29 junio 2007

“Oye, ¿te puedo hacer una consulta?”

No deja de resultarme divertida esa situación que se produce cada cierto tiempo, cuando alguna persona con quien apenas habré hablado un par de veces en los últimos seis meses, se conecta de repente al MSN -¡qué sorpresa, si tenías Internet!- y tras un par de preguntas de cortesía, intentando que no parezca que le mueve únicamente el interés, deja caer la habitual pregunta de marras: Oye, ¿te puedo hacer una consulta?, tras lo cual viene, por supuesto, un problema informático. Una vez resuelto éste de manera satisfactoria, como es natural y deseable, la persona desaparece con la misma rapidez que apareció, privada súbitamente al parecer de su conexión al ciberespacio.

Pues bien, para que esas personas no se queden con la impresión de que soy más idiota de lo que ya soy, o que quizá no me doy cuenta de las cosas, en lo sucesivo voy a basar mi grado de colaboración a esa pregunta en el nivel de hipocresía de las anteriores cuestiones “introductorias”, en una relación inversamente proporcional, sin que ello, no obstante, implique en sí mismo grado alguno de ayuda. Así al menos ahorraremos tiempo (y dinero).

Ah, sí, eso, la disculpa: «perdonen, he dormido poco.» Por lo demás, buen fin de semana; les veo la semana que viene.

Insomnio

Te quedas quieto, dejas de pensar, y escuchas. Algunos lentamente, y otros más rápido, van acudiendo a tu llamada. A lo lejos, el frigorífico haciendo frente a los rigores del verano más caluroso del último siglo, para no faltar a la tradición. La ausencia de puertas en la cocina hace que su sonido llegue claramente hasta la habitación; fue un regalo no regalado de mi hermano, y hasta el momento, con unos muy meritorios esfuerzos, ha cumplido con las expectativas. Debajo de la cama, la perra durmiendo, con su delgadez anoréxica y su respiración algo acelerada; por lo que la oigo, casi diría que este pobre bicho padece asma; es alarmante lo que ha encogido su cuerpo los últimos días, a causa -suponemos- del ejercicio físico. Ella a mi lado, respirando despacio. Inspira y espira, con una cadencia rítmica que carece de altibajos y pausas apreciables; con limpieza, casi puedo sentir el aire entrando y saliendo de sus pulmones. Y por fin, triunfante, encima de todos ellos, en el papel tanto de melodía acompañante de fondo como de ruido que los amortigua y los confunde, el sonido de los coches que pasan siete metros debajo de mis pies a sesenta kilómetros por hora por una calle de tres carriles, con personas que van y vuelven del trabajo, y frente al que unas frágiles ventanas que tienen con toda probabilidad más edad que uno mismo apenas pueden hacer nada.

Mientras, permanezco aquí tumbado dando vueltas sin poder dormir. Son las siete.

28 junio 2007

Por su seguridad: aprenda inglés

(Esto, en Security Art Work. Luego, más, a lo mejor.)

Como algunos de ustedes probablemente saben, he pasado la última semana de vacaciones en Sassari -Cerdeña-, disfrutando del sol, la playa, y comiendo pasta y pizza. Sí, eso y poco más, que ya es bastante. Aprovechando un vuelo de Ryanair, una de las principales compañias aéreas de bajo coste, me planté en la isla por poco más de setenta euros por persona, ida y vuelta. El caso es que me llamó la atención que en el viaje de ida ninguno de los mensajes habituales acerca del uso y localización de los distintos mecanismos de emergencia, tales como chalecos salvavidas, cinturones, máscaras de oxígeno o las propias salidas de emergencia estuviera en castellano, catalán, o italiano, cuando tales son las lenguas oficiales -o co-oficiales- de la ciudad origen y de la de destino, respectivamente. No, todos los mensajes estaban en inglés.

No puede decirse que yo sea totalmente bilingüe en relación al inglés, pero me defiendo con relativa soltura, y he volado lo suficiente como para saber -o creer saber- dónde está cada cosa y cómo utilizarla; afortunadamente, jamás ha sido necesario llevar ese conocimiento a la práctica, porque entonces veríamos si lo que creo saber es lo que sé en realidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que estos mensajes se emiten, asumo, con la intención de incrementar la seguridad de los pasajeros en el caso de producirse un posible accidente o fallo aéreo, disminuyendo así el riesgo personal de cada uno de ellos al saber utilizar los mecanismos proporcionados, carece de sentido que se emitan en una única lengua que no es, probablemente, la que conocen la gran mayoría de sus receptores.

En otras palabras, y acabando de aplicar terminología de seguridad informática al mundo físico, si dedicamos recursos tanto humanos como económicos a instalar y revisar controles que reduzcan el riesgo e incrementen la seguridad de las personas, ¿qué sentido tiene que esas personas no sepan cómo hacer uso de ellos llegado un potencial problema de seguridad?

20 junio 2007

Borregos ‘r’ us

Como es posible que sepan, una de las muchas críticas que se le hacen al llamado mundo occidental -o civilizado, si quieren, y no diré nada al respecto- en su “relación” con el también llamado Tercer Mundo -o subdesarrollado, si quieren, y aquí tampoco diré nada al respecto- es que les proveemos de alimentos pero no les dotamos del conocimiento y la tecnología que les permita cultivarlos por ellos mismos. Claro que aunque lo hagan, luego no dejamos que les salga rentable vendérnoslos, pero de eso ya hablaremos otro día.

Bien, pues algo parecido he pensado hace un rato al leer esta noticia sobre la nueva campaña de prohibición de publicidad del alcohol destinada a los jóvenes. Supongo que en lugar de educar a las personas a tomar decisiones por sí mismas, en lugar de proveerlas de un aparato crítico para que puedan pensar por sí mismas, resulta mucho más sencillo y conveniente decirles lo que pueden hacer y lo que no mediante un divertido sistema de prohibiciones. Mejor mantener agilipollada a la población -toros, fúrgol, OT, Gran Hermano y olé- que plantearse qué es lo que se está haciendo mal para que, por ejemplo, el consumo de cocaína entre los menores se haya disparado, o un chaval de quince años beba tres cuatro o cinco veces más alcohol que yo cualquier fin de semana (les doy una pista: entre otras cosas el sistema educativo actual es una mierda, y eso no crean que implica que el anterior fuese excepcional). ¿Conocen aquello de matar moscas a cañonazos? Pues eso.

No es cuestión de victimizar a la juventud sino de hacer una mínima reflexión, aunque como siempre les digo, una persona que piensa se convierte en un potencial problema, y por supuesto eso no interesa a nadie. Se vuelve peligrosa.

Creo que ya se lo he dicho, pero estaré en Sassari hasta el miércoles que viene, así que si alguien desea algo, tendrá que esperar un poco. Sean buenos mientras tanto.

19 junio 2007

Cosas que me sacan de quicio

(No se olviden por favor de esta perrilla, que necesita un hogar para vivir)

Soy una persona calmada y tranquila. Siempre lo he sido. Una de esas que pueden estar en medio de una gran vía parado durante media hora sin rechistar, de esas que pueden estar en un atasco en la autopista durante horas sin hacer de eso un drama. Pero las cosas como son, hay personas y situaciones que me sacan de quicio, y esta mañana me he topado con una de ellas; una persona y una situación. Les cuento.

Ayer por la noche aparqué en una calle cercana a mi casa, en la que hay un colegio de primaria y párvulos, si no estoy equivocado y son lo mismo. La calle en cuestión, en la que vivían hace unos años mis abuelos maternos, tiene una longitud de trescientos metros y es en los dos primeros tercios bastante estrecha, a lo que hay que sumarle los coches aparcados a la derecha encima de la acera. Como es natural, a las nueve de la mañana, hora a la que cojo habitualmente el coche para ir a trabajar, está llena de madres, padres y críos que entran al colegio. No suelo aparcar allí si no tengo necesidad, pero ayer no me quedaba otro remedio. Así que esta mañana he cogido el coche, y a paso de peatón, deteniéndome cuando era pertinente y necesario, he avanzado hacia el final de la calle, sin meterle prisa a nadie, sin tocar el claxón, y asumiendo las circunstancias del momento. Pero he aquí que al llegar a la puerta del parvulario, tras estar parado más de dos minutos esperando que la gente me abriese paso (no hablamos de cincuenta mil personas) un hombre de quizá sesenta años que llevaba a su nieto al colegio me mira y me escupe: “No tienes vergüenza”, haciendo referencia sin duda a la circulación de mi coche por allí a esas horas de la mañana.

Como les decía al principio, acostumbro a ser una persona conciliadora, pero no siempre. Los gilipollas integrales me sacan de quicio. Entiendo que hay que llevar cuidado, que un chiquillo es algo frágil, y que hay que tomar las precauciones debidas. Pero también que si he aparcado al principio de una calle que no es peatonal y tengo que coger el coche para ir a trabajar, tengo todo el derecho a hacerlo llevando, según lo dicho, el cuidado oportuno. No recuerdo toda la “conversación”, pero en pocos detalles, cometo el error de contestar a su impertinencia -con su misma cordialidad- diciéndole que no tengo otra manera de sacar el coche para ir a trabajar y que me dé otra solución, a lo que responde que sabe como va él a trabajar, no cómo voy yo.

No suelo perder los estribos, pero en este caso, la estupidez me ha superado y le he respondido literalmente “Señor, es usted francamente imbécil”, y antes de que las cosas llegasen a mayores, con bastante mala ostia, he seguido mi camino. Y es que ya les digo que a los gilipollas integrales no los trago y en algunas ocasiones, hasta me sacan de mis casillas.

(Para acabar, les dejo con un homenaje a un grande que se nos ha ido hoy)