[Lo que sigue, hace un rato en Security Art Work. No esperen mucho más por hoy, y siento no poder ponerles algo más ameno. Pásenlo bien.]
He hablado más de una vez a favor de la LOPD, incluso, como el otro día, cuando se trata de defender las nada despreciables multas que su incumplimiento conlleva. Considero que, más allá de consideraciones profesionales, la LOPD es una ley necesaria y aunque por supuesto susceptible de ser mejorada, bastante correcta.
Lo que me parece indignante es que una simple búsqueda en Google proporcione listados de admitidos a concursos públicos de todo tipo de organismos (públicos), y no sólo nombres, apellidos y DNI, sino además, la correspondiente información de admitidos en el cupo de discapacitados, que como saben es un dato especialmente protegido, porque además en las bases se suele indicar el porcentaje mínimo de minusvalía que se requiere para entrar en éste. Entiendo que esta información debe estar disponible para que los interesados comprueben sus calificaciones, si han sido admitidos o no, y el porqué no en este último caso. Entiendo que por una simple cuestión de transparencia, estos listados deben estar accesibles a todos los afectados.
Pero en mi humilde opinión, y al margen de que exista alguna instrucción emitida por la AEPD al respecto, cuando a cualquier pequeña empresa se le exige en ocasiones la aplicación de medidas casi imposibles para poder cumplir con los requisitos de la LOPD y (sobre todo) el RMS, y teniendo en cuenta el estado actual de la tecnología y los recursos casi ilimitados de que dispone la administración, que se produzcan este tipo de actuaciones en el sector público resulta casi burlesco.
(Pueden ustedes buscar con una combinación de las palabras clave "listado", "admitidos" y "discapacidad" si tienen curiosidad...)

Estimado Sr. César Alierta,
Hace ya casi un par de meses, mi señora decidió cambiar de Vodafone a su operadora Movistar, aprovechando una oferta en uno de los terminales y el hecho de que yo tuviese contratado el servicio de telefonía móvil con ustedes. Casi al mismo tiempo, dio de baja una cuenta bancaria sin darse cuenta de que había proporcionado ésta para que le domiciliasen las facturas del móvil. Así pues, al darse cuenta del problema, para evitar posteriores trastornos a ambas partes, les llama y avisa de esto a una de sus amables operadores que le dice, después de actualizar los datos bancarios, que debe realizar una transferencia a favor de Telefónica por el valor de la factura (34 euros aprox.), ya que ésta ya está emitida y no es posible modificarla.
Ni corta ni perezosa, el día doce de junio realiza la citada transferencia, para descubrir que seis días después, el dieciocho de junio, ustedes pasan el mismo cargo en la factura. Le confieso que esto me resulta más que inaudito, ya que como le decía, según indicaciones de uno de sus trabajadores, la factura ya estaba emitida; supongo que al parecer no. No voy a describirle todas y cada una de las largas conversaciones que mi pareja ha realizado para intentar solucionar este problema, ya que son harto tediosas por la palabrería de sus trabajadores, pero le diré que mientras unos insistían en que el pago se realizaría en la próxima factura, otros indicaban que se ingresaría por transferencia. Todos muy comprensivos, conscientes de que se había pagado dos veces por el mismo concepto, pero inútiles a todos los efectos. Hoy, cuatro de agosto, sigue sin recuperar un dinero, que, le recuerdo, es suyo.
Ayer por la mañana, les llamamos de nuevo para ver, y perdóneme el lenguaje, qué coño pasaba con esos 34 euros que al parecer ustedes se niegan a devolver. Una cordial operadora nos indica entonces, después de un buen rato de vana retórica procedimental, que para que se realice el pago mi pareja debe enviar un fax con el justificante de la transferencia, cosa que al parecer ninguno de los anteriores operadores fue capaz de decirle. En este punto, le confieso que hay muchas preguntas que me hago.
Me pregunto si la más que patente incompetencia de los operadores de su empresa, después de todo la gente que representa a Movistar ante el cliente, es simplemente incompetencia, o es parte de algún tipo de política interna por la que se intenta, y vuelva a perdonarme, joder al cliente hasta que este desiste de cobrar un dinero que es suyo. Le advierto que ese no es nuestro caso.
Me pregunto cómo es posible que en su sistema de gestión interna no dispongan ustedes de ningún justificante en el que conste que el pasado día doce de junio se hizo una transferencia de aproximadamente 34 euros a su favor, ni que exista constancia de las múltiples y repetidas llamadas que se hicieron para intentar resolver este problema, como parece derivarse del hecho de que sea necesario enviarles un fax como justificante de la transferencia. En realidad, sí que disponen ustedes de tal información, según indicaciones de varios de sus trabajadores, pero eso roza ya el absurdo y me niego a intentar buscar otra justificación que no sea la de poner ilimitadas trabas al pago de las deudas pendientes.
Me pregunto cómo es posible que sus operadores, y esto estoy seguro de que es una política interna, sean tan reacios a indicar el procedimiento a seguir para realizar una reclamación oficial, es decir, en una de esas hojitas de la administración, con numero de registro, sello de la administración y copia para el cliente. Es más, me pregunto porqué insisten en que enviar un fax a Telefónica indicando el motivo es efectivamente una reclamación oficial, que se analizará y pasará a los correspondientes departamentos internos; le confieso que eso me parece un engaño en toda regla. Tanto usted como yo sabemos que eso no es una reclamación oficial, por mucho que sus operadores insistan en lo contrario, y no encuentro palabras para calificar el hecho de que yo tenga que estar cinco minutos al teléfono para que finalmente, me digan que puedo rellenarla en cualquier distribuidor autorizador de Movistar; así de fácil.
Me pregunto qué pasaría si yo dejase de pagar una factura de 34 euros y estuviese casi dos meses sin pagarla, y además, les pidiese que me mandasen un fax con la factura para corroborar la deuda. Los dos sabemos qué pasaría; me darían de baja la línea y con algo de suerte me meterían en el registro de impagados.
Finalmente, me pregunto también porqué hemos de pagar de nuestro bolsillo un fax, que como seguramente sabe no es gratis, por una deuda que ustedes tienen, y porqué he de dedicar varias horas de mi tiempo a subsanar un problema que desde el principio fue causado por ustedes, y que se hubiera podido probablemente arreglar sin mayores problemas si hubiesen puesto algo de intención y sobre todo, competencia.
Tanto usted como yo sabemos que este tipo de prácticas son habituales en todas las operadoras, y en pocas palabras, nos tienen ustedes cogidos por las pelotas, pero le doy mi palabra de que tan pronto como caduque el período de permanencia, abandonaré su empresa como cliente. Sin más, simplemente indicarle que como es normal, no vamos a desistir en el cobro de esos 34 euros, aunque sería de desear una mayor colaboración por su parte, algo que estas alturas ya hemos descartado. Por mi parte, rellenaré las hojas de reclamaciones (oficiales, por supuesto, que me río yo de sus "cauces internos") que sean necesarias, acudiré a la oficina del consumidor, y por supuesto, me acercaré a una de sus tiendas para enviar el mencionado fax. Con el propósito, como le he indicado varias veces, de recuperar un dinero que nos pertenece.
Atentamente,
Manuel Benet Navarro
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Señores y señoras, me voy de vacaciones, por lo que hasta finales de agosto o principios de septiembre no les aseguro que vaya a haber nada nuevo por aquí (aunque quizá, esporádicamente). Lo cierto es que tengo la impresión de que este blog perdió parte de su personalidad hace unos meses, cuando anuncié que lo cerraba, a pesar de que he intentado mantenerlo medianamente actualizado. No sé cómo volverá, pero bueno, eso está por ver. Pasen unas buenas vacaciones los que las tengan y los que no, piensen que en agosto hay menos trabajo. Hasta pronto.

Les diré Hola por simple cortesía, por simple educación, pero no vayan a creer que eso significa que ya me tienen por aquí. Sólo me dejo caer un momento para recomendarles un par de cosillas que leer, si tienen ustedes tiempo y ganas. La primera se llama Pastoral Americana, con el que Philip Roth, a quien algunos no conocerán, ganó el Premio Pulitzer en 1997. La segunda cosilla, que lleva por título Beloved, de la Premio Nobel Toni Morrison y texto con el que ésta ganó el Premio Pulitzer en 1988, es algo más complejo de digerir, así que en este caso más incluso que en el anterior, necesitarán las ganas y el tiempo.
Quedan avisados de antemano de que ninguno de ellos es Dan Brown y su Código, aunque ello no implique de por sí que tengan que ser aburridos; más bien al contrario, aunque cada cual tiene su opinión. Y como les decía al principio, les veo dentro de unos días, si les parece bien. Como siempre, les deseo un buen fin de semana.

(«Acepto que puedo haber afectado al resultado del partido y por ello pido perdón»)
No sólo los jugadores de la Premier League son más honestos que los de La Liga. Es obvio que los árbitros también.
(Vía The Guardian)


Sé que me lo advertiste y que no te hice caso, pero qué coño quieres que haga ahora. Mira, a unos diez kilómetros siguiendo por esa carretera hay una gasolinera, y casi noventa kilómetros después un motel, ese en el que mataron hace unos años a una familia entera por veinte pavos, seguro que te acuerdas. Coge el coche, lárgate y no vuelvas. No sabes en qué mundo estás viviendo, no sabes cómo son, ni sabes cómo se las gastan, y pretendes decirme lo que tengo que hacer. Así que haz lo que te digo: sube al puto coche y desaparece, porque jamás tendrás una oportunidad más fácil de evitar que te metan en una caja. Y eso es precisamente lo que harán si te quedas y yo no podré evitarlo.

(Esto, en Security Art Work)
No sé si conocen el concepto de "Security Theater", y permítanme que no traduzca la expresión. La idea, acuñada por Bruce Schneier, viene a representar la presencia de medidas de seguridad que aportan poca o nula protección, pero por contra son publicitadas ostensiblemente dando una falsa sensación de seguridad. De ahí la combinación de "seguridad" con "teatro". Por ejemplo, hace unos días Bruce Schneier puso en su blog un caso que estoy seguro de que se repite en otros lugares: nadie vigila las 178 cámaras de seguridad de San Francisco, y en varios casos en los que diversos crímenes se realizaron frente a ellas, estaban incorrectamente orientadas. Por si esto no fuese suficiente, al parecer la visión "nocturna" es de ínfima calidad, lo que resta validez a las grabaciones. Por supuesto, como todo, este concepto tiene un efecto positivo, y uno negativo.
Empecemos por el segundo. En el caso mencionado, el ciudadano mira, y más allá de consideraciones de privacidad, ve las cámaras que le observan y en cierto modo, se siente seguro, protegido. Sin embargo, su sensación es simplemente una ilusión. Y eso le puede llevar a realizar acciones y correr riesgos que de otro modo no correría; no cambiarse de acera al cruzarse con alguien "sospechoso", por ejemplo. Otro efecto negativo de estas instalaciones, sobre todo a partir del 11S, es la limitación de la libertad de las personas, sobre todo al otro lado del charco; con toda probabilidad muchas de las medidas de seguridad que se aplican en los aeropuertos contra ataques terroristas son inútiles, a causa de la complejidad y tamaño de éste, pero sirven como excusa para coartar la libertar y privacidad de las personas, y generar una falsa sensación de miedo en la persona; que esta consecuencia sea intencionada o un producto de la incompetencia administrativa es algo que no voy a entrar a considerar.
Como aspectos positivos, los security theaters tienen la facultad de actuar, siempre que el criminal no conozca la realidad de las medidas de seguridad, como algo parecido a los espantapájaros: al generar esta falsa sensación de seguridad, impiden que los criminales se sientan seguros para llevar a cabo sus planes. Siguiendo con el ejemplo anterior, la presencia de una cámara de vigilancia puede disuadir al delincuente de atracar a alguien. Otro ejemplo, más allá de la seguridad personal, son los sistemas antirrobo que hay a las puertas de muchas tiendas pequeñas; la mayoría hemos visto alguna vez el sistema de alarma sonando mientras alguien sale de la tienda, pero la mayor parte de las veces, no sucede nada. No hay guardas de seguridad, ningún dependiente sale a mirar, nada; la persona se gira, hace una mueca extraña de sorpresa o sonrojo, y sigue su camino sin que nadie le diga nada o le detenga. A pesar de ello, pueden apostar a que mucha gente que se siente tentada a realizar pequeños hurtos abandona la idea a causa de estos sistemas.
En la misma línea, hoy leía en El Economista que el Departamento de Homeland Security (DHS) de los EEUU está desarrollando un nuevo sistema de seguridad a implantar en los aeropuertos, que se basa en estudiar a distancia todos los indicadores corporales de una persona para conseguir "adivinar" si tiene intención de atentar o no; había leído antes sobre esto, pero no recuerdo donde. Hace poco, un niño de siete años y su familia pasaron un mal trago por la simple cuestión de llamarse éste igual que un paquistaní deportado (Javail Iqbal) por los EEUU [elmundo.es]. Y el mes pasado, salió a la luz que el aeropuerto de Phoenix pasaba 4,5 horas totalmente desatendido en materia de seguridad (ver también el comentario de Bruce Schneier, que entra además en otras consideraciones). Así que pienso que hay cuestiones más importantes a considerar -y solucionar- que este tipo de tecnologías invasivas y casi de ciencia ficción.
Aunque por supuesto, en un cierto sentido paranoico, una cuestión adicional a considerar en algunos de estos security theaters que les comentaba es quién y porqué, o en otras palabras, el coste y empresa encargada de la tecnología, y la razón política o económica detrás de ella.

Me pregunto si, en lugar de realizar tanto tributo a las películas de serie B, que no dudo de que hayan aportado grandes momentos a la historia del cine, y cuya tarea parece ser la fijación principal de Robert Rodríguez y en menor medida de Quentin Tarantino (quien creo, sin haber visto -todavía- Planet Terror, que cada día está más sobrevalorado y cuya calidad como director tiene una gran componente de marketing, más allá de las grandes bondades de Reservoir Dogs y Pulp Fiction), no sería también de desear que se hiciesen tributos a directores como Bergman, Fellini, o Kurosawa.
Claro que la respuesta a esa pregunta imaginaria estaria muy clara después de ver la película en cuestión: «Pues no, no era tan de desear»

Visto en el blog de V., quien a su vez lo vió en el blog de los hermanos Carrero (de quienes por cierto no entiendo porqué copian la imagen original, la cuelgan en su propio servidor y le clavan el texto "Imagen descargada de http://carrero.es", sin hacer ninguna referencia al autor original), que a su vez lo vieron en el blog de Álvaro Castaño, quien a su vez lo vió en la página de Benjamin Becue, que es su autor.
Y apuesto a que el noventa por ciento de los contenidos de la blogosfera, y más en el caso de los "blogs de masas", pueden ser reducidos al mismo proceso de copypaste. Como ven, yo también caigo de vez en cuando en la tentación.


Nunca he sido muy devoto de Springsteen, al menos no en las épocas más recientes. Yo me quedé en Tunnel of Love y Born in the USA, o al menos eso recuerdo; la época del instituto empieza a quedar algo lejos. Seguramente aún tengo una cinta pupulando por ahí.
Dicho esto, hay que reconocer que su último sencillo me gusta bastante. A ver qué opinan ustedes.


Al individuo que les habla no hay muchas cosas que le pongan de mala leche, ni tampoco es una persona violenta. Dicho esto, teniendo en cuenta cómo está el tema del aparcamiento en las grandes ciudades como por ejemplo un dos tres Valencia, a esa clase de sujeto que aparca como en la fotografía superior ocupando dos plazas de aparcamiento sin ningún tipo de consideración ni solidaridad con el que viene después, lo colgaba yo de los cojones -o su equivalente femenino- y esperaba que se secase al sol.

Aunque nunca fueron conscientes de ello, a Matt y a Eliza les hubiese gustado aprender algo de aquel doce de abril de 1984; sacar algo en claro, algo positivo, algo útil, algo que les sirviese para arreglar aquello por lo que estaban allí. Aprender quizá que la mayoría de los problemas a los que se enfrenta un ser humano a lo largo de su vida carecen de la importancia que él mismo les concede; que casi ninguno de ellos soporta un análisis de un mínimo rigor, o que hay cuestiones más preocupantes que la posición física de una tapa de váter, la presencia de migas de pan sobre la alfombra o la necesidad de cumplir con los protocolos sociales y familiares. Que atormentarse por insignificancias, aunque sean tus propias insignificancias, es perder la perspectiva, quedar desnudo frente a las verdaderas urgencias, y no verlas llegar hasta que las tienes en las narices y es demasiado tarde para casi todo. Que tus propios problemas no dejan de ser minucias, tonterías que pueden llegar a arruinar no ya una tarde de domingo sino un matrimonio entero si se les da la oportunidad. Pero no hay que olvidar, como ninguno de los dos era capaz de hacerlo, que al fin y al cabo lo que les confiere a éstos su relevancia es que son tus problemas. Los tuyos y no los del otro, los tuyos y los de nadie más. Y por eso, cuando paseando por el camino del Gran Abedul encontraron los cuerpos mutilados de Rick Waddick y Anna Faggett no fueron capaces de reflexionar sobre la estupidez de sus discusiones, ni de decirse a sí mismos lo afortunados que eran de estar juntos, de estar vivos, de ser felices aunque no fuese tan a menudo como antes, al principio, como hace años. Más bien al contrario, el efecto que aquel desagradable e inesperado descubrimiento tuvo en sus vidas fue acelerar la muerte de su ya agónico matrimonio y precipitarlo al vacío, crearles la necesidad de asistir a terapia psicológica tres veces a la semana, dos horas por sesión, veinticuatro horas al mes, mil doscientos dólares durante seis meses, y una adicción a los tranquilizantes que Eliza aún mantiene.

Lou Díaz, el pasado 18 de agosto en El País.



