Ratas (III)

(Con esta última parte finaliza este pequeño cuento. La primera y segunda parte puedes encontrarla aquí y aquí, respectivamente, aunque ambas se pueden leer sin más que bajar un poco por la página.)

Habrá quedado claro, a estas alturas, que no me sentía especialmente atraído a establecer ningún tipo de contacto, ni amistoso ni de ningún tipo, con el viejo, ni asimismo con su hijo, cuya falta de interés no sólo por presentarse ante mí para disculpar el comportamiento de su padre, sino sobre todo por intentar encontrar una solución para este desagradable asunto, la interpretaba yo como aprobación de la situación e indiferencia hacía la desgracia que me había caído encima, hasta el punto que a menudo, cuando se encontraba ocupado en tareas de limpieza, me parecía verlo mirar hacía mi puerta, como si fuese consciente de mi escondite, y sonreír con una mueca que se engrandecía, hasta convertirse en una risotada que me aterrorizaba tanto como me crispaba. Hacía tiempo que había llegado yo a la conclusión de que se lavaba las manos en aquel asunto, limitándose como he dicho a alguna visita telegráfica al mes y a recoger los desechos de su padre, el cual poco me habría sorprendido si un buen día hubiera decidido de súbito realizar sus excreciones en el portal. Mantenía con éste por tanto la misma relación que con su progenitor, es decir, la observación atenta y constante de todos sus movimientos a través de la mirilla de mi puerta, considerándolo igualmente despreciable por hacerme víctima de su padre, y a juzgar por la conducta de ambos, ellos parecían sentir la misma atracción por mí que yo por ellos, y dudo mucho que esto fuese a causa de mi comportamiento puntualmente anómalo y decididamente histérico, frente al suyo, regular y permanentemente enfermizo.

Así pues, todo nuestro trato acabó limitándose a una vigilancia constante y pretendidamente anónima cuando cada mañana, a través de una rendija de apenas unos centímetros vomitaba todos aquellos desperdicios que había generado durante el día anterior, mientras yo, amparado en la innecesaria seguridad que mi puerta me daba, me consumía de odio ante semejante espectáculo. O a aquellas desgraciadas ocasiones en las que coincidíamos en el rellano, y sin dirigirle la palabra, le observaba, encorvado como el viejo decrépito que era y quizá aún más de lo que entonces me parecía normal, con sus penosos movimientos, y maldecía entre dientes lentamente cada uno de ellos como en una especie de ritual, pidiendo al cielo, o más bien al infierno, que me mandase al mismísimo Lucifer para llevárselo a mejor vida, si es que puede decirse así, aunque poco me importaba a mí en realidad si su vida iba a ser mejor o peor, con tal de que no siguiese siendo frente a mí.

No sé si allí abajo alguien tuvo la decencia de escuchar mis maléficas plegarias, pero la cuestión es que un día Nicolás dejó de existir, se murió, simplemente, así, sin más, lo que trajo a mi vida una relativa tranquilidad, quedando abandonado a la compañía de las ratas, y a las tres estrictas visitas, de la misma duración a la que me tenía acostumbrado, que el hijo de Nicolás realizó como punto final a nuestra relación. Tras esto, y afortunadamente, no he vuelto a verlo por aquí y sinceramente, imaginándome la condición en la que ha quedado la vivienda de su padre, o más bien en la que éste la ha dejado, estoy bastante seguro de que no volverá. Ahora el protagonismo lo han heredado las ratas, las que pese a todos mis esfuerzos, vanos en cualquier caso, no sólo no consigo dominar, sino que en cierto modo son ellas las que han impuesto su voluntad, si es que puede decirse que estas peludas bestias tengan tal cosa. No obstante, incluso teniéndolas en cuenta, a las que por otra parte estoy completamente habituado, puedo afirmar sin ningún género de duda que la muerte de Nicolás ha provocado en mi vida una profunda transformación, si la comparo con el estado en el que me encontraba tan sólo hace unas semanas, cambio que, lejos de haber alterado en algo mis hábitos, los ha hecho si cabe más patentes. De modo que ahora, cuando echo de menos al pobre hombre, sólo tengo que tirar unas bolsas de basura delante de mi puerta y mi instinto simplemente me dicta qué hacer.

Comentarios

Venga, decid algo...

El autor....

No pueden, están todos tan impresionados que se les ha olvidado escribir XD

mysstika [Web]
¿Algo que añadir?




(Nota: El comentario puede tardar un poco en aparecer. Espera unos segundos y recarga la página antes de volverlo a mandar)