
Como siempre, foto cortesía de Alex.
Vuelvo hoy con una entrada de hace algún tiempo correspondiente a un fragmento de El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Un libro muy divertido y totalmente recomendable.
«Popularmente se supone que los africanos rebosan sabiduría indígena y conocimientos ancestrales sobre plantas y animales. Son expertos en su identificación por el rastro, el olor o las señales que dejan en los árboles y se embarcan en meticulosos análisis encaminados a determinar a qué planta pertenece una hoja, fruto o corteza. Para infortunio suyo, los occidentales suelen actuar de una manera interesada en sus interpretaciones. En la época en que se daba por sentada la superioridad cultural de Occidente, era intuitivamente evidente que todos los africanos se equivocaban en la mayoría de las cosas y que simplemente no eran muy listos. Por lo tanto, no era de extrañar que sus mentes no fueran nunca más allá de sus estómagos. El antropólogo se encontraba de forma inevitable en el papel de refutador de esta concepción del hombre primitivo. A él le tocaba demostrar que cierta lógica guiaba su comportamiento y que seguramente su sabiduría escapaba al observador occidental. En esta época de neorromanticismo, el antropólogo ético se sorprende al encontrarse de repente en el otro extremo. Actualmente, el hombre primitivo es utilizado por los occidentales, igual que lo fue por Rousseau o por Montaigne, para demostrar algo referente a su propia sociedad y reprobar los aspectos de la misma que les parecen poco atractivos. Los “pensadores” contemporáneos tienen el juicio fundamentado y equitativo en tan poca consideración como sus antecesores. Un ejemplo que me impresionó especialmente antes incluso de ir al país Dowayo fue una exposición de objetos de los indios pieles rojas. En ella se exhibía una canoa de madera y nos informaban que “las canoas de madera funcionan en armonía con el entorno y no son contaminantes”; junto a ella había una fotografía del proceso de contrucción en la que aparecían los indios quemando grandes extensiones de bosque para obtener la madera adecuada y dejar que se pudriera el resto. El “noble salvaje” se ha alzado de su tumba y se encuentra vivito y coleando en el noroeste de Londres, igual que en algunos departamentos de antropología.
Lo cierto es que los dowayos sabían menos de los animales de la estepa africana que yo. Como rastreadores, distinguían las huellas de motocicleta de las humanas, pero esa era la cima de su conocimiento. Al igual que la mayoría de los africanos, creían que los camaleones eran venenosos y me aseguraron que las cobras eran inofensivas. Ignoraban que los gusanos se convierten en mariposa, no distinguían un pájaro de otro ni te podías fiar de que identificaran bien un árbol. Muchas plantas carecían de nombre aún cuando las usaran con frecuencia; para referirse a ella tenían que dar largas explicaciones: “La planta que se usa para extraer la corteza con la que se fabrica el tinte.” Gran parte de los animales de caza se habían extinguido debido al uso de trampas. En lo que se refiere a “vivir en armonía con la naturaleza”, a los dowayos les quedaba mucho camino por recorrer. Con frecuencia me reprochaban no haber traído una ametralladora de la tierra de los blancos para poder así erradicar las patéticas manadas de antílopes que todavía existen en su territorio. Cuando los dowayos empezaron a cultivar algodón para el monopolio estatal, les suministraron grandes cantidades de pesticidas, que ellos inmediatamente aplicaron a la pesca. Arrojaban el producto a los ríos para después recoger los peces envenenados que flotaban en la superficie. Esta ponzoña sustituyó rápidamente a la corteza de árbol que habían utilizado tradicionalmente para ahogar a los peces. “Es maravilloso -explicaban-. Lo echas y mata todo, peces pequeños y peces grandes, a lo largo de kilómetros.”»
Sin ninguna razón aparente, esta tarde de viernes recupero una entrada de hace ya más de cinco años —hay que ver cómo pasa el tiempo—, de cuando escribía más y escalaba menos. Espero que les guste. Las cosas no han cambiado, desgraciadamente.
–
¿Saben esos días en los que todo el mundo les parece que es idiota? ¿Esos días en los que entienden porqué Einstein dijo aquello tan famoso sobre la estupidez humana y el universo? ¿Esos días en los que piensan que el animal más inteligente es el delfín, el mono o cualquier otra cosa menos el ser humano? ¿Y además, esos días que piensan, intuyen, adivinan, encuentran ese tipo de pensamientos en su cabeza… sin razón alguna? ¿Sí? ¿No? ¿No sabe, no contesta, lo mismo me da carne que pescado? Pues yo, señores y señoras, últimamente tengo muchos de esos días. Y es que no hago más que meterme con la gente, en cuanto pienso un poco. Intuyo que eso debe ser que estoy profundamente frustrado, pero me queda adivinar en qué. Bueno, en cualquier caso; hagan en favor de no ofendérseme. Ya saben que esto mío es todo mental y con medicación se cura. Bien, comenzamos.
Y empiezo, a pesar del párrafo previo de preparación, avisando de que a mí no es que me guste tocar los cojones (a excepción de los míos, claro), siempre en un sentido figurado, ni perder lectores, actuales o potenciales; de los pasados ya ni me preocupo. Cuantos más lectores, mejor que mejor, a quién quiero engañar. Pero vamos a ser sinceros, con esto de la democratización de Internet se da cuenta uno de que hay mucho analfabetismo, digamos, “de baja intensidad”. Ha salido a la luz igual que los caracoles cuando llueve, hasta de debajo de las piedras. Es un poco como cuando te pones a mirar las estanterías de tu habitación, que parecen a vista de pájaro impolutas, y cuando pasas el dedo por la superficie te das cuenta de la cantidad de mierda que te rodea. Y miras a otro lado y sigues con tu vida que a ti la mierda no te ha hecho nada. Perdónenme la triste analogía, pero no se me ocurre ninguna mejor. Bien, no es que sea yo Juan Manuel de Prada o Auster, por citar a dos sujetos que seguro que les suenan, pero la realidad es que bastantes de los que escriben, lo hacen mal, terriblemente mal, horriblemente mal. Coño, muy mal. Y no piensen en esos cuatro, cinco, diez o cincuenta blogs que leen habitualmente, sino en los millones que existen, y consideren la proporción. Sí, eso es: bastantes. Antes se escondían en la confidencialidad y soledad de sus diarios, y nadie se veía expuesto a su miseria literaria e intelectual; pero eso ya nunca más, por suerte o por desgracia. El caso es que sencillamente no saben escribir. Voy a repetir eso: no saben escribir. Y ahora insisto en lo de antes: tampoco es que yo me considere Calderón de la Barca o el bueno de Shakespeare. No.
Sólo digo que muchos no tienen ni puta idea. No un poco, ni un algo, no: ni-puta-idea. Y sí, en esto sí, yo, un servidor, moi, se excluye. Sí. Ya conocen ustedes mi ego y mi orgullo, nada nuevo bajo el sol. Ahora la pertinente lista de excepciones a la norma. No me refiero a la gente que escribe como si tuviese únicamente veinte caracteres a su disposición. Ni a los que tienen problemas de vocabulario, entre los que discretamente podría incluirme. Ni siquiera aquellos que escriben como si los acentos fuesen algún capricho prescindible, que ignoran el uso más básico de los signos de puntuación o que incluso hacen todo eso a la vez, deben sentirse aludidos. Bueno, quizá un poco sí, pero eso es cosa suya.
Estoy hablando, simple y llanamente, de esos que no saben cuándo utilizar a ver y cuándo haber, aquellos que confunden el uso de la uve (v) con el uso de la be (b), o la elle (ll) y la i griega (y). O no saben que después de la eme (m), viene la pe (p). No, no la Pe, sino la pe. Y no sólo eso, sino que además se equivocan de manera sistemática —un mal día lo tiene cualquiera, díganmelo a mi— y además no tienen el menor interés por corregir sus fallos. Bueno, en cualquier caso. Que sí. Que llámenme ustedes fascista lingüístico, aristócrata del lenguaje o lo que quieran llamarme para sentirse en paz con sus ideales de libertad, igualdad, y fraternidad, pero afirmo y mantengo que Internet está lleno de gente que no sabe que es casi analfabeta… de baja intensidad.
Y tengan cuidado. Es contagioso y lo peor es que cada vez lo toleramos más. Sean intransigentes, por lo que más quieran. Son muchos años de cultura como para tirarlos por la borda caprichosamente.
–
(Pueden buscar fallos de todo tipo en esta entrada; seguro que alguno se me ha colado)