Ratas (II)

(La primera parte de este cuento puedes encontrarla aquí o simplemente bajando un poco por la página)

Guiado en todo momento por un espíritu compuesto por comprensión y belicismo a partes iguales, y con la idea de poner fin a aquella desafortunada situación, intenté repetidamente y sin éxito hablar con él, pasando a realizar una serie de inútiles protestas frente a su puerta, a las que no obtuve respuesta, mientras mi benevolente espíritu se disipaba dando lugar a uno más acorde con las circunstancias. Mientras tanto, el viejo incrementaba alarmantemente la cantidad y variedad de los desechos, y en una hipotética escala de desperdicios, puede afirmarse que incluso la calidad. No hubo que esperar mucho para que las ratas hicieran acto de presencia, llamadas sin duda por el ambiente tan propicio que mi vecino les había creado, y sobre cuya procedencia nunca indagué demasiado, más por deseo de mantenerme en la ignorancia que por falta de respuestas; me era fácil oírlas a las tantas de la noche, con sus desagradables correteos, que me hacían permanecer horas enteras sentado en mi cama, sin ser capaz de hacer otra cosa que maldecir una y otra vez tanto a las propias ratas como al Creador responsable de semejantes repulsivas peludas criaturas.

Como era de preveer, aquello empeoró radicalmente y tan sólo unas semanas más tarde podía ver con desagrado, y más que con desagrado, con repugnancia, como las latas, las botellas, los restos de comida, en definitiva, la evidencia más palpable de la continuidad del señor Nicolás en este mundo, se amontonaba esparcida a lo largo de todo el rellano, ya que al parecer consideró a partir de ese momento, y muy a pesar mío sin mi consentimiento, el cual por otra parte jamás habría obtenido, hacerme partícipe involuntario de sus más que incómodas actividades. De manera paralela, y siguiendo la lógica imperante hasta ese momento, el número de ratas que poblaba aquel pequeño espacio pasó de unas pocas a varias decenas e incluso a más de un centenar, que no tenían el más mínimo reparo en mostrarse a la luz del día, frente a la considerada nocturnidad que había caracterizado a sus predecesoras, y que muy posiblemente a causa de la superpoblación que tanto ellas como yo sufríamos, pasaron a ocupar mi vivienda, lo que me produjo a corto plazo una serie de serios problemas nerviosos por el miedo que domina mi cuerpo ante la presencia de tales seres, y también a corto plazo e impuesto por las circunstancias, que me acostumbrase a vivir en su compañía en la medida que vivir en esas condiciones es posible.

Esto hizo que me viera obligado a limpiar, si es que a aquello que yo hacía podía llamársele limpiar, aquel espacio que consideraba como propio, y llevado por el asco y el odio hacia mi vecino, convertía aquello en una dantesca escena en la que, inmerso en un ataque de rabia, acababa como un poseso, chillando y pegándole patadas a todo aquello que encontraba delante de mis pies, lo que fue haciendo que tanto su portal como las paredes, antaño blancas, o al menos acreedoras de dicho adjetivo aunque fuese vagamente, estuviesen teñidas de infinidad de manchas multicolor, producto de mis siempre justificados ataques de histeria.

No recuerdo con qué frecuencia se daba en mí este comportamiento, pero sí que no fue así siempre, sino que adoptando su propia estrategia, se incrementó de forma gradual y lo que fue durante un breve periodo de tiempo un ejercicio de pulcra resignación pasó a ser unas palabras subidas de tono dirigidas contra la puerta tras la cual se encontraba presumiblemente el viejo, y acabó convirtiéndose en una estimulante, he de reconocerlo, y obsesiva actividad que fue acrecentándose en violencia e intensidad, a causa de la más que previsible impunidad de que disfrutaba, desembocando en una demostración de mi fuerza física, un espectáculo en el cual se mezclaban tanto las enérgicas patadas que le propinaba a todo cuanto veía, ya fuesen botellas, que muchas veces y con inmensa satisfacción por mi parte acababan por hacerse mil pedazos contra su puerta, ratas, que si eran cogidas desprevenidas se encontraban ante su propia sorpresa sobrevolando tras un violento despegue aquellos desperdicios con los que tanto parecían disfrutar, restos de comida o bolsas de plástico, como las gesticulaciones que llevaba a cabo, imagino que ridículas, y los gritos comparables a los de un supuesto hereje siendo torturado por la Santa Inquisición, que dejaron de contener palabras con sentido para pasar a ser una prueba de resistencia y potencia para mis cuerdas vocales. Frente a esto, nunca encontré más réplica que el silencio del sólido bloque de madera color caoba que daba entrada a su casa, decorado por mí mismo al estilo de algún probable pintor contemporáneo de renombre. Eso, obviamente, si no considero su interminable y constante vertido de desechos como una silenciosa respuesta, como una burla a mis inútiles y espontáneas escenificaciones, como una forma de decirme quién era el dueño y señor de aquel lugar.

No es necesario mencionar el hedor que todo aquello desprendía, que me considero incapaz de describir, y que se convirtió, a pesar mío, en mi inseparable compañero, hasta que normalmente dos, y en algunas ocasiones tan sólo una vez al mes, venía su hijo, más que a verle, a certificar que seguía vivo, por la brevedad y frecuencia de las visitas, y metódicamente limpiaba, siempre con el permiso de las ratas, aquel espacio que a su padre tanto esfuerzo le había costado acondicionar a su gusto. Sólo entonces remitía ligeramente aquel olor asqueroso, para volver a los pocos días con todo su poderío e invadir con la grandeza de un Carlomagno o un Atila cualquier rincón de mi casa, venciendo con inusitada facilidad a las decenas de ambientadores comerciales que tenía distribuidos por toda ella.

(...)

Comentarios

Pero qué assssssssssco!

Dos palabras: Servicios Sociales.

(Nosotros tenemos una versión más refinada de vecino "mosca cojonera". Más del estilo "me da por barrer y tirar la porquería por el balcón justo cuando has tendido las sábanas, fíjate qué casualidad"...)

mysstika [Web]
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