29 febrero 2008

No hay mal que por bien no venga

Hace mucho que Andrés no tiene tiempo para nada. Ayer por la noche, a altas horas de la madrugada, mientras finalizaba un informe y un desagradable sudor frio le caía por la espalda, sintió un intenso dolor en el pecho, e instantes después cayó al suelo como una losa. Al momento, apareció mágicamente en su despacho una mujer ataviada con una sotana negra y una inmensa capucha que ocultaba su rostro entre las sombras, al tiempo que sostenia una gran guadaña; su altura y envergadura era tal que apenas cabía en la habitación. Se acercó a él con paso lento, se inclinó con suavidad y solemnidad, y tras mirarle unos segundos a los ojos, le dijo con voz grave y cavernosa: «Bueno… que digo yo… que si eso ya me paso más tarde, que te veo liado».

26 febrero 2008

laifs biurifol

Si les digo que no tengo tiempo para escribir, espero que se lo crean. Claro que hagan lo que hagan, eso no cambiaría mucho, más que la percepción que tienen de mi persona y su credibilidad (i.e. la de mi persona) en un ámbito más bien reducido de la población mundial, algo que admitámoslo, no es mucho en términos universales; también es verdad que si lo reducimos todo a esos términos, alguien podría decir que nada que pensemos es mucho. Eso es falso, no obstante. Golpeen con todas sus fuerzas el dedo meñique de su mano derecha con un martillo, y les puedo asegurar que no habrá nada tan intenso, grande y descomunal como su dolor, incluso en términos universales. Así que no desprecien su punto de vista, es importante.

En cualquier caso, más allá de reflexiones que no merecen ser llamadas así, es cierto, créanme: no tengo tiempo. Así que tras esta breve introducción les dejo con una canción de The Killers que acaba de pasar hace un momento por el Winamp, en versión iutub, y una frase con la que, a las tres y media de la mañana en un laboratorio del Georgia Tech hace algo más de siete años, Jimmy Chang y yo cerramos un trabajo de Arquitectura de Computadores:

Life is beautiful

25 febrero 2008

Iluminati

Como saben, durante esta semana pasada estuve recibiendo comentarios ofensivos, grotescos, o llámenlos como quieran, que provocaron que moderase las contribuciones. Al parecer, y como ya comenté, la causa de todo el follón —que no es, como podría suponerse, un foll*dor compulsivo— fue un comentario subido de tono en el blog de Enrique Dans. En principio, la “tormenta” (no fue para tanto) ya ha pasado, aunque nunca se sabe. Les confieso que todo esto ha sido un poco raro; o más bien, su autor es un tipo un poco extraño; igual pasa de la adulación al “insulto” en unos minutos, o igual se muestra amable que adopta un curioso tono paternal o imperativo. En definitiva, que es un sujeto curioso.

Volviendo a lo que les decía, la respuesta de mi señora a lo que pasó, fue poco más o menos un «te lo mereces, por buscabullas». Vale, lo admito, es cierto. La mayor parte de las veces me lo merezco por camorrista, aunque eso no implique que esté de acuerdo con el abuso aplicado sobre este blog como “correctivo”. Diciéndolo de una forma diferente, confieso que me gusta críticar y me gusta hacerlo “con fuerza”. Y ese es el problema, porque aunque *siempre* esas críticas tienen una opinión de base, con la que se puede estar de acuerdo o no, el lenguaje que utilizo suele ser con frecuencia demasiado agresivo, tanto más cuanto menos de acuerdo estoy con el destinatario de mi crítica o más en posesión de la verdad se cree éste (o, puntualicemos, esa sensación me da a mí); a menudo, éste es lo suficiente corrosivo para que el interlocutor se sienta justificado a tomar mis palabras como una agresión personal, e incluso para que en alguna ocasión, un par de horas después acabe pensando que quizá me haya extralimitado, al menos en las formas.

Pero, y he aquí el necesario pero, es que toda la retórica que acompaña a esas críticas me puede: me divierte una barbaridad; supongo que heredé esa afición por la discusión como fin en sí misma de las Usenet News (i.e. los grupos de discusión) mientras estuve en Atlanta, y la conservo; es por otra parte un sano ejercicio, mientras no se lo tomen en serio (y yo a veces lo hago). A lo que voy, es que en algunas ocasiones —no en todas, por supuesto— suelo soltar los dedos con demasiada facilidad y sobre todo, demasiada mala leche, y cuando veo que el interlocutor se muestra razonable, casi siempre me veo obligado a puntualizar mis comentarios y comerme el tono de mis palabras, que no la crítica en sí (a no ser, claro, que efectivamente constate —o reconozca— que estoy equivocado). Claro que cuando la otra persona se siente comprensiblemente agredida y responde a la crítica de la misma forma, entonces sí me divierto, y casi diría que la otra parte también.

Lo sé, no está bien, pero quería explicárselo que hoy me he levantado sincero (y bastante espeso). Además, estarán de acuerdo en que ya somos demasiados iluminados andando por este mundo y qué quieren, yo soy así y la Lola se va a los puertos.

22 febrero 2008

Cosas que la gente ya sabe

No es país para viejos

Recordarán que la semana pasada les dije que tenía intención de ir a ver No es país para viejos. Por suerte, y eso debería adelantarles mi impresión de lo que ví, fuí. Sin duda todos han oído hablar de la película, básicamente porque sale Javier Bardem y eso ha provocado que la publicidad gratuita (¿?) a base de telediarios, entrevistas y programas varios haya sido considerable. En cualquier caso, al César lo que es del César: en mi opinión (típica coletilla absurda, ¿de quién va a ser si esto lo escribo yo?) Bardem hace un papelón. Que otros actores podrían haber dado la talla al mismo nivel, como he leído en algún blog, pues sí, pero igual que en tantas otras películas, y con tantos otros actores, así que para qué especular.

Tranquilos, no les voy a desvelar nada del argumento. Sólo diré que la película me gustó mucho, y aunque no llega al nivel de molestia de “lanza clavada en un costado” que tienes mientras estás leyendo el libro, sí que tiene “algo” que incomoda pero que no soy capaz de identificar; quizá la dirección de los hermanos Coen, la historia en sí o la forma de narrarla. En cualquier caso, esa piedra en el zapato, lejos de suponer un problema, es lo que la saca del convencionalismo y la mete en la diferencia, haciéndola interesante y lo buena que es, aunque más de uno acabe discrepando con mi opinión tras su visionado. Ya me dirán.

En definitiva, una película más que recomendable. Y nada más por el momento, así que ya ven que mierda de entrada. Luego si tengo un rato, les cuento sobre mi afición a la controversia, por decirlo de alguna forma, y la diversión que sin saberlo me está proporcionando un idiota que se empeña en querer molestar (no, chico, no, todo lo contrario).