La dirección de este blog informa que M., sujeto que responde a las siglas de S. D., y a causa del acoso y presión sufridas durante la pasada tarde del viernes por parte de esta individua, este individuo y este otro, pasará el día de hoy sábado y parte del próximo domingo en Barcelona, con Paula, y alojado en casa de El Abuelo Cascarrabias y Ultrasónica.
Para ahuyentar cualquier tipo de rumor o comidilla infundada, la dirección de este blog quiere dejar claro que M. no siente ningún tipo de atracción física por su compañera de viaje, aunque como es habitual y para mayor frustración, probablemente ésta sí la siente por M., y de ahí los contínuos maltratos psicológicos a los que le somete. La dirección de este blog se reserva temporalmente el derecho de opinión respecto a Ultrasónica.
En segundo lugar, con objeto de descartar confusiones que pudieran surgir a raíz de este y otros posts similares, la dirección de este blog asegura que no existe ni existirá en un futuro ningún tipo de relación, amistosa, sentimental, ni de ningún tipo, entre Aída y M., aunque ambos utilicen la tercera persona del singular para referirse a sí mismos. Debería quedar en todo momento patente que mientras Aída lo hace por incapacidad para usar las formas verbales correctamente, M. prefiere mantener la distancia consigo mismo, con el objeto de evitar incómodas consecuencias.
Así pues, dicho esto la dirección de este blog les despide y les emplaza para la noche del próximo domingo. Durante este breve período vacacional, pueden ustedes disfrutad de los más de quinientos posts que el blog tiene almacenados, aunque nuestra recomendación personal es que salgan ustedes un poco y disfruten del sol y la vida que nos queda por vivir. Para cualquier tipo de consulta, pueden ustedes localizar a M. en su móvil, aquellos que dispongan del número. Los que no, deberán esperar pacientemente, y son libres de realizar una solicitud formal que se atenderá y considerará a la vuelta del citado viaje.
Sin otro particular, reciban un cordial saludo,
La dirección de Unsociability.org

¿Saben ustedes aquello de que no se deben dejar las cosas para el último momento? Pues es una verdad como un templo. Aquí me encuentro un domingo por la noche, cansado, o más que cansado, agotado, delante de mi portátil. Y él me pregunta: ¿Qué? Y yo le contesto: ¿Qué? ¿Cómo que "qué"? ¿Qué de qué? Y él me dice: Que si escribes algo, joder, que pareces tonto.
Y yo lo miro y le digo: Pues eso.

Porque hace semanas que se me acabó la inspiración y no la he vuelto a encontrar. Porque no tengo ganas de seguir sentado frente a un teclado cuando llega la medianoche. Porque este blog se ha convertido en una obligación y ha dejado de ser el placer que era en un principio. Porque necesito tiempo para otros proyectos que en este momento de mi vida me piden, me suplican, más atención. Porque necesito descansar, necesito vivir y necesito moverme de casilla. Porque demasiada gente sabe ya demasiado de mi. Porque esto ha dejado de enriquecerme y ha empezado a empobrecerme. Porque ha cumplido con creces su función pero ya no la tiene. Y porque no aguanto esto más.
Por eso y por muchas otras cosas, Unsociability.org echa el cierre. Estaré aquí y allá, quizá leyendo, quizá no. Pasadlo bien.
Buenas noches y hasta siempre.

Después de meditarlo durante mucho, muchísimo tiempo, me he dado cuenta de que este blog es parte de mí y que no puedo vivir sin mí; y él menos, claro. Por lo que, empujado además por los numerosos comentarios de apoyo -y también de jolgorio- recibidos, y con la impresión de que tengo menos credibilidad que Urdaci en el telediario de La Primera, o es que algunas personas ya me conocen muy bien, algo que por otra parte era de esperar, he llegado a la conclusión de que, pues bien, efectivamente, voy a continuar con el blog al menos hasta que gane el premio Nobel. Después ya no lo sé.
Porque sí, claro que era una coña. ¿Qué otra cosa podría yo hacer todos los días para seguir despierto hasta las dos de la mañana? (se aceptan sugerencias, pero "hacerte pajas" no vale que eso nunca me lleva tres horas)
Buenas noches y hasta mañana.

[Es posible que con un lector RSS esto no se vea como debería, y en concreto los estilos que tiran de hoja de estilo, aunque confieso que no es algo que me haga perder el sueño, porque digo yo que si me la he currado, es para utilizarla...]
Ocho y veinte. Oigo sonar el teléfono, y en ese estado de aletargamiento en el que sólo eres capaz de atrasar el despertador cinco minutos un número infinito de veces, escucho a mi padre hablar con alguien. Bla bla bla. Le da a alguien mi móvil, aunque a mi como que ni fu ni fa. Cuelga, y a los tres minutos suena de nuevo. Y suena. Y suena. Y otra vez. (Joder, vas a tener que levantarte y cogerlo...) Así que como mi padre no lo coge, hago un esfuerzo y acabo contestando con lo que quiera que sea que sale de mi garganta nada más levantarme. Que no es mi voz.
- Mmmmmhh... ¿Sí?
- Verá, le llamo de nuevo porque el teléfono que nos ha dado está apagado o fuera de cobertura.
- Mmmmmhh... no me diga. (*Silencio*) Será porque es el mio y yo estaba durmiendo. Es que anoche me acosté tarde y... (Manolín, a este tipo no le interesa qué hacías tú anoche) ...dígame.
- Pues le llamábamos para cambiar el contador del agua de su domicilio, y queríamos saber si podía pasarse el técnico esta mañana. (El contador del agua, claro. ¿El contador del agua?)
- ¿Esta mañana? (joder qué hora será para que este tipo me llame) Mmmmhhh... (*Silencio*) ¿Esta mañana? (*Silencio*) Mmmmhh... (Manolín, querido idiota, ¿has acabado los informes? Joder, los informes) No, no, va a ser imposible. ¿Y no puede ser mañana?
- No, para mañana ya están asignados los técnicos. (Ah... para mañana sí y para hoy no)
(*Silencio* Tengo sueño)
- Bueno, ¿entonces qué hacemos?
- Si le parece le llamamos el viernes y vemos qué día le viene bien. (Casi mejor, así me puedo ir a dormir)
- Genial, ¿a qué hora me llamarán?
- Pues sobre las ocho y media. (Las ocho y media. Otra vez. Coño, ¿Aguas de Valencia es un servicio despertador o qué?)
(*Silencio* Tengo agujetas)
- ¿Ocho y media? Joder, ¿y no puede ser un poco más tarde? Es que... me acuesto muy tarde.
- No, porque luego nos quitan los teléfonos. (Ah, les quitan los teléfonos, claro... ¿?)
(*Silencio* Tengo sueño)
- Ah, vale. Pues... bueno, vale, llámenme el viernes.
- De acuerdo, buenos días. Adiós.
(*Silencio*)
- Adiós.
Espero acordarme mañana de que me tengo que dejar el teléfono encendido, e intentar responder con la lucidez suficiente como para no decirle que sí a todo y acordarme de qué día y a qué hora quedo con el técnico. A las ocho y media. Por el amor de dios y la virgen María. Aunque qué más da, seguro que me llaman a casa si no contesto, para decirme que tengo el móvil apagado. Genial.
Y ahora que lo pienso, a lo mejor va y resulta que el viernes he quedado con el técnico y yo no me he enterado...

Te levantas sucio, con dolor de cabeza y oliendo a alcohol, como casi todos los días desde hace años. Es sorprendente lo rápido que se acostumbra el cuerpo al deterioro personal; aprende rápido. La higiene y los escrúpulos de todo tipo pasan a un segundo plano al cabo de unas pocas semanas; limpiarse se convierte en algo accesorio, y te encuentras rebuscando en la basura comida que no le habrías dado ni a tu perro. Aprendes a dormir entre los cartones, y asumes que no siempre existe un lugar oculto a la vista de las miradas para hacer tus necesidades.
Pero un día, quizá movido por la vergüenza, por un destello de conciencia del nivel hasta el que has caído, por el recuerdo de aquellos que apenas recuerdas, o quizá por tu miseria reflejada en un espejo, decides salir del pozo. Aunque sin dinero, sin nada en absoluto, es difícil volver a empezar, y por, piensas, única vez en tu vida, agarras sin demasiada convicción esa navaja oxidada que guardas para defenderte de adolescentes hijos de puta, cabezas rapada, y drogadictos, y te encaras cobardemente con una pobre señora para conseguir sacar unos míseros euros con los que pagar un billete de autobús. Pero la suerte, esa misma que te abandonó hace años, se saca un forcejeo de la manga, un mal paso, un fatal movimiento, y acaba clavando ese cuchillo en el estómago de una mujer inocente que nunca tuvo culpa de nada.
Y es en ese preciso momento, por primera vez en tu vida, cuando sabes en qué consiste realmente la miseria.
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And my time was running wild
A million dead-end streets and
Every time I thought I'd got it made
It seemed the taste was not so sweet
So I turned myself to face me
But I've never caught a glimpse
Of how the others must see the faker
I'm much too fast to take that test
(Changes, Butterfly Boucher)



mi mente de gelatina de fresa y mi existencia el rally de Montecarlo.
(Un déjà vu de hace un año bastante apropiado para el día de hoy. Gracias a todos de todo corazón.)

Jonás lo perdía todo. Pero lo hacía de una manera sorprendente, porque nunca nadie conseguía entender qué hacía con las cosas que perdía, y por mucho que las buscasen, jamás aparecían. Algunos pensaban que las escondía, pero no; Jonás no escondía nada. Simplemente, las perdía. A veces las recuperaba, siempre él mismo, pero casi de una manera mágica, ya que aparecían en cualquier lugar obvio a la vista de todos, como si hubiesen estado ahí todo el tiempo. Y a veces no.
Un día era el almuerzo, al día siguiente los apuntes de clase y al otro las llaves de su casa. Y así creció, acostumbrado a que en cualquier momento, casi cualquier cosa de su vida podía dejar de estar ahí donde él esperaba que estuviese. Y la verdad es que tampoco le iba tan mal. Cuando perdía una camiseta, tenía otra lista; igual pero diferente. Cuando perdía unos apuntes, los volvía a pedir; los mismos pero otros. Porque casi todo se perdía muchas veces. Y así fue creciendo, año tras año, no exento de problemas pero nada que le impidiese seguir viviendo.
Hasta que un día, como era de preveer -ponte en su lugar-, perdió definitivamente la cabeza. En un sentido figurado, por supuesto. No era la primera vez, y hasta ahora siempre la había encontrado de nuevo; o más bien, la cabeza le había encontrado a él. Menos aquella vez. Porque su cabeza nunca volvió a aparecer, pero eso tampoco le impidió seguir viviendo con relativa normalidad, porque si hubo algo que Jonás jamás perdió, fueron los amigos.
Que por cierto, y ya que estamos, están convencidos de que debes estar forrado con todo lo que le has quitado al pobre Jonás. ¡Devuélvele la cabeza!

Esta noche he ido a ver V de Vendetta. Ha sido un impulso, un esta noche tengo que ir al cine. Un me da igual si solo o acompañado. Un he -de necesidad, casi de obligación- de ir al cine. Pues bien, señores y señoras, damas y caballeros, niños, niñas y pelotitas de goma, déjenme decirles algo. Vayan ustedes a verla. No, mejor, VAYAN USTEDES A VERLA. No se la pierdan. Impresionante. Quizá discrepen ustedes una vez vista; ninguna sorpresa. Pero no se la pierdan, sólo por el por si acaso. Háganme caso, coño, aunque sea por una vez. Va-yan-a-ver-la. Punto. Sigamos.
Antes de entrar, mi madre me llama porque me había regalado un reloj. Le da pena que fuese siempre mirando el móvil. Es cierto, no miente, voy siempre mirando el móvil. Mi madre nunca miente, y no es porque sea mi madre. Aunque no lo fuese, tampoco mentiría. Bien. Un reloj de esos sin ticket, de los de esto no se devuelve porque es un regalo y no me da la gana. Emocionado me ha dejado, la pobre mujer.
Al llegar a casa, me encuentro con el reloj de la foto, un reloj que me regaló mi ex, Lorena (nada que ocultar a este lado del universo), un reloj que siempre pensé que había perdido en Oliva. Y que al parecer, a la vista de los acontecimientos, no perdí. No sé si ha aparecido, como le pasaba a Jonás, en un lugar obvio a la vista de todos. No creo, aunque nunca lo busqué aquí. Porque siempre pensé que se había perdido allí (nunca pensé que lo había perdido; yo nunca lo perdí, porque se perdió él solo). Y todo el mundo sabe que "aquí" y "allí" no difieren sólo en dos letras. El caso es que, después de todo, recupero mi reloj. Confieso que me resulta increíble.

Y para acabar, y está mal que yo lo diga, después de mirarme al espejo unos segundos, buscando los cambios que el gimnasio ha podido provocar en mi complexión muscular (ninguno apreciable, obviamente), he acabado afirmándome en algo que ya sabía. Que uno es como el vino: gana con los años. Pero sí, está mal que yo lo diga, aunque ya lo haya dicho. Y es que para qué andarnos con falsas modestias, tal y como esta el patio. Pues eso.

Amaestrar una cucaracha es jodido. Jodidamente jodido, y discúlpenme la redundancia. Estos putos bichos no están acostumbrados a las órdenes ni al látigo ni al condicionamiento, y yo tampoco soy el puto Pavlov y eso siempre es una desventaja. Claro que podría ser Pavlov, pero entonces sería ruso y estaría muerto, y yo no quiero estar muerto. Y una vez muerto, qué más da lo de ser ruso o no.
Además, si fuese un ruso muerto llamado Pavlov, para ser un auténtico Pavlov, necesitaría un perro, y no una mierda de cucaracha que es en realidad lo que tengo: una mierda de cucaracha. Y es que las cucarachas no salivan. Los perros salivan, pero una cucaracha no es un perro. No. Una cucaracha es una cucaracha, y un perro es un perro. Dos bichos muy muy diferentes. Porque el perro saliva y la cucaracha no.
Yo también salivo a veces, al ver el bote de pepinillos, y con algunas escenas lésbicas. Es lo que tienen las escenas lésbicas y los botes de pepinillos, que a veces me hacen salivar. Pero yo no soy un perro, soy una persona aunque salive.
Me desdoblo.
Decía que es complicado enseñarle a un bicho de seis centímetros lo que significa la expresión "dame la pata". Que quizá con diálogo y talante, aunque me da a mi que no. Porque hasta ahora, nuestra comunicación ha sido nula. Y eso, eso, eso siempre es un problema. Siempre, aunque sea con una cucaracha negra. Como el carbón.
Más negra incluso que Naomi Campbell. Y no es que sugiera que la mujer en cuestión sea una cucaracha, que enseguida me salen con la corrección política, racismo y leches en vinagre. Ya lo decía aquél: prevenir antes que curar. Así que yo lo advierto; sólo comparo tonalidades de color. Una cucaracha negra como las cejas de Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón. Que quizá no sean tan negras, así que seguramente más negra. Es decir, para que quede claro: una cucaracha muy negra.
Mi cucaracha también es asquerosa, tanto como la cosa más repugnante que hayas visto en tu vida. Porque una cucaracha ha de poder hacerte vomitar, aunque no esté amaestrada. Sino, no es una cucaracha. Es otra cosa, pero no una cucaracha. A mi, casi. No por nada tengo a diario que reprimir mis deseos de hacerla crujir bajo mi pie descalzo; crunch. Eso me hace sentirme orgulloso de mi mismo. Recuerda: no aplastar cucarachas. Resiste.
Porque una cucaracha ha de aplastarse siempre con el pie descalzo. Sin excepción. Sino, ¿qué sentido tiene? Ningún sentido. También puedes comértela, pero no es algo que se recomiende a ningún lugar a menos de doscientos trece kilómetros de la Antártida. Incluso la guía Michelin lo desaprueba. ¿Comer cucarachas? No, gracias. Ya lo decía aquél: debes dejarlas crecer.
Así que recuerda, debes dejarlas crecer. Acuérdate. Y no, mi cucaracha no tiene nombre. O bueno, se llama cucaracha. A nosotros nos gusta ese.
*Crecer*
(Voilà)
*Crunch*

Correo de mi jefe:
--
Cosetes per a [cliente]:
[...]
¿A que te lo pasas pirata? Pues yo, bucanero, y tu, vulcanito.
Ale a gozar con el perro
Toni
--
Si esto no justifica mi deterioro mental, no sé qué es.


No corran y pórtense bien.

Mi reloj me ha traicionado esta mañana, o quizá haya sido mi vista, o a lo mejor incluso una conspiración entre ambos, si es que eso es posible, porque me he levantado a las once y veinte, pensando que serían pasadas las dos. A pesar de las campanas colgadas a cien metros en línea recta de mi habitación sonando regularmente cada treinta minutos. Cuatro campanadas previas más las correspondientes a cada hora, si es en punto, y dos si es la media. Yo desde mi cama acordándome del cura, de la iglesia, del campanario, del tipo que las donó, y de la madre que los parió a todos, tanto en la media como en punto. Sin distinciones horarias. Ya saben, como aquello de Equal Opportunity Employer. Así, más o menos.
Aunque uno se acostumbra a todo, y al final (*casi*) no las oyes ni cuando los domingos suenan de manera nerviosa durante veinte minutos, como si por hacerlas repicar como si tuviesen epilepsia fuese a hacer salir a los infieles de debajo de las piedras (déjeme dormir, coño). Ahora es más fácil. Antes había que tirar de una cuerda, y ahora sólo hay que darle a un botón. Un dedo, y tienes a todo el vecindario jodido un rato. El vecindario jodido, un domingo a las doce del mediodía, creo que soy sólo yo, pero eso no me hace sentirme mejor. En cualquier caso, yo continúo esperando el momento en el que las campanas cesan, listo para dejarme seducir de nuevo por Morfeo. No me rindo fácilmente.
Las dos es una buena hora para levantarse. Supongo que por eso llevo cinco días levantándome casi a esa hora. No me malinterpreten; las once y veinte es también una buena hora; una hora cojonuda. Pero la una y media es mejor hora. Once, doce, trece horas pegado a la almohada, hibernando debajo de cinco mantas. Aunque te pases el resto del día atocinado. Durmiendo en vida. Agilipollado. Como en una nube. Después de todo, para eso me voy cinco días de vacaciones; para subirme a la parra y no bajar hasta el atasco del lunes. Y ha sido, de verdad, aproximadamente así: helados, monte, paisajes, sol y lluvia, mucha cama (nada de sexo), una estufa y ducharse con una cacerola (no confíes en el calentador). Óscar (y sus pedruscos), Geno, Sandra. Sandrine y Javi. Todo muy a cámara lenta. Exactamente, lo más parecido al me voy al monte a comer pasas y hablar con Dios. Aunque no me gusten las pasas ni crea en dios, pero ya me entienden. Lo más parecido a tomarse unas vacaciones de todo.
Así que después de cinco días con sus respectivas noches, mi ego y yo estamos de vuelta. Él ha llegado mucho antes, pero eso es porque es más fuerte, más rápido, y más inteligente que yo; que para algo es mi ego. Casi como David el Gnomo. No, no he escrito nada, y he leído poco. Un libro. Amanecer con hormigas en la boca, de Miguel Barroso. Bueno, en realidad sólo 79 hojas. Ya saben, hojas de papel. Con tinta y cosas de esas. Aunque vengo con ideas.
No, mañana no trabajo. Ni pasado. Y así, hasta el martes veinticinco.
Y sí, por supuesto, mis dos nuevas camisetas. Qué otra cosa sino. Lo sé, soy un puto adicto.

Hace un par de meses, había un anuncio en televisión en el que un sujeto aparecía disfrutando de diversos lujos para acabar el día encima de un escenario como cantante punk gritando aquello de Maldita sociedad, maldita hipocresía. Vamos, que el colega en cuestión se pegaba la vida padre para luego berrear en contra del cóctel de gambas que se había zampado en un lujoso restaurante. O de lo que éste representaba, que al fin al cabo, las gambas no le han hecho daño a nadie. Renault Laguna: Seamos sinceros, a todos nos gusta vivir bien. No se porqué, al sacar el tema me acuerdo de Extremoduro presentando su último disco en los locales de la SGAE.
Bueno, respecto al anuncio, alguien me comentó que le resultaba desagradable por los valores que representaba. Para mi, más bien al contrario, y no es que me resulte especialmente agradable, sino que pienso que el anuncio no es otra cosa que un reflejo fiel de esta sociedad. Y es que a todos nos gusta vivir bien; a mi el primero. Qué mal está el mundo, pobres gentes allá en el tercer mundo... cambia de canal, anda, que creo que ponen fútbol, y traeme una Coca-Cola que tengo sed. Supongo que lo que no nos gusta tanto es ser sinceros con nosotros mismos.
Nada nuevo bajo el sol, ya lo sé. A ver si voy a venir yo ahora a descubrir América, con lo que cuesta moverme de mi casa. Claro que el derecho al pataleo y a silenciar nuestras propias conciencias es algo que tampoco nos puede quitar nadie. Eso, si es que el hecho de que en el mundo muera nosecuanta gente de hambre, nosecuanta gente de sed, nosecuanta gente de sida, nosecuanta gente de nosecuantas cosas, que al final resultan ser nosecuantas muertes de personas por nosecuantas cosas (muchas de las cuales con solución), es un problema de conciencia (consecuente) para alguien a este lado del universo. Algo que, permítanme la licencia, y con las excepciones de siempre, que haberlas, haylas, lo dudo mucho.
Porque me podré quejar, lamentar, pero lo cierto es que yo no necesito dos putas camisetas más, ni dos ni diez. Ni ir al cine semana sí semana también. Ni un reproductor de mp3. Ni conexión a Internet. Ni este ordenador, ni un coche de dos millones y medio. Ni una casa de 75 m2. Ni un lavavajillas. Ni un móvil de última o primera generación. Ni tanto libro, ni tanta ropa, ni tanto lcasei inmunitas. Ni ambientadores para la casa, radio MP3 para el coche o champú con extractos vegetales. Por empezar con algo. Y con toda seguridad, tú tampoco necesitas nada de eso. Pero para qué vamos a negarlo, a todos nos gusta vivir bien, y tomarnos una cerveza fresca al solecito en una terraza, mientras comentamos lo jodido que está el mundo. No es que estemos anestesiados, no. Es que nos pinchan y no sangramos.
Este mundo puede ser una mierda, pero si lo van a cambiar, que avisen, que me gusta como vivo y apuesto que a ti también.
Y enciende la tele, creo que ponen fútbol.

Acabo de ver Leyenda Urbana 2. Para pasar el rato. Y no entiendo cómo nos podemos quejar tanto de la inseguridad ciudadana en este país cuando estos pobres chicos tienen un psicópata asesino danzando entre ellos que se ha cargado ya a media escuela y lleva camino de cargarse a la otra media, sin ningún tipo de disimulo, y la presencia de la policía brilla por su ausencia.
Aunque claro, si uno es capaz de dejarse matar por un tipo que lleva puesta una máscara de esgrima que debe dar el mismo ángulo de visión que tiene un burro con anteojeras y además proporcionar en la penumbra, ambiente en el que se desarrolla prácticamente toda la película, una visión semejante a la de un topo, entonces se lo merece, por torpe, por miope y por idiota.

Así es: me estoy muriendo.
No sé cuanto tiempo me queda de vida. Por casos anteriores, me dan aproximadamente 50 años, aunque nadie me lo puede decir con exactitud; quizá sea más, quizá menos. No obstante, me han advertido de que el fatal acontecimiento puede llegar en cualquier momento, por lo que me recomiendan que no posponga todo aquello que considere realmente importante. De igual manera, si alguien tiene algo que le gustaría decirme, será mejor que lo haga cuanto antes y no espere más, por lo que pueda pasar.

T. murió hace cuarenta y dos años, dos meses y cinco días, a la edad de ochenta y tres años. Vivió las dos grandes guerras, la Guerra Civil Española, en la que combatió al lado del bando perdedor, y asistió al nacimiento de la televisión y los comienzos del automóvil, aparte de otros muchos acontecimientos históricos. A lo largo de su vida, trabajó en diversas profesiones por la geografía española, francesa e italiana; camarero, periodista y fotógrafo, botones o carpintero entre otras, y finalmente -a pesar de que fue una ocupación contínua desde que cogió un lápiz- escritor en la última etapa de su vida, actividad que le dió fama mundial y por la que hoy se le conoce.
Pasó los últimos años de su vida en el exilio, donde la muerte lo alcanzó en forma de neumonía, sin darle la oportunidad de volver a pisar su pueblo, que como se refleja en sus escritos de madurez añoraba profundamente. Sólo se le conoce un amor verdadero que siempre le rechazó, y que acabó contrayendo matrimonio con un industrial castellano, lo que le condujo a una depresión que fue el desencadenante de su alcoholismo, del que posteriormente consiguió salir, y de sus más brillantes textos, pertenecientes a lo que se conoce como el "Periodo Negro" de T. Aparte de éste, tuvo numerosos escarceos sentimentales pero sin que ninguno de ellos adquiriese mayor repercusión.
En resumen, puede decirse que vivió intensamente, una vida llevada a menudo hasta el límite, y así la presentan tanto las enciclopedias como las diversas biografías que existen. Carpe diem fue el lema que le movió, siempre más inconscientemente que conscientemente; vivió cada segundo como si fuese el último. Quizá una vida para admirar, una vida para repetir, una vida para vivir.
Pero más allá de fantasías y de admiraciones de una existencia que sólo él disfrutó y sufrió, T. jamás fue feliz, y así lo confesó con tristeza en sus últimos días, admitiendo que si volviese a vivir, lo cambiaría todo por un poco de felicidad. Murió rodeado de sus amigos y con el mundo postrado a sus pies, llorando, arrepentido, y murmurando entre dientes su ya famosa frase:«Lo siento, me equivoqué».

A veces se te ocurre algo que escribir, escuchando una canción, bajo ese estado de ánimo alterado al que algunas canciones consiguen hacerte llegar, y la masticas durante horas en la cabeza -sí, yo lo he hecho, no es que conozca a un amigo que lo ha hecho- hasta que la conviertes casi en algo sólido, y piensas: qué genial. Otras veces, te viene una idea a la cabeza, justo antes de irte a dormir -algo que me pasa muy a menudo-, la elaboras durante unos segundos, y a falta de un teclado, coges un pequeño lápiz, o un lápiz, aunque no sea pequeño, un bolígrafo, un rotulador, cualquier cosa, y la escribes en los márgenes de una libreta, en una carta del Santander Central Hispano, o en un recibo de Vodafone, y piensas: qué genial. En ocasiones, incluso, mientras vas conduciendo te aborda la inspiración y no puedes sino esperar al semáforo más próximo para escribir un mensaje de texto con esas cuatro palabras que te ayuden a recordar una vez te sientes frente a la pantalla, y cancelarlo para que aparezca eso de Guardado en No Enviados, y piensas: qué genial.
El problema es que una vez la canción ya no suena en tu cabeza y has salido de ese estado psíquico algo especial, o ya no es de noche y ya no estás en pijama a punto de acostarte, o ya no estás conduciendo, a menudo la idea ya no te parece tan genial. Te parece normal, casi vulgar, algo sobre lo que ya no vale tanto la pena escribir. Y entonces la olvidas, tiras ese recibo o lo guardas casi para siempre en la carpeta rotulada "Recibos", o borras ese mensaje que ocupa una memoria vital en la sección de mensajes "No enviados". Y ahí van todas las ideas que por unos instantes fueron geniales y que ya no lo siguen siendo más; supongo que hasta una idea se merece sus quince minutos de gloria.
Ahí, y en cierto modo, a este post. Por supuesto.


Os he de pedir perdón por tanta letra, tanta palabra y tanta línea juntas; qué agotamiento. Si es que no conozco la palabra compasión. Lo dicho, que soy un desconsiderado. Pero para que veais, como muestra de arrepentimiento, y aunque tenía preparado un texto para esta noche, he pensado que ahora que estamos en primavera, se acerca el verano -lógicamente, si estamos en primavera, que otra estación va a venir después- y empezamos a llevar menos ropa, y para que nos relajemos todos y todas un poco, podría colgar alguna foto de esas donde se enseña algo de carne. Ya sabéis a qué me refiero :^)
Así pues, para disfrute del personal, carne:


Ayer por la noche me acosté tarde. Bastante tarde, puedo añadir. Leyendo unas cosas y otras, pero principalmente escribiendo. Unas cosas y otras. Ya saben, es lo que -en mi caso- tiene estar de vacaciones, que uno acaba acostándose y levantándose a las horas que le viene mejor; y para mi, esas horas son, como suele decirse, las tantas. Se me acaban pronto, de todas formas. Una pena, nos vamos a echar de menos, yo a ellas y ellas a mi.
Continúo. El caso es que, habiéndome acostado casi a las seis, esta mañana a las ocho mi estómago estaba absolutamente vacío, y mi cabeza se ha puesto a desvariar. Y durante media hora, tiempo que he tardado en darme cuenta de que no iba a llegar a ningún sitio, y menos a ningún tipo de sueño profundo que es básicamente detrás de lo que iba, he estado visualizando con los ojos cerrados cómo sería este blog si estuviese conectado directamente a mi cabeza. Igual que -yo lo he hecho, no es que conozca a un amigo que lo ha hecho- imagina uno ese cuadro -que para mí, por alguna razón, siempre es de estilo impresionista- en la cabeza que luego las manos jamás son capaces de llevar a la realidad, así me imaginaba yo esto. Y la verdad es que publicar directamente desde mi cabeza para mi sería más cómodo y para ustedes mucho más fascinante de lo que es. Ahora algunos dirán que estoy obsesionado; algunos como por ejemplo, un, dos, tres, responda otra vez, mi primo. Bueno, no me paso el día pensando en cosas que escribir para este blog, pero sí me paso el día pensando cosas que escribir, y por alguna razón, bastante obvia, muchas de ellas acaban aquí.
Y eso es todo. Mientras me preparaba un pequeño bocadillo de salchichón con ketchup -sí, como lo han oído-, y me lo comía acompañado de un par de vasos de zumo de naranja, he encendido el portátil y he escrito esto. Y la verdad es que ahora mucho sueño, como que no tengo... pero soy fácil de convencer.
Por cierto, no se qué hacer estos tres días de puente que vienen. ¿Alguien me recomienda algo? ¿Alguna sugerencia?

Conocí a Nico a finales de la década de los ochenta. Nico tenía una curiosa afición a las salas de espera de los hospitales, fueran públicos, privados, la salita del dentista o la del ginecólogo. Y ahora que lo digo, me pregunto qué pensarían las mujeres que lo encontrasen esperando al ginecólogo. En cualquier caso, la cuestión era estar allí, y esperar. Esperar sin más ni más, claro, ya que nunca nadie le llamaba para entrar a la consulta del médico. Porque obviamente, él no estaba en ninguna lista. Y hacía lo que todo el mundo que está acostumbrado a esperar hace: proveerse de materiales de entretenimiento. Se llevaba libros, pasatiempos, videojuegos, revistas del corazón, apuntes de clase. Cualquier cosa que le mantuviese entretenido durante aquel tiempo interminable, incluyendo discusiones interminables con los incansables y habituales jubilados sobre el estado de la nación, el tiempo o las últimas noticias futbolísticas. Y "aquel tiempo" podía ser desde una hora u ocho horas. Nos contó que una vez incluso pasó diecisiete horas seguidas en una sala de urgencias, esperando, y acabó desesperado, lógicamente; esperar sin esperar nada. No nos extraña, le contestamos, y nos reimos. Nico es un tipo un poco absurdo, y ni siquiera hace falta pararse a pensarlo. Lo es.
Un buen día, aburrido como solía estar, tras un par de típicas horas de espera, y a falta de sudokus, crucigramas, sopas de letras y demás entretenimientos de kiosko, así como de compañeros de tertulia, se acercó a la ventanilla de la consulta, e increpó sin ninguna compasión a la pobre enfermera, acusándole de tenerle allí esperando dos largas horas. Ella, consciente de que aquello era sin duda verdad -mi amigo no es nada, pero nada, discreto-, se disculpó rápidamente y le preguntó su nombre. Y Nico, que se había anticipado a aquella pregunta con un leve movimiento de ojos recorriendo la lista de pacientes, contestó con descaro: Pues afortunadamente, menos mal, porque creo que soy el siguiente, Enrique Rodriguez. Y aún se atrevió a añadir, señalando firmemente con el dedo aquel apellido ajeno: Aunque no es Rodriguez, es Rodrigo.
Desde ese día, Nico no espera más de lo necesario, a pesar de que ese concepto nunca ha estado demasiado definido en su caso. Inventarse dolores, temblores y otros síntomas, y simularlos de manera convincente es mucho más divertido que cualquier barato pasatiempo. Lo conocen en casi todos los consultorios de la ciudad, porque es fácil recordar una cara pero no un nombre, y nadie se atreve a cuestionar su identidad. Un caso típico de hipocondria, murmuran entre ellos.
Aunque el ginecólogo no conoce aún ni su cara, ni su nombre.


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Unsociability.org se une a la iniciativa de La Cárcel de Papel, aunque deja las recomendaciones para los expertos.
Las imágenes son Rib Kirby y Honey (o "Dulce") Dorian, de Alex Raymond y Miss Lace, de Milton Caniff.

Otro ladrillo, cortesía de Unsociability.org. Si, yo, claro. Y dice así:
Sábado sabadete, y confieso que para nada me apetece irme de parranda. Ni de fiesta, ni de caza, como suele decirse, porque de eso también estoy cansado. Me apetece cine, y luego casa y camita. Nada más. Y no porque me sienta deprimido, ni cansado. Simplemente, no me apetece. Tengo 29 años, estoy soltero y sin compromiso, con relativa independencia económica, inteligente, guapo y simpático (eso no hacía falta, ya lo sé), pero no me apetece salir. Y ante la cantidad de personas que tienen planes para o intenciones de salir hasta altas horas, me siento un perro verde, y no lo niego, tengo algún tipo de extraño sentimiento de culpa y de estar perdiendo el tiempo (¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Dónde voy a ir a parar? ¿Qué será de mi? ¿A qué huelen las cosas que no huelen a nada?). Así que he estado investigando:
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Ataraxia: Disposición del ánimo propuesta por los epicúreos, estoicos y escépticos gracias a la cual alcanzamos el equilibrio emocional -la felicidad- mediante la disminución de la intensidad de nuestras pasiones y deseos, y a la fortaleza del alma frente a la adversidad. Tranquilidad espiritual, paz interior, imperturbabilidad.
Según Epicuro, existen dos clases de deseos: naturales y necesarios, relacionados con la supervivencia. Y naturales no necesarios que provienen de la cultura, política y vida social. La satisfacción de estos primeros, es directamente el placer. Para la satisfacción de los segundos, solo la filosofía permite llegar a la ataraxia: tranquilidad espiritual propia del sabio que distingue los deseos naturales de los que no lo son y es capaz de alejarse de aquello que es vano. [De la Wikipedia]
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Apatía: Apatía es la falta de emoción, motivación, o entusiasmo. Es un término psicológico para un estado de indiferencia -donde un individuo carece de respuestas o es "indiferente" a aspectos de la vida física, emocional o social. La apatía clínica se considera cuando se da en un nivel elevado, mientras un nivel moderado puede ser considerado como depresión. Un nivel extremo puede diagnosticarse como un desorden disociativo. El aspecto físico de la apatía asociado con el deterioro físico, pérdida muscular, y falta de energía se denomina letargo -que tiene también muchas causas patológicas.
La apatía puede estar específicamente relacionada con una persona, una actividad o ambiente. Puede reflejar también una falta de interés no patológico hacia cosas que el individuo no considera importantes. [Traducción propia de la Wikipedia en inglés]
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Dicho esto, me debato entre catalogar mi estado de ánimo como ataráxico o apático. En el pasado, habría elegido sin dudar el segundo. En la actualidad, me inclino más por el primero. Aunque también puede ser porque, como dice Andrés, la ataraxia suene como que más cool. Y más filosófica, claro.
Se admiten opiniones, votaciones y amenazas.

Hace mucho que no hago una de estas. Desde que vi V de Vendetta el pasado 11 de abril, las salas de cine de este país -España- han tenido el privilegio de contar con mi presencia tres veces más. Si van a ver El Caso Slevin, no lean la segunda crítica. El resto pueden leerlo, no desvela nada.
La primera, Matador, de Richard Shepard, con Pierce Brosnan y Greg Kinnear. Básicamente, la relación que se establece entre un asesino a sueldo de élite venido a menos y un pobre comercial que no tiene demasiada suerte en la vida. Dejando aparte que tiene un guión agradable, simpático, entrañable por momentos, y que Kinnear (el vecino gay de Nicholson en Mejor imposible) está más que correcto, es de destacar que Brosnan se come la pantalla. Toda. Es divertido ver al ex-Bond, ex-James Bond, y habitualmente caballero inglés (o no tan caballero), en un papel de sicario desquiciado, un papel que borda y que para mi, es sin duda el papel de su vida. Una peli más que recomendable, que ayuda a pasar un buen rato sin estridencias y lo dicho, con un Brosnan que resulta hilarante, tierno y asombroso. Casi diría que no se la pierdan.
El caso Slevin, de Paul McGuigan. Entré en esta película por recomendación de unos amigos, aunque yo quería verla casi desde que salió. Empecemos por lo positivo. La película está bien, el hilo argumental tiene gancho, y están todos en la línea de sus actuaciones habituales. Lo que en en caso de Bruce Willis, Morgan Freeman y Sir Ben Kingsley ya es bastante. Josh Harnett, mejor que de costumbre -no me apasiona-. Y Lucy Liu, correcta y guapísima. Ahora lo negativo. La película es deshonesta, a veces terriblemente deshonesta. Oculta información que desde el punto de vista de algunos personajes, sería razonable, pero moviéndonos casi toda la película detrás de Josh Harnett, no puede hacerlo. Y esa es su única baza en el guión. Ocultar información que probablemente el espectador debería conocer. Eso sí, del cine sales entusiasmado, hasta que te pones a analizarla.
Plan Oculto, de Spike Lee. Sí, de Spike Lee. Con actores blancos, y de Spike Lee. Flipante. Spike Lee. Bueno, la peli está bien, mejor que bien. Así que Spike Lee no sabe hacer sólo películas con negros hablando de negros y para negros. Bien por él. El plantel de actores es, a mi parecer, impresionante: Clive Owen, Denzel Washinton, Jodie Foster, Willem Dafoe, Christopher Plummer y Chiwetel Ejiofor (este último me recuerda físicamente, por alguna razón, a Sidney Poitier) . La película va, básicamente, sobre el atraco a un banco. El resto de la película... mejor lo descubrís vosotros. Otra que me atrevo a decir que no deberían perderse. Aunque claro, decirlo es gratis.
Eso es todo por el momento. Tengo ganas de ver La Gran Final. Sí, una española que no parece española. Esa.

En este país tenemos los cojones como pelotas de baloncesto. O más grandes. O simplemente, es que somos gilipollas (voto por esta). Porque tiene narices que tengamos en cartelera títulos como Ice Age 2, Date movie, Firewall, Get rich or die tryin', Match Point, The Libertine, The Matador...
... y los productores -o quienquiera que se encarge de esas cosas- de Tirante El Blanco, obra que probablemente fuera de las regiones valenciano y/o catalano y/o mallorquinoparlantes poca gente conoce, no sean capaces de titular la película basada en la novela de Joanot Martorell como el título original, en valenciano: Tirant lo Blanch.
Nota: Paso de la polémica lingüistica que encierra el "y/o" previamente utilizado.

Leo en El Mundo que se ha escogido la palabra 'Amor' como la palabra más bella del castellano seguida, y cito, «de 'libertad', 'paz', 'vida', 'azahar', 'esperanza', 'madre', 'mamá', 'amistad' y 'libélula', en ese orden». Vamos hombre, no me jodan.
Que esto no era una encuesta, bastante absurda por otro lado, sobre "cuál es la palabra que representa el concepto más bello". Lo que decía ("Vamos hombre, no me jodan", por si no se acuerdan). De todas formas, aprovechando la ocasión, resulta divertido ver las elecciones de muchos de nuestros políticos. Siempre haciendo campaña, día y noche:
Ángel Acebes: Libertad.
José Blanco: Verdad («[...] Es la mejor llave para abrir la puerta de la política [...]» y otra larga diatriba sobre valores y bla bla bla).
Carmen Calvo: Valor.
Josep Antoni Durán i Lleida: Cristalino («[...] Me imagino [...] una persona transparente, que transmite confianza.»)
Mariano Rajoy: Palabra («Califica muy bien qué es una persona, si se puede confiar en ella o no.»)
José Luis Rodriguez Zapatero: Generosidad.
Me gusta mucho más la perspectiva fónetica -que para mi es la adecuada- de por ejemplo Joan Puigcercós: Barbilampiño («Me gusta como suena, es divertida [...]»), de Manuel Borras: Zambra («Esa fiesta bulliciosa de origen morisco que se emplea para saraos gitanos me parece que fonéticamente es preciosa. [...]») o de Isabel Burdiel: Ultramarino («Es una palabra que fonéticamente me encanta porque reúne dos palabras que me gustan, marino y ultra, que mezclan dos consonantes que me encantan: la ele y la eme. [...]»).
Mi voto. ¿Les gusta la palabra 'zarrapastroso'? ¿A que es cojonuda? Uy, otra candidata...

Hace un par de noches me emocioné por algo obvio, algo evidente, algo que todo el mundo sabe, pero de lo que nunca había sido realmente consciente. Entré en un blog de Blogger, un blog que visito de vez en cuando, y salté al siguiente mediante el botón Next Blog que hay en la esquina superior derecha. Y me encontré con fotos de un chaval Tailandés y sus amigos en el instituto. Continué, y llegué al blog de un profesor americano de filosofía, humanidades y estudios de religión, en el que hablaba de la necesaria distinción entre realidad y ficción a propósito de El Código Da Vinci, desde el cual llegué al blog de un jardinero Australiano que se quejaba de la falta de bichos que fotografiar en su jardín con su nueva cámara digital, y se preguntaba, un poco irónicamente, por la tremenda eficacia de su matainsectos. El siguiente fue el blog de un portugués que se estaba iniciando en la teología, y poco más pude entender. Y de ahí al blog de una chica brasileña en el que hablaba sobre la película Plan Oculto, pasando por el blog de un japonés que estaba teniendo algunos problemas con las imágenes en Blogger y el de una chica americana que deseaba una pronta recuperación a su abuela, y acabando en la bitácora de un chico Irlandés.
Hace ya varios años, cuando iba a la Facultad en tranvía, algunas noches Toni señalaba con la vista o con el dedo alguna finca en la que habían luces encendidas y me preguntaba si me había parado a pensar que detrás de cada luz, detrás de cada ventana, había una familia, con sus problemas, sus alegrías, sus trabajos, sus conversaciones y discusiones, con su rutina diaria... que había todo un mundo detrás de cada ventana. Dicho así, en medio del transporte público después de un día de clase, parecía una típica rallada suya, pero tenía toda la razón.
El otro día, casi de la misma manera, entendí que detrás de cada una de esas páginas había una persona con sus ilusiones, sus esperanzas, sus inquietudes, sus amigos, sus malos momentos, su nueva cámara o los insectos en su jardín... un mundo detrás de cada página, detrás de cada blog. Pero en este caso, gente que vive a miles de kilómetros, en ciudades completamente diferentes, con culturas posiblemente diferentes, con idiomas diferentes.
Y fuí consciente, al pasar unos instantes en la vida de cada una de estas personas, de todo eso que oímos a menudo sobre estar conectados, sobre Internet, sobre la cercanía con la gente de cualquier parte del mundo. Todo eso que suena a artificial pero que no lo es. Me dí cuenta de que es alucinante poder entrar en la vida de alguien a quien nunca verás, a quien nunca conocerás, con quién jamás hablarás, aunque sea por un segundo, y en cierto modo, de alguna manera, comprendí que *sí* estamos conectados.
Se acabaron las vacaciones. Vuelvo a la mina.

Sabes que estás acumulando demasiados teléfonos cuando buscando en la agenda del móvil un número, pasas por delante de un nombre, te detienes un segundo y te preguntas: ¿Quién coño es Fulanito Manostijeras?, a cuyo dueño consigues recordar, no sin esfuerzo, diez minutos más tarde. Si es Menganita -por corrección política y razones obvias, vamos a ahorrarnos el término Fulanita-, entonces es aún peor.
O eso, o estoy perdiendo la memoria. Cualquier cosa es posible.

El pasado 23 de abril fue el Día Mundial de los Derechos de Autor. Estoy a favor de que un autor haga lo que buenamente le parezca con su obra: que la publique o edite y cobre por ello si hay alguien dispuesto a comprarla, que la distribuya gratuitamente, que la queme o que la utilice como papel higiénico. Dentro de lo razonable, por supuesto. Como una vez expuso el desaparecido Pnac, cobrar por cantar en la ducha no es razonable.
Paso directamente a www.nohayderecho.org, «una web en la que se dará cabida a todos los aspectos relativos a la nueva ley [de Propiedad Intelectual], sirviendo de foro de información puntual y lugar de encuentro para los creadores.», y sobre el cánon de copia privada. Sí, ese cánon. Continúo citando:
«5º) La copia privada [el cánon de] sirve para financiar actividades culturales y asistenciales. Por ley, una parte de la remuneración por copia privada se destina a actividades promocionales y asistenciales: programas para jóvenes creadores, aportaciones a las Escuelas de Cine, pensiones para creadores enfermos o en situación de quebranto económico, organización de cursos, seminarios y talleres... Sin el cánon, habría sido imposible la presencia de las diferentes culturas nacionales en festivales y ferias internacionales.»
Después de esto, mi opinión al respecto del cánon, por muchas y diversas razones, es la que paso a exponer: que se jodan los jóvenes creadores, que se jodan las Escuelas de Cine, que se jodan los creadores enfermos o en situación de quebranto económico, que se jodan los cursos, los talleres y seminarios, y por último, que se jodan los festivales y las ferias internacionales.
En resumen, concluyendo, y para dejarlo claro, que se jodan.
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Si alguno quiere hacer referencia al post que colgué hace unos meses en referencia precisamente a esto, antes de que se acelere, me gustaría recordar que la expresión "Abogado del diablo" se entiende, según la Wikipedia, como el «[Término que] se aplica por extensión a personas que defienden una posición en la que no necesariamente creen, o a presentar un contraargumento a una posición en la que sí creen en otro debate.»

Hola holita hola. Estaba escribiendo algo, pero he encontrado lo siguiente, que espero les interese. Por una vez, no está de más utilizar contenido externo y más cuando proviene de lugares del nivel de Malaprensa o Arcadi Espasa (para los escépticos de la izquierda, decir que una cosa son los contenidos, y otra la orientación política).
Resumo, aunque puesto que todo el material está en tales blogs pueden si lo desean, y para ahorrar tiempo, pasar a los enlaces originales al final de la página. En cualquier caso, yo voy a ser breve. La cuestión es que hace una semanas El País publicó a doble página una entrevista de Ignacio Ramonet (director de Le Monde Diplomatique) a Fidel Castro, como adelanto de un libro del primero en cuya introducción, y a propósito de la entrevista, dice que habló con Castro (cito desde Malaprensa) «de todos los temas imaginables, y sin grabadora. Yo reconstruiría luego esos diálogos, de memoria, en mis cuadernos.». Pero al parecer, no fue tan de memoria, ya que Arcadi Espasa y sus comentaristas tienen una larga lista de fragmentos que aparecen en el libro y que aparecieron exactamente o casi exactamente con las mismas palabras en entrevistas y discursos de años anteriores.
Tres comentarios, simplemente, aunque tampoco aquí voy a ser nada original. Aunque no importa, una vez confesado; nada importa.
Uno. La falta de rigor del defensor del lector de este periódico, que elude cualquier tipo de disculpa ante estos hechos probados y fácilmente verificables, y se va por las ramas. Con un "lo sentimos, metimos la pata" estoy seguro de que habría sido suficiente, pero eso era incluso demasiado.
Dos. La falta de honradez del individuo Ignacio Ramonet. No sé cómo, un tipo que se las da -tengo libros suyos- de criticar los medios de comunicación, la manipulación informativa, y acusar a diestro y siniestro de este tipo de prácticas, puede llevar a cabo tal tipo de engaño absolutamente vergonzoso, por no decir otra cosa. Bueno, sí lo sé y a la vista está.
Y tres. Me sorprende -o no, la verdad- que ningún medio de comunicación tradicional se haya hecho eco de este escándalo, que es básicamente lo que es, ni siquiera los que están en contra -eso se llama corporativismo-, cuando estoy seguro de que en Estados Unidos (aka Evil Empire) se habría puesto el grito en el cielo por mucho menos.
Pero bueno, a estas alturas de qué nos vamos a asombrar. Al menos, Ramonet ya puede tener tertulias literarias con Ana Rosa Quintana.
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Enlaces:
[Arcadi España, los descubridores]
[Malaprensa, en el artículo comentando a Arcadi (es decir, el enlace previo)]
[Malaprensa, en el artículo comentando la respuesta de El País (ya vale de enlaces externos)]

Llega un momento en la vida de todo hombre en que debe enfrentarse a una complicada tarea, una a la que desde tiempos immemoriales el macho ha sido fiel y en la que ha puesto esperanzas e ilusiones, jugándose en ella toda su hombría. Ésta es, como no podría ser otra, medir su miembro viril. Ya saben de que miembro hablo. Porque todos lo hemos hecho, y el que lo niegue, miente como un bellaco; tú lo sabes y él lo sabe.
Pero no es esta una cuestión baladí. Ya que es fácil decir donde acaba, pero, ¿y dónde empieza? Pues empieza por la capacidad de autoengaño que cada uno tenga. Después de todo, uno puede convencerse de que el pene comienza debajo del escroto, y sentirse como un paquidermo... ¿no? Craso error: NO (noten las mayúsculas). Es decir, que en realidad ni comienza ahí ni puede uno autoconvencerse de ello. Todos hemos querido sentirnos alguna vez sexualmente dotados como un paquidermo (visualicen eso) al menos en la fase de contemplación, pero fuera de ese deseo, hay poco más: la realidad impone su ley.
Así que, una vez asumida la cruda realidad, es decir, que tú no eres un elefante, que viéndolo bien, es una realidad que no acaba de resultar tan cruda, ya todo depende de la cantidad de dolor que sea uno capaz de soportar al clavar la regla en el bajo vientre, porque unos centímetros bien valen un poco de sufrimiento, por aquello del orgullo y el honor del Hombre. O del Macho, que en estos menesteres es como que más auténtico. Así que regla en mano, miembro en ristre, la apoyas en el bajo vientre y aprietas hasta que el dolor es demasiado intenso para cualquier cifra. Y cuando has acabado, mientras te masajeas -del verbo masajear- le restas dos centímetros y te quedas tan contento, porque es que es tan difícil engañarse...
Así que finalmente, acaba uno contentándose con lo que tiene e intenta utilizarlo lo mejor que puede, ignorando en la medida de lo posible, ante la imposibilidad de la comparación excepto con órganos profesionales (por decirlo así) y/o "invitados", dependiendo de la orientación sexual de cada uno, el popular dicho: 'caballo grande, ande o no ande'.
Así que grande no sé, pero de momento, anda, que al fin y al cabo es lo que cuenta.
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Apéndice I
Por honestidad conmigo mismo, que no con ustedes, no puedo menos que dejarles con el fragmento de un gran texto (léanlo, es mejor que este) de la sublime La Página Definitiva (léanla, es mejor que esta), que mi subconsciente recuperó para ustedes (lo anterior) y no sin esfuerzo, mi consciente ha recuperado para mi (esto), y en parte del cual (obviamente, claramente, precisamente) está basado el anterior:
«Todo aquel que se ha enfrentado alguna vez a la autohumillación que supone ponerse a la labor [de medirse el miembro viril] se ha enfrentado a un grave problema: ¿cómo mido? Las tres escuelas tradicionales son la superior, la inferior y la Tercera Vía o Vía lateral. Lamentamos comunicar que, como todos Ustedes se temen aunque se intenten autoengañar, la escuela que está en lo cierto es la Superior. Aunque quede más cortito el pene se mide por arriba, desde su base hasta el final. En cualquier caso todo aquel que realice la operación constatará que, al ponerse a ello, un nuevo dilema surge debido a la debilidad (esta vez física) de la carne humana: ¿hasta qué punto estoy dispuesto a clavarme la regla en la piel, hasta qué punto estoy dispuesto a soportar dolor físico, con tal de que mi dignidad quede a salvo?»

La pasada noche tuve un sueño, uno de esos que no llegan a serlo, de los que se tienen justo antes de quedarte dormido. En él, veía a mucha gente, incluido yo, cogida de la mano, felices, sonriendo, formando un círculo, justo como en el juego del corro de la patata (comeremos ensalada). Ya saben. Sólo que no éramos unos cuantos, sino que éramos miles, millones de personas, juntas, contentos, bailando, pasándolo bien. Cágate lorito. Millones de personas jugando al corro de la patata. Éramos, no me pregunten como lo sé, Google. Ya conocen el enlace.
Pero en un determinado momento, al intentar soltarme de mis compañeros, noto que sus manos se aprietan sobre las mías, y las siguen apretando, hasta que me duelen, pero mientras, sonríen y bailan; como si no pasase nada. Jódete lorito. Yo no, claro; a mi aquello no me hace la menor gracia. Y aunque consigo soltarme por unos segundos, sus manos son más rápidas que mis piernas, y con la rapidez que se atraen dos imanes de distinto polo puestos uno junto al otro, sus dedos se pegan a mis muñecas y vuelvo a formar parte del feliz corro, aunque, y de esto no me acuerdo, imagino que yo ya no soy tan feliz. O a lo mejor sí. Oyoquesé.
Un visionario, ya lo sé, eso es lo que soy.

Y pensé: Qué idea tan cojonuda. Mañana mismo empiezo.
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Se vende o cambia fin de semana de puente sin planes. Nuevo a estrenar. Dependiendo de disponibilidad, incluye tarde de viernes a partir de las siete.

Desde que me he levantado, sólo eso. Así, que, ¿qué otra cosa puedo decir?
Mi vida es una prisionera dentro de mi cuerpo.




