31 enero 2007

Fake Plastic Trees

Hace ya muchos años, por allá por principios de los noventa en plena efervescencia adolescente, mientras husmeaba en una tienda de música escuché esta canción, y pocos minutos después me hice con el disco que la contenía: Pablo Honey, el primer albúm de Radiohead.

Un par de años después, buscando su segundo álbum, un vendedor con aspiraciones de crítico musical que tenía, y quizá aún conserve, un programilla de música indie en una radio local, me desaconsejó fervientemente que comprase ese disco, en su opinión, por ser de muy inferior en calidad al anteriormente mencionado, Pablo Honey. Ese mismo día, un par de horas más tarde, The Bends sonaba en la minicadena de mi habitación.

Pocos discos me gustan tanto como este.

Luego vinieron OK Computer, Kid A, Amnesiac, algún single y alguna rareza, pero eso es otra historia. Esto es Fake Plastic Trees, del disco en cuestión:

Arno Schmidt y la lectura -o escritura- flotante

Ya sé que no gustan, a tenor de los escasos -cuando hay alguno- comentarios que reciben, las entradas serias -a excepción de las políticas, claro- y además, largas, aunque se trate de ficción de la más absurda, pero qué quieren, ustedes tienen libertad para no leer y no comentar, y yo la tengo para escribir y comentarme a mí mismo, y así nos va, a ustedes y a mí. El caso es que leía en El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara en El Mundo, acerca de Arno Schmidt y lo que se da en llamar “lectura flotante”. La idea básica radica en la ausencia de una linealidad en la narración al estilo de la literatura convencional, tradicional, habitual, o como quieran ustedes llamar al tipo de escritura que pueden ver -desarrollada con mayor o menor fortuna- en casi cualquier libro, motivada -la ausencia, digo- por la necesidad de transmitir sensaciones, situaciones, vivencias que no pueden ser, o son difícilmente expresables en forma de narración fluida. O más o menos.

Contar una historia es relativamente sencillo, si se intenta hacer del mismo modo que se desvela el argumento de una película, aunque sea una de David Lynch. El problema en ese caso viene a ser, muchas de las veces, la historia, el *qué* cuento. Aunque no me vayan a generalizar, que a estas alturas algunos ya nos conocemos. Vamos, lo de siempre; aquello de la presentación, la trama y el desenlace. Puede uno dominar más o menos los recursos, el lenguaje, técnicas y trucos estilísticos, la retórica, pero es relativamente sencillo hacerse entender; que sea bueno uno en ello o no, es otra cosa. Pero cuando uno viene a querer contar lo que siente en medio de un orgasmo, lo que siente en el momento que le comunican la muerte de un ser querido, lo que siente cuando una bala le atraviesa el hombro, o como en el caso de “El brezal de Brand”, lo que se siente cuando uno no sabe, en palabras de Gándara, «qué ha pasado, por qué le pasa lo que le pasa y mucho menos qué le va a pasar», contar las cosas linealmente no es sólo difícil. Es prácticamente imposible, y si piensa uno que lo ha conseguido, es que probablemente no ha transmitido nada o casi nada de lo que pretendía. En unos casos, porque no hay traducción directa en palabras, y en otros, porque no puede uno querer dar la sensación de que está radical y totalmente desorientado, o perdido, o más allá de todo pensamiento racional, con frases lógicas y bien hilvanadas; nadie piensa vaya, qué dolor tan intenso tengo en el dedo cuando se lo machaca con un martillo; pega un grito y todo lo que le inunda a continuación es dolor irracional (y alguna que otra blasfemia).

Y el problema entonces se traslada del Qué cuento al Cómo lo cuento para que se me entienda y lo que es más o tan importante en este caso, se me sienta. Y ahí es un poco donde entra la lectura -y asumo que escritura- flotante. Según yo lo veo, claro, porque quizá alguien les diga que no tengo ni la más mínima idea -y no le faltaría razón; pero volvamos. Es decir, la posibilidad de expresar algo más allá de la mera continuidad temporal y coherencia sentencial; y es que un orgasmo no tiene ni continuidad temporal ni coherencia sentencial. No hay linealidad en eso, o al menos no en los mios. Intenten, si discrepan, pensar cómo se lo explicarían a si mismos, y verán que probablemente todo lo que les sale es el recuerdo de la placentera sensación que acompaña a correrse -eyaculación es demasiado masculino-, y nada más.

Pero claro, como todo, esto también tiene sus pegas, y es el peligro de que nadie aparte de uno mismo acabe entendiendo qué narices quieres transmitir con un montón de palabras que no tienen ningún nexo aparente de unión. Y que el esfuerzo de intentar sumergirse en el texto buscando ese enlace, que podría no estar ahí, sea demasiado para la recompensa obtenida. Y todo eso, claro, no deja de ser un problema bastante gordo.

30 enero 2007

Val¿é?ncia Hui

Valencia hui

Imagínense, como decía incensurable, que hoy se crease un nuevo periódico en Sevilla llamado “Sebilla Hoy”, uno en Huelva titulado “Uelva Hoy” -este nombre aún podría tener su gracia-, o uno denominado “Noticias de Hespaña”. Sería algo un poco escandaloso, ¿verdad? Pues eso es exactamente lo que pasa en el caso de este periódico. Déjenme que les cuente. La cuestión es que el nombre propio “Valencia” no lleva acento en castellano, y aunque como puede comprobarse la práctica totalidad del diario está escrita en esta lengua, podría uno pensar que en valenciano -o como quieran ustedes llamar a lo que se habla en Valencia, no voy a entrar en esa polémica-, sí que lo lleva.

Efectivamente. Pero no en esa dirección, sino en la otra: València.

De cualquier modo, lo que para mí es una gafarral (léase garrafal, como me apunta un alma en pena en los comentarios) metida de pata en el nombre del periódico (¿nadie en la redacción se dio cuenta? ¿o es que querían simplemente llamar la atención? ¿será alguna nueva tendencia lingüística posmoderna fashion? ¿es que es parte de alguna oscura y clandestina lengua?) y que efectivamente, tendrá algún tipo de intencionalidad política pro o anti catalanista -para variar-, va gentilmente acompañada de problemas serios en la redacción, como apunta Malaprensa, diversas incoherencias en la elección de la lengua (títulos de sección en valenciano y artículos en castellano, o el uso de “Espanya” en lugar de “España”, por ejemplo) y alguna faltilla leve con los acentos de vez en cuando, así que al menos, siempre podrán argumentar que lo de los errores no es un simple descuido, sino que es, ante todo, una política de empresa.

(Por cierto, como -creo que- es obvio, Los Contradicistas, organización de la que hablé ayer, es por completo un producto de mi mente enferma)

29 enero 2007

Los Contradicistas

«No hay datos exactos que indiquen en qué momento decidió Martin Contradict fundar Los Contradicistas (confundidos habitualmente con Los Contradiccionistas, de mucha menor importancia), ni incluso si lo hizo, pero se rumorea que fue allá por el siglo XIV tras una acalorada discusión con un vecino, después de que éste se mostrase, sin razón alguna, radicalmente opuesto a que Martin cultivase hortalizas en su propia parcela, en lugar de la tradicional plantación de cereales. Tras aquel incidente, Martin se dedicó de manera sistemática a oponerse a todo aquello que le era posible, lógica o ilógicamente. Aunque como es obvio, jamás admitió estar en desacuerdo con nadie.

Nada más se sabe del surgimiento de esta peculiar organización, pero su historia se difumina a lo largo de los siglos, sin que existan datos fiables sobre ella. [...] Al parecer, a través del boca a boca la organización fue creciendo, lo que le dió una nueva magnitud al concepto de negación. No sólo estaban en desacuerdo con cualquier cosa y persona, con la que podían discutir durante días, sino que incluso estaban en contra entre ellos mismos, en contra de la propia organización, en contra de sus propias opiniones y en contra de su propia existencia lo que daba lugar a tremendas contradicciones que resolvían simplemente negando que tal contradicción existiese. [...] Su radical oposición a todo les llevó al borde de la extinción cuando en el siglo XVII, una parte importante de sus miembros muriese de hambre, al mostrarse en desacuerdo con la idea de que comer era necesario. Este punto marcó un punto de inflexión en la radicalidad del grupo, que unificó su opinión disminuyendo de este modo el nivel de agresividad intelectual interno.

Aunque tras aquello hubo varias escisiones de importancia variable -los Masones es quizá la de mayor reconocimiento-, la organización ganó en fortaleza y coherencia interna, aunque nunca lo admitió ni pública ni privadamente. A pesar de que hay muchos estudios que los citan como fuentes de importantes aportaciones en las más variadas disciplinas (La Tierra no es plana), otros muchos dudan de que sus contribuciones se derivasen de algo más que la negación en sí misma (La Tierra no es redonda). [...] Sí que es cierto que esta oposición por sistema condujo al cuestionamiento de muchos conceptos incorrectos (véase para más detalles la Duda Metódica, de René Descartes, principal impulsor de la facción moderada), y no hay muchos investigadores que les nieguen el mérito.

Tras la Primera Guerra Mundial, por diversos conflictos políticos [...], la presencia pública de la organización se reduce drásticamente, hasta llegar a su total desaparición varios años más tarde. No hay en la actualidad evidencias ni a favor ni en contra de que el grupo siga activo, pero todo apunta a que, en cada comunidad de vecinos, en cada reunión familiar, en cada clase, en cada foro de internet, silenciosamente, están ahí, extendiendo sus tentáculos, lentamente, con su sistemática oposición a todo y a todos. Después de todo, lector, quizá tú mismo seas uno de ellos. Y quizá yo mismo lo sea. Pero lo que está claro, es que ninguno de los dos jamás lo admitirá.»

Anders Stepkoein, Creadores de Poder: Los Contradicistas, Vol I. Arial Press, New York, 1963.

“Yo soy de derechas”

(Ya sé que últimamente abuso mucho de youtube, pero qué queréis, tiene más cosas que decir que yo…)