30 mayo 2007

¿Es la gente… gilipollas?

Ya sé lo que les dije el otro día acerca de escribir ficción, pero hay ciertas cosas a las que no puede uno resistirse; me van a disculpar si el siguiente comentario es algo largo. Al menos lo intentaré hacer ameno en la medida de mis posibilidades, que no nos engañemos, no son muchas. Tampoco crean que les voy a decir nada nuevo; en esto de la reflexión política, si es que se atreven ustedes a utilizar tal denominación, no soy nada innovador. Más bien al contrario, soy bastante típico, pero qué le voy a hacer. Lo que venía a contarles hoy es que un rato después de acabar de escribir la entrada del otro día, ví en Noche Hache una pequeña encuesta a pie de calle hecha por Marta Nebot en la que se le preguntaba al viandante sobre temas de política. Sí, claro que sé que Cuatro es una cadena sociata, pero eso no viene al caso ahora. El caso es que hubo dos que me llamaron especialmente la atención, aunque en conjunto eran todas las opiniones bastante deprimentes. En la primera de ellas, una mujer acusaba al PSOE de intentar hacer creer a los españoles que ETA había sido la causante del 11-M. Tras unos momentos de vacilación, no le quedó más remedio que admitir que se estaba liando; menos mal que se dió cuenta. Sin embargo, la mejor era la segunda que recuerdo, que es la que da origen a esta entrada.

La encuestadora le pregunta a una mujer de quizá cincuentaytantos qué opina de ZP, a lo que esta responde literalmente Es un gilipollas. Su interlocutora le pregunta, asombrada, cuáles son las razones para tal opinión, y contesta algo como que es un gilipollas porque lo dice su hermano, que siempre está metiéndose con él. Tras esta asombrosa gilipollez, esta vez sí, mi señora L., bastante indignada, me pregunta si es que la gente es gilipollas. Y yo, aparte de contestarle que sí, que la gente es efectiva y profundamente gilipollas, les traslado la pregunta a ustedes, a pesar de la redundancia del insulto: ¿Creen que es la gente gilipollas? No, no estoy siendo laxo en el uso del lenguaje. No interpreten nada: ¿es la gente gilipollas?

Y no me refiero sólo a esta buena y paleta señora (perdóneme buena mujer, pero puestos a ello, seguro que su hermano opina lo mismo que yo). Si sólo fuese esta tonta, otro gallo nos cantaría. A lo que voy es a cómo es posible que la gente que ha salido más reforzada de estas elecciones sean los especuladores del ladrillo [gracias, primo] y muchos sujetos políticos de dudosa reputación y peores escrúpulos, imputados por delitos más que sospechosos; Fabra es el primero que me viene a la cabeza. O cómo es posible que aún haya gente que crea que ETA tuvo algo que ver en el 11-M, o el populacho ignore conscientemente o disculpe barbaridades urbanísticas simplemente porque la causa de éstas es la construcción del estadio de “tu equipo”. Para mí, esto es casi incomprensible. Verán, hace unas semanas salía en prensa el señor Alfonso Rus, alcalde de Xàtiva, porque al parecer había llamado burros a sus propios votantes, ya que en un mítin había prometido que llevaría la playa a Xàtiva, y eso le había conseguido la reelección. Para los que no la conozcan, Xàtiva es una bonita ciudad que está situada aproximadamente a cuarenta y cinco (45) kilómetros de Valencia hacia el interior [actualización 12:25h], segun la Wikipedia. Sí, ni más ni menos. Cuarenta-y-cinco. Cágate lorito. Mucho tiene que subir el nivel del mar para que Xàtiva vea algún día las olas del Mediterráneo.

Por supuesto, esto es lo que el sujeto este, por llamarlo de alguna forma, opina. Otra cosa es que realmente la gente creyese esta promesa y por eso le votase, aunque el hecho es que esta bonita ciudad hizo alcalde a un señor que decía que iba a llevar la playa a Xàtiva, cosa que es literalmente imposible; no sé de qué se asombra El Levante de que les llame burros, ni a qué viene tal indignación periodística. Porque sí, efectivamente son burros y muchas cosas peores. La gente se cree lo que un tipo subido en un pedestal le diga. La gente se cree que un producto es mejor que otro simplemente porque un médico, un actor o un presentador se lo dice en televisión. Porque básicamente, e incido, la gente es tonta. No sé si pillan la idea que quiero transmitir, aunque creo que sí. Esto es de alguna forma como el anuncio del Smart; metiendo dinero y gente, puedes hacer que la gente se crea cualquier cosa.

Hace algunos meses ya, cuando aún estudiaba la eternamente inacabada carrera de Filosofía, tuve una pequeña discusión en clase en torno a la capacidad de la gente para pensar por sí sola. En un extremo de la balanza, el individuo es capaz de tomar sus propias decisiones de manera autónoma en todas las circunstancias posibles, y si no lo hace así, se le culpabiliza por no llevar las riendas de su propia vida. Algo como esto es una utopía y me parece totalmente injusto. La gente no tiene siempre el tiempo, la formación y la capacidad para ello, y es totalmente comprensible que adopte modelos ajenos de conducta, opinión o ideológicos en ciertos ámbitos; todos lo hacemos de vez en cuando, y no hay nada de malo en ello. No obstante, eso no tiene porqué hacerle perder una posición crítica en muchos otros aspectos. En el otro extremo se plantea que, puesto que el sujeto carece de, como decía, la formación, el tiempo y la capacidad, no se le puede pedir que piense por sí mismo, y se le victimiza; es la sociedad la que le subyuga y le vuelve idiota. Pues no, perdone. Las cosas no acostumbran a ser blancas o negras, así que la cuestión reside en buscar el punto intermedio entre ambos extremos. Para variar.

Enlazando la idiotez no congénita y aprendida de las personas con nuestros amigos los políticos, uno podría pensar que un ciudadano formado y con capacidad de análisis crítico sería beneficioso, ya que votaría a la que considerase la mejor opción tras un análisis de cada uno de los programas electorales. Claro que eso implicaría la necesidad de que los políticos desarrollasen propuestas electorales viables (más playas en Xàtiva: conectar mediante AVE *todas* las capitales de provincia. Vamos, señor Rajoy, no nos haga perder el tiempo…) y discursos tanto razonados como razonables. Pero por desgracia, los políticos son conscientes del esfuerzo -y a menudo, de su incapacidad- para hacer tal cosa, por lo que escojen el camino rápido que es agilipollar a la gente y así poder manipularla sin más que subirse a un estrado y gritar cuatro tonterías a pleno pulmón llenas de descalificaciones.

Concluyo. Esta entrada es simplemente una respuesta a la incógnita de cómo es posible que los más beneficiados por las elecciones sean los sinvergüenzas de siempre que todo el mundo ya conoce. Sí, la gente es idiota. Tonta. Gilipollas. Faba. Imbécil. Y aunque a nadie se le pueden pedir imposibles, tampoco a nadie se le puede excusar de toda capacidad crítica. Y como creo que ya les he dicho, a los hechos me remito.

Por lo demás, llegada la temporada de verano, van a haber algunos ligeros cambios en el blog, que afectan sobre todo a la periocidad de publicación. En estos momentos, estoy poniendo a razón de una entrada diaria, algo que creo que incluso puede ser demasiado para algunas personas de las que me leen. Tengan en cuenta que tengo que trabajar, salir a correr, hacer la cena, tareas de limpieza varias, sacar a Samy de paseo, comprar cuando se tercia, escribir algo más serio, y tareas diversas. Y todo eso, dejándole a mi señora su correspondiente parte de tiempo y protagonismo. Imagínense. Así que de una al día vamos a pasar a una cada dos días o de vez en cuando, incluso una cada tres días. Aunque seguramente me conocen bastante bien; digo esto y seguro que sigo como hasta ahora. Ya veremos, pero al menos quedan advertidos.

29 mayo 2007

Operación bikini

(Mañana les cuento algo más, que ya vale de tanta palabrería…)

Hoy puede ser podía haber sido un gran día

Hoy podía haber sido un día normal. Un día normal, a pesar de ser lunes. Un día normal, a pesar de no haber ganado el concurso que les comentaba en la anterior entrada; como les decía, tenía alguna leve esperanza, pero nada más. Un día normal, a pesar de tener bastante sueño y el estómago revuelto. Un día normal. Normal, corriente, vulgar, típico, habitual, rutinario, aburrido. Un lunes, un maldito lunes. Pero no, claro; a santo de qué, ójala. En su lugar, ha sido un día de taller, un día de gasto no planificado, un día de Renault Megane Campeón del Mundo 2005 y 2006 y a mi qué. Imagínense el resto. Con lo que me gustan a mi los lunes normales corrientes vulgares típicos habituales rutinarios y aburridos. Ya les digo.

¿Pero saben qué? He decidido pasar del tema. Ni a ustedes ni a mí nos llevará a ningún sitio que me lamente y arruine el resto del día, así que para qué, ¿no creen? Eso no significa que lo que voy a contarles, no vaya a fastidiarles lo poco que queda de lunes, si es que no hemos entrado en el martes cuando acabe esto. Y es que vengo a hablarles de política, pero no de éste o aquél, no. De política en general.

Y es que cuando llega una fecha señalada como la del pasado domingo, siempre me encuentro en el mismo dilema, que no es ni mucho menos a quién votar, sino si votar o no votar; y les aseguro que no es vagancia, porque ahora de hecho tengo la mesa electoral a doscientos metros escasos de la puerta de mi casa. Verán, el problema es que tengo una confianza nula en los políticos. Admito que hay algunos mejores que otros, pero dado que el voto se da por cuatro años y durante todo ese tiempo en la gestión intervienen un número indefinido de sujetos, no todos de ellos de confianza, pues no me fío. Pero no se equivoquen; ni de un lado de la moneda ni del otro. Supongo que parte de mi desconfianza parte del hecho, y que nadie se me enfade, de que la mayoría de políticos -aunque no todos- provienen del funcionariado, un gremio que no se caracteriza precisamente por el trabajo duro, y que pienso que el baremo para ascender en la carrera política no son siempre los méritos, sino más bien y a menudo la falta de escrúpulos. Vamos, en pocas palabras, que mi problema es que pienso que la mayoría están ahí para forrarse. Soy un malpensado, lo sé. Otro problema es el de la democracia representativa, pero de eso ya hablaremos otro día, que el tema de la posibilidad o no de la democracia participativa da para mucho. Aunque ese tipo de democracia interesa menos, claro.

Conozco algunas de las objeciones a esto. Que nos ha costado mucho conseguir una democracia y que al no votar no tengo por tanto derecho a quejarme de la gestión de nuestros gobernantes. No puedo contestar a la primera, así que a los hechos me remito, tanto en el caso socialista como en el de derechas. Y como contestación a la segunda, creo que pagar religiosamente mis impuestos me da algún tipo de derecho, aunque sea pequeño, a opinar sobre lo que hacen con mi dinero.

Y eso es todo de momento. Por supuesto, este tema da para mucho más, ¿pero qué esperan? Esto es un blog, no la Encyclopaedia Britannica. Es tarde y estoy cansado, por lo que tendrán que conformarse con eso; mis disculpas. Como era de esperar, ya es martes. Espero no haberles arruinado demasiado el día. Sinceramente.

[Actualización 09:37h. Mi señora decía anoche cuando lo acabé que tanto escribir, tanto escribir, para esto: una entrada donde no hago ningún tipo de reflexión mínimamente profunda ni cuento nada interesante o nuevo. Después de leerla, supongo que tenía razón, así que les doy permiso para pasar de puntillas por él y no me lo tengan en cuenta para futuros encuentros. Además, creo que de ahora en adelante el estilo va a ser más de ficción que de otra cosa, que en realidad es lo que me apetece escribir.]

28 mayo 2007

Concursillo

El otro día, un compañero de trabajo me informó sobre un pequeño concurso literario que proponían Escuela de Escritores y la cadena SER. Los microrelatos debían tener un máximo de 600 caracteres y comenzar con la siguiente frase: «El candidato subió a la tribuna, se colocó ante los micrófonos y se quedó en blanco». Mis propuestas fueron las siguientes:

1) Con el alcohol de la noche anterior fluyendo aún por sus venas, le costó cerca de un minuto reaccionar; se sentía mal, muy mal. Qué estúpido puedes llegar a ser. Muévete despacio, chico, y nadie notará nada. Intentó sin éxito tragar saliva; tenía la boca seca, y aquella puta de protocolo no había puesto SU botella Evian en el estrado. Pensó por unos segundos en ella y sus tetas, pero una arcada que a duras penas pudo disimular y menos contener le hizo desaparecer de la tierra. Con el vómito saliendo a borbotones, no tuvo siquiera tiempo para desear estar muerto. Muerto, o muy lejos de allí.

2) Y al vacío le siguió el pánico. Y al pánico, el calor. Allí hacía mucho calor. Sí, seguro que sí, mucho, demasiado calor, sí. Su cuerpo se cubría de sudor y podía sentir cómo su carrera política se la comían las ratas, esas mismas que se extendían a sus pies; treinta mil fieles reconvertidos ahora en diligentes verdugos. No hubo aplausos esta vez; sólo unos desagradables murmullos. Ratas. Unas horas más tarde, una nota de prensa del partido convertiría su silencio en una escenificación de la incomunicación social, pero aquello no evitó que sus propias ratas se lo comiesen vivo.

3) Tranquilo, se dijo, y respiró profundamente, tal y como le habían enseñado en el curso de relajación. Se concentró en sentir el aire llenando sus pulmones, atravesando sus bronquios. Cerró los ojos un segundo, y se vió a si mismo volando por las inmensidades celestiales, flotando como un gorrión, entre nubes color pastel. Sin darle importancia, decidió prolongar su breve ausencia, y sonrió cuando un oso amoroso le saludó tres nubes más allá. Un huevo en mitad de la frente le sacó bruscamente de sus ensoñaciones. Soñar sí, pero cantar, cantar era demasiado hasta para sus votantes.

4) Miró su reloj como referencia temporal. Diez minutos, le había dicho su asesor. Todo eso de la concentración está muy estudiado, así que no lo prolongues más; sólo diez. Lo miró de nuevo. Qué dinero más bien aprovechado, demonios. Daba el pego totalmente. ¡Y qué bien funcionaba! Qué orgulloso se sentía de haber empleado bien su dinero. Lo volvió a mirar. Nueve y medio, y los aplausos habían acabado ya. De repente, el pánico le asaltó. ¿Había cerrado el butano? Dudó un breve segundo, y titubeando, se acercó al micrófono y gritó: “¡Pepe! ¡Sube a mi casa y mira si he apagao el butano, anda!”

Como se pueden imaginar, no he ganado, aunque no les niego que albergaba alguna esperanza de hacerlo. Pero ya saben la gilipollez esa que se dice de que lo importante es participar, ¿no?

(De las elecciones, si les parece bien, ya hablamos otro día…)

26 mayo 2007

Una extraña

«A la mañana siguiente, con un intenso dolor de cabeza y la boca seca como un desierto, abrí los ojos y ví aquella mujer durmiendo a mi lado. Hacía años que nadie se acostaba conmigo por propia iniciativa, por lo que asumí al instante que se trataba de una puta; tampoco tenía ánimos ni fuerzas para indagar mucho más, y me conformé con esa conclusión. La observé durante un momento; desde luego no era lo que se dice una prostituta de lujo, aunque al menos parecía limpia y no olía mal. Pagar una más cara hubiera sido tirar el dinero, si pensaba la cantidad de alcohol que había ingerido la noche anterior; eso me puso nervioso y busqué rápidamente mi cartera con la vista, pero un calambre que atravesó mi espalda me hizo desistir momentáneamente.

No recordaba haberla tocado, y sin embargo allí estaba ella, tumbada a mi izquierda y completamente desnuda. Intenté pensar, aunque toda la noche era una gran laguna con pequeños islotes donde mi memoria apenas podía aferrarse. Sentí hambre y sed; titubeé un momento, valorando mis posibilidades de éxito, y me levanté en busca de algo que comer y quizá una última botella de whisky que matar, sin suerte. Lo primero que me llevé a la boca me provocó unas ganas terribles de vomitar, y teniendo en cuenta que por lo poco que recordaba mi acompañante había bebido tanto como yo, era previsible que como pude comprobar no quedase una gota de alcohol. A duras penas volví a la cama, me tumbé a su lado con cuidado y la miré, especulando con su nombre. Las resacas me provocan ganas de follar, y podía permitirme pagarle un poco más, así que me incliné y le besé en la comisura de los labios, esperando una respuesta que no llegó. Al ver que no reaccionaba, le mordí el labio inferior y metí mi lengua en su boca; su sabor me provocó una larga arcada, pero lo que peor me sentó fue la rigidez de su lengua: la muy hija de puta estaba muerta.»