Hoy es un día especial. Le gusta que lo sea, pero le cuesta admitirlo. Le gustaría preferir la rutina diaria, la soledad en su silla de ruedas, los pájaros y ese árbol, sus pensamientos, la distancia entre él y la gente de la calle, pero no es así. Y eso le molesta, porque es reconocerse a sí mismo en algo que no puede ser. Aún así, su cuerpo se las arregla para sentir una ligera sacudida de excitación. Hace mucho tiempo que no recibe una carta. Tanto que no lo recuerda. Con ella sobre sus manos extendidas, la mira con curiosidad. Un par de caballos en la esquina superior derecha, simétricamente pegados respecto de ambos extremos. Un sello corriente. Vulgar. Observa la dirección y reconoce la letra de un viejo: redondeada, limpia, a conciencia, como el cuaderno de caligrafía de un niño. Imagina las pausas, la lentitud de los trazos, la atención puesta sobre cada letra, la presión del bolígrafo sobre el papel y el movimiento de la mano al escribir la ele o el rabillo de la a. Se siente bien al pensar en ello y sonríe. Le da la vuelta, buscando el remitente, pero sólo encuentra una dirección desconocida y la misma escritura minuciosa. Ni un nombre que intentar recordar. No le sorprende. ¿Cuánto tiempo hace que no sabe nada de nadie? Para qué.
No le entusiasma abrirla con los dedos, pero no tiene otra cosa a mano y su ansiedad no le permite posponer el momento; intenta utilizar el pulgar a modo de abrecartas, pero él fracasa y su torpeza triunfa. El sobre se rompe, dividiendo el remite en dos. Necio. Tenías que haberlo abierto por un lateral, hubiera sido más fácil. A pesar de ello, hace un esfuerzo por olvidarse de sí mismo y saca cuidadosamente las hojas, dejando el sobre encima de sus rodillas. Blancas y cuidadosamente plegadas, responden a las expectativas. Los renglones, trazados como con tiralíneas, uniformemente espaciados y todos ellos de igual longitud. La misma delicada y paciente escritura. Sólo un viejo reconoce la letra de otro viejo, murmura entre dientes. Con ella frente a sí, ya ha perdido casi todo el interés. No sabe siquiera si quiere leerla. Qué necesidad hay. Puede que sea una equivocación, pero ahí está escrita su dirección. Su nombre. Sus apellidos. Apenas una página y media. Ahora duda entre sentir pereza por tener que leer tanto, o desprecio por ser merecedor de tan poco. Temiendo que su apatía se convierta de nuevo en su mejor aliado, decide comenzar antes de convencerse a sí mismo de que no vale la pena continuar con aquello.
(...)
Por dios qué hombre más agonías. Dan ganas de casarse con él sólo para poder pedirle el divorcio!
Abreladichosacartahombreya!
mysstika [Web] Juego bien jugado. Que no se convenza a sí mismo de que no vale la pena continuar, a mí ya me convenció de que vale seguir leyéndote.
Grismar [Web] Buenos días! ;)
Yo tampoco sabría si leerla enseguida o deleitarme con cada pequeño detalle.. Para una carta que le envían...
Besitoss
Paulita [Web]
