque supongo que se puede hacer durante más o menos tiempo.
—Supones.
—Sí, supongo.
—Vale. ¿Y entonces qué pasa?
—Y entonces intentas mover una pierna, sin intentar moverla. No sé si me explico.
—Más bien no. Desarróllame ese concepto, hazme el favor. El de intentar sin intentar; me resulta interesante.
—Veamos. Es complicado, pero es como si pensases en levantar la pierna pero no quisieses levantarla. ¿Mejor?
—La verdad es que no. Pero creo que por el bien de la salud mental de ambos, y sobre todo la mía, es mejor no profundizar en esa idea. ¿Y qué, funciona?
—Bueno, sí, esa parte funciona; tienes hasta un ligero cosquilleo de triunfo cuando ves que la pierna no responde.
—¿Y entonces, qué es lo que no funciona?
—Pues que cuando quieres levantarla, la levantas.
—Y eso es malo.
—Sí, es malo.
—Porque lo que tú quieres es no levantarla cuando quieres levantarla, ¿no?
—Exacto, has pillado la idea.
—Ya veo.
—Sí.
—Desde luego, resulta cuanto menos curioso que alguien pueda ocupar su tiempo en algo así.
—Opina lo que quieras.
—Eso hago, ya me conoces. Aclárame una duda que me acaba de asaltar. Asumiendo, y esto ya es mucho asumir, que tu idea, tu técnica, tú método, o como lo quieras llamar, funcione, ¿qué piensas hacer cuando te descubras paralítico de cintura para abajo en la cama?
—No sé.
—¿No sabes?
—No.
—Pues a mi me parece una cuestión de una importancia suma.
—Es posible que tengas razón, no lo sé.
—La tengo. Deberías pensar en ello.
—Supongo que debería.
—Sí, deberías.
—Lo haré.
—Hazlo.
—Bien.
—En definitiva, que te has pasado cuatro horas completamente inmóvil en tu cama intentando no mover las piernas.
—Dicho pronto, y sin entrar en detalles, algo así.
—Y a decir por el privilegio de tu presencia material ante mi persona, imagino que nada, ¿no?
—No, claro, nada.
—Vaya. Una pena.
—Pues sí.
—Lo siento mucho.
—Nada, no te preocupes, ya lo volveré a intentar.
—Hazlo.
—Sí.
—Quizá algún día lo consigas.
—Quizá.
—Quizá necesites dedicarle más tiempo.
—Quizá.
—Bueno.
—Bueno.
—Pasando a temas menos trascendentes, ¿quieres una cerveza?
—Creía que no lo dirías nunca.
—Discúlpame. Ya sabes, estaba intentando decirlo sin decirlo.
—Claro.
—Claro. Sírvete, anda.


(Si están decididos a ir a ver Los crímenes de Oxford y no quieren conocer mi opinión sobre ella, lean sólo el primer párrafo: hasta la primera fila de asteriscos. Si desean saber mi opinión pero no puntos clave de la historia, pueden seguir leyendo hasta la segunda fila de asteriscos. Y si no tienen intención de ir a verla, adelante, es todo suyo.)

Hace unas semanas ví una película titulada Idiocracia. Básicamente, su argumento se basa en dos personas de inteligencia mediocre (ni mucha, ni poca) que son escogidos para un experimento militar que pretende congelarlos durante un año y descongelarlos tras ese periodo. Por cosas que no vienen al caso, los sujetos del experimento despiertan quinientos años después, descubriendo que son los dos sujetos más inteligentes de la tierra, cuya gente ha derivado hacia un estado de estupidez extrema. No voy a decirles que es una gran cinta, pero tiene algunas escenas divertidas si se quieren reir. Lo mejor de todo es que, aunque la sátira social no parece haber sido el motor de la película, cuestión a la que podían haberle sacado mucho más jugo, encuentra uno a diario razones para pensar que el futuro, ese que espero no tener que ver, derivará más hacia algo parecido a lo que se ve en la película que hacia una sociedad culta, racional, democrática y que vive en armonía. Vamos, y no se lo tomen a mal, que no sé si seré yo que lo veo todo con malos ojos, pero es que últimamente —ese últimamente llega muy lejos atrás en el tiempo— me da la extraña sensación de que este mundo de salsa rosa está cada vez más lleno de idiotas profundos, y donde el culto al cuerpo es mucho más importante que el desarrollo intelectual. Teoría respaldada hace tan sólo unos minutos al ver un cartel de discoteca que rezaba "asta las ocho abierto". Me he sentido tentado a inmortalizar tal aberración, pero para qué.

* * *

Bien. El pasado martes fuímos a ver Los crímenes de Oxford, y era de esto de lo que venía a hablar en realidad. El párrafo de arriba venía motivado por el encuentro automovilístico con un primate, y dejémoslo ahí. Además, servirá de entretenimiento para aquellos infelices que estén ilusionados con ver —y peor aún, disfrutar de— la película de Alex de la Iglesia; yo lo estaba, hasta media hora antes de la entrada a la sala; una pena que no hiciese caso a mi intuición. Queda patente por tanto que la película me desagradó enormemente, y esa es la forma fina que tengo de decirles que la película es mala, mala. Vale, quizá yo entré con las expectativas muy altas, y quizá no sea tan horrible, pero si soy sincero, me pareció bastante mala o incluso muy mala, así que les recomiendo que no vayan a verla. Por eso, y porque después de que yo se la destripe, tampoco tendrá mucho sentido gastar su dinero y su tiempo en algo que ya conocen; no es que vaya a contarles el argumento, pero seguramente les daré claves que no deberían conocer. En conjunto, la película parece una producción americana de misterio para adolescentes, en lugar de algo serio, que es lo que yo esperaba (y deseaba) encontrar. Y ahora, los que aún tengan intención de verla, dejen de leer y vuelvan cuando la hayan visto. El resto, sigan.

* * *

No se me da bien hacer críticas estructuradas, así que no lo voy a intentar, sino que empezaré por lo mejor y más prescindible de todo: Leonor Watling y sus tetas (que coño, parecen reales). Aunque he de admitir que a esta chica la tengo bastante atragantada como cantante y actriz, no hace falta ser muy observador ni dejarse llevar por la subjetividad para darse cuenta de que su presencia en la película está de más; que no aporta más que el rollito (poco creíble) con Elijah Wood, y alguna escena donde enseña el culo y los pechos; exhibirse es su única función, ya que tampoco adquiere en ningún momento el carácter de sospechosa. Verán que he dicho que el affaire con Elijah Wood es poco creíble, y esa es la tónica en toda la película, cuando se analizan las relaciones entre los personajes. No es sólo que aparte de los protagonistas no parezca haber nadie más en Oxford, sino que entre ellos todo pasa *demasiado* deprisa; las conversaciones son irreales, y los unos y los otros mantienen unos contactos iniciales que parece que se conozcan de toda la vida. Esto incluye que ellas parezcan ansiosas en tirarse a los pies de Frodo sin apenas haber cruzado dos frases, algo que, teniendo en cuenta que este chico no es precisamente un playboy, no aporta precisamente credibilidad.

Otro problema es ese aura de pseudo-matemáticas que envuelve todo el argumento. Y es un problema porque está mal desenvuelta (el aura); en lugar de desvelar poco a poco y de forma inteligente cuestiones matemáticas o enigmas que pueden ser perfectamente indescifrables en un primer momento al público en general, se opta por una opción mucho más sencilla: que parezca que hay matemáticas, sin haberlas. Porque no hay en la hora y pico que dura nada que sugiera que las matemáticas tienen algo que ver con los crímenes, a pesar de los nombres de matemáticos, terminología matemática barata entre los protagonistas (yo no soy del gremio, y para que yo me de cuenta...), y medio minuto de demostración en pizarra que no pinta nada. A todo lo que ya se ha dicho se pueden sumar aún un par de cosas. Por una parte, hay varios personajes excesivamente estereotipados (si te pasas te lo pierdes), como el inspector de policía que no sólo no parece no enterarse de nada sino que roza la inteligencia límite, o el alumno y compañero de despacho de Wood que está medio ido. Y por otra, un argumento enrevesado y demasiado complicado que no te mete en la película, y mucho menos te invita a intentar descubrir quién es el asesino y porqué; algo terrible en cualquier obra de misterio que se precie.

En definitiva, que en mi opinión —y a decir por las críticas que he leido, en la de muchas otras personas— la película es mala; bastante mala. Y no es sólo cosa de mis expectativas. Sin duda American Gangster habría sido sin duda una forma mucho mejor de gastar mi dinero, aunque ahora ya es tarde para eso.



Seas del PSC o no, hay que reconocer que su cartel de precampaña es cojonudo.

(Por restricciones de tamaño, y para mostrar el detalle de las figuras, el cartel original [accesible desde www.socialistes.cat] ha sido ligeramente recortado)

* * *

Ah. Y una de esas noticias que le dejan a uno con cara de gilipollas y ganas de vomitar.


Hoy es el día del idiota. El de la marmota no; el del idiota. El del idiota que se pone traje y corbata para ir a trabajar porque su jefe le toma el pelo, y el del idiota que se pasa dos horas y cuarto —que se dice pronto— esperando su turno en el congelador que es la sala de espera del médico, un lunes en el que no tiene visita (aunque el idiota piensa que sí) porque le toca la semana que viene.

Ese idiota soy, por supuesto, yo. Mañana ya les cuento otra cosa, si les parece.


No sé cómo explicarles hasta dónde estoy de trabajo, así que tendrán que disculparme de momento y conformarse con el divertido video de un pequeño chantajista, algo que hace mucho que conocía, pero que al parecer no es tan popular como pensaba. Tengo otras cosas medio escritas, pero seguro que pueden esperar (esas cosas y ustedes). Si les reconforta y se sienten con ganas (la entrada es larga), he escrito una entrada en el blog de seguridad Security Art Work, a propósito de GMail y sus políticas de privacidad.


Pues eso. Qué quieren.


Más pienso compuesto de momento. De todas formas, este es bueno. De verdad, se lo juro. Fíense de mí. Volveré pronto. I promise.



Es curioso.

Llamo al servicio de atención al cliente de Endesa para realizar una consulta sobre mi última factura. La amable persona que me atiende, tras preguntarme el motivo de mi llamada, me comunica que debido a precisamente un problema del sistema con el módulo de facturas (¡vaya por dios!), no puede atenderme en ese momento, y me pide que vuelva a llamar pasadas un par de horas. Le doy las gracias, me despido dándole las buenas tardes y cuelgo.

Espero 5 segundos.

Llamo al servicio al cliente de Endesa para realizar una consulta sobre mi última factura. La amable persona que me atiende, tras preguntarme el motivo de mi llamada, me solicita los datos de rigor y tras realizar las pertinentes comprobaciones, me proporciona los datos que le había pedido. Le doy las gracias, me despido dándole las buenas tardes y cuelgo.

Y no es la primera vez que me pasa. Cosas de la informática y los sistemas, you know.

* * *

Otra cosa que me ha resultado curiosa es que la no-tan-amable persona de Endesa Online con la que he tenido el privilegio de hablar se refiriese al personal de atención al cliente de Endesa como "los señores de Endesa Energía" («...dígale a los señores de...»), de manera no poco despectiva. A punto he estado de preguntarle dónde estaba yo llamando (ah, ¿pero es que no son la misma compañía?), pero para qué. Gilipollas hay en todos lados, y todos tenemos un mal día, y no es cuestión de ponerme a discutir ni con los primeros, ni con los segundos.

Así que, como suele decirse, a tomar por culo.


Ya sé que quizá esté abusando mucho de los videos, pero que más da. El caso es que durante las últimas semanas o meses me siento bastante identificado con el título de esta canción de los Pixies, y de alguna extraña forma metafórica, podría decirse que también con la letra. Mi intención inicial era ponerles un video de la versión de estudio, pero todo lo que he encontrado medianamente oficial con sonido de estudio es el video de El Club de la Lucha, canción con la que termina la película. El resto se divide entre unos pocos directos de la banda y un montón de videos caseros ridículos de gente que —la mayoría— no tiene otra referencia de Pixies que el final de la citada película. Así que finalmente me he decidido por un directo de Placebo con Frank Black que no tiene desperdicio. Y eso.


Mañana más.