4 diciembre 2014

1 diciembre 2014

29 noviembre 2014

24 noviembre 2014
Como seres humanos, nuestra grandeza descansa no tanto en nuestra capacidad para rehacer el mundo, sino en el poder de rehacernos nosotros.” — W. Edwards Deming
21 noviembre 2014

Al principio eres libre. De una manera pura, extraña, superlativa y ajena a ti. Tanto como un globo de helio flotando hacia la estratosfera. No tardará mucho en aparecer sobre tus hombros una liviana carga que irá creciendo con los años sin que apenas la percibas, y llegado un tiempo llegarás a creer que ese parásito que crece en tu espalda es parte de ti. Te acostumbrarás a él y te convencerás de que no está ahí. De que has nacido con él, de que es parte de tu naturaleza.

Pero es mentira. Con el tiempo ese equipaje solo hace que crecer y lo percibas o no, todo se hace más complicado, más pesado, más insoportable, más denso. Buscas a alguien con quien compartirlo, tratas de deshacerte de él, pero no tardas mucho en darte cuenta de que no puedes borrar tu nombre de su superficie y esa realidad aparece en tu vida como una bola de acero golpeando tu esternón. A menudo te sientes tan cansado como crees que podrás estarlo jamás, y descubres que eso también es mentira porque tras ese horizonte siempre hay otro más lejano.

Un día lees SALIDA DE EMERGENCIA en la ventana del autobús que te lleva de siete a cinco a trabajar por cuatro euros la hora, pero sabes que detrás de esas letras solo hay otra promesa incumplida más y ya has perdido la cuenta de las veces que has deseado desaparecer. Como una moneda engullida por un sofá sin que nadie la eche de menos; como una pequeña pastilla amarilla redonda perdida dentro una caja gigante llena de ansiolíticos. Pero nunca es tan fácil cuando no eres esa moneda ni esa pequeña pastilla amarilla como la que se perdió, justo la que necesitas encontrar al llegar a casa.

El tiempo sólo hace las cosas más duras, más ásperas, más difíciles, más grandes, más estúpidas, más asfixiantes y entonces piensas si buscar tu propia salida de emergencia no será la única manera de no tener que continuar arrastrándote hasta el próximo horizonte.

(Ficción)

16 noviembre 2014

Maison Toilet: a vision of the hyper-surreal

13 noviembre 2014

Interrumpimos la programación habitual para dar paso a una pequeña maravilla.

8 noviembre 2014

(Versión modificada de un “relato” antiguo)

Cuando no tienes un buen día, no tienes un buen día. Parece una perogrullada, pero hay cosas que a veces necesitas repetirte. Yo hace mucho tiempo, demasiado, más que demasiado, que no tengo uno de esos. Uno de esos días cojonudos en los que todo es de puto color rosa chicle, en los que todo el mundo, todo el puto mundo, te saluda con una sonrisa. Uno de esos días en los que en el metro en lugar de un viejo pegado a ti oliendo a cerdo hay un universitario que no se atreve ni a mirarte. Uno de esos en los que joder, quieres tirarte a medio mundo, sólo porque son ellos y porque son así. Pero no. Ya no queda rosa chicle. Se acabó hace tiempo. Gris, gris, gris y más gris. Gris chicle, si quieres. Un chicle insípido, monótono, triste. Uno masticado hasta la saciedad y en el que sólo queda goma endurecida por las mandíbulas de mi existencia. Tú lo sabes muy bien porque estabas ahí. Trato de flotar pero me hundo sin remedio como una tonelada de hierro en el fondo del mar. Patéticos, tristes y reciclados. Así son los segundos con los que lleno cada minuto, cada hora, cada día, cada mes de mi puta vida.

Pero yo, joder, mi cuerpo, mi alma, mi ser, mi espíritu, mi coño, todos, todos necesitamos un puto día así. Todo el mundo se merece uno de vez en cuando, sólo por existir. No sé ni siquiera si me entiendes, si lo has llegado a hacer o si alguna vez lo has intentado. El problema es que yo, ingenua, esperaba ese día de ti. Pensaba que si no me lo podías dar, al menos lo intentarías. Confiaba en ti. Que si no podías rescatarme no dejarías que me ahogase. Sí, lo pensaba. Quizá lo hayas hecho alguna vez. No lo sé. Pero lo que sí sé es que soy tonta. Soy una estúpida y jamás dejaré de repetírmelo. Porque tú vas ahora y me dices que sobro. Que sobro. Que me largue. No me jodas. Que ya no pinto nada. Adiós, hasta luego, que te vaya bonito, ¿no decía eso la canción? Bonito. Que te vaya bonito. Y me lo dices con esa jodida vocecita de niña pija que siempre has tenido porque eres un cobarde y no tienes cojones de mirarme a la cara mientras me dejas tirada en la cuneta. No eres sólo un cobarde. También eres historia.

Y entiéndeme, no tengo un buen día, espero que lo entiendas. Quizá sea culpa tuya y quizá no. Aquí en el fondo del mar no encuentro al puto Bob Esponja y estoy yo sola. Dímelo mañana y a lo mejor, a lo mejor te pueden ir dando mucho por culo.