27 abril 2015

(El tiempo no nos ha dado mucha tregua en Ávila, y esto es todo lo que he podido conseguir. Pinchar en las imágenes verticales para verlas en un tamaño más grande.)

Imagen de ÁvilaImagen de Ávila


Leer el resto de la entrada »


Leer el resto de la entrada »

20 abril 2015


Leer el resto de la entrada »

Que las oficinas de la comisaría no tuviesen aire acondicionado tenía una única ventaja: cuando hacía calor, nadie remoloneaba para quedarse en ellas. Por mucho que la calle hirviese, al menos fuera soplaba el aire y la brisa que entraba en el coche con la ventanilla bajada hacía el calor más soportable. El trayecto desde la comisaría hasta el sendero suponía entre 10 y 15 minutos de conducción, dependiendo de los semáforos que encontrase uno por el camino. En este caso, fueron doce minutos y cincuenta y dos segundos, tiempo durante el cual pudo pensar en el trabajo de Diana y sus perspectivas laborales, la reforma doméstica a medio acabar —no hay que dejar de ver el vaso medio lleno—, la discusión sobre la conveniencia de contratar alguien para limpiar en casa dos días por semana cuatro horas al día, los impresos que todavía le quedaba por informatizar, los neumáticos y la revisión del coche, para acabar con asuntos más profundos: si ese era el trabajo que quería o no, si alguna vez estaría satisfecho, qué iba a hacer con su vida y porqué estaba allí. No allí, sino allí, en Panite.

Detuvo el coche al lado del camino de tierra y paró el motor. Cuando salió sintió un ligero mareo que atribuyó al excesivo calor de las 12:13 pm de un doce de agosto. Habría informado a la central, pero todo lo que hacía la radio cuando la ponía en marcha era crepitar de una manera que le ponía de los nervios.

El camino que subía hasta la cima salía a la derecha de una señal de madera en forma de flecha que informaba de la longitud del camino (3.3 km), el tiempo estimado en recorrerlo a paso normal (45 minutos) y el desnivel de subida (394 metros). En un dechado de originalidad o necesidad de afirmación grupal, varias personas habían hecho marcas en la madera con una navaja y pintado con espray encima de las indicaciones. A eso se unía la inclinación del poste, resultado de algún ataque de testosterona juvenil. Los árboles y los arbustos no tardaban en aparecer a ambos flancos de la senda, ganando en frondosidad y cantidad a medida que se acercaba la cima, lo que garantizaba sombra en gran parte de la subida.

Apenas había andado cincuenta metros y por la espalda ya sentía brotar pequeñas gotas de sudor que oscurecían la camisa cuando entraban en contacto con ésta. Con el lazo en la mano, comenzó a llamar al hipotético animal pero tan pronto como hubo empezado el ridículo se apoderó de él, así que optó por continuar en silencio buscándolo con la mirada. Tras apenas unos minutos, oyó un ruido y un perro que apenas levantaba un palmo del suelo salió de entre los arbustos disparado hacia él. Su primera reacción fue propinarle una patada tal que lo pusiese en órbita. La segunda, capturarlo con el lazo, a pesar de que aquello requeriría una habilidad que tenía la certeza de no poseer. La tercera y vencedora opción fue la no hacer nada, y cuando éste apoyó sus patas delanteras en la pierna izquierda dejó una huella de sangre en los impolutos pantalones de Marcus. No sin cierto temor y aprensión, se agachó y acarició la cabeza del perro, a cuyo estímulo éste respondió ofreciendo la tripa y los genitales parcialmente cubiertos de sangre. Palpó el cuerpo del cánido en busca de una mordedura o una herida pero el perro parecía bastante cómodo con aquella situación. Ante la disyuntiva de cargar con el sangriento animal o ponerle el lazo, comenzó a andar hacia el coche y se sintió aliviado al ver que éste le seguía. Separándolo ostensiblemente de su cuerpo, como si fuese portador de alguna enfermedad contagiosa, lo metió en el maletero y se sentó de costado en el asiento del conductor y encendió la radio con la intención de informar sobre el nuevo pasajero y esperar órdenes. Sin embargo, el mismo ruido molesto anterior fue la única respuesta que obtuvo. Crepitaba, nada más. Probó a apagar y encender media docena de veces, con la esperanza de que la repetición de ese procedimiento activase como por arte de magia algún contacto electrónico en las profundidades de ese trasto, pero no se produjo el milagro.

Con el perro a buen recaudo, decidió que un bicho de ese tamaño no podía haber perdido esa sangre y seguir andando como si el tema no fuese con él. ¿Con él? ¿Era macho? ¿En qué momento lo había decidido?

Bajó todas las ventanillas para asegurarse de que el animal tuviese suficiente ventilación y volvió al punto de partida con el lazo, aunque no confiaba en que en situación de peligro fuese capaz de utilizarlo para otra cosa que no fuese golpear al atacante. Después de una leve indecisión, desmontó sus únicas preocupaciones sin quedar demasiado convencido: no podía pensar en nadie interesado en robar algo de un coche de policía que tenía más de diez años en el que no funcionaba ni el aparato de radio. Ah, el perro. Hace calor, pero aguantará.

Por precaución, se prometió una inspección relámpago; lo del coche de policía le traía sin cuidado, pero no deseaba ser el responsable de un canicidio por imprudencia. Lo más probable es que el perro hubiese encontrado algún animal muerto medio descompuesto con el que darse un banquete; conocía de primera mano las tendencias coprófagas de la mascota del Gordo y probablemente era una afición extrapolable a muchos otros cánidos. Lo buscaría, lo encontraría y cerraría el caso, si es que podía llamarlo así. No era un trabajo policial de primer orden, pero para los parámetros en los que se movía la delincuencia y el crimen en Panite podía considerarse algo bastante decente.

Mientras subía, deseó que en la votación a favor de los pantalones cortos que hicieron uno año y pico antes hubiera salido vencedor el SÍ. Eso le garantizaría un aspecto ridículo, pero caminar cuesta arriba por la colina Pelado con unos pantalones largos de color azul marino oscuro en pleno mediodía de ese maldito día de agosto era suficientemente estúpido como para que la vestimenta fuese considerada un agravante. Durante los siguientes minutos su cabeza viajó hasta la reforma que semanas atrás Marcus había iniciado en su casa, a pesar de las quejas y amenazas de Diana, en un arranque de vitalidad, decisión y autosuficiencia mal entendida. No tardó en darse cuenta de que la planificación pecaba de un optimismo radical que ya quisieran para sí los que años atrás habían asegurado que a finales del siglo XX habría colonias en la Luna. Tras arrancar la talla y el suelo de casi la mitad de la casa, generando al menos una docena de sacos de escombro cuyo polvo invadía hasta el cajón de los calzoncillos, la fase de construcción se antojaba sensiblemente más compleja para alguien como él, con nula experiencia en trabajos físicos. No sólo en aquello se había equivocado. Las previsiones económicas también se habían disparado tras comprobar que había infravalorado u obviado los precios de algunos materiales, y la constatación de que tendría que contratar mano de obra especializada para tareas que en un principio pensaba hacer él mismo. Con un cálculo poco riguroso, al poco de comenzar había estimado que la reforma se alargaría el doble de lo pensado y más del triple de un dinero que no tenía. Por precaución e instinto de protección, se había asegurado no decir ni una palabra de aquello a Diana, que se quejaba a menudo del escaso grado de avance. Algo en lo que, le fastidiaba admitir, tenía toda la razón.

Marcus no podía presumir de tener un gran olfato sino más bien todo lo contrario, pero aquello no supuso problema alguno para una corriente de aire a la que acompañaba un profundo y nauseabundo olor. Intentó reprimir un par de arcadas, pero la garganta y el esófago estaban fuera de control y con la tercera náusea el café con leche y el sándwich del almuerzo medio digerido salió con violencia por su boca, llenando sus botas y los pantalones de pequeñas partículas blancas y marrones. De haber estado interesado, habría distinguido la lechuga, los trozos de pan integral, el queso, el tomate y el jamón, resultado de su tendencia a comer como si participase de algún concurso de velocidad que a Diana tanto le sacaba de quicio. Sin embargo, sacó un pañuelo de papel, se limpió y tras guardarlo en el bolsillo sacó otro con el que cubrirse la nariz, mitigando el repugnante olor.

La desconfianza instintiva con la que continuó el camino fulminó sus disquisiciones sobre el coste temporal y económico de la reforma y las implicaciones de ésta en su relación de pareja, le hicieron prestar más atención a su entorno. Varios metros después, en un recodo del sendero donde éste se abría al pasar por un gran nogal, encontró una razón suficiente para vomitar por segunda vez. Antes de que su mente pudiese tener tiempo de racionalizar aquello, se encontró corriendo colina abajo con las babas cayendo desde su boca sobre la camisa.

Aunque reprimió las siguientes arcadas, aparte de sus esfínteres eso sería lo único sobre lo que tendría control en las semanas y meses siguientes.

(Texto relacionado con Árbol, de hace unos días)

16 abril 2015

13 abril 2015

Esta entrada está protegida. Para verla escribe la contraseña:


12 abril 2015

Dicen que si tiras una rana a una olla de agua hirviendo, ésta saltará fuera y se alejará escaldada. Si por el contrario la metes en agua fría y vas incrementando la temperatura poco a poco, la rana no percibe el peligro y acaba cocida. Eso dicen, aunque no había tenido la oportunidad de comprobarlo.

Aun así, este último caso parecía ser, pues, el de la gente de aquella triste y patética ciudad: ni uno sólo de sus habitantes era más listo que una puta rana. Llevaban tanto tiempo encerrados en aquella cárcel de edificios de ladrillo caravista que eran incapaces de tomar la decisión de saltar y huir, a pesar de las consecuencias. Lo sentía en cada uno de sus ojos, sus palabras, sus movimientos. Quizá no fuesen incapaces, quizá no lo hubiesen olvidado, quizá las personas nacían sin esa capacidad en aquel lugar. Inútiles de percibir el crimen y el peligro de una vida gris y monótona y estúpida, una existencia fútil. Pero todo crimen tiene su castigo, después de todo.

Aunque él no tenía nada claro que una rana pudiese escapar de una olla hirviendo saltando: ésta se encontraría hervida antes de que pudiera siquiera contraer los músculos de las ancas para escapar. Sin embargo, eso no cambiaba las cosas.

9 abril 2015

Observó la imagen formada por los pies que colgaban frente a él, como si tratase de descifrar algún enigma por su color, la forma de sus dedos o el color de las uñas. Como última escala en su viaje fuera del cuerpo de sus propietarios, la sangre se había deslizado por sus piernas dejando surcos que se asemejaban a la desembocadura del delta de un río.

Le pareció que el olor había comenzado a remitir. La confirmación vino al liberar su nariz y aspirar profundamente. Apenas quedaba ya un ligero tufillo a estiércol. Se sentía mejor. Algo confuso todavía. Se metió la camisa dentro del pantalón con minuciosidad, como hiciera horas antes en su casa después de ducharse, se abrochó la camisa e hizo una mueca al descubrir sus botas reglamentarias manchadas de vómito. Sudaba a mares bajo aquel sol de mediodía. Estaba hecho un asco. Seguramente olía peor él que aquellos dos y acercó su nariz al sobaco, levantando el brazo para comprobarlo. Ese movimiento le trajo a la vista de nuevo los pies que había olvidado por completo. Levantó la vista con curiosidad, como si fuese la primera vez que los veía.

Se fijó en la mujer. Jugó a adivinar su edad y decidió que tenía treinta y tres años. En aquel estado, su cuerpo desnudo carecía de cualquier connotación sexual. Mostraba un color pálido parecido a la vainilla y ya cercano a verdoso, sobre todo en las extremidades. El pelo castaño, en el que se enredaban las hojas secas y los restos de su propia sangre, le caía a la derecha de su cabeza. Dos agujeros ocupaban el lugar de sus ojos, y de éstos surgían cascadas de color granate que atravesaban sus mejillas y caían hasta la barbilla, como esas figuras de vírgenes que siempre lloran lágrimas de sangre. Tenía la boca llena de algo, aunque la presión de la cuerda y la posición de su mentón se la mantenía cerrada y no apreciaba a ver qué era aquello. No tenía tampoco especial curiosidad por averiguarlo. Miró el lugar donde antes habrían estado sus pechos y el palo que le salía del coño y colgaba hasta la altura de las rodillas. Se imagino la sangre corriendo por éste hasta que no quedase en su cuerpo ni una gota. Desangrada como un cerdo en el matadero. Lo miró a él y pensó que habían tenido menos compasión, pero esa idea no duró demasiado en su cabeza. Conservaba sus ojos, pero poco más. Estaba rajado desde el pecho hasta el ombligo, y podía ver el interior de su cuerpo como el de un costillar en la vitrina refrigerada de una carnicería. Sus genitales no habían corrido mejor suerte que los de ella.

Miró las cuerdas, tensas con el peso de los dos cadáveres. Le sorprendió por un momento que no se balanceasen. Suponía que los cuerpos colgados de una cuerda debían mecerse suavemente al ritmo del viento, como había leído o visto en alguna parte, pero no era ese el caso de estos dos. No se movían ni un ápice. Debajo de ellos, en el suelo, se amontonaban las vísceras de él, cubiertas de pequeños puntos blancos. La sangre que en su momento habría formado un gran charco ya estaba seca y cubierta en gran parte por las hojas.

Se dijo que habría que bajarlos de allí. Esa sería una tarea difícil sin abandonar la protección de la luz del sol, pero entrar en la penumbra de la sombra no era una opción. Después de eso, estaba la logística. Era importante. Imprescindible. Necesitaría una escalera y algo para trasladarlos hasta la carretera porque no sería posible llevarlos arrastrando. A pesar de que él pesaría mucho menos que cuando estaba vivo, aun era un individuo de tamaño considerable. Ella no. Pero los dos juntos pesaban demasiado y él no iba a poder hacerlo sólo.

Esperaría. Fran y el Gordo no tardarían en llegar. Ellos sabrían qué hacer. Ellos sabrían cómo hacerlo. Ellos traerían las botas de agua, el paraguas y si era necesario, como parecía ser el caso, construirían un muro de contención. Todo para que, al menos, la mierda que caía del cielo fluyese por el cauce construido para ella.

31 marzo 2015

(Fragmento descartado)

Pero la cuestión es que todos hemos sido jóvenes y un chico sí necesita algo más de vez en cuando, no me jodas, y más cuando tiene las hormonas a flor de piel y siente que aquello que los demás ven de sí mismo es todo lo que tiene. Pensar lo contrario es engañarse a sí mismo, pretender seguridad y protección dentro de una jaula que no existe para un pájaro que ahora sólo quiere libertad. Y entonces, llevado por ese sentimiento de vulnerabilidad, esa sensación de exposición a millones de ojos escrutadores del mundo que no le prestan la más mínima atención, siente que necesita un regalo con el que impresionar a alguna chica del barrio, o a esa en especial, que necesita irse de putas con los amigos y meterse entre las piernas de alguna para demostrar que es tan hombre como cualquiera o igual que todos ellos, que necesita pagar lo que perdió en la última timba de póker que organizaron en el bar de la esquina; cualquier cosa que se te ocurra, eso lo necesita un crío de estos, pero al final, lo único cierto es que todo el mundo, siempre, necesita algo. Todo el mundo, en algún momento de su vida, siempre. Y en el caso de un adolescente, hazme caso, dáselo o déjale que lo encuentre por sí mismo, o de lo contrario lo utilizará como arma arrojadiza muchos años, lo consiga o no; sé muy bien de lo que hablo, y cuando uno de esos cabrones encuentra algo a lo que agarrarse, lo hace tan bien como cualquiera o incluso mejor. Pues bien, aún así, muchos padres y madres no aprenden, y no se dan cuenta de que a pesar suyo, sus críos acabarán encontrando el medio de llegar a lo que buscan, sea como sea. Y claro, en ese camino estamos nosotros, encima de las baldosas amarillas, cogidos de la mano de Dorothy, el espantapájaros y el resto de la cuadrilla, sonriendo, con los brazos abiertos y dispuestos a llevarlos hasta el puñetero mago y allí donde quieran ir. Pero ya sabes lo que te decía, todo el mundo quiere algo y nosotros no vamos a ser menos que todo el mundo; nada es gratis y nosotros también tenemos nuestros pequeños deseos que formular.

Con los padres de familia, la situación es muy diferente. Un hombre que entra por esa puerta no busca un capricho. Busca comida, busca ropa, busca pagar el recibo del agua; persigue su propia vida y la de su familia, quizá aunque sea porque el dinero que tenía para todo eso ya ha cambiado de manos, con o sin su ayuda. Eso a nosotros no nos interesa, el resto sí, y con el hambre de las personas, con eso no se juega. Pocos adultos entran por esa puerta sonriendo nerviosamente como los jóvenes de antes; la mayoría parecen sacados del mismo molde: delgados, pelo corto y ropa y calzado viejo. Es ahí donde mejor se percibe, además de en su cara. Cualquiera se daría cuenta de que ponen todo su esfuerzo en disimular sus carencias, su hambre, su sufrimiento, sus preocupaciones y su falta de sueño, pero no saben que los chivatos van con ellos; grietas en los empeines de los zapatos recién lustrados, pantalones limpios una talla más grande o camisas a las que les falta algún botón, una cabellera engominada que ha sido cortada por una mujer que seguramente se corta también el pelo a sí misma sólo por ahorrar unos míseros dólares. Cuando un hombre de estos entra por la puerta, no es necesario que abra la boca, porque su sombra agazapada tras él, te está gritando que te necesita.

19 marzo 2015

(No estoy muy literario últimamente…)


Leer el resto de la entrada »