31 octubre 2014

La primera vez, cuando nació aquella cosa, todo fue muy diferente. Se enfrentó a algo que no conocía, que trataba de comérselo por dentro y por fuera y casi lo consigue. Para el resto de su mundo cercano, aquello había aparecido de manera espontánea, sin ninguna causa aparente y de un día para otro, así que se dedicaron a especular: la presión de los estudios, la adolescencia tardía, el abuso de drogas y alcohol (hijo, qué estás tomando), una predisposición genética a la depresión o quizá no lo hemos educado bien, no nos hemos preocupado bastante por él. Cada hipótesis traía una medida tan diferente como inútil, y así el monstruo logró salir de su cabeza y contaminar su mundo, sin que su mundo supiese que estaba contaminado: sus padres acabaron sacando los trapos sucios que cada uno escondía y se escupieron a la cara.

Meses más tarde comenzó su travesía por el desierto de la farmacología y la psicoterapia. Lo primero, para aprender a nadar. Lo segundo, para mantenerse a flote. Pero durante cuatro años permaneció en el fondo de un grasiento y espeso océano de color sangre, sometido a la dictadura de una madre demasiado contaminada y a un pastillero de color verde botella, con las iniciales de cada día de la semana pintadas de color blanco. Centrifugaron su cabeza con ansiolíticos (alprazolam, lorazepam, temazepam, buspirona y bromazepam), antidepresivos (paroxetina, fluoxetina, citalopram y más tarde escitalopram, bupropion, trazodona, además de un par de tricíclicos) y un puñado de fármacos que a veces le parecían escogidos al azar por el psiquiatra (lamotrigina, haloperidol, zolpidem, risperidona, aripiprazol). Tranquilo, si esto no funciona, probaremos con otra cosa. Pero aquella afirmación era cualquier cosa menos tranquilizadora. Mientras, cuida tu estómago con domperidona, loperamida, omeprazol. Las náuseas son normales. El cansancio es normal. El malestar es parte de los efectos secundarios. La falta de deseo sexual pasará. Intenta no levantarte de golpe si te mareas. Toma algo para la tensión. Si no puedes dormir, tómate esta. Si estás muy somnoliento, tómate esta otra. Trata de no conducir. No la mezcles con alcohol. No tomes excitantes. Lo de la concentración es sólo al principio. Esta pastilla por la mañana, esta por la noche, no tomes esta con el estómago vacío, vamos a subirte la dosis, vamos a cambiarte la medicación, vamos a destrozarte el cerebro, chico.

No había aprendido todavía a mantenerse a flote cuando a su madre se le acabó la paciencia, y comenzó a visitar docenas de psicoterapeutas. La mayoría, cognitivo-conductuales, pero también conductistas a secas, analíticos, psicoanalistas, gestalt y sistémicos. Terapias familiares, más trapos sucios y mierda en las manos. Las mismas preguntas y respuestas mientras mantenía apartado de la vista al monstruo que se removía en su cabeza. A veces incluso creía que asomaba por sus pupilas, que alguien podría ver sus garras asomando detrás sus ojos. Consultas viejas y nuevas, paredes de ladrillo y de madera pintada de gris, sillones, sillas de madera y sillas acolchadas, divanes, sofás, secretarias, citas por teléfono, psicólogos que asienten sin mirar a los ojos, que no apuntan nada o que lo escriben todo, enfermeras, pacientes (enfermos mentales) y acompañantes, televisiones en las salas de espera, flores de plástico y paragüeros en la entrada de la consulta, pasillos desconchados y recién pintados, su nombre pronunciado por la ayudante del psicólogo o éste mismo que sale a buscarle. La agenda materna, en el primer cajón del mueble del recibidor, llevaba un escrupuloso registro de las visitas: día, hora, médico, número de visitas realizadas, rasgos de mejoría. Aunque su madre se convencía de ver patrones, en realidad lo que una semana era una alteración positiva del comportamiento a la semana siguiente era lo contrario. Y a pesar de sus deseos, tenía que acabar cediendo a la verdad.

Hasta que un día, el monstruo comenzó a mostrarse cada vez con menor frecuencia. Cansado, debilitado o simplemente aburrido, acabó metiéndose en la fría celda de acero y cemento que habían construido hace tiempo para él. Cerró la puerta y lo olvidó, pensando que nunca volvería a salir y que soportaría vivir así, a pesar del aliento y los rugidos de aquella bestia en su cabeza. Que cualquier alternativa era peor. Y con esta creencia continuó con la farmacología y las terapias, hasta que la criatura desapareció del todo y se convenció que de verdad las palabras y las pastillas funcionaban. Que en realidad no había ningún monstruo y si alguna vez lo hubo, se había marchado.

Pero nunca fue así. Las historias de verdad no tienen un final feliz.

25 octubre 2014
El descubrimiento mas consistente que he hecho tras cumplir 65 años es que no puedo perder tiempo en hacer cosas que no quiero hacer.” — Jep Gambardella, La Gran Belleza

Cuando tocó al timbre, le abrí el portal y dejé la puerta entreabierta como hago siempre. No tardó en subir los tres pisos. Se presentó como Vanessa, aunque más tarde me dijo que en realidad se llamaba Ana. No estoy muy seguro de que aquel fuese tampoco su nombre real, pero creo que fue su manera de hacerme sentir mejor. Cuando entró le invité a sentarse en el sofá junto a mí pero prefirió escoger una silla y yo opté por no insistir. Era sensiblemente más joven y delgada que las otras chicas que me habían enviado y no hacía falta ser un lince para saber que estaba asustada. Tardó casi media hora en relajarse, tiempo durante el que se limitó a frustrar mis intentos de establecer algún tipo de acercamiento cordial antes del sexo. No me miraba ni sonreía; se comportaba como un operario que está preparándose para descargar un camión. Respondía a cualquier pregunta de la manera más escueta posible: si podía utilizar un monosílabo, no empleaba más vocablos.

Podía verle el sujetador con relleno debajo de la blusa negra semitransparente. No tenía apenas tetas y los brazos le colgaban a los lados como si fuese una muñeca de trapo con las extremidades desproporcionadas. Unos pantalones cortos y una especie de botines también negros con apenas un poco de tacón le daban un aspecto bastante alejado de lo que eran mis estándares de prostituta. Más bien, parecía recién salida de una fiesta de disfraces o un congreso de góticos. Al principio estuve a punto de reírme de su atuendo un par de veces, pero me contuve sin saber muy bien porqué. Sus piernas flacas y blanquecinas cambiaban de posición constantemente y jugueteaba con el poco esmalte negro que quedaba en sus uñas. Sus ojos nerviosos parecían no posarse en nada más de unos segundos y sólo cuando me miró a los ojos creí ver algo. Parecía estar esperando el momento en el que sonaría la campana y podría salir al recreo a jugar con sus amigos. Era todo bastante extraño, casi ridículo, casi melancólico. Más que follar, parecía que fuésemos a suicidarnos juntos. Pero no.

Le dije si quería beber algo y aunque su primera respuesta fue negativa, no tardó en preguntar si tenía Lambrusco. Me contuve y fingí un gesto de decepción bastante logrado, para el asco que me produce el popular espumoso italiano. Volví de la cocina con un verdejo y poco después ya habíamos agotado la primera botella. Por iniciativa propia y para sorpresa mía, en la tercera copa me cogió de la mano y me obligó a llevarla al dormitorio. Me hizo tumbarme en la cama y yo mismo me acomodé, mientras ella se quitaba con poco arte la blusa y la dejaba extendida sobre la cómoda con más voluntad que éxito. Una gran cicatriz hipertrófica le recorría el lateral desde la axila derecha hasta casi la altura de la cadera y cuando traté de tocársela dio un respingo hacia atrás. Juro que por la cara que puso me habría apuñalado allí mismo si hubiese tenido un cuchillo a mano. Le pedí perdón y la timidez se borró de su cara al decirme que aquello no entraba en el trato. Acepté con la cabeza y le volví a pedir perdón un par de veces más.

Después de aquello, pasamos bastante tiempo sin hablar. Pensé que se iría, pero no lo hizo. Se quitó la ropa y se quedó desnuda encima de la cama mirándome como no lo había hecho en toda la noche. No era una chica atractiva pero sentí que ella era más de lo que yo había merecido en toda mi vida. No follamos. Ni siquiera nos tocamos. Tan solo la observé. Nos bebimos dos botellas más y me habló de sus ex parejas, de su padre y de otros hombres que habían pasado por su cuerpo. No sonrió cuando le pagué ni tampoco al despedirse de mí. Cuando entró en el ascensor deseé que se girase, pero no lo hizo. Después de todo, yo era sólo trabajo.

10 octubre 2014

La arena de la playa no es el lugar ideal para unos zapatos de piel negra de 700 euros, así que Castor los lleva colgando del talón con sus dedos índice y corazón. En el fondo ha metido unos finos calcetines negros de ejecutivo. Tampoco es el mejor lugar para ir vestido con traje, pero ha tenido la precaución de dejar la chaqueta en el coche y lleva los pantalones de raya diplomática arremangados hasta casi las rodillas. Parece llevar depilados los tobillos, lo que a primera vista resulta ridículo, pero en realidad es la consecuencia del rozamiento y la presión de las gomas elásticas de los calcetines durante muchos años. Si no fuese por el aplomo con el que camina, resultaría una estampa del todo extravagante. En la mano libre sujeta con firmeza un cigarrillo que apenas humea.

Mapache le acompaña a su derecha, con un atuendo mucho más acorde a las circunstancias. Con unas bermudas azul oscuro que le llegan hasta las rodillas, una camiseta negra con el anagrama demasiado grande de una marca deportiva y unas chanclas de suela naranja y gris que sujeta con la mano derecha, es el estereotipo de cualquier surfero californiano. La camiseta le queda lo bastante ancha para disimular el bulto de su espalda, que le deja una sensación fría que con los años le ha acabado por ser agradable. Más que agradable, reconfortante. A pesar de que apenas ha llegado la primavera, el color de su piel está oscurecido como suele estarlo a finales de agosto. El pelo rubio recogido con poco esmero en una coleta completan el conjunto.

En la parte más cercana al paseo la arena ya se ha secado a pesar de las lluvias de los últimos días. El cielo continúa cubierto aunque no amenaza tormenta y el viento obliga a los dos hombres a taparse los ojos de vez en cuando. Andan con dificultad en la misma dirección y sentido contrario a la dirección de las olas, sin hablarse ni mirarse. Podría suponerse que alguna suerte de extraña coincidencia ha conducido a esa extraña pareja hasta allí: a caminar uno al lado del otro por simple capricho. Con cada paso, clavan los dedos como garras en el suelo irregular y el movimiento levanta una leve ráfaga de arena detrás del pie. Mapache distingue algo a lo lejos, levanta la barbilla y las cejas y farfulla algo entre dientes. No sabemos si su compañero le ha entendido, pero sea así o no, desdeña el comentario con una leve sacudida de cabeza que apenas es apreciable.

A medida que se acercan a la orilla, la arena se endurece y el andar se hace más cómodo y ágil. Los brazos se relajan y los andares de Castor adoptan un acento elegante y firme. Cuando podemos tener la impresión de que están decididos a seguir y zambullirse en las aguas del Cantábrico, ejecutan una curva trazada casi con compás y continúan su marcha por la orilla. Tras cada pisada el rastro dejado por sus pies permanece visible durante unos segundos hasta que la espuma lo borra. La huella izquierda de Mapache es la que tarda más en desaparecer, lo que delata su mayor peso y el arco plantar alto en el pie izquierdo que le obliga desde muy pequeño a llevar una plantilla especial. Es bueno caminar por la arena de la playa.

Nuestro candidato a surfero vuelve a mirar hacia el mar y esta vez Castor le acompaña con la mirada. Si antes tenía alguna duda, ahora está seguro de que hay alguien dentro del agua. Todavía está lejos, casi a la altura de las boyas que delimitan la zona reservada para el baño. Como si estuviesen mentalmente conectados, eso les hace acelerar el paso al unísono. La brisa marina hace flotar el pantalón del traje y alborota el pelo de Mapache, que se rebela y mueve con violencia en todas direcciones, tratando de escapar de su confinamiento, en coherencia con lo que ha sido la existencia de su dueño durante los últimos quince años.

Enfrente de ellos, un hombre y una mujer se les aproximan con una lentitud que contrasta con los aspavientos con los que ella acompaña a sus palabras. Él no parece escucharle y absorto mira al suelo tratando de no desviarse de una línea recta imaginaria. Las dos parejas están ya tan cerca que pueden escuchar la voz de ella a pesar del viento que les impide distinguir las palabras. Cuando están apenas a un puñado de metros, Mapache dibuja una amplia sonrisa y emite un graznido a modo de saludo que interrumpe el relato de la mujer, que les mira sorprendida. Antes de que ella pueda contestar, el hombre del pantalón arremangado y la camisa de seda deja caer la colilla, que es arrastrada por una ráfaga de aire y el surfero deja caer las chanclas al suelo y se detiene. Castor continúa andando ajeno a la escena y apenas un par de segundos más tarde su compañero ya ha sacado el revólver de su espalda.

La primera bala entra cerca de la unión de los huesos parietal y occipital, y sale limpiamente por el maxilar derecho. Sin esperar a que se desplome sobre el suelo, una segunda bala entra unos centímetros por debajo de la oreja izquierda y se queda alojada en algún lugar cercano a la clavícula, debido al ángulo con el que se produce la caída del cuerpo. La mujer apenas tiene tiempo para emitir un grito antes de que se encuentre el cañón del revólver apuntando a su cabeza, lo que tiene el efecto deseado. Sólo se oye el ruido de las olas y la espuma al llegar a la arena.

Mapache dispara dos veces más en la espalda del cadáver, que yace tumbado boca abajo con la boca abierta. Guarda la pistola en el mismo lugar donde estaba alojada hacía tan solo unos minutos y se agacha y recoge las chanchas del suelo y se quita la goma de la coleta que con dificultad oprime su pelo. Relajado, recupera la sonrisa, saluda a la pareja y sigue caminando. La abundante sangre que brota de la cabeza de Castor huyendo de su cuerpo en dirección al mar tinta la arena de rojo por unos segundos, hasta que la siguiente ola llega para limpiar el escenario de la ejecución. Ese proceso se repetirá durante más de media hora mientras haya sangre que limpiar. Con el pantalón del traje mojado, las rayas diplomáticas ya apenas se perciben y la piel de los zapatos, inertes junto al cuerpo, comienza a humedecerse.

4 octubre 2014