30 junio 2005

Universitat de València 1 – Manolo 0

Anoche, cuando pasaban cuarenta minutos de la medianoche, y desde la sala seis de la Biblioteca de Humanidades, decidí renunciar a la asignatura que aún me queda. Y es que mis estimaciones temporales más optimistas empezaban a no cuadrar con la fecha de entrega del trabajo: mañana. O a lo mejor es que me estoy haciendo vago, pero no, creo que eso ya lo era antes. La verdad es que a estas alturas de mi vida y del verano, me apetece más bien poco -nada- quedarme un jueves hasta las tres o las cuatro haciendo un trabajo de filosofía moral.

Bueno, esto tiene varias consecuencias. Primera, y la más inmediata, que llegando anoche a la una y cinco a casa a falta de cenar y ducharme, tengo un sueño que me caigo. Segunda, que a falta de la segunda parte, a jugar en septiembre, tras el suspenso (4) de Filosofía de la Historia y a la espera de la nota de Política, voy perdiendo uno cero. Tercera, que ya tengo una asignatura más a matricular el año que viene, dependiendo ésto no obstante de que sea impartida por el mismo profesor. Cuarta, que ya puedo y debería empezar a prepararme para septiembre. Y quinta y última pero no por ello menos importante, que esta noche y mañana puedo irme de cena y de fiesta sin remordimientos de conciencia.

Remordimientos que por cierto, no tengo en absoluto. ¿Se estará diluyendo mi concepción de la responsabilidad y el deber?

(Ay, ¡que poca creatividad!)

29 junio 2005

Cuentos escolares

Érase una vez un niño que iba a la escuela. He aquí que el niño trabajaba, y por ello, no le era posible asistir a clase. Había en concreto una asignatura, cuyo nombre no nos interesa, que tenía como método de evaluación la confección de un trabajo de la materia impartida en clase. Pero como decimos, nuestro niño no podía coger apuntes, ya que durante las clases, se dedicaba a levantar este santo país con el sudor de su frente.

Es por ello que nuestro amigo pidió, llegado el final del curso, los apuntes a partir de los cuales elaborar el trabajo. Pero vió que a causa de que se había relajado (no es necesario aclarar que nuestro niño, como cualquier niño, tiene vida social, tiene aficiones, tiene ganas de salir y tiene otras ocupaciones aparte de estudiar y trabajar. Ya, pero estudia porque quiere, nadie le obliga, pensaréis correctamente. Es cierto, aunque no pretendía ponerlo como excusa y nuestro niño tampoco lo hace), trabajo y resto de exámenes previos, le iba a resultar difícil realizar un trabajo que estuviera a la altura de sus posibilidades. Difícil aunque no imposible, me gustaría añadir.

Y es por ello que le envió un correo al responsable de esa asignatura, para pedir una pequeña prórroga de un fin de semana. Pero cometió el error de mencionar su situación laboral, cosa que, amiguitos, puedo prometeros, no hizo para justificar su petición, sino para proporcionar algo de información sobre quién era. Mal hecho, pensaréis. Pues sí, mal hecho, porque nuestro querido profesor pensó inmediatamente que ese dato venía proporcionado como razón de ser de su ruego, por lo que no sólo la denegó, sino que expresó la opinión que le merecía utilizar aquello como excusa.

A nuestro amigo aquello no le molestó. Más bien al contrario, pensó que era normal y justo con el resto de sus compañeros. Así que, en un acto de cordialidad y sinceridad, le volvió a contestar, exponiéndole su conformidad con la corrección de la decisión adoptada e intentando explicar el malentendido. Todo habría quedado ahí si el niño no hubiera tenido que llamarle para preguntar cuando sería el examen oral del trabajo presentado, decidido ya a entregarlo fuese como fuese. Así pues, le llamó, y tras recordarle quién era, obtuvo un seco Sí, ya sé quién eres. ¿Qué quieres?, en un tono que a nuestro amigo no le gustó nada, interpretando inmediatamente que el profesor había pensado que el motivo de aquella llamada era realizar la misma petición de nuevo vía telefónica.

Pero aún así, aquello no le justificaba. Y pensó que, después de todo, hay mucha gente por el mundo que debería pensar un poco antes de abrir la boca.

(Epílogo: El niño decidió que, a pesar de todo, dicha persona se merecía el beneficio de la duda y que quizá, aunque quizá no, aquello había sido simplemente una impresión personal equivocada.)

28 junio 2005

Que asco

Adelanté ayer que podía hablar de esto, y aquí estoy. Hace unos días, mirando por algunos blogs populares, encontré esta foto en este. Me sorprende, todo sea dicho, que este blog sea tan popular. Y no es que tenga nada contra él.

De hecho, no sólo este, sino la mayoría de los blogs más votados del concurso 20minutos, sin querer entrar en polémica, cosa que por otra parte me importa un carajo, son simples. No les encuentro absolutamente nada -hay excepciones, claro está- que pueda generar tal cantidad de votos. Este me parece mucho más interesante.

Supongo que es un tema delicado, ese del gusto de las mayorías. No es políticamente correcto preguntarse porqué la mayoría de la gente prefiere El Código Da Vinci a Madame Bovary, o que la mayoría no han oido hablar de Charles Baudelaire o Walt Whitman. Saben quién es Bécquer, pero ignoran quién fue Hölderlin, tremendamente superior como poeta. Aunque claro, Crónicas Marcianas estuvo mucho tiempo como líder de audiencia… y es que no está hecha la miel para la boca del asno. Me encantan estos ramalazos de orgullo intelectual. Sí, un tema polémico, este de las mayorías. Bueno, a lo que iba, que ya he generado bastante discordia.

El caso es que, fiándome del mencionado blog, la foto ganó al parecer el XVII Certamen de Fotografía de Prensa Española de la Fundación La Caixa, FotoPres’05, después de ganar el World Press Photo, y retrata el naufragio de una patera el año pasado en Fuerteventura. Sí, la foto es genial, impactante, sobrecogedora. Pero hay algo sucio en esto de dar premios a fotos que se nutren de las miserias humanas, y más cuando son las miserías de los “otros”. Siempre me parecen un “aquí nosotros” y “allí ellos”. Algo ciertamente asqueroso. Algo de algún modo inmoral.

Imagínate en las oscuras aguas del Atlántico una noche cualquiera. A ti y a tu familia, extenuados en medio de billones de litros de agua y luchando por sobrevivir; por no morir. Porque tu intento de salir de la miseria no acabe contigo en el fondo del océano. Y mientras intentas asirte a esa lancha que es tu única alternativa, alguien con una cámara, retratando cómo la gacela consigue huir por centímetros de las garras del león. Tú eres esa gacela y el león es el mar. Señores, sadismo del mejor en estado puro.

Las imágenes de los muertos del 11-M se censuraron. ¿Habríamos hecho lo mismo si hubieran sido nigerianos, marroquíes o senegaleses? La respuesta es retórica, por supuesto. Porque muertos africanos los vemos en televisión todos los días.

Y nadie protesta.

¿A qeu etnidenes lo qeu qiureo dceir?

Hoy, comentario pegagógico. Y es que el mundo está lleno de ignorantes.

Me ha llegado hace un momento un correo de esos que te piden que, para que Hotmail no te borre la cuenta de correo, reenvies ese correo a 10 personas. Pues bien, esos correos, al igual que los que dicen que ‘por cada correo que envies, habrá una lata de alubias congeladas para los pobres del Ártico’, son falsos.

Su única finalidad es jodernos un poquito a todos (¿no sabrá Hotmail -Microsoft- cuando entras en sus sistemas a leer el correo o qué?). Lo mismo que los correos basura, pero sin ofrecerte conocer universitarias calientes o hacerte multimillonario en pocos minutos. Y nos joden un poquito por la sencilla razón de que esos correos son dinero, porque a) el ancho de banda vale dinero, b) los sistemas informaticos valen dinero y sobre todo, c) nuestro tiempo vale dinero. O al menos el mio. No suelo ser tan mercantilista, pero sé que aquellos que conectan por módem me entienden mejor que nadie.

Si quieres ayudar, ve y dona sangre. Colabora con ONGs. Haz compañia a ancianos que no tienen a nadie o hazte socio de Amnistia Internacional. Hay muchas maneras de ayudar y esa no es una de ellas. Ahórranos dinero, ahórrate dinero, y bórralos. No reenvies ni uno. Y no lo dudes ni un segundo.

Típico, podría decirse

Después de un par de días sin presencia en Internet por problemas de infraestructura, y otros tantos por falta de ganas e ideas, ya estoy aquí de nuevo sin un ápice de ingenio. Eso significa, entre otras cosas, que toca comentario intrascendente, porque voy corto de tiempo y neuronas.

Después de una semana de vacaciones, hot es lunes y me siento casi como si no me hubiera ido. Remarcar ese casi. Aparte del sábado y domingo, y parte del viernes, me pasé una media de 10 horas diarias estudiando Filosofía Política, i.e. Rawls, Habermas, Nietzsche y Cortina. Desde el liberalismo político rawlsiano a la ética discursiva habermasiana, pasando por el nihilismo transvalorativo nitzscheano. No conozco aún el resultado, pero puede decirse que tengo una ligera seguridad de que será razonablemente bueno, si me puedo fiar de mi intuición.

Lo cierto es que siempre he confiado mucho en cómo mi cabeza funciona en el momento del examen, aunque imagino que no es algo por lo que me deba sentir especial. Básicamente, todo se basa en que no importa cuál es mi percepción consciente de mi nivel de conocimiento de la materia antes del examen. Sea como sea, una vez puesto delante del papel, y pasados 15 minutos de reorganización mental, las ideas se abren paso por mi cabeza hasta él. Hasta hace algún tiempo, eso siempre había dado resultado, pero quizá por falta de confianza en ese mecanismo, últimamente no sólo no estaba dejando pasar (bueno, “dejar pasar” suena demasiado pasivo para lo que en realidad se hace) ese necesario prólogo, sino que ni siquiera llegaba a entrar al examen por miedo al fracaso. Imagino que todo eso es, en parte, gracias a mi parcialmente estúpida manía de mantener una media de carrera alta, que hay que reconocer que me está costando más esfuerzos de los necesarios, por no hablar de la parte económica.

Supongo que podría haber hablado de mi opinión sobre las fotos que retratando la miseria humana del Tercer Mundo ganan premios, o sobre cómo acabé bañándome en calzoncillos en la Noche de San Juan (hay documento gráfico, pero por fortuna, no es público). O mi opinión de porqué las empresas que dejan propaganda en los coches deberían pagar un plus de recogida de basuras.

Pero en definitiva, no me ha salido nada de eso. Sólo un aburrido comentario sobre cómo funciona mi cabeza en momentos de tensión intelectual, a propósito del examen del pasado jueves; qué aburrimiento, qué tedio, qué absurdo. Y qué narcisista.

Típico, podría decirse.