12 septiembre 2014

Apolonia Saintclair. Ink is my blood

5 septiembre 2014

Estamos a principios de la primavera. Calculo que son las ocho y media, pero no lo sé a ciencia cierta porque nunca salgo a nadar con reloj. A excepción de la cabeza, mi cuerpo está totalmente sumergido en el agua fría y salada del Cantábrico. El mar está más picado que estos días pasados y he tragado algo de agua.

A pesar de todo, me siento a salvo mientras muevo las manos y las piernas para mantenerme a flote y recuperar algo de aliento tras treinta minutos nadando. Tengo la impresión de que podría permanecer aleteando suspendido todo el tiempo que quisiese. Me dejo llevar hasta las profundidades y sucumbo a la tentación de abrir los ojos. El mundo no existe aquí abajo. El tiempo está detenido y soy feliz. A excepción del gusto, mis sentidos están casi anulados. Apenas puedo ver medio metro más allá de mis manos y mis oídos sólo reciben el murmullo amortiguado de las olas bailando. Sólo soy consciente de las yemas de los dedos cuando los muevo enérgicamente. De vez en cuando algún pez diminuto revolotea a mi alrededor unos segundos y desaparece. Se me acaba el aire y vuelvo a la violencia de la superficie a recuperar mi percepción. A mis incómodas e imperfectas puertas a la realidad.

Los ojos me escuecen; cierro los párpados y los aprieto tratando de expulsar un elemento extraño, pero como esperaba no obtengo ningún alivio. Tendré los ojos irritados toda la mañana, pero es sólo un pequeño inconveniente. Ignoro la molestia y sumerjo la cabeza con regularidad para aliviar el sudor de mi frente, que desaparece en el mar tan pronto como brota de los poros y entonces el proceso vuelve a repetirse. Disfruto del indescriptible placer que me produce el contraste del calor corporal con la fría temperatura del agua.

Diviso la boya que utilizo de referencia a unos cincuenta metros a la derecha, que se bambolea como un borracho agarrado a una farola. Hoy me he escorado más de lo habitual, porque debería tenerla al otro lado. Ha llegado el momento de volver a la vida terrestre, así que me hundo por última vez y salgo con los brazos extendidos en dirección a la orilla. Tengo los músculos entumecidos aunque no tardarán mucho en ponerse a tono.

Nadar en el mar es totalmente diferente a hacerlo en las aguas pacíficas de una piscina. Aquí dentro nada te respeta y no eres más que una insignificancia en un medio que no es el tuyo. Simplemente te ignoran.

Cuando llevo recorrido algo menos de la mitad del camino, una ola me coge con el brazo cambiado y trago una considerable cantidad de agua que me recorre como un témpano helado. Me detengo y la tos sale violenta desde las profundidades de mi garganta. El agua me sale por la nariz y me sueno con los dedos enérgicamente. Espero un par de minutos a recomponerme. En la orilla, observo a un hombre y una mujer caminar por la arena, cerca del límite donde la lengua de las olas entra en la tierra. Apenas los diviso, pero van abrigados. A esta hora todavía hace fresco.

Quizá trescientos metros delante de ellos, dos hombres vestidos de negro avanzan en dirección contraria a paso rápido como si huyesen de algo. El contraste entre ambas parejas es notorio. No tardarán más que unos minutos en cruzarse. Me sumerjo por última vez y retomo la horizontalidad que el Cantábrico me permite, que en algunos momentos no es mucha. Nado mientras mi mente se abstrae. No puedo pensar mientras lo hago y el sonido del mar silencia, quizá intencionadamente, los gritos de la mujer.

4 septiembre 2014

Creo que Patrick McLaw y yo compartimos problemas similares, aunque de momento el mío no es tan grave.

http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/actualidad-musical/escribir-ciertas-novelas-podra-llevarte-al-manicomio-o-algo-mucho-peor

La historia es así: Patrick McLaw, un joven talento de la novela negra, publica su violento relato bajo pseudónimo y continúa su vida como si nada. Tiempo más tarde, a sus veintitrés años y como profesor de colegio en Maryland, un grupo de policías llaman a su puerta y le obligan a someterse a un tratamiento psicológico de emergencia. Por lo visto, el pobre aspirante a Stephen King está siendo investigado como sospechoso de un posible crimen (…)

Por cierto, el martes volví a comisaría. Ya no tengo claro cual es la gravedad real del asunto, aunque mi abogado insiste en que no me preocupe. Claro, qué va a decir él… Espero poder contarlo el fin de semana, si saco fuerzas.

29 agosto 2014

Hace aproximadamente cuatro meses y medio, después de una larga sequía literaria, escribí en un par de días un pequeño texto, de no más de mil palabras, en el que describía con bastante detalle un par de asesinatos ficticios, y en el que incluía una violación y una dosis importante de violencia gratuita. Me gusta escribir sobre eso, no puedo evitarlo. Creo que el texto estuvo colgado unos tres días, porque después de releerlo un par de veces lo acabé borrando (sí, lo borré). Por un lado, no es que me pareciese demasiado descriptivo, pero me sentía incómodo con él (ya saben que este blog lo lee mi familia y aunque me conocen bastante bien, siempre hay margen para la sorpresa) y el desarrollo de la historia tampoco me acababa de encajar. Si a eso le sumamos que me pilló en un día de horas bajas, el resultado fue la eliminación de la entrada.

Esta mañana se ha presentado la Policía Nacional en mi casa, justo cuando me preparaba para ir de camino al trabajo, es decir sobre las ocho y media. Es desconcertante que te llamen a la puerta a primera hora, cuando todavía estás a medio desayunar, y que al otro lado de la mirilla veas a dos policías nacionales mirando a la puerta con cara de pocos amigos y esperando que abras. Como no podía ser de otra manera, he abierto la puerta y sin dar demasiadas explicaciones, me han dicho que les tenía que acompañar a comisaría. Como soy lento pensando y no estaba para discutir ni ellos parecían dispuestos ni acostumbrados a recibir negativas, no me ha quedado otro remedio que acompañarles. Hasta que me he dado cuenta de que no había hecho nada, he pensando incluso que me iban a poner unas esposas o unas de esas bridas blancas grandes. Por fortuna, ha sido todo bastante normal. Mientras bajábamos los cinco pisos de la finca no nos hemos cruzado con ningún vecino (que por otro lado, no me conocen ya que apenas llevo un par de meses aquí y la mitad del tiempo he estado de vacaciones), pero al salir a la calle Fuencarral era la atracción principal. Vestido con el traje como iba, alguno pensaría que yo era alguna especie de estafador. Mientras cruzábamos la calle en dirección al coche aparcado en doble fila, me preguntaba qué sería lo que había hecho para tal escolta, pero estaba demasiado acojonado para preguntar y de nuevo, ellos no parecían muy habladores. Ahora ya tengo más información y si he de ser sincero, prefería permanecer en la ignorancia, porque lo que me han contado no me tranquiliza.

Creo que sólo había entrado una vez en una comisaría de la nacional, en aquel caso a denunciar el robo de una tarjeta de crédito, y entonces me senté delante de un escritorio a explicar cómo pensaba yo que se había producido el robo. Hoy era todo muy diferente. Ni había escritorio, ni policia al otro lado. Me han invitado a entrar en una salita no demasiado grande con una mesa y dos sillas y un espejo muy grande en una de las paredes. Por lo demás, la habitación estaba vacía y creo que por influencia de las películas, me sentía observado por alguien al otro lado del pretendido espejo. Si mientras iba en el coche de la nacional ya estaba nervioso, cuando me he sentado en la silla, que estaba helada, podría haberme tomado una caja de diazepam y me habría quedado igual. Estaba ansioso, nervioso y creía que iba a vomitar en cualquier momento. Suerte que esta mañana me había tomado un primeran y un motilium.

Después de varios minutos que no soy capaz de determinar, ha entrado un hombre de mediana edad con una carpeta en la mano y con camisa de manga corta a cuadros y pantalones tipo chinos, creo. No estaba yo para fijarme mucho en su ropa, la verdad. Ha pasado por mi derecha, se ha sentado y con un leve movimiento se ha acercado a la mesa dejando la carpeta de cartón marrón encima de la mesa. Hasta ahí, todo seguía pareciéndose bastante a lo que mi memoria cinematográfica esperaba que sucediese. No se ha encendido un cigarrillo, pero olía a tabaco lo suficiente para que mi deficiente olfato lo notase cuando ha pasado a mi lado.

Allí delante, tenía una expresión de indiferencia y aburrimiento, como si tuviese que sentarse en esa misma silla en esa misma sala con esa misma carpeta todos los días, una y otra vez. No ha hablado demasiado. Con un leve acento andaluz se ha presentado, me ha dicho cuál era su cargo (aunque no me acuerdo de ninguna de las dos cosas), ha abierto la carpeta y ha desplegado sobre la mesa cuatro fotos del cuerpo de dos cadáveres y varias fotografías con algunos detalle de las laceraciones, úlceras y cortes que los dos tenían en las extremidades y la cara. Todo era bastante repugnante y explícito. Cuando las tenía distribuida, ha cerrado la carpeta, les ha dado la vuelta para que las pudiese ver bien y se ha quedado mirándome fijamente, como si esperase que yo fuese que en algún momento yo fuese a decir o hacer algo. Algo delatorio, supongo. O ponerme a llorar. O quizá no. Yo no tenía ni idea de qué se suponía que iba aquello y la situación me superaba demasiado como para tratar de preguntar o decir algo.

No sé cuánto tiempo hemos estado así. Quizá un minuto o dos. Yo mirando a algún punto irrelevante de las fotos tratando de desenfocar la vista y él mirándome a mí. De vez en cuando yo levantaba la cara de la mesa y me encontraba con sus ojos, e instantáneamente la volvía a bajar. Sin inmutarse ni esperar que yo me cansase, entonces ha sacado una hoja impresa, ha apartado las fotos con la mano con cuidado y me la ha acercado deslizándola por la mesa. No me ha costado más que media docena de palabras darme cuenta de que era una copia de la entrada que había escrito varios meses antes, y he dejado de leerla. Aunque ahora me parece obvio, yo seguía sin entender una mierda y él seguía allí delante, mirándome. Creo que hubiese preferido que se pusiese a gritar porque el silencio de la sala me resultaba muy desagradable. La cuestión es que yo ni relacionaba las fotos con el texto, ni entendía qué hacía yo allí, tenía náuseas y estaba sudando como un cerdo. En aquel momento deseaba sufrir algún ataque al corazón o ataque epiléptico para poder salir de allí sin tener que mover un músculo de manera voluntaria.

Yo esperaba que dijese algo, pero no ha pasado nada más. Se ha limitado a recoger las fotografías, meterlas ordenadamente en la carpeta de nuevo con un pequeño golpe en la mesa para alinearlas en la base y me ha indicado que ya podía salir. Cuando le he dado la espalda sabía que seguía ahí, mirándome. Antes de llegar a la puerta un policía ha entrado y me ha ha acompañado hasta una habitación donde me he sentado en una silla de plástico de color amarillo pálido como las de las salas de los ambulatorios, unida a otras encima de un armazón metálico. Había dos hombres más, uno mayor con una camisa abierta casi hasta el esternón pero en general, de aspecto más bien normal, y otro que tendría mi edad y estatura pero que pesaría no más de cuarenta kilos. Cuando he entrado me han examinado brevemente pero ahí ha acabado su interés por mí. No tenía ni idea del tiempo que ha transcurrido, pero al rato, una policia nacional ha asomado por la puerta, me ha llamado con una breve exclamación y ha preguntado desde la puerta si quería llamar a alguien. Tras un par de intentos sin éxito, he conseguido localizar a mis padres y les he dicho dónde estaba, qué ocurría (de lo poco que yo entendía) y les he pedido que buscasen un abogado. Entre lo poco que entendía y el estado en el que me encontraba, a duras penas he podido encontrar la forma de dejar claro que lo del abogado era importante.

He vuelto a la sala anterior, donde sólo quedaba el hombre mayor, y al cabo de una hora y pico ha aparecido el que en principio, y de momento, es mi abogado. Cuarenta y muchos años, traje gris marengo, camisa blanca y corbata azul, que estropeaban unos zapatos marrones mal cuidados. Abogado penalista, me ha intentado tranquilizar sin éxito y hablando mucho más rápido de lo que mi cabeza era capaz de asimilar, me ha explicado lo que pasaba y porqué estaba allí. Como mucho, habré entendido la mitad de lo que ha dicho.

Al parecer, no se han presentado cargos ni soy sospechoso de nada. Lo único que la policía tiene son conjeturas y hechos circunstanciales (no sé si él lo ha expresado así o soy yo que lo he robado de alguna película), pero me han pedido que esté disponible y localizable, y que el martes por la mañana vuelva a comisaría, aunque no sé para qué. Menos mal que no soy sospechoso, recuerdo que he pensado. A los no sospechosos no les pide nadie que estén localizables.

En más o menos media hora, según el reloj de la comisaría, después de rellenar un par de impresos y que me devolviesen las llaves de casa, el móvil, la cartera y los dos euros con veinte céntimos que llevaba, he salido por la puerta y David (el abogado) me ha acercado a casa. Cuando he llegado serían las doce y media del mediodía o así. No sé cuántas veces ha dicho que no me preocupase en absoluto, pero sí que han sido más de las necesarias porque no me han tranquilizado en absoluto. Seguramente él tampoco sería capaz de hacerlo en mi situación. O quizá sí, no lo sé.

Al llegar a casa he encendido el aire acondicionado, he bajado el estore, me he tomado tres pastillas de diazepam de 2,5 mg y me he tumbado en la cama. La cabeza tiende a engañar con estas cosas, pero creo que me ha costado más de una hora dormirme. Al levantarme he pensado por un momento que había sido un sueño demasiado real, pero al mirar el móvil y ver que tenía un montón de llamadas perdidas he vuelto a la realidad. Laura, mis padres, mi hermano, dos del abogado, varios amigos y familiares y tres llamadas de números desconocidos.

Os aviso que a muchos no os voy a devolver la llamada, al menos no hoy y tampoco sé si lo haré mañana o pasado. Espero que entendáis que no estoy de humor para hablar con nadie ni para explicar algo que no entiendo, así que por favor no llaméis para preguntar cómo estoy o qué ha pasado. No sé mucho más de lo que he escrito y estoy todo lo bien que puedo estar teniendo en cuenta las circunstancias. Os lo resumiré: Estoy cagado de miedo y no entiendo una mierda. Cuando se tranquilice todo esto (qué gilipollez, porque ni siquiera sé qué es “todo esto”), entonces ya veremos.

No sé ni a qué puta hora conseguiré dormirme hoy, creo que me debería tomar algo.