15 junio 2005

Gastos gastos y camisetas


Bien, parece que hoy la tensión de ayer ha disminuido de forma radical. Y para aliviarme un poco, me he comprado lo siguiente (“lo siguiente” equivale a esas cuatro camisetas representadas por esas cuatro fotos). Un poco culpable me siento, cuando pienso en mi piso, en mi hipoteca, en mis treinta años (de relación con mi banco), en las reformas, en… ay dios. Bueno, el caso es que me he permitido un pequeño gran capricho. Además, hace tiempo que no me compraba ninguna camiseta, y siempre han sido mi debilidad.

Son de LaFraise. Además el tipo tiene un sistema bastante bien montado. La idea es que cualquier persona pueda hacer un diseño y enviarlo. Si este pasa la criba inicial (que imagino que será mínima), entra en un sistema de votaciones. Si supera los 450 votos en nosecuantos días, digamos que pasa a la siguiente ronda, y en función de los votos finales y la reacción de la gente (comentarios, p.ej.), decide hacer camisetas con el diseño. El autor cobra 300 euros por ceder los derechos de reproducción y bueno, ese es el final de la historia: mi cuenta corriente.


Por último, sólo una cosa. A todos aquellos y aquellas a los que aparentemente ignoro por la noche en el MSN, o a aquellos con los que después de hablar de manera asidua en las últimas semanas, casi he perdido el contacto. No ignoro a nadie. Simplemente a) estoy cansado, b) estoy de exámenes y c) tengo muchas cosas que escribir, por lo que d) no tengo tiempo. Que nadie busque errores de lógica inductiva en ese razonamiento, que los hay. Puesto que a) depende en gran manera de b), presumo que cuando b) llegue a su término, feliz o no, a) ya no será verdad y d) tampoco. Entonces tendré tiempo. Y eso pasará en julio.

(PS: Me las habría comprado todas, pero no sólo en política los recursos son limitados…)

14 junio 2005

No somos gomas elásticas

Mientras venía hacia casa esta noche, he encontrado de súbito explicación para todos esos crímenes y actos que aparecen en portada (no hablo de maltratos a mujeres) de las páginas de sucesos de los periódicos. Los protas de la historia son dos gilipollas dentro de un BMW y un Focus respectivamente, hablando a dos metros de distancia uno del otro, y a 15 km/h en medio de una rotonda que suele cogerse en torno a los 50 km/h. Como si estuviesen solos en medio del universo. Siento llamarlos así (gilipollas, por si falla la memoria), pero no se me ocurre nada más descriptivo.

Si a eso le añades un día de una tensión excesiva, un cansancio físico y anímico, y mucha mucha predisposición al conflicto, el resultado es que acabas pensando qué parte de su cuerpo tendrá que radiografiarse primero si le embistes a 60 km/h por detrás. ¿Una diferencia de 45 km/h será suficiente para una fractura cervical? Gilipollas hay muchos. ¿Qué más da uno más uno menos?

Afortunadamente para mi, para mi coche, para mi cuenta bancaria y sobre todo, para él, soy una persona con sentido común. Ni conduzco a 15 km/h como si estuviese en el garaje de mi casa ni voy metiéndome ostias porque sí.

La moraleja de esto es sencilla. Coge a alguien, estiralo mucho mucho mucho, ténsalo tanto que esté a punto de romperse, y sigue estirando. Lo que resulte de eso puede ser cualquier cosa, y el resto de las personas “normales” se echarán las manos a la cabeza sin entender cómo aquello pudo ser posible. Estoy seguro que muchas de esas historias de sucesos tienen una justificación injustificable de este tipo.

(Aviso: esto no es una aproximación a mi estado de ánimo actual, es simplemente un pensamiento transitorio igual que muchos otros. Que nadie se me asuste, por favor.)

Mira al techo, ¡rápido!

a) La gente no me vota, pero me da igual. Me voto yo, que me quiero mucho.
b) Y la gente no me escribe, pero me da igual. Escribo yo, que me quiero mucho.
c) Cuanto cambio, hay que ver. Y siempre en los momentos más oportunos. Murphy y la madre que lo parió.
d) Si pudiera, hablaría. Parco en palabras pero no en pensamientos.
e) Mi vida es un grupo de incógnitas sin suficientes ecuaciones.

Bona nit.

11 junio 2005

Yo soy yo y mis circunstancias

Me miro a mi mismo y no se lo que veo. Y eso mismo me hace saber que estoy ahí. Porque detrás de esta duda, de esta agonía, de esta desesperación, del no poder hacer y sobre todo del no poder saber, hay algo más que alguna vez he llegado a sentir. He mirado dentro de mi, y me he visto grande y poderoso, como una montaña que se rie del infinito.

Me he sentido así otras veces, pero no las recuerdo.

He mirado a mi corazón y lo he encontrado siempre ahí, a veces grande y poderoso, a veces pequeño y débil.

Sólo se que me miro a mi mismo y no se lo que veo.

Y me gusta no saber lo que veo porque eso me mantiene vivo.

10 junio 2005

Del Arte

Hace ya algunos años que vengo observando con asombro, aunque esa palabra defina sólo en parte lo que pienso acerca del tema, las obras de lo que se ha dado en llamar arte moderno o contemporáneo. Y me sorprendo cada vez más con cada paso que éste da, más atrevido que el anterior, como si de una competición se tratase, y no puedo más que compadecer -¡compadecerte a ti habría!, pensarán ellos probablemente- a aquellos que, en su estupidez, o peor aún en su afán de modernidad, alaban todo cuanto esta nueva forma de expresión representa.

Porque sí, no nos equivoquemos, no deja de ser una forma de expresión, y sin embargo, en muchos casos no es más que eso, y no por ello ha de tener reservado de por si un espacio en los museos ni por supuesto el calificativo de Obra de Arte, porque si así fuese, podríamos extender el calificativo de Arte a prácticamente cualquier cosa que hacemos. Podría argumentarse que eso es precisamente lo que los autores de dicha forma de expresión buscan, acercar el Arte al ‘pueblo’ y hacer que cualquier persona sea capaz de crearlo, pero después de ver lo que se paga por algunas obras, y probablemente lo abultado de muchas de las cuentas corrientes de sus autores, creo más bien que lo que tratan es de acercar el dinero a si mismos, y además dudo mucho que les gustase tener la cantidad de competidores que tendrían si a la gente le diese por ponerse a crear arte moderno.

Sin embargo, antes de ir más allá quizá sea necesario definir que entiendo por arte moderno. No voy a negar que considero que existen cuadros de dicha tendencia que tienen un relativo valor estético -y sobre todo económico-, cosa que, aunque no sea gran cosa, es al menos un comienzo. No es que sienta un gran respecto por este tipo de obras, pero mantengo una relativa indiferencia hacia ellas. Por otra parte, están esas otras esculturas o pinturas, que no es que carezcan de una estética agradable, sino que me sorprende realmente que alguien pueda considerarlas arte. Posteriormente daré el ejemplo más claro con el que me he encontrado hasta el momento y que espero que de una idea bastante clara de a qué me refiero.

He mencionado al comienzo las dos razones que impulsan a la mayoría de las personas a interesarse por esta forma de expresión -puesto que ha quedado clara cual es mi posición, intentaré evitar utilizar el término Arte en lo sucesivo-, y aunque por lo general el deseo de ser ‘moderno’ ha de incluir ya de por si un cierto grado de estupidez, en muchos casos no es difícil distinguir cuál de ambas es la principal razón que mueve a unos y a otros a defender esta ‘nueva’ forma de expresión. Y resalto la palabra ‘nueva’ no por capricho, sino porque considero que lo único que tiene de nueva es que ahora esa forma de expresión se encuentra en museos y colecciones privadas, mientras que hasta ahora no salía del ámbito de los dibujos infantiles.

Como ya he dicho, la primera razón que puede llevar a una persona a admirar -cosa que yo en mi ignorancia soy completamente incapaz de hacer- este tipo de arte es la estupidez, que aunque no es lo mismo que la falta de criterio, es el fundamento de esta total carencia de opinión. Esto engloba a todas aquellas personas que, careciendo de ideas y opiniones propias, son suficientemente estúpidos para creer aquello que les dicen los autoproclamados expertos del arte, que son los que les dictan, en voz alta y clara, y con numerosas pausas para no agotar a su numerosa clientela, que es aquello por lo que merece la pena perder el tiempo, y aquello que no es valedor de su precioso tiempo, y no son capaces ni siquiera de dudar por un momento de la validez de dichas opiniones. Desgraciadamente, sería muy optimista si pensase que dichas personas actúan de esta forma únicamente en temas concernientes al arte, por lo que no es muy justo criticarlas en función de sus creencias -que en muchos casos casi adquieren la categoría de fe- estéticas. Por tanto, y como no pretendo llevar a cabo un estudio profundo de la naturaleza de estas personas, me conformaré con lo que he mostrado hasta el momento.

Como parece que esta nueva forma de expresión tiene el beneplácito de tales pastores, sumado a la creencia popular de que todo lo moderno es bueno (¡qué bueno, qué útil es el progreso!), y a la protección hacia cualquier cosa que pueda llamarse arte y que según algunos, está representado tanto por el David de Michelangelo como por la imagen de un estercolero, son muchos los que, proclamando las maravillas de las líneas rectas, la perfección de las figuras geométricas, o la simplicidad de los brochazos, no dudan en no solo compararlas con las pinceladas de Velázquez o el cincelado de Michelangelo sino que osan, en su ignorancia, y empuñando de esa poderosa arma que es la imaginación, afirmar la superioridad de los primeros sobre los segundos.

En relación a la imaginación, hace algún tiempo conocí la noticia de una exposición de arte, si es que puede concedersele esa categoría, recientemente inagurada en algún lugar de Gran Bretaña. Su tremenda originalidad consistía en la absoluta ausencia de cuadros, esculturas o cualquier objeto que pudiese ser susceptible de ser observado y quien sabe, quizá admirado. Es decir, que en su lugar no había nada, si acaso pequeñas hojas de cuaderno de colegio donde se le indicaba al visitante, con frases escritas a mano y con bolígrafo, que buscase las obras de arte en su propia cabeza. Y aunque este sea un caso radical, llevado al extremo, representa, en gran manera, lo que se le propone al observador de este tipo de arte. Porque, si en algo se diferencia el arte de Boticelli del de cualquier artista moderno, es en el uso, o más bien abuso, de la imaginación.

Pero no os confundais, como sucede con algunos necios, que la equivocan a ésta con la inspiración de sentimientos o reflexión. Piensan que cuatro triángulos, combinados entre si de forma que al artista mejor le parece -si es que, me pregunto a veces, se toma la molestia de combinarlos intencionadamente, y no los dispone de la forma que primero le viene a la cabeza- inspiran en la persona más sensaciones que el colorido de un cuadro de Manet. Sí es cierto, o así me lo parece, que requieren mas esfuerzo de imaginación, y es que los artistas de dichas obras parecen haber caído en la pereza y el egoísmo, evitando la responsabilidad de crear el arte al que tanto aspiran y que tanto bocean a los cuatro vientos, y pasándole esa carga al propio observador, esperan impacientes que sea este último el que lo cree allí donde no hay, reclamándolo como propio -y los méritos que le acompañan, sobre todo- una vez ha sido creado, o al menos imaginado.

Sin embargo, por muy genial que sea la imaginación, ésta no deja de ser más que eso, que viene como se va, llevándose consigo todo lo que creó. Porque mientras todo lo que se ha creado con la mente desaparece en tan solo un instante, sólo es necesario un giro de la cabeza para admirar de nuevo los amarillos de Van Gogh o los retratos de Matisse. Alguien me podrá atribuir a mi ahora las acusaciones de vagancia hechas anteriormente, sin embargo, yo reclamo mi derecho a poder ignorar a mi imaginación, y a dedicarme a la mera contemplación de la obra tal y como fue creada, porque al fin y al cabo eso es todo (y vaya si es suficiente) lo que obtendré. En otras palabras, rechazo de pleno tener que realizar ese esfuerzo extra, ese imaginar la obra que el autor ideó y quizá -quién sabe- no pudo o no quiso realizar, ese darle al autor méritos que no le corresponden.

Y no puedo evitar verme -y afortunadamente creo que no soy el único- riendo y gritando a voz viva “¡pero si está desnudo!”, mientras la gente, asombrada, y por miedo a ser tomada por ignorante, exclama, “¡que bellas son las ropas de nuestro rey!”. Ignoro si, al igual que los sastres del cuento, los ‘nuevos artistas’ saben que el pobre monarca va realmente desnudo, o piensan, en la soberbia y ceguera de su nuevo arte, que las ropas invisibles que lo visten son en verdad preciosas.

Se me ocurre que, por qué no, que quizá sea esta mezcla de asombro e indignación todo lo que buscan con los triángulos, los cuadrados, los péndulos o las líneas cruzadas. Pero también se me ocurre que si ésa era la intención, el Arte no se merece que lo traten así.

Y en un pequeño apéndice escrito apenas hace unos minutos, a diferencia de lo anterior escrito hace muchos meses, me parece que, si la idea es expresar la angustia, el dolor y denunciar la alienación humana, algo de lo que por cierto ya ha dicho mucho y continúa haciéndolo, alto y claro, la Filosofía, deberían estos pretendidos artistas subirse al carro de la jornada de cuarenta, cincuenta o sesenta horas semanales con apenas un mes de vacaciones, o quizá mejor pasar unos días en la misería de África. Porque no es necesario que nadie venga a decirnos cómo se siente la amargura o la prisión existencial. La mayoría de nosotros no sólo lo sabemos, sino que estamos realmente hartos de no poder experimentar otra cosa.

Oiga, no me diga lo que yo ya sé y estoy cansado de saber, que lo tengo muy claro. Diga algo que me haga feliz, me llene de esperanza o despierte en mi una sonrisa. Y si no es capaz de hacerlo, cierre para siempre la boca y déjeme en paz.