17 abril 2014

Esta mañana, mientras venía al trabajo en la SER tenían un debate sobre las elecciones europeas. Apenas habré escuchado los últimos diez minutos, que han sido utilizados por las tertulianas para resumir sus posiciones. Una de ellas decía lo siguiente:

Hay que intentar trasladar esa utilidad del proyecto europeo para estas generaciones más jóvenes, para estas generaciones que son Erasmos, que son la aspiración de lo que pretendía este proyecto político y económico. Y eso yo creo que es el desafío de estas elecciones al parlamento europeo.
Y hay un riesgo que combatir. Que nadie vaya a las elecciones, bueno, cada uno puede ir a las elecciones con el espíritu que quiera, pero, sería una pena utilizar al parlamento europeo como la primera expresión de voto en contra de todo el conjunto de medidas que han venido siendo adoptadas en los últimos cinco años, porque eso puede provocar un desgaste importante para los partidos políticos mayoritarios, y eso puede provocar un efecto en lo que es el resultado final en el ámbito del parlamento europeo, puede conducirnos a un parlamento europeo ingobernable, y eso sería una pena.

Y tras la intervención de la otra parte, venía a resumir su posición con algo así:

Lo que me preocupa es plagar al parlamento europeo de grupos antieuropeos.

Ya ven qué concepción más interesante de la democracia.

Parte del audio que he transcrito se encuentra aproximadamente al comienzo de los últimos tres minutos:

28 marzo 2014

19 marzo 2014

Poesía

Visto en FB.

14 marzo 2014

(Recupero este relato de 2007, cuyo enfoque me gusta, aunque necesita algo de poda)

A. convierte todo lo que hace en una obligación, lo sea o no. Cuando ya lo es, por supuesto todo resulta más fácil. Como el rey Midas del cuento con el oro, cualquier cosa que toca se torna al cabo del tiempo en algo que ha de hacer, no en algo que quiere hacer, por muy ilusionado que esté al principio. Eso le quita, como es de esperar, toda la diversión a las actividades que hace, lo que le lleva a abandonar una tras otra, en busca de algo de algo de entretenimiento. Y en esa búsqueda que elimine la apatía, el aburrimiento, el hastío que envuelve todo aquello en lo que se embarca, A. observa, estudia, y experimenta. Con los habituales; coleccionismo, la lectura, el cine y la televisión, la música, los tebeos, las reuniones con amigos o los deportes. Con cualquier droga que es capaz de conseguir y meterse: se coloca hasta que el cuerpo aguanta, o deja involuntariamente de hacerlo y visita por necesidad la sala de urgencia del hospital de turno. Sexo en pareja, en trío, hetero y homosexual; orgías, sadomasoquismo, zoofilia, coprofilia y toda aquella parafilia que se le pasa por la cabeza. En todo ello, fracasa y se hunde en su miseria existencial; no entiende nada y piensa que hay en todo ello algo que se le escapa, un nosequé que se le resiste, que no puede alcanzar. La misma mierda monótona día tras día, la misma ausencia de emoción y de puta alegría inalcanzable. Incapaz de comprender en qué extraña cualidad o propiedad, ajena a él, reside la diversión que obtiene la gente que le rodea, intenta racionalizar su problema, asimilarlo, pero sin que ello le lleve a nada; ni siquiera le mantiene ocupado. Como último recurso, como última escapatoria, miente, engaña, roba, viola y asesina, tortura, maltrata, y se esfuerza en reducir la vida de los demás a un infierno, poniendo en ello todo su empeño. Y se siente feliz, realizado, alegre y jovial mientras lo hace; se divierte y su vida se convierte precisamente en eso: en una vida, en una que vale la pena vivir.

Seguramente culparán a A. por ello. Pensarán esto y aquello, y lo condenarán sin pensarlo dos veces. Hagan lo que quieran, qué más da. Al fin y al cabo, ¿qué saben ustedes de vivir sin ilusión?

5 marzo 2014

(Ejercicio para el curso de escritura creativa de la Univ. Valencia 2014)

De camarera, de Marilyn Monroe, de fallera o de caperucita roja, todos los años en Nochevieja mi tío Raimundo (el tito Rai), aparecía disfrazado en nuestra casa con zapatos de tacón y los labios inevitablemente pintados de rojo.

Su entrada en casa siempre me pillaba en la cocina pelando patatas junto a mi madre, que al oírle llegar no hacía ningún esfuerzo por disimular lo mucho que le molestaba la provocativa extravagancia de su hermano: esbozaba una mueca de disgusto y luego musitaba algunas palabras entre dientes que nunca pude comprender. En el polo opuesto se encontraba mi padre, que lo recibía con escandalosas risas y algarabías que se podían escuchar con claridad desde donde estábamos. Eso hacía que mi madre volviese a torcer el gesto y yo me concentraba en no rebanar más que la piel del tubérculo, con miedo a abrir la boca aunque fuese para estornudar.

Esta tónica continuaba durante la primera parte de la cena, de una manera casi ensayada: mi madre evitaba cualquier contacto con el tito, en especial aquello que requiriese mirarle a la cara, lo que tras un par de horas de cena acababa por resultar cómico. Mi padre, a medida que las copas de vino caían, intensificaba su vis cómica y le preguntaba por su ropa interior, si tenía algún noviete esperándole para la posterior fiesta de año nuevo o destacaba lo bien que llevaba el pelo esa noche.

El objeto de tantas atenciones y protagonista indiscutible de la cena se movía entre el respeto a mi madre y la complicidad con la jovialidad de mi padre. Los demás comíamos y manteníamos conversaciones irrelevantes y mirábamos y esperábamos ese momento en el que el tito sacase el pintalabios. Ese era el comienzo del previsible segundo acto: mi madre acababa por explotar, se levantaba de la mesa y se metía en la habitación cerrando con un sonoro portazo. Tras ella, se metía el tío Raimundo y luego mi padre tambaleándose. A los pocos segundos empezaban los gritos, luego le seguían los llantos y por último, salían los dos y disculpaban que ella no acabase la cena en familia: inexplicablemente, algo le había sentado mal.

Estábamos acostumbrados a aquella absurda excusa. No sólo habíamos sido testigos de los acontecimientos de esa noche, sino de los de todas las anteriores, pero no abríamos la boca. Se ve que a mi madre las cenas de Nochevieja le sentaban mal por definición.

Tenía yo quince años cuando el tito murió de cáncer. Lo recuerdo bien porque la Nochevieja anterior me había dado un par de consejos para conquistar a un chico de clase que me gustaba. Nunca supe si el tío Raimundo era en realidad marica, que era como le gustaba que le llamasen. Sin embargo, creo que en realidad, lo único que pretendía era llamar la atención de mi madre para que ella se acordase de él durante el resto del año.

Todas las Nocheviejas tras su muerte, mi madre llora y puedo ver las lágrimas cayendo por sus mejillas mientras pelamos patatas. A veces se escucha un ruido en la puerta y ella levanta la cabeza, deseando poder hacer una mueca de disgusto y musitar algo incomprensible entre dientes. Mi padre no tardó en encontrar otro objeto de diversión.

Gracias a Óscar.

Qué gran canción.

26 febrero 2014

Últimamente me ha dado por revisar algunos de los blogs que solía visitar y comentar hace ya varios años. Cuando publicaba más a menudo, era más guapo, más listo y menos viejo. Por aquel entonces.

De todos los que he mirado, ya sea por mi pobre memoria o por las personas que dejaban su dirección en los comentarios, creo que apenas quedan en pie un par. El resto o han dejado de existir, o hace años que no se actualizan.

Nos estamos haciendo viejos.

20 febrero 2014

Más fotos.

14 febrero 2014

Bueno. Después de un mes y poco he acabado el libro La habitación oscura, de Isaac Rosa. Sus escasas pero al mismo tiempo excesivas 247 páginas me han costado más de lo que me gustaría y más teniendo en cuenta que alguna página la he leído “en zeta”.

Creo que voy a discrepar de la gran mayoría de críticas (pero no de todas). Isaac Rosa quiere hacer una denuncia social de la crisis y las esperanzas perdidas de una generación que se iba a comer el mundo a base de pisos más grandes y coches más grandes, pero no se puede hacer eso sin una trama más consistente. Sólo a partir de la página 130-150 el libro se pone mínimamente interesante, pero hasta entonces, la trama gira una y otra vez en torno a la misma idea: repetir una y otra vez lo mismo, intercalando la piel de diferentes personajes con el contexto de la habitación oscura de fondo. El problema es que ese interés, que tampoco es para echar cohetes, dura unas 70 páginas y luego volvemos al tedio con una especie de trama de seguridad informática bastante increíble (se lo digo yo que trabajo en seguridad).

Claro que ese no es el único problema. El otro es su simplicidad a la hora de abordar la crisis que en definitiva es el propósito del texto. No hay profundidad ni diagnóstico. Eso está bien para eldiario.es, pero no es suficiente para una novela. Es una mera enumeración de hechos pasados y actuales, historias de un conjunto de personas sin que ninguna de ellas nos despierte el más mínimo interés, todo sembrado de lemas actuales (“el miedo va a cambiar de bando“) y una reflexión demasiado superficial sobre el uso de métodos menos ortodoxos para la denuncia social (que la manifestación pacífica). Todo muy simple, muy caricaturizado, muy evidente, muy obvio.

Para acabar, el abuso de enumeraciones (en plan esto y esto y esto y esto, o esto, esto, esto, esto, pero así cien veces) y la ausencia casi total (no recuerdo bien pero frecuentes no son, desde luego) de diálogos lo hacen un libro que quieres dejar de nuevo cada vez que lo coges. En definitiva, 247 páginas que con el tratamiento que les da deberían haberse quedado en menos de la mitad. Imagino que entonces la publicación es algo más difícil.

Ahora me queda acabar el de Rafael Chirbes, En la orilla, que tampoco me está gustando demasiado. Veremos.