«[...] A esa rareza se suma otra igualmente desconcertante, la de que las abejas obreras se dan a la fuga dejando a la reina atrás, en un comportamiento de lo más atípico. [...]»
Temblad, hormigas reinas. Seréis las siguientes en caer.
«[...] A esa rareza se suma otra igualmente desconcertante, la de que las abejas obreras se dan a la fuga dejando a la reina atrás, en un comportamiento de lo más atípico. [...]»
Temblad, hormigas reinas. Seréis las siguientes en caer.
Como otras veces, se tumba en la cama completamente desnudo e intenta olvidarse de sí mismo. Cada objeto de la habitación se encuentra en su sitio, colocado previamente con minuciosidad obsesiva; todo sigue un guión ya antes escenificado. Intenta relajarse respirando con profundidad, por única vez sin éxito, y observa con ansiedad los tablones del techo. Su excitación se dispara al distinguir un punto marrón casi indistinguible frente a sus ojos, y crece a la misma velocidad que éste se convierte en una mancha bermellón que se extiende en todas direcciones; su pene se hincha involuntariamente, y cuando siente la primera gota de sangre, caliente aún, caer sobre su pecho, cierra los ojos y un ligero hormigueo le recorre los testículos. A esa le sigue otra en el cuello, en la frente, en el pecho de nuevo, en la mejilla, hasta que el goteo se convierte en un fino hilillo de líquido que cae directamente sobre su diafragma, convirtiéndolo en un grotesco demonio rojo que encorva el espinazo y jadea como un perro.
Veintitrés segundos después de esa primera gota, con su lengua deslizándose por los labios en busca del líquido vital, dos metros y ochenta y cinco centímetros por encima su cabeza, una tabla de madera carcomida y en estado de putrefacción se sale del guión y cede ante ciento quince kilos de carne que unas horas antes eran un ser humano; la inercia y la gravedad hacen el resto. Diecinueve segundos más tarde, morirá a causa del golpe, experimentando un profundo e intenso orgasmo al sentir como su boca se llena de su propia sangre.
(Esta noche, más. I promise)
Ya sé que últimamente actualizo menos. Y no es que no tenga tiempo libre. Ni tampoco que no tenga nada que contar. En realidad tengo bastantes cosas, ficción y realidad. Y cosas que son un poco de cada, como lo del café a 80 céntimos del presi. Bueno, déjenme que les explique. ¿Se acuerdan de cuando eran niños y después de ver a alguien hacer algo fantástico en la tele les daba por querer imitarlo? Seguro que sí. Afortunadamente, sí siguen aquí es que no intentaron imitar al Super Héroe Americano (sí, sí, he dicho “americano”). Bien por ustedes.
En realidad, mucha gente lo sigue haciendo. Yo incluído. Hace unos años, era acabar el Tour de Francia de cuando Indurain y la carretera se llenaba de ciclistas emulando al navarro. Claro que la emulación se acababa en las primeras rampas, pero salías pretendiendo ser él y ya saben lo que se dice: la intención es lo que cuenta. Y justo lo mismito hace más de un gilipollas cuando acaba un Gran Premio de Fórmula 1 o motociclismo, pero bueno. El caso es que eso pasa con muchas otras cosas; o al menos a mí me pasa. Me pasa mucho. Quizá por eso me han dicho siempre en mi casa que soy un culo de mal asiento.
Bueno, resumiendo. Que sí que tengo tiempo libre, aunque tampoco es que me sobre; tengo bastante trabajo. Pero gracias a esto, me he comprado tres bolas y estoy aprendiendo a hacer malabarismos. Básicos, pero malabarismos. Progreso adecuadamente. Ya les pondré un vídeo, ya (quieran o no), y verán cómo se ríen de mí.
Pues eso. Tiempo al tiempo y paciencia. Ah, y más youtube.
Hace ya unas semanas, un sábado por la mañana me despertó una música aparentemente hindú. A las nueve de la mañana. A todo volumen, entendiendo por “a todo volumen” como “tan alto como si tuviese la radio en el dormitorio”. Aquella noche me había acostado a las tantas, por lo que es fácil de imaginar la gracia que me hizo levantarme un sábado antes de las diez sin motivo justificado. Pero bueno. Ese mismo día, después de comer, se me ocurrió la feliz idea de dormir la siesta, por aquello de aprovechar la tarde y compensar de esa manera el despropósito de la mañana. Ante mi sorpresa, la musiquilla del demonio volvió a sonar, aunque por fortuna cosa de media hora más tarde, minuto arriba, minuto abajo, cesó, y yo pude dormir unas horas.
El pasado sábado por la noche, cuando llegamos a casa después de cenar para coger algo de abrigo antes de volver a salir, nos encontramos con la misma sorpresa. La música hindú -aparentemente- a toda pastilla, esta vez con sus alaridos y gritos incluidos. Lo juro. El volumen era tal que el vecino del otro lado, pensando quizá que éramos nosotros los causantes de aquello, aporreó nuestra pared un par de veces. El caso es que salimos de allí poco más tarde, cuando era casi la una. Y tanto la música como su acompañamiento vocal continuaban a esa hora. Algunas horas después, después de habernos acostado a las siete, nos despertó a la una del mediodia la misma música hindú, jamaicana o loquesea, es decir, la música de mierda esa. Y al mismo puto volumen irracional.
No sabemos qué vecino es el causante de ese escándalo. Que conste que yo no tengo nada contra la música hindú, japonesa o cubana, ni siquiera contra Bisbal, mientras sea a horas y volúmenes lógicos. Cuando uno de esos factores sobrepasa lo razonable, entonces es cuando empiezo a tener algo en contra. En ese caso, como si son Los Rolling Stones en concierto. Me pregunto yo, en mi infinita ignorancia, si no sería posible crear en cada ciudad un barrio aislado unos cuantos kilómetros, los suficientes, y meter allí a todas esas personas incívicas que no entienden qué coño es vivir en sociedad. Y que entonces, si así lo quieren, se maten y entiendan porqué coño nos quejamos los que sí sabemos [vivir en sociedad].