Durante algún tiempo he sido reticente a publicar en el blog algunas cosas que tenía escritas, por diversas razones. Bien, ya va siendo hora. Este cuento se llama Ratas y esta es la primera parte.
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Ignoro durante cuanto tiempo fui vecino del señor Nicolás, pero sí sé que cuando lo vi por primera vez me pareció a simple vista un viejecillo bastante normal. Pequeño, algo encorvado, y vestido con lo que a posteriori sería su indumentaria habitual, a saber, su eterna chaqueta de lana, una camisa a cuadros y unos pantalones de pana, podría haber pasado por mi abuelo. Nunca llegué a conocer su verdadera edad, pero en aquel momento me dió la sensación de que su cara, repleta de arrugas, le hacía parecer mayor de lo que en realidad era. Y eso es básicamente todo lo que me queda de nuestro primer encuentro, algunos días después de que yo hubiese ocupado la vivienda que se encontraba frente a la suya.
Al principio, nuestra relación fue absolutamente tranquila, y tampoco es que yo desease, aunque no por nada en especial, que esto cambiara; afortunadamente al parecer ambos mostrábamos el mismo interés por entablar amistad con el otro, es decir, ninguno en absoluto. Nos encontrábamos en ocasiones en la escalera o, hasta que éste dejó de funcionar, en el ascensor, y tras intercambiar los saludos de cortesía con sus correspondientes sonrisas, mi mirada se perdía en la, a decir por mi comportamiento, fascinante estructura metálica que rodeaba el hueco del ascensor, mientras que sus ojos se afanaban en buscar en los grises azulejos del suelo aquellos insignificantes detalles que por alguna extraña razón, yo consideraba menos importantes que las formas geométricas del enrejado. Durante algunas semanas este fue el único contacto que mantuvimos, durante el cual los dos intentamos en la medida de lo posible no interesarnos por la vida del otro, política que pese a mis deseos no se prolongaría demasiado.
Observé al poco de llegar que a menudo almacenaba botellas y algunas bolsas de plástico en el suelo, pegadas a la pared, algo que para mí no suponía inconveniente alguno y tampoco era motivo de sorpresa puesto que ya lo había visto, o más bien sufrido, en otras ocasiones. El caso es que en ese momento no me pareció adecuado llamarle la atención, siempre con miras, más que a mantener un trato amistoso, a no dar pie a ningún tipo de trato, amistoso o de cualquier tipo. El problema comenzó poco tiempo después, cuando me di cuenta que había comenzado a aplicar ocasionalmente esta, en un principio inofensiva medida, a lo que yo ya consideraba un tanto instintivamente mi territorio, y de tal forma que no sólo lo encontraba lleno de objetos, sino que no pocas veces llegaba a obstaculizar, de un modo que parecía intencionado y cuya idea me apresuraba a expulsar de mi cabeza, la entrada de mi casa. Fue a partir de entonces que el problema se me hizo patente, cuando comencé a considerar lo que aquel viejo dejaba en, ahora ya tanto su lado como en el mío, es decir, allí donde le venía en gana, como basura.
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